Caparrós y “La Historia”: “Hasta que escribí este libro estaba seguro de que no tenía imaginación”

El escritor y periodista Martín Caparrós
Por Maximiliano Tomas (*)

Veinte años después de su primera y limitada edición, vuelve a aparecer el libro que Martín Caparrós considera más importante dentro de su vasta obra: “La Historia”, una novela ambiciosa y desmedida, de más de mil páginas, que recrea la historia de una civilización imaginaria, sus usos, sus costumbres, sus guerras y su cultura.

Cuando fue editada en 1999, por la editorial Norma, con 999 ejemplares numerados a mano por Martín Caparrós, “La Historia” costaba 50 pesos convertibles en librerías. Ahora, casi dos décadas después, y coincidiendo con el cumpleaños número 60 del autor de libros como “La voluntad”, “Valfierno” y “La guerra moderna”, entre otros títulos, la editorial Anagrama publica y distribuye el libro, inconseguible a estas alturas, en la Argentina: su valor en librerías es de 725 pesos.

Caparrós escribió “La Historia”, un ejercicio de imaginación que fluye por siglos y latitudes, entre los 30 y los 40 años. “Tenía ganas de que volviera a salir, porque insisto en pensar en que es mi libro que más me importa. Pero quería que fuera de una manera apropiada. Hace un par de años le propuse a Herralde que lo publicara. Y al final le pareció bien. Finalmente lo presentamos en Barcelona el día exacto de mi cumpleaños”.

Además de esta reedición, y luego de un verano de leer como hacía años no lo hacía (novelas de Andrea Camilleri por puro placer), Caparrós adelantó a la agencia de noticias Télam que se dio el gusto de escribir un policial. Por placer, y por diversión. Un libro ambientado en la Buenos Aires tanguera de la década del 30, que aparecerá en abril de 2018 por el sello Planeta.

—Pasaron casi 20 años de la primera edición de “La Historia”. ¿Quién eras entonces, y quién sos ahora?
—No releo mis libros, pero a este tuve que releerlo… para corregirlo y limpiarlo. Y me preguntaba todo el tiempo eso mismo. Esa lectura me produjo dos grandes extrañezas. Por un lado la más íntima: qué raro el tipo que escribió esto, quién sería. Y por el otro más general: qué raro este libro, este texto… en una época que todo se parece bastante, este no se parece a casi nada. Supongo que era alguien más ambicioso, en varios sentidos. Más ambicioso porque me planteé algo desmesurado, como es este libro. Pero también porque había una cantidad de cosas que ambicionaba, por no haberlas alcanzado. “La Historia” es mi gran escuela de escritura. Ahí encontré algo parecido a un estilo, que después utilicé en mis otros libros. Ahí aprendí a escribir. Es una ambición que ya no necesito tener y a veces extraño, a veces pienso que debería dejar de escribir como yo y volver a empezar.

—¿Realmente te llevó una década de trabajo?
—Durante casi diez años lo más importante que hacía era esto. Hice otras cosas en el medio, pero lo constante era este libro. A mí por lo menos escribir una novela me sirve para darle un marco al caos del mundo. Un orden. Todo lo que ves, pensás, se te cruza, cuando estás escribiendo una novela ese hecho te permite ubicar esas cosas, y darte la ilusión de que existe un orden. Ese continente durante diez años fue “La Historia”.

—El libro es un enorme ejercicio de la imaginación… una imaginación hasta de otra época. ¿Cómo creés que leería un joven lector contemporáneo este libro enciclopédico, pero concebido en una era pre Internet?
—Bueno, antes de Internet había libros…, y de todas maneras seguramente lo que hoy podría parecer lo más afanado de algún sitio es lo más inventado. Hay mucha falsa erudición borgeana ahí, de algún modo. Por un lado muchas veces pensé que esta era una novela que podría haber sido hipertextual, haberse armado con un sistema de links e hipertextos… pasa que la escribí mucho antes de eso. Y tuve la tentación de transformarla en eso, hacer una edición digital. Todo el aparato de notas, de hecho, son como links. Creo que nunca en mi vida me la pasé tan bien inventando. Con respecto al tema de la imaginación… a mediados de los 80 yo había escrito tres novelas, y tenía la sensación de que no sabía inventar nada. Eran autobiográficas, tenían algún personaje histórico, estaba convencido de que no tenía imaginación. Y recuerdo muy vívidamente una tarde en un pueblo de Segovia donde yo solía irme a escribir, estaba terminando “La noche anterior”, y una tarde se me empezó a ocurrir una historia disparatada sobre un templo griego en Sicilia, y empecé a escribir, y a partir de ahí se me empezaron a ocurrir cataratas de historias, de invenciones. Esto debe hacer sido en el 87. Desde ese momento mi preocupación fue encontrar una estructura, una máquina que contuviera todas esas historias.

—Con libros así siempre aparece la tentación de señalar continuidades y lazos. A “La Historia” se la podría emparentar con Georges Perec, con Laurence Sterne, y hasta con el “Frankenstein” de Shelley o el “Pálido fuego” de Vladimir Nabokov. Todos libros que contienen otros libros. ¿Tuviste algún modelo en mente a la hora de encarar esta novela?
—En realidad de lo que siempre estaba escapando en esa época era de “La vida. Instrucciones de uso” de Perec. Ese libro me había cautivado y no quería descuidarme y escribirlo de nuevo. Entonces si acaso esto es una forma de reacción contra ese libro, pero que al mismo tiempo guarda una relación fuerte… para alejarme de esa tentación reemplacé lo concentrado de Perec, ese edificio donde todo ocurre , por lo totalmente dispersado de una civilización y muchos tiempos.

—Pensaba en la ambición de aquel escritor que eras, y también en los títulos de muchos de tus libros. “La Historia”, “El hambre”, “El interior”, “La crónica”, “La voluntad”. ¿Era solo una ambición escritural, o también hay algo del vicio del historiador, esta cuestión de pretender pensarlo y narrarlo todo?
—Bueno, los “Nueve libros de la historia” de Herodoto es otro de los títulos que siempre admiré mucho… no con esa tentación imitadora con la que leí a Perec, pero sí estaba siempre presente cuando escribía esto. El título de “La historia” puede deberle algo a esa ambición, o a esa soberbia. Pero después ya empecé a armar cierto modelo con los títulos. “La voluntad” no fue voluntario. Pero a partir de “El interior” podría suponer que mis libros que más me satisfacen fueran a llamarse según este modelo antonomásico de sustantivo y artículo definido. Pero con respecto al tema de la ambición… recuerdo que en el año 92 viajé a Madrid invitado a una semana sobre Carlos Fuentes. El había reunido a 25 o 30 escritores para que cada uno hablara de un libro suyo. Y cuando me tocó el turno de hablar a mí, yo dije que mi generación estaba sufriendo los efectos de la ambición de la generación de ellos, que había sido tan grande y explícita que nos habían condenado a rebelarnos contra eso y refugiarnos en lo pequeño y lo menor. Y que yo no aceptaba eso. Y me di cuenta de que aquello está muy en relación con el programa con el que escribí este libro.

—Varias veces dijiste que este era el libro que más te importaba, y el que menos se había leído. Ahora que volvés a reeditarlo después de 20 años, ¿pensás en su recepción, en sus diferencias, en cómo lo podrían leer lectores actuales?
—La verdad, me gusta que el libro esté ahí, pero yo no puedo hacer nada… ya bastante trabajo me dio escribirlo. De vez en cuando me pasa que abro una página cualquiera, al azar, y releo un par de párrafos, y me da mucho gusto. Pero eso es todo.

(*) Agencia de noticias Telam

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