En homenaje a Liliana Bodoc

Por Andrea Viveca Sanz

En los innumerables rulos del tiempo hubo una voz, nítida y suave, cargada de poesía que quedará atrapada por siempre entre las páginas que la cobijaron.

Ella supo internarse en las profundas cuevas de la memoria y como una maga fue capaz de dejar huellas que nos invitan a caminar una y otra vez sobre letras inquietas, danzantes y etéreas. Con sus palabras arrojadas creó una música eterna, cargada de sonidos lejanos que se acercan en cada encuentro soñado.

La voz decía que toda tragedia se resuelve en ejemplos, que es posible aprender a cantar en capas, reciclando esas palabras para que cada día adquieran un sentido nuevo, como recién aprendido, desde el otro lado de las cosas.

El viento sopló demasiado fuerte y arrasó aquello que estaba en su sitio. Su historia perdió los colores, sólo por un instante, porque habrá que dejar las cargas al costado del camino y dejarla partir. Tarde o temprano las partidas son inevitables. Es así como sucede y en cada pérdida se abren vacíos incapaces de responder a las miles de preguntas que quedan suspendidas en el aire.

Atardece y una canción se calla. Hay almas que deciden marcharse así, sin avisar, dejando la ausencia sentada en una silla.

Desde algún rulo del tiempo esa voz será capaz de atravesar los muros del destino para seguir entregando su magia.

 

(Foto: Delfo Rodríguez)

—También la muerte y la tragedia son elementos que utilizás con frecuencia en tus libros ¿Cuál es tu postura en la vida real ante ellas?

—Yo intento hacerle caso a los chamanes americanos, aquellos que aconsejan pensar cada día en la muerte con el propósito de vivir plenamente. No pensar en la muerte, lejos de ser una actitud optimista, es una actitud estúpida e indolente que nos hace degradar los días de vida.

(Liliana Bodoc en entrevista con ConArte Cultura – 4 de septiembre de 2017)

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