María Correa Luna: “No hay nada que me guste más que un lector me diga ‘no me imaginaba el final’”

María Correa Luna
Por Andrea Viveca Sanz

Inmersa en el mundo de las finanzas, en el que los números son protagonistas, María Correa Luna se decide a nadar entre letras para lanzarse a una “aventura literaria”. En ese camino se detiene a investigar y a documentarse para luego jugar con su imaginación y desde allí soltar a los personajes que forman parte de una apasionante trilogía.

Suspenso y misterio, disparan la dosis justa de tensión y liberan en sus lectores, atrapados entre numerosos enigmas, la adrenalina necesaria para avanzar con ansiedad entre las páginas de sus libros.

Amor, traiciones, mentiras y secretos que buscan la luz, son algunos de  los ingredientes que la autora utiliza para tejer con palabras una historia que necesitó tres volúmenes para ser contada.

En diálogo con Contarte Cultura, la escritora nos cuenta su experiencia en el apasionante mundo de la literatura:

—A modo de presentación, si tuvieras que incorporarte como un personaje de tu trilogía ¿qué rasgos de personalidad tendría y cómo encajaría en la historia?
—¡Qué buena pregunta! Sería una colaboradora de Ana y Verónica, sin dudas. Alguien que participa de la decodificación de los enigmas o misterios que se plantean a lo largo de la historia. Me plantearía como una persona pensante, reflexiva y silenciosa. Un personaje que se toma el tiempo para descifrar aquellos interrogantes que surjan y hable poco.

—¿Desde cuándo escribís y cómo surgió la idea de hacer tu primera novela?
—Siempre me gustó escribir. No sé si puedo definirte un momento formal o preciso y decirte “acá arranqué”. Desde chica escribía cuentos cortos, después, con el tiempo, esos cuentos fueron mutando hasta cobrar cierta identidad y luego llegó El último manuscrito y me lancé a la “aventura literaria”.
Creo que fue una pequeña suma de muchas cosas, una imaginación “galopante” (perdón la licencia), el gusto por la lectura (casi un vicio desde muy chica, literalmente no paraba de leer) y un oficio, el de la escritura, que fui tratando de perfeccionar (en eso estamos, por lo menos). Ahora, con respecto a la primera novela, la culpa es de mi padre. Una noche, comiendo en mi casa de la infancia, nos contó –a mis hermanos y a mí- como Eduardo Ladislao Holmberg, su bisabuelo, cuando trazó el diseño del Jardín Zoológico, pidió que, a último momento se grabara un antiguo (y enigmático) texto veda en el recinto de los elefantes. A nadie quiso decirle qué significaba ni porqué la urgencia por incluirlo en el recinto… Eso disparó mi imaginación de inmediato. A partir de ahí El último manuscrito cobró vida y todo lo que siguió después.

—Contanos tres detalles que no pueden faltar en tu espacio de escritura.
—Hasta hace un año y medio te hubiera dicho que para escribir me siento en mi escritorio (el escritorio que perteneció a Carlos Correa Luna, el director de Caras y Caretas –escritorio que aparece en el último manuscrito- y que mi padre heredó de su abuelo y, a su vez, me regaló a mí) de noche y con la televisión prendida –escribo siempre con el noticiero en silencio, de fondo- pero desde que nació la más chiquita de la familia, escribo dónde, cómo y cuándo pueda. Creo que el último año he escrito prácticamente en cualquier lado, pero sobre todo, en el cuarto de la beba, en el piso y mientras juego con ella. Durante un tiempo escribía de diez a doce de la noche, pero a la una la beba se despertaba. ¡No dormía! Así que los últimos meses he adoptado el método de ir muy temprano a la oficina para escribir de ocho de la mañana a diez sin parar, en un café. Fue la única manera de avanzar.

—¿Cómo fue el proceso de investigación previos a cada una de tus novelas?
—¡Largo! ¡Larguísimo! Igual, confieso que escribo sobre cosas que amo o me interesan mucho y eso hace que la investigación sea muy divertida y placentera. Por ejemplo, el Museo Británico, que no me cansaré nunca de recorrer, o el Vaticano y sus misteriosos archivos. Ciudades que amo como Madrid, Londres o San Isidro (donde vivo) y cuando armo el relato estos lugares y temas como las bóvedas de los bancos (siempre me resultaron fascinantes) surgen y se instalan en mi cabeza y, recurriendo a hechos históricos reales, voy articulando la historia. Porque en los tres libros, todos los datos históricos que cuento ¡son reales! Así fui conectando épocas y personajes de manera ficcionalizada, pero siempre dentro de un marco histórico verosímil. Cada una de las novelas tuvo su tiempo de investigación.
Las anotaciones de Pérgamo me llevaron bastante tiempo, pero la investigación para Custodios del Secreto fue la más larga de todas.
Tuve la suerte de acceder a muchísimo material original respecto al testamento de la duquesa de Angulema –tema que se trata en esa novela- y eso hizo que dedicara mucho tiempo a leer documentos antiguos. Asimismo, al tener tanto material, el proceso de escritura fue más lento porque no quería dejar nada de lado y tuve que elegir dar prioridad a ciertos datos y a otros no. Sin embargo, si bien la investigación fue muy exhaustiva, yo conocía de antemano la historia del testamento, por tanto sabía que rol jugaba en la trama y no modificó lo que pensaba escribir, lo que me permitió fue hacerlo más verídico, más real.

—¿Qué pasos seguís para dar vida a tus personajes?
—Trato de darle cada uno un rasgo característico que lo diferencie de los demás, desde gestos o reacciones a palabras que sólo él use. Uno construye cada personaje como si fuera propio y después lo suelta, deja que cobre vida. A medida que las novelas avanzan los personajes se apoderan de sus personalidades y hacen “uso y abuso” y eso hay que mantenerlo a lo largo de la historia (la del libro y la de la saga que continúa), no puede haber contradicciones, uno tiene que saber que tal personaje pasará por determinadas etapas y evolucionará de tal o cual manera, hay mucho de planificación, es sin duda un proceso interesante y placentero que en el caso de la trilogía de Ana Beltrán, y específicamente en Custodios del Secreto -que es el cierre- veo plasmado exitosamente y con mucha satisfacción como cada uno de ellos ha cerrado un círculo perfecto, sin historias pendientes.

—¿Cuál es el método que utilizás para tejer el suspenso en cada historia?
—Nunca me lo puse a pensar. En mis historias siempre hay un enigma que resolver, a partir de ahí, voy dando pistas, guiños –por lo general trato que sean muy discretos- y corto los capítulos en puntos clave y salto a una escena totalmente diferente. Creo que los capítulos cortos le dan cierto dinamismo a mis historias y es una manera de mantener expectante y en tensión al lector, que nunca sabe qué va a pasar.

—Supiste mezclar tu historia familiar con la general ¿cómo llegaste a unirlas?
—Al principio surgió como un guiño a mi familia, algo que sólo ellos entendieran, pero después cobró mucha importancia en la historia y todo fue articulándose alrededor. El engranaje que me permitió amalgamar ficción y realidad fue, básicamente, la historia. Hechos reales que me permitían jugar con la ficción, por ejemplo, el momento en que Sarmiento y Darwin se reúnen en la inauguración del primer cable submarino que conectó Europa y América.
El encuentro fue real, está documentado, lo que yo cuento que se habló ahí es producto de mi imaginación y funcional al relato.

—Para quienes no leyeron tus novelas, describinos cuáles son los temas principales y cuál el hilo que las une.
—Mis novelas son, básicamente, historias de amor que van de la mano de un enigma y un asesinatos (o varios) a resolver. Quienes las leen encuentran amor, misterio y, sobre todo, adrenalina. Me gustan las historias que arrancás a leerlas y no podés parar, en las que querés saber qué pasa, historias que no dan respiro. Me ha pasado –mucho- de leer buenos thrillers y a la página 50 darme cuenta cuál es el misterio, el quid de la cuestión. En mis libros trato que eso no pase. Me esfuerzo –ya si lo logro o no lo verá el lector- de que el “culpable” o “el enigma”, o lo que fuere que se oculte en el relato, no se descubra hasta último momento. Busco que el desenlace sea un shock, que el lector tenga que volver hacia atrás y diga “claro…” y ate cabos. Para mí la clave es que no te des cuenta, no logres descifrar la historia hasta bien llegado el final. Si logro eso, la misión está cumplida. No hay nada que me guste más que un lector me diga “no me imaginaba el final”.

—¿Estás en algún nuevo proyecto?
—Si. Acabo de terminar mi nueva novela y estoy en los detalles finales. Un thriller romántico, esta vez no con Ana Beltrán sino con dos personajes que se desprenden de Custodios del Secreto, Julia Durée y Lao Lencke (los dos agentes de Interpol y del MI6 Británico respectivamente) y otros nuevos, Ciro Aguilar (un empresario Argentino con un solo objetivo, la venganza) y un personaje del que me estoy enamorando, Ernesto “Calavera” Ordoñez, mano derecha de Aguilar, -es entrañable, creo que lo van a amar- y Carolina Figueroa, una abogada con mucho que esconder. La idea gira en torno a la posibilidad de que Hitler no haya muerto en el bunker, sino que haya escapado y refugiado en la Patagonia Argentina. El libro comienza donde termina Custodios del Secreto: Lao Lencke y Julia Durée en viaje desde Roma hacia Bariloche. Muchos lectores me han dicho que no la quieren a Julia, en este libro cuento su historia y creo que cuando conozcan su pasado eso va a cambiar. Es una novela que transcurre en dos tiempos. En 1945, con la llegada de un submarino nazi a nuestra costa patagónica y un criminal de guerra que se oculta durante más de setenta años en Bariloche, y una segunda historia, que transcurre en la actualidad, en la que Durée, Lencke y Aguilar van a la caza del criminal en cuestión. Por supuesto, como me gusta a mí, hay muchos enigmas por resolver y, de mis novelas, -y para mi sorpresa, porque lo mío es más la adrenalina- esta es la más romántica.

—¿A modo de epílogo, cuál es tu próximo sueño por cumplir?
—¡Ver el próximo libro en manos de ustedes, los lectores!


María Correa Luna

María Correa Luna nació en Buenos Aires en el año 1977. Estudió Ciencias de la Comunicación e hizo un máster en edición en la Universidad Pontificia de Salamanca.

Es tataranieta de Eduardo Holmberg, