Retrospectiva de Liliana Maresca en el MAMBA porteño

La retrospectiva “Liliana Maresca: El ojo avizor. Obras 1982-1994” se inaugura este viernes en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (Mamba) con un repaso centrado en el carácter social y comunitario de los últimos doce años de producción de esta artista emblemática de las décadas del 80 y 90 en la Argentina, e ineludible para comprender el presente.

Curada por Javier Villa, la muestra se extiende entre la planta baja y el primer piso del museo, desplegando el material reunido durante cuatro años de intensa búsqueda e investigación que incluye objetos, esculturas, videos, acuarelas, fotografías y valioso material de archivo como un diálogo con León Ferrari.

Esta muestra profundiza el trabajo realizado para “Transmutaciones”, primera retrospectiva sobre Maresca exhibida en 2008 en el Museo Castagnino+macro de Rosario y en el porteño Centro Cultural Recoleta (CCR).

Es así que reconstruye por primera vez cinco instalaciones que buscan acercar al público a su sólida práctica artística, como “Wotan-Vulcano”, hecha originalmente con féretros recuperados de cementerios; o “Recolecta”, la instalación que en 1990 presentó en el Recoleta con carros que cartoneros llevaron hasta el centro cultural.

En este marco, la retrospectiva está acompañada por la publicación del libro monográfico “Liliana Maresca”, compuesto por textos de Villa, María Gainza, una cronología biográfica realizada por Laura Hakel y material inédito como fotografías de Alejandro Kuropatwa.

“Hoy en día, cuando el rol social del artista se encuentra tan desvalorizado, es de particular importancia llamar la atención sobre una figura de quiebre en la historia del arte argentino, cuya práctica continúa interpelando a nuestra sociedad con una obra sincera y desafiante”, señaló Victoria Noorthoorn, directora del Mamba.

La muestra se estructura en cuatro ejes: su conexión con la comunidad del under y su interconexión con el afuera; la idea de un arte que muta en contacto con el espectador; su trabajo con el cuerpo; y esa misma transformación que alcanza una parte más alquímica y espiritual al fin de su vida.

Maresca fue una artista cuya obra confrontó de manera crítica problemas centrales para la sociedad, como lo fueron la situación política del país en los años 90 y el VIH, que la afectó personalmente.

“Maresca puso su cuerpo ante todo y expandiéndose desde él hacia su entorno íntimo, y desde ahí a la escena artística y a la sociedad, captó y retransmitió lo que era central y urgente, en un contexto postdictatorial primero, de euforia y grandes expectativas; a otro de decadencia y ruina, envuelto en el capitalismo neoliberal”, resumió Villa en diálogo con Télam.

Así, la mítica “Bufanda para Buenos Aires” que tejió en 1985 junto a Ezequiel Furgiuele, y que desde la galería de Adriana Indik tomaba la calle Florida invitando a los transeúntes a seguir tejiéndola con restos de tela y desechos y a dejar sus deseos en ella, recibirá a los visitantes del Macba, reconstruida por el artista.

Quien así lo desee, hasta el 5 de noviembre, cuando termine la retrospectiva montada en el edificio de avenida San Juan 350, podrá intervenir y ampliar la nueva bufanda que ahora gana la planta baja desde el primer piso del museo, evocando el espíritu aleatorio y lúdico con que fue creada.

La sala que concentra el grueso de la retrospectiva abre con las “mascaritas” que Maresca dibujaba durante su internación final por las complicaciones de un HIV que había contraído hacía ocho años.

“Su última obra fue la reproducción constante de cientos de rostros que realizaba con materiales livianos, pequeños, fáciles de manipular con el cuerpo cansado, y que regalaba a amigos y visitantes en sintonía con ese interés socializador de su arte”, señaló Villa, esta vez el de hablar sobre una enfermedad que en ese momento era símbolo de estigma, exclusión y muerte.

Villa remarcó que “varias cuestiones hicieron difícil rastrear la obra de Maresca: Por un lado ella no vendía su obra. Aunque hoy el Reina Sofía y la Tate compren piezas suyas, ella la regalaba a amigos o la intercambiaba en colaboraciones. Por el otro estaba su concepción del objeto, efímero y transformación que hizo que muchas piezas desaparecieron en ese proceso”.

Es en ese marco que instalaciones como “Ouroboros”, la serpiente que se come sus propia cola, y que Maresca recreó con hojas de textos de su biblioteca, cerró en llamas tres meses de exposición en el patio de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA), como un rito de purificación y parte de ese proceso alquímico que practicaba en su arte.

A esto se suma, agrega Villa, que “cuando Maresca recibe el diagnóstico de VIH, hacia el 87, decide pintar su casa de blanco y tirar muchas obras; que en 1994, cuatro o cinco días antes de su muerte, se hace una retrospectiva en el Centro Cultural Recoleta y los objetos quedan ahí, sus amigos rescatan lo que pueden más tarde; y que su casa pasa a ser ocupada por gente que tira el resto”.

Maresca nació en 1951 en la localidad bonaerense de Avellaneda; a principios de los 80 comenzó a producir esculturas a partir del ensamblaje de basura que recogía de la calle, en obras como “No camina” (1982).

Sus obras reflexionan sobre la tortura que pocos años antes había padecido toda una generación, sobre el cuerpo de la mujer, la sexualidad y el rol del artista en la sociedad.

En fotos que realizó en colaboración con Marcos López, como “Liliana Maresca frente a la Casa de Gobierno” (1984), usa su cuerpo para confrontar con las instituciones artísticas y políticas o comulgar con espacios de la comunidad under, de la que fue participante muy activa.

Durante esos años, Maresca amplió su trabajo y pasó del cuerpo individual a un pensamiento sobre el cuerpo social; lideró proyectos colectivos que tuvieron como fin “poner el cuerpo en democracia” y volver a conectar el arte con la sociedad y a la sociedad consigo misma.

Algunos de ellos, expuestos en el Mamba, son “Lavarte” (1985), organizada en una lavandería del barrio de Monserrat, y “La Kermesse” (1986), que representó el desembarco de artistas del under en un espacio público de gran visibilidad como lo fue el Centro Cultural Recoleta.

Tras enterarse de que era portadora de HIV realizó proyectos como “No todo lo que brilla es oro”, “La Cochambre” y “Lo que el viento se llevó”, donde abarca la violencia vinculada a la coyuntura neoliberal y el Sida, enfermedad a la que nunca se refiere de manera directa.

Y en esta última etapa comienza a investigar imágenes arquetípicas y procesos alquímicos que sobrevuela en obras como “El Dorado”, donde cuestiona los genocidios de nativos americanos a cambio de oro durante la época de la conquista española.

En su última etapa resurge el ofrecimiento de su cuerpo vinculado a la comunicación con el otro, con obras que abordan lo amoroso como “Ella y yo”, hasta el rol del artista en la escena sociocultural, como la intervención “Espacio disponible”.

La exposición se podrá visitar en el museo de la avenida San Juan 350 (CABA), de martes a viernes de 11 a 19; y los sábados, domingos y feriados de 11 a 20, con entrada general de 30 pesos. Los martes, gratis.

(Fuente: agencia de noticias Telam)

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