Símbolos en la literatura (3ra. Parte): Los relojes

Horas marcadas

Me enredó en sus horas y en ellas se me fue la vida. Seguí su ritmo atrapada en cada uno de sus perfectos latidos. Su tiempo ordenó mis pasos alentados por las rítmicas sonoridades de su desafiante tic- tac, que todo lo controla.

Me entregué a sus agujas, inútiles hechiceras de los instantes y fui prisionera de sus mandatos.

Encerrada en su circular trajín de números apurados, me perdí en su pulso cansado.

Él guarda, ahora, mis horas dormidas, de memorias olvidadas, y yo, que fui cómplice de su monótono caminar lo contemplo serena desde mi cama.

Claroscuros de mi vida quedarán cautivos en su corazón de piedra. Las palabras que dije y las que nunca llegaré a expresar, lo que callé y también lo que ya ni recuerdo son en este minuto la totalidad de mis horas.

En este instante finito donde la eternidad confluye con la pausa del tiempo, me entrego al último tic- tac y me pierdo en la muerte que promete liberarme de la esclavitud de sus agujas.

Andrea Viveca Sanz

Historia de los relojes

Desde sus orígenes el hombre necesitó medir el tiempo para organizar sus actividades diarias. Los calendarios de las primeras sociedades agrícolas cumplieron esa función ya que sobre ellos se ordenaban los tiempos de siembra y de cosecha.

Aparecieron, más tarde, métodos más precisos entre los que se encontraban los llamados relojes de sol. La sombra de un poste vertical, que caía sobre una esfera delineada en forma regular, marcaba las horas del día.

También hubo otros relojes primitivos como la clepsidra o reloj de agua, muy utilizada en el antiguo Egipto, que consistía en un recipiente lleno de agua que se vaciaba a intervalos regulares por un orificio ubicado en su parte inferior.

Los anglosajones utilizaron la vela-reloj, que era justamente una vela marcada a intervalos regulares que medía el tiempo a medida que se iba derritiendo.

En el siglo XIII se popularizó el uso del reloj de arena, formado por dos recipientes de vidrio unidos por su parte más estrecha. El tiempo que tardaba en vaciarse un recipiente correspondía a una hora.

Luego vinieron los primeros aparatos mecánicos que funcionaban con mucho peso y eran inexactos.

Con la invención del péndulo por parte de Christian Huygens, se logra mayor exactitud y se agregan los minuteros.

Relojes a cuerda, de cuarzo, eléctricos, siguieron haciendo el camino de la relojería.

En nuestros días los relojes forman parte de todo nuestro entorno, ya que los encontramos en electrodomésticos, en los autos, en celulares, computadoras y es evidente que en estos tiempos cada uno de nuestros días están perfectamente marcados por sus presencias.

Simbología de los relojes

Todo reloj simboliza el tiempo y por lo tanto su imagen nos hace reflexionar acerca de la vida y de la muerte. Pasado, presente y futuro quedan hermanados entre las agujas de los relojes que custodian nuestros días.

Cada uno de ellos se comporta como un testigo silencioso de momentos únicos e irrepetibles que el tiempo envuelve y se lleva sin piedad.

El tiempo se cuela entonces en cada tic-tac, en cada grano de arena que se desliza apurado marcando minutos, o en la longitud de la sombra que señala las horas en un reloj solar. El tiempo está allí, en las clepsidras que dejaron escapar toda el agua, en las velas que se consumen de a poco, como la vida misma, en los relojes apurados de instantes felices o en aquellos que alargan las horas de vivencias tristes. Todo reloj nos conecta con el sentido de caducidad que encierran los días y, a su vez, nos arraiga a lo cotidiano marcando nuestras rutinas.

Relojes literarios

Los escritores de todos los tiempos han elegido al reloj como símbolo en sus creaciones literarias. Ya sea representado al tiempo, a la vida o a la muerte, los relojes se pueden descubrir acompañando a numerosos personajes o siendo ellos mismos protagonistas de muchas historias.

El gran Julio Cortázar en “Instrucciones para dar cuerda a un reloj” lo considera más bien una carga y lo asocia a la muerte:

“Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire” …
“Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo” …

En toda la obra de Borges el tiempo está presente de una u otra forma. En su poema “Reloj de arena” utiliza imágenes que nos permiten ver el paso del tiempo a través de un artilugio de esas características:

…“Hay un agrado en observar la arcana
Arena que resbala y que declina
Y, a punto de caer, se arremolina
Con una prisa que es del todo humana”…

Adolfo Bioy Casares juega con el tiempo y alude a la vejez y la muerte en varias de sus obras. Así en “Las vísperas de Fausto” el reloj, símbolo del tiempo que termina, cierra la historia:

“Con valerosa indiferencia postergó hasta el último instante la resolución de huir o de quedar.
La campana del reloj sonó” …

Antonio Machado en su poema “Daba el reloj las doce…y eran doce” menciona al reloj de agua:

“Daba el reloj las doce… y eran doce
golpes de azada en tierra…
– ¡Mi hora! …-grité. El silencio
me respondió:-No temas;
tú no verás caer la última gota
que en la clepsidra tiembla.
Dormirás muchas horas todavía
sobre la orilla vieja,
y encontrarás una mañana pura
amarrada tu barca a otra ribera”.

El autor español Fran Muño en su libro de poemas “La Hora de los relojes“ utiliza distintos tipos de artefactos que, reales y figurados, juegan con el tiempo:

“Hay una hora secreta
en la que el mundo se detiene,
todo se paraliza,
nadie se mueve…
Y los relojes salen,
hacen sus recados,
se cuentan poemas,
dan paseos,
se divierten”…

En “La vuelta al mundo en ochenta días”, Julio Verne menciona varios relojes, en este párrafo se pone de manifiesto el valor afectivo de algunos de ellos.

– ¿Las doce? ¡Vaya! ¡Si no son más que las nueve y cincuenta y dos minutos!
-Vuestro reloj atrasa- respondió Fix.
– ¡Mi reloj! ¡Un reloj de familia que procede de mi bisabuelo! No discrepa ni cinco minutos al año. ¡Es un verdadero cronómetro!

El autor inglés David Mitchell, en su obra “Relojes de hueso”, va y viene en el tiempo mediante un creativo movimiento de personajes.

También en la literatura fantástica, en especial para niños y jóvenes, los relojes son protagonistas.

Lewis Carrol, en “Alicia en el país de las maravillas” atrapa al sombrerero loco y a la liebre de marzo en una fiesta eterna en la que siempre son las seis de la tarde.

J. K Rowling, en la saga de Harry Potter da vida a un giratiempo, que permitía regresar al pasado y crea una sala del tiempo en la que los relojes están hechizados.

La autora María Inés Linares, en su libro “Hechicera de los relojes”, cuenta una historia de amor marcada por el tiempo de estos.

Encerrados en las páginas de muchísimos libros, los relojes, marcan el ritmo de las historias. Detienen el tiempo o lo aceleran, pulsan segundos que crean suspenso y laten muchas veces dominando las escenas.

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