Cristina Bajo: “La novela histórica es la mejor forma de llegar a la gente común, para que aprenda disfrutando”

Cristina Bajo
Por Andrea Viveca Sanz

Iluminada por el fuego de la palabra, la escritora se entrega a contar. Su voz se desdibuja y va tomando forma de letras, que más tarde definen los contornos de los hechos atesorados, inmóviles, entre las páginas de sus libros. Allí, esperan el momento oportuno para manifestarse vivos ante los ojos de los lectores que desean ese encuentro mágico, en el cual la realidad se esfuma en la ficción y retorna transformada en un cuento que trasciende la historia.

Enredada en hechizos, conjuros, pestes y un gran  abanico de sensaciones, ella se hace parte de la esencia misma de los personajes que crea y los acompaña desde el otro lado de las páginas, aguardando el momento oportuno para abrirles la puerta que los dejará libres para siempre, en la eternidad de las palabras compartidas.

Así, alrededor de un fuego imaginado, Cristina Bajo recibe a ContArte Cultura, y nos invita a prestar atención y a mirar. Tiene mucho para compartir y lo hace regalándonos anécdotas cargadas de vida.

—Imaginemos una escena alrededor de un fuego en la que se cuenta una historia en la que vos sos la protagonista ¿Cómo comenzaría esa narración para presentarte?
—”Había una vez” me sigue gustando hasta hoy, pero suelo comenzar diciendo “¿Sabían que…?” Con esas palabras todos te miran y te prestan atención.

—¿Cuándo nace tu pasión por las letras?
—Era muy chica, estaba en el primario. Ya inventaba historias y a una monja -mi maestra- le pareció que tenía alma de escritora y comenzó a darme lecciones de redacción o de composición –así se llamaba la materia- cuando terminábamos de hacer los deberes –estábamos medio-pupilos- a la tarde. Me ayudó muchísimo.

—Describinos el espacio en el que se gestan tus libros.
—Tengo dos espacios. Primero, la cama, antes de dormirme, pero ya con la luz apagada, y antes de levantarme, todavía con la luz apagada. Siempre me ha dado resultado concentrarme en esas horas crepusculares.
El otro ambiente es mi escritorio, donde comienzo a tomar notas y separar libros que puedan hacerme falta. Pero tengo papel y biromes en todas las habitaciones de mi casa, por si se me presenta una idea que, si no la anoto, seguramente se borrará de mi memoria.

—¿Qué aporte crees que pueden hacer las novelas históricas a la historia de nuestro país?
—Muchísimo y bueno, si se escriben con la conciencia de que hay que investigar verdaderamente y tratar de no dejarse llevar por las ideologías personales.
Con ese sentido nació el género histórico, en Escocia, de la mano de Walter Scott, cuando el país estaba sumido en la pobreza económica y moral, después de ser vencidos por los ingleses.
Es la mejor forma de llegar a la gente común, para que aprenda a través del disfrute de un cuento lo que no leerían en un libro de historia pesado y que a lo mejor tiene un léxico que no todo lector lo entiende.
Lo he probado, con buenos resultados, con estudiantes que no podían sacar promedio en esta materia y se iban irremediablemente a marzo.

—¿Cómo nace un personaje en tu imaginación y cuál es el proceso para darle la forma y la personalidad que requiera la historia?
—Creo que los personajes ya los tengo adentro, esperando que les abra una puerta para presentarse y decir “aquí estoy”. Luego les desarrollo un carácter y una psicología que no les inventé, pero que se va formando con pequeñas cosas, actitudes, gustos, caprichos. Y después de un tiempo, ya no soy dueña de sus acciones: ellos deciden qué van a hacer, y no puedo contradecirlos.

