Los símbolos en la literatura (2da. Parte): Los laberintos

Laberinto de Borges, en la Finca Los Álamos, Mendoza.

Encrucijada de emociones

Enroscadas en el laberíntico recorrido de su mente las emociones buscaron salida. Fueron y vinieron en intentos vanos que no encontraron rumbo.

Atascadas en divergentes y caóticos pensamientos se entrelazaron cómplices. Se apresuraron tanteando caminos. Ida y vuelta, rítmicas repeticiones de senderos cortados.

Encrucijadas que la vida le presentaba eran, de pronto, ovillos de sensaciones perdidas. Desafíos tejidos por un tiempo de horas ausentes, se hacían tortuosos en su cabeza aturdida.

Circuitos de palabras tramposas que buscaban perderlo, convergieron veloces en un punto de encuentro y fueron lágrimas que hallaron la puerta.

Las emociones dormidas, se encausaron débiles y cayeron en gritos que encontraron la salida. Después llegó el alivio. El monstruo había sido vencido.

Andrea Viveca Sanz

Simbología de los laberintos

Sendas que se ramifican con cierta monotonía, espirales infinitas, refugios, trampas, encrucijadas, riesgos, desafíos, prisiones o caminos divergentes pueden asociarse a la idea de laberintos. Ya sean reales o imaginarios son espacios en los que nos movemos con dificultad, en los que necesitamos encontrar una salida, que quizás se encuentre en el centro mismo de cada uno de ellos.

Atravesamos la vida, que se presenta en sí misma como un laberinto de decisiones en el que se entretejen las historias que nos hacen únicos y tantas veces similares.

Tortuosos y sinuosos son los múltiples caminos que debemos recorrer cada día en los complicados laberintos urbanos.

Laberínticos son los senderos de la mente y de la existencia misma cada vez que transitamos los desafíos cotidianos.

Los libros se convierten en verdaderos laberintos de palabras y de letras en los que se enredan y desenredan los hilos narrativos. Así una novela, un cuento, una poesía, son espacios donde las ideas entrelazadas se transforman en sí mismas en laberintos que forman parte del gran laberinto que constituyen las bibliotecas, como vivenciaba Borges.

Laberintos famosos

El laberinto del Minotauro

Cuenta la mitología griega que Dédalo construyó el famoso laberinto de Creta, dentro del cual estaba atrapado el monstruoso Minotauro, derrotado tiempo después por Teseo, héroe griego que fue ayudado por la astuta Ariadna.

Es quizás esta historia el origen de muchos otros laberintos simbólicos que fueron usados en la literatura de todos los tiempos.

Hay cuentos, novelas y poemas que hacen referencia explícita o implícita a los laberintos.

Toda la obra de Borges es laberíntica, sus palabras van enhebrando situaciones y personajes que quedan muchas veces atrapados en el tiempo y el espacio en el que se mueven. Es él mismo quien se pierde en laberintos que muchas veces le sirven de refugio, ya que encierra en ellos sus miedos o sus dudas.

En la “Casa de Asterión” hace referencia al mito del Minotauro, ya que en este caso el personaje se encuentra encerrado en una casa que simboliza el laberinto de Creta.

“Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.”

Muchos de sus poemas, como “Buenos Aires”, tienen un recorrido laberíntico.

“Buenos Aires es la otra calle, la que no pisé nunca, es el centro secreto de las manzanas, los patios últimos,
es lo que las fachadas ocultan, es mi enemigo, si lo tengo, es la persona a quien le desagradan mis versos…”

“La biblioteca de babel”, inmensa y extensa capaz de multiplicar hasta el infinito los libros que contiene, es el escenario ideal para ubicar al anciano protagonista que debe buscar en ese laberinto un libro.

“El universo (que otros llaman la Biblioteca) se compone de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal. Una de las caras libres da a un angosto zaguán, que desemboca en otra galería, idéntica a la primera y a todas. A izquierda y a derecha del zaguán hay dos gabinetes minúsculos. Uno permite dormir de pie; otro, satisfacer las necesidades finales. Por ahí pasa la escalera espiral, que se abisma y se eleva hacia lo remoto” …

En “El Aleph”, dentro del cuento “Los dos reyes y los dos laberintos” muestra de qué manera algo simple puede volverse a veces más laberíntico que algo complejo.

“Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían” …

En “El jardín de los senderos que se bifurcan” el laberinto es el tiempo.

“Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros. Absorto en esas ilusorias imágenes, olvidé mi destino de perseguido”…

Umberto Ecco hace referencia a los laberintos borgianos en su libro “En nombre de la rosa” en el que aparece una biblioteca laberíntica en clara alusión a la de Babel y en la figura del bibliotecario ciego hace un notable homenaje a Borges.

Michel Ende en “La historia interminable” presenta una especie de laberinto, una historia dentro de otra, en donde hay que hacer el camino inverso para alcanzar los objetivos. Los deseos son las llaves que abren puertas, saber lo que se quiere permite avanzar y salir de ese laberinto imaginario.

Francisco Ayala y Julio Cortázar compartieron sus caminos literarios con Borges y ambos utilizaron en sus escritos la simbología del laberinto.

Ayala, en su obra “El hechizado”, muestra el laberíntico camino hacia el poder de su protagonista a través de un relato zigzagueante, que en sus idas y vueltas se vuelve en sí mismo una especie de laberinto de palabras difíciles de comprender.

Julio Cortázar, en “Casa tomada”, convierte a la casa en la que los protagonistas se mueven, en un laberintico espacio que atrapa.

Laberinto en “Harry Potter y el cáliz de fuego”.

También en la literatura infantil y juvenil los laberintos son protagonistas, como símbolos de pruebas que los personajes deben atravesar.

Lewis Carroll, por ejemplo, introduce a Alicia en un laberinto que la lleva a aventuras disparatadas dentro del país de las maravillas, y J. K. Rowling ubica a Harry Potter en el Laberinto de los tres magos, en el que deberá sortear diferentes trampas.

Muchísimas son las obras literarias que con sus relatos van creando verdaderos laberintos de palabras, de historias, de personajes. El laberinto se relaciona con lo místico, con lo desconocido y con lo mágico, es un lugar en el que muchas veces estamos atrapados como muy bien representa Borges en su poema “Laberinto”

No habrá nunca una puerta. Estás adentro
Y el alcázar abarca el universo
Y no tiene ni anverso ni reverso
Ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
Que tercamente se bifurca en otro,
Que tercamente se bifurca en otro,
Tendrá fin. Es de hierro tu destino
Como tu juez. No aguardes la embestida
Del toro que es un hombre y cuya extraña
Forma plural da horror a la maraña
De interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
En el negro crepúsculo la fiera.

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