Fernández Díaz: “En la Argentina no hay una mafia única porque somos demasiado desorganizados”

Por Analía Paez (*)

“La Herida”, último libro del periodista y escritor Jorge Fernández Díaz, un entramado de persecuciones, deslealtades y traiciones donde la muerte ronda a los personajes con el agente Remil a la cabeza, desterró hace semanas del primer puesto de los rankings al escritor norteamericano Dan Brown, lo que habla a las claras del interés de los lectores locales por conocer el lado oculto de la alta política y los engranajes del poder.

Fernández Díaz fue redactor especial y cronista policial de La Razón, en épocas del editor Jacobo Timerman. Luego se instaló en la Patagonia para ser jefe de redacción de El Diario de Neuquén. A su regreso a Buenos Aires, asumió la jefatura de Polí­tica de El Cronista y, más tarde, fue subdirector de las revistas Somos y Gente. También ejerció como subdirector y miembro del grupo fundador del diario Perfil y director de la revista Noticias, y junto a Tomás Eloy Martínez fundó el suplemento semanal ADN Cultura del diario La Nación.

Para esta entrega, Fernández Díaz volvió a sacar al ruedo a Remil, ese agente despiadado, ex combatiente de Malvinas, al que rodeó de ocho mujeres que en algún momento caerán en sus brazos, aunque ninguna logrará ganarle el corazón.

Así es como de la mano del columnista y miembro de la Academia Argentina de Letras cobran vida “Belda”, la operadora polí­tica; “Diana”, una diva perversa; “la Inglesa”, una periodista idealista; y “Mariela”, la monja que desaparece y da comienzo a esta historia.

—¿El periodismo le quedó corto para contar historias?
—No, sucede que fui escritor de ficciones mucho antes de ser periodista. Pero los límites del periodismo para contar fenómenos mafiosos o sentimentales de la vida privada siempre fueron, para mí, un aliciente para cruzar esas fronteras con las armas de la ficción. Allí­ donde el periodista se detenía, el novelista avanzaba. Eso me pasó con la mafia del fútbol, la industria del secuestro extorsivo, la narcopolí­tica, los servicios de Inteligencia y la intimidad del populismo, pero también con el amor y el deseo, las angustias personales, los problemas inconfesables y las diversas neurosis de la clase media.

—Hace varias semanas está primero en la lista de los libros más vendidos. ¿Los lectores lo elijen por su credibilidad o porque saben que va a contarles cosas que como periodista no puede?
—La Argentina es el único paí­s de Iberoamérica donde Dan Brown no va primero en ventas. “La herida” lo pasó por arriba. “¿Quién es el argentino que derrotó a Dan Brown?”, se preguntan los editores en los foros internos. A mi todo eso me divierte mucho. “Mamá” ya había vendido más de 190.000 ejemplares, “La logia de Cádiz” y “El puñal” vendieron 90.000 cada uno. Son cifras increíbles para el género novela en nuestro paí­s. Y el éxito de “La herida”, por lo tanto, solo es producto de ese largo trabajo, veinte años, donde los lectores me fueron acompañando en el gusto por leer novelas populares argentinas, pero libres de clichés. Mi modelo ha estado en la literatura clásica, pero también en el cine que tanto me influyó y me sigue fascinando. Historias populares que no renuncian por ello al gran calado y al arte. “El puñal” fue un one shot. En “La herida” apostábamos a ver si era posible crear una serie. La serie Remil. Ese agente de inteligencia, héroe infame, que opera en la trastienda del poder. Allí­ también hay un contrato de lectura: los lectores saben que yo conozco esa parte indecible de la política, y que esta no se puede contar con las herramientas del periodismo. A veces hace falta la ficción para contar la realidad. Y esa paradoja ha cruzado toda mi literatura.

—¿En qué posición lo coloca ser la persona que deja a la vista la punta del ovillo de temas tan delicados como los que expone en tus textos?
—Las historias de Remil no son novelas en clave. Cada personaje es ficticio, y cada situación es imaginada. Pero sí­ es cierto que todo está basado en conocimiento, experiencias, confidencias, documentación, expedientes que me sirven para crear equivalencias literarias. Son novelas de espías y de aventuras, pero también thrillers políticos, cruzados siempre por un fuerte sabor a realidad. Muchos lectores me han dicho que se han metido gozosamente en esas tramas, y que les parecía al principio que eran “una de espías”. Pero que invariablemente había un momento de la lectura en que sentían un escalofrío: “La Argentina es esto”, se decían. ¡Claro que es esto! En la Argentina no hay una mafia única ni un cartel de Cali, tal vez porque los argentinos somos demasiado desorganizados (risas). Pero hay un entramado de mafias, con epicentro en el Estado, que ya no es colateral sino central en la política argentina.

—Hay situaciones narradas en su libro que nos describen al dedillo como país… ¿no tiene miedo a algún tipo de represalia?
—Francamente, en este país te pueden matar por algo que imaginas. Pero no siento miedo por eso. Creo que a las mafias lo que más les inquieta es el periodismo de investigación: nombre, apellido y datos concretos. Esta visión de fenómeno los tiene sin cuidado. Aun así, este tipo de narraciones ayuda a entender más profundamente a qué aberraciones se enfrenta la democracia.

—¿Qué tiene Remil de vos?
—Remil es el canalla irresistible que todos llevamos dentro. Un tipo al que no invitarí­amos a comer a nuestras casas, pero que nos despierta simpatía. A través de sus aventuras vamos descubriendo un mundo violento, suntuoso, lleno de intrigas y cinismo. Es que la Argentina es una novela negra. Y Remil, un detective y un agente secreto, y a la vez, un guardaespaldas y un conspirador. Es un héroe infame, porque no me creería la idea de un policía de corazón puro, como leemos en otras literaturas del mundo. Remil es un 007 de un país trucho y siniestro, y al mismo tiempo, un testigo de época.

—Uno de sus personajes más nobles es la periodista… ¿Es una especie de reivindicación de la profesión en tiempos de grieta?
—La Inglesa es, efectivamente, casi el único personaje ético de novela. Aún así­, no consigue zafar del hecho de que el poder la termine manipulando. Tampoco resiste volverse famosa gracias a esa manipulación. He puesto mucho empeño en la elaboración de los personajes secundarios, especialmente las mujeres. Hay unos siete u ocho personajes femeninos, y todos son muy distintos entre sí. Los grandes pintores y los grandes cineastas ponen tanta atención en los personajes pequeños como en los protagónicos. La creación de esas ocho mujeres fue muy rigurosa: cada una de ellas tiene su historia completa, aunque solo se muestre la punta del iceberg.

—Como analista polí­tico cree que con el cambio de gobierno muchas de las denuncias cajoneadas, olvidadas o “no vistas” podrán tener una sentencia sanadora para la sociedad?
—Sí­, gracias al oportunismo de algunos jueces, que cajonearon durante años las investigaciones y ahora pasaron de tortugas a liebres. Pero si las investigaciones están bien hechas y las causas jurí­dicas son sólidas, es posible que se calme un poco esa sed de justicia que existe en la sociedad. De todas maneras, el problema de la corrupción y las mafias continuará si el asunto no se aborda desde lo sistémico y cultural, desprendiéndolo de lo partidario, lo moral y demagógico.

—¿Cuál es la herida que más marcas dejó en su vida?
—Todos tenemos una herida fundamental con la que, consciente o inconscientemente, luchamos todos los dí­as. Yo sigo luchando contra una herida fantasmal. Aquella que me produjo mi viejo, que se llamaba Marcial, era asturiano y mozo del bar ABC, de Canning y Córdoba. Marcial querí­a que su hijo fuera médico o abogado. Cuando descubrió que yo querí­a ser escritor, creyó que la literatura era una forma de la vagancia y me dio por perdido. Estuvimos ocho o nueve años distanciados. Hasta que entro en el diario La Razón de (Jacobo) Timermann, y convertido en un cronista policial, comienzo a publicar un folletí­n por entregas. Entonces un dí­a suena mi teléfono, y era Marcial. Estaba en el bar, y me preguntaba cómo iba a seguir al dí­a siguiente la trama. Me sorprendió mucho, le pregunté para qué querí­a saberlo. Todos los clientes estaban leyendo mi folletí­n y le habí­an pedido a Marcial que les anticipara cómo seguí­a. A mí me saltaron las lágrimas. Le conté cómo era el próximo capí­tulo, y cuando corté fui al baño a llorar como un estúpido. La literatura, que nos habí­a desunido, nos reconcilió. Pero yo sigo luchando contra esa herida fantasmal.

—¿Habrá más historias de Remil?
—Supongo que sí­. La realidad trabaja para Remil. Muchas veces me encuentro recortando notas de los diarios y diciéndome: “Esto es para Remil”.

—En la Academia Argentina de Letras ocupa el sillón de Juan Bautista Alberdi. ¿Qué le provoca ocupar su lugar?
—Es un enorme privilegio ser parte de la Academia de Letras y ocupar el sillón de uno de los grandes periodistas ideológicos de la historia argentina. Considero que mi trabajo de articulista también es parte importante de mi obra literaria. El articulismo me parece un género tan importante como el cuento, el poema, la novela o la crónica. La paso muy bien con ese grupo de venerables eruditos con los que nos reunimos cada quince días. Me ha devuelto a las tertulias literarias y me ha obligado a estudiar algunos asuntos, como la historia del columnismo, la novela policial, y los perturbadores cruces entre ficción y realidad según la obra de Tomás Eloy Martí­nez, que es un trabajo en el que estoy empeñado para el año próximo.

(*) Agencia de noticias Telam

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