Cristina Loza: “Creo que no somos creadores solitarios, sino canal de una lapicera universal”

Por Andrea Viveca Sanz

Enredada en palabras que liberan, Cristina Loza es capaz de atravesar los dolores y soltarlos a través de la escritura. Con delicadeza, deja caer sus letras sobre los renglones vacíos, para que tomen vida y los trasciendan.

Cargadas de poesía, sus emociones se convierten en personajes que recorren las páginas, exponiendo sus almas e invitando a los lectores a acompañarlos, a buscarse en sus rostros imaginados en los que es posible encontrar su reflejo.

En sus libros se refugian historias que necesitan ser contadas y su pluma se convierte en un canal que conduce las voces de quienes, desde algún lugar, buscan ser escuchados.

En diálogo con ContArte Cultura, la escritora cordobesa nos invita a conocer su mundo de palabras y a compartir con ella las otras realidades que se esconden detrás de las letras.

—Para presentarte ponemos ante tus ojos una página en blanco ¿Qué palabras caen al papel para dar comienzo a esta entrevista?
—Acabo de cumplir setenta años. En estado de felicidad plena, como si me fuera permitido espiar de qué va esto que llamamos vida. He acumulado todos los rótulos sociales, los del rol, de trabajo, profesiones, y cada vez me siento más libre, sacando las capas de estructuras heredadas, impuestas o exigidas. La palabra, la que he leído, y las que escribí, me hicieron libre, pensante, con criterio y dispuesta a discernir. Hoy elijo. Todo lo que hago, digo o siento.

—¿En qué momento descubriste que la palabra escrita es curativa?
—Desde el primer libro que leí, que me mostró otros mundos, otras realidades, para refugiarme del caos o de la tristeza. En un momento, literalmente, escribir me salvó la vida. Escribir cura, repara, nos acomoda el adentro para entender el afuera.

—Describinos tu espacio creativo utilizando cuatro palabras.
—Nido verde, refugio entrañable.

—¿Qué elementos son fundamentales a la hora de construir una novela?
—Una buena historia para contar, que resuene en el corazón del que lea, que lo haga sentir acompañado, en lo grande y en lo más pequeño de una vida. Que se sostenga por inverosímil que parezca, y que, por el tiempo que dure la lectura, sea un lugar donde refugiarse.

—¿Cómo nace un personaje que habitará las páginas de tus libros?
—En alguna parte está viviendo, o pasó por mi vida, o está en otra dimensión alternativa. Creo que no somos creadores solitarios, sino canal de una lapicera universal, que contiene esos seres que encarnan en las páginas de un libro. Me asombran, los sigo, los espío y espero, porque jamás sé lo que van a hacer. Si no soy la primera sorprendida, no es una buena novela.

—¿En qué rincones de la vida encontrás fuentes de inspiración?
—En la tremenda dimensión de la naturaleza del hombre. Los seres humanos, con su entrañable ilusión de inmortalidad, me producen una inconmensurable ternura. Y el paisaje. No puedo separar a los personajes de un entorno de naturaleza. El mundo de las plantas, los animales, lo salvaje y lo genuino de lo que nos rodea y alimenta, me despierta una alegría muy cercana al desenfreno.

—¿Cómo funciona “El club de la cicatriz”?
—Es un lugar donde la persona se siente contenida, escuchada con respeto y sin juicio. Un sitio amable, entre plantas, cuadros, olor a café, y donde la literatura funciona como un pretexto para que las emociones emerjan y las pongamos en el papel.

—¿Qué se está gestando por estos días en tu universo creativo?
—He puesto en el mundo, en octubre pasado, mi séptima novela. Hoy estoy viviendo intensamente cada día, esperando que en algún momento me seduzca una idea, un tema, algo tan hermoso que sea desesperante no contarlo. Solo espero…siempre ha sido así.

—¿Podrías elegir una palabra que defina a cada una de tus novelas?
—No creo que baste una sola palabra. Malasangre es una epifanía, una revelación de todo lo que puede uno haber vivido, es el alborozo de la creación primera. El revés de las lágrimas es la oportunidad de demostrar la mezcla de pasión, investigación y la que me puso en vidriera. La hora del lobo fue el desafío de salir de la sombra de un éxito rotundo y continuar con los personajes de Malasangre. El oso de Karantania fue mi apuesta más osada, 47 personajes que me atravesaron, una novela decimonónica, con todo lo que eso significa. El hombre, el amor, desarraigo, exilio y la estupidez de las guerras. Un mensaje universal. Adorado John me permitió bucear en las aguas de lo extraordinario, de lo sobrenatural. Un libro que interpela al lector y contesta algunas preguntas que nos hacemos todos. Mariposas Griegas es el libro que tuve que escribir, con el cáncer y el amor como protagonistas. Una historia necesaria. El año de las Glicinas es el broche de oro de la trilogía, donde está mi vejez, mis dudas y las conclusiones a las que he llegado viviendo de manera intensa y apasionada.

—¿Un sueño de papel y tinta?
—Ver un libro mío, por ejemplo El revés de las lágrimas, en formato de historieta, como las de El Tony o D’Artagnan que leía cuando niña.


Cristina Loza

Conocé más de Cristina Loza aquí.

Nació y reside en Córdoba. Es egresada de la Universidad Nacional de Córdoba. Coordina El Club de la Cicatriz, taller de escritura como resiliencia para quienes necesitan sobreponerse a traumas y heridas emocionales.
Su primera novela, Malasangre (2002; Emecé 2008) recibió críticas auspiciosas. Luego publicó las novelas El revés de las lágrimas (Emecé, 2007), La hora del lobo (Emecé, 2008), El oso de Karantania (Emecé, 2011), Mariposas griegas (Emecé, 2012) y Adorado John (Emecé, 2014), que obtuvieron gran éxito de crítica y público y son constantemente reeditadas. La hora del lobo fue publicada en Italia en 2010.
En 2017 publicó su última novela, El año de las Glicinas.

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