Las llaves como símbolo literario

Tiempos encadenados

La puerta de madera separaba dos mundos totalmente diferentes. Lo que había en uno, faltaba en el otro, y juntos se entrelazaban en mensajes sutiles, apenas perceptibles.

Las voces que llegaban lejanas eran el residuo de conversaciones perdidas en tiempos simultáneos. Pasado y presente se superponían con una rapidez que todo lo mezclaba. Sin embargo, nunca nadie se había atrevido a abrir la puerta. El temor que atravesó a otros, se había soltado del alma del joven que ahora se disponía a experimentar lo prohibido.

Tomó entre sus manos transpiradas el candado oxidado. El silencio reinante en aquel oscuro bosque aceleró sus latidos. Ya estaba allí y nada lo detendría. Sacó de su bolsillo las tres llaves con las que intentaría abrir la puerta. Tres llaves diferentes, tres materiales distintos. Madera, metal y vidrio. Eligió comenzar con la primera. Aunque el candado era de metal la llave encajó perfectamente en la cerradura, que crujió desafiante. Un grito áspero lo invitó a la huida, pero decidió continuar. Giró hacia la derecha y luego hacia la izquierda sin alcanzar su objetivo, sin embargo, tuvo la sensación de haber avanzado. Retiró la llave de madera y se dispuso a intentar con la metálica. Le impresionó que también encajara logrando un encastre que fue capaz de disolver una capa de tiempo. Y aunque la puerta permaneció cerrada, sintió que avanzó (o tal vez retrocedió) hacia otro espacio. La tercera llave no necesitó unirse a la cerradura porque tan solo al direccionarla hacia ella provocó la apertura final del candado. La puerta cedió y tan solo en un segundo, el pasado fagocitó al presente. Miles de imágenes superpuestas se acoplaron a las voces que justificaron su presencia. Recuerdos encadenados se filtraron por la ventana de los hechos y el joven que no pudo detenerlos fue inmediatamente absorbido por los múltiples caminos que constituyeron su futuro elegido.

Andrea Viveca Sanz

Simbología de la llave

La palabra llave proviene del latín “clavis” y alude al instrumento que se necesita para activar el mecanismo de abrir o cerrar una cerradura. Toda llave permite entrar o salir, tiene el poder de unir o desunir, descifrar enigmas o revelar secretos. Las llaves muchas veces representan claves para entrar en un mundo desconocido. Con una llave podemos abrir cofres, cajas fuertes o joyeros y descubrir lo que encierran en su interior.

Las habitaciones cerradas representan desde el punto de vista psicológico todo lo oculto de nuestras mentes. Anidan allí miedos, angustias o ansiedades. La literatura juega muchas veces con esta figura y utiliza a las llaves como el objeto mágico capaz de liberar las emociones contenidas. Desde la antigüedad las llaves han sido usadas también como símbolo de poder, tal era el caso de Jano, el dios romano de las puertas, que portaba una vara y dos llaves con las que se podían abrir cosas grandes o pequeñas.

San Pedro también es portador de llaves que atan o desatan y eso lo convierte en el guardián de las puertas del cielo.

En el arte en general y particularmente en la literatura, las llaves han abierto desde siempre numerosas puertas reales o imaginarias.

Jorge Luis Borges en “Una llave en East Lansing” utiliza la figura de la llave que abrirá la dura puerta que le permite llegar al “otro lado”:

“Soy una pieza de limado acero.
Mi borde irregular no es arbitrario.
Duermo mi vago sueño en un armario
Que no veo, sujeta a mi llavero.
Hay una cerradura que me espera,
Una sola. La puerta es de forjado
Hierro y firme cristal. Del otro lado
Está la casa, oculta y verdadera.
Altos en la penumbra los desiertos
Espejos ven las noches y los días
Y las fotografías de los muertos
Y el tenue ayer de las fotografías.
Alguna vez empujaré la dura
Puerta y haré girar la cerradura”.

En “Casa Tomada” de Julio Cortázar, el autor utiliza una llave para cerrar la historia. Esto simboliza de alguna manera, la posible libertad de los protagonistas:

“…Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.”

El escritor americano Howard Lovecraft abre mediante la fantasía las puertas de una infancia perdida en su libro “La llave de plata”:

“Parks, su viejo criado, que murió a principios de 1930, se había referido a cierto cofrecillo de madera extrañamente aromática, cubierto de horribles adornos que había encontrado en el desván, a un pergamino indescifrable, y a una llave de plata labrada con raros dibujos que contenía la arqueta…
Carter, según dijo, le había contado que esta llave provenía de sus antepasados y que le ayudaría a abrir las puertas de su infancia perdida, y de extrañas dimensiones y fantásticas regiones que hasta entonces había visitado sólo en sueños vagos, fugaces y evanescentes…”

“La llave”, el cuento de la escritora estadounidense Eudora Welty, se convierte en un símbolo para cambiar la vida de una pareja de sordomudos. Esa llave los invita a abrir la puerta hacia una nueva vida, hacia la libertad:

“…Entre las demás personas en la estación había un hombre joven, de apariencia fuerte, solo, sin sombrero, pelirrojo, parado cerca de la pared mientras los demás estaban sentados en las bancas. Tenía en la mano una pequeña llave que volteaba una y otra vez entre sus dedos, pasándola nerviosamente de una mano a otra, lanzándola con suavidad al aire y atrapándola…
…—Esta llave llegó aquí de forma misteriosa —tiene que significar algo —prosiguió el marido. Le enseñaba la llave a Ellie—. Siempre estás rezando, crees en los milagros; bueno, pues ahora tienes una respuesta…”

En “Las llaves del reino”, Eduardo Sacheri compara al fútbol con una llave que lo lleva hacia su interior y le permite desde ese lugar enfrentar los dolores de la vida, tales como la enfermedad de su abuela:

“…Esté bien o mal, el fútbol para mí es, también, eso. Una llave que conduce a lugares más profundos. Más importantes. Probablemente yo sería un hombre más profundo, más digno, más cabal, si pudiese entrarle a los temas importantes de la vida y de la muerte sin mediaciones, sin rodeos y sin antecámaras. Aunque, si quiero ser benévolo conmigo mismo, puedo conformarme y agradecerle al fútbol actuar como una puerta, un territorio conocido, una zona feliz de mi vida en la que puedo sentirme en casa. Y una vez allí, en esa casa segura y conocida sí, abrir esas puertas necesarias donde habitan, a veces, el dolor y la tragedia…”

Una puerta fantástica

En la literatura fantástica también las llaves son utilizadas como símbolo.

Los hermanos Grimm en “La llave de oro” se ponen en la piel de un niño que se sumerge en el fantástico mundo de los tesoros escondidos:

“Un día de invierno en que una espesa capa de nieve cubría la tierra, un pobre muchacho hubo de salir a buscar leña con un trineo. Una vez la hubo recogido y cargado, sintió tanto frío, que antes de regresar a casa quiso encender fuego y calentarse un poquitín. Al efecto apartó la nieve, y debajo, en el suelo, encontró una llavecita de oro. Creyendo que donde había una llave debía estar también su cerradura, siguió excavando en la tierra y, al fin, dio con una cajita de hierro. “¡Con tal que ajuste la llave! – pensó -. Seguramente hay guardadas aquí cosas de gran valor.” Buscó, y, al principio, no encontró el agujero de la cerradura; al fin descubrió uno, pero tan pequeño que apenas se veía. Probó la llave y, en efecto, era la suya. Diole vuelta y… Ahora hemos de esperar a que haya abierto del todo y levantado la tapa. Entonces sabremos qué maravillas contenía la cajita.”

El poeta y escritor danés Hans Christian Andersen le otorga a una llave en particular, la de la casa del consejero, en su cuento “La llave de la casa”, la habilidad de predecir el futuro:

“Todas las llaves tienen su historia, y ¡hay tantas! Llaves de gentilhombre, llaves de reloj, las llaves de San Pedro… Podríamos contar cosas de todas, pero nos limitaremos a hacerlo de la llave de la casa del señor Consejero…
…Desde aquella noche, la llave de la calle adquirió una particular importancia, no sólo cuando se salía, sino también cuando la familia se quedaba en casa, pues el Consejero, en una exhibición de sus habilidades, formulaba preguntas a la llave y recibía sus respuestas. Pensaba él antes la respuesta más verosímil y la hacía dar a la llave …”

Estos son tan solo algunos ejemplos de llaves convertidas en protagonistas de historias. Quedan en nuestras manos las llaves para abrir las puertas de cada una de ellas y sumergirnos en los riquísimos tesoros que la literatura nos ofrece.

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