—¿Cuál es tu vínculo con lo sobrenatural, teniendo en cuenta que es una parte importante de la esencia de algunos personajes de tus novelas?
—Lo sobrenatural me fascina, y me ha tocado profundamente en algunos momentos de mi vida. Cuando chica, en las sierras, teníamos una niñera que no nos dejaba jugar en un lugar cerca del arroyo, donde a mi hermano y a mí, con menos de  diez años, nos encantaba jugar: era un círculo de talas con una gran piedra en el medio.
Cuando ya tenía como 40 años, descubrí en un libro de folclore del interior del país que, según los serranos cordobeses, esos círculos son “casitas” o “guaridas” del diablo o de las ánimas del lugar.
He conocido “médicas” que mataban de palabra si se enojaban; me han hablado de “despenadoras” que existían hasta principios del S.XX; de serranas analfabetas que te miraban el iris y te decían si esperabas un niño o una niña. Y además, vivo con un fantasma (Ver aparte).

—Contanos cómo fue el largo proceso para escribir la saga de los Osorio.
—Comenzó con la idea de contar parte de la historia argentina para hacerla conocer en un formato más atractivo: el de la novela. Me guiaban libros y películas como Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchel, Desirée, de Annemarie Selinko, La gloria de don Ramiro, de Enrique Larreta y las novelas históricas de Manuel Gálvez.
Lo que determinó que eligiera como centro a Córdoba, fue una apuesta que hice con una amiga; le dije algo así cómo “no sólo voy a escribir una novela histórica argentina, sino que lo haré más difícil: la ubicaré en Córdoba”, ya que por entonces no se conseguía fácilmente tanta bibliografía si no eras universitaria.
Luego mi padre, que estaba encantado con la idea, me regaló el Facundo, de Ramón J. Cárcano, que tenía árboles genealógicos y fotos e ilustraciones, y las Memorias Póstumas, del general José María Paz. La batalla de La Tablada, de las Memorias, y la muerte de Facundo, del libro de Cárcano, me decidieron por la época que quería contar: nuestra Guerra Civil, los enfrentamientos entre unitarios y federales.
Después fueron naciendo los personajes, las situaciones, y si bien el segundo tomo iba a corresponder cronológicamente a la saga -ya estaba empezado-, no eran los mismos personajes. Y cuando casi terminaba Como vivido cien veces, se me ocurrió que, cambiando el apellido o los nombres de algunos personajes, tenía no sólo una saga histórica, sino una saga familiar. De ahí, todo fue, como decía mi abuela, “coser y cantar”.

—¿Cuáles fueron tus vivencias al publicar la antología de cuentos góticos “Alguien llama a la ventana”?
—Disfruté mucho haciendo ese libro. Creo que el verbo “hacer” está bien empleado. Fue rescatar de mi memoria libros amados, autores que me deslumbraron, recorrer mi infancia, mi adolescencia, mi madurez, mi vejez a través de los escritores elegidos. Fue recordar viejas y nuevas películas, novelas guardadas por años, todas subrayadas. Fue recordar las viejas revistas de mamá que traían poemas o cuentos de autores que no sabía ni quiénes eran ni – en los años ‘40, ‘60- averiguar quiénes eran, como Katherine Mansfield, o Saki.
Fue recordar personas que influyeron en mis gustos literarios, como un hermano menor, Pedro, que me hizo conocer a Lovecraff, Bradbury, a Lafcadio Hearn.
Si a eso le sumás haber hecho un trabajo de búsqueda de ilustraciones, determinar dónde iba cada una, poder usar de portada el cuadro de un pintor inglés al que amo por su vida y su obra, creo que podés hacerte una idea del maremágnum de vivencias que resultó de eso.
Sin contar que tuvo una segunda edición en poco tiempo y que obtuvo, en general, muy buenas críticas.

—¿Estás escribiendo por estos días? ¿Hay una nueva saga en proceso?
—Tengo una idea que me está dando vueltas, pero aún no la termino de concretar. Mientras tanto, estoy terminando un libro sobre las primeras capillas de Córdoba, y estoy formando, con una amiga, una editorial para editar cuentos clásicos para niños, con ilustraciones antiguas, y quizás nos atrevamos a rescatar novelas inolvidables pero por ahora perdidas.

—Volvamos a la escena de la primera pregunta ¿Con qué sueña la protagonista de la historia que se cuenta junto al fuego?
—Con vivir unos años más para terminar lo que tengo comenzado; con conseguir una casa en las sierras, con visitar Gran Bretaña, con ver recibirse a mis nietos. Y volver a pintar y aprender a bordar.


Hay un fantasma en mi casa

La casa en la que hoy habito la levantamos, a principio de los años ´70, sobre el terreno de una antigua quinta que era de la familia de mi marido. En realidad, era la quinta, de La Quinta, como quien dice.
En cuanto nos vinimos a vivir y comencé a acudir a los negocios de los alrededores, cuando preguntaban dónde vivía y yo les contestaba, comenzaron a decir: “¿Usted vive en la casa de la virgencita?”, o “¿Vive en la casa del ángel?”, o “¿Vive en la casa del fantasma?”. Cuando le pregunté a mi suegro, me comentó que había una vieja historia que decía que en mi terreno –sobre un frutal que tuvimos que hachar para construir la casa- solía verse una aparición. Pasaron muchos años hasta que la vi. Un día de otoño, mientras hablaba con una amiga por teléfono, me pareció que una mujer había entrado y me miraba desde un sauce que tenía en el patio. Aún no habíamos levantado la tapia y en la casona de atrás solían juntarse unas mujeres –de un hogar de ancianos vecino- a hacer yoga, que a veces se pasaban a mi patio. Pensé que era una de estas mujeres, corté el teléfono, abrí la ventana para decirle que era propiedad privada… y me di cuenta de que lo que estaba viendo no estaba afuera: era el reflejo de algo que estaba de pie a mi espalda. Cerré la ventana, crucé la puerta hacia la cocina y recé un Credo.
Cuando abrí la puerta, no había nadie en mi living, pero al asomarme al ventanal la vi de espaldas, perdiéndose bajo el sauce. Era una mujer de edad indefinida, con una especie de camisón blanco, de pelo oscuro y suelto. Nunca volví a verla, pero muchas veces la sentí cerca.
Una amiga mía, a quien hacía años que no veía, vino a visitarme y se quedó a dormir en casa. Esa noche se le apareció a ella, en el cuarto de huéspedes, tal cual la viera yo. Y otras personas también la han visto.
Después de muchos años de investigar, descubrimos la presunción de un crimen que había sucedido en la casona y que nunca se dilucidó. Después de eso, decidimos con mis alumnas rezar una novena para que su alma descansara en paz. Comenzamos el primer día en casa, y los ocho días restantes lo hizo cada una en la de ella. Unos 25 años después de su primera aparición, al concluir la novena, todo volvió a la normalidad.
Nunca le tuve miedo, producía tristeza, pero no temor. La gente que la vio creía que le gustaba refugiarse en los árboles. Hace unos años, después de una sequía grande, un vendaval volteó mi sauce. Ahora tengo nísperos, un quebracho blanco joven, he plantado unos frutales, y algunos cafetos.
De alguna manera, la extraño. No se puede vivir con un fantasma por tanto tiempo sin que deje alguna huella en nuestras vidas.
Cristina Bajo

Cristina Bajo

Nació en Córdoba (Argentina) en 1937. Es novelista y maestra rural.
Empezó a escribir muy joven, pero no fue hasta 1995 que publicó su primera novela, Como vivido cien veces, a la que le siguieron La señora Ansenuza y otras leyendas (1997), En tiempos de Laura Osorio (1998), el libro infantil El guardián del último fuego y otras leyendas argentinas (2001), los cuentos histórico-fantásticos Tú que te escondes (2004) con los que ganó el Premio de la Academia Argentina de Letras, y El jardín de los venenos (2005, originalmente Sierva de Dios, ama de la Muerte), una novela histórica ambientada en el siglo XVIII, con la que ganó el Premio Especial Ricardo Rojas, del gobierno de Buenos Aires para libros editados y fuera traducida a tres idiomas.
Sus libros siempre se encuentran durante meses en las listas de los libros más vendidos de Argentina.

1 Comentario

  1. Han transcurrido muchos años de la historia que desarrolla el libro Esa Lejana Barbarie sin embargo al leerlo lo fundamental de la obra, tan exquisitamente narrada es la familia y los vínculos indisolubles de la amistad y de como la casualidad marca sus destinos. Excelente novela. Muchas Gracias Señora Cristina Bajo

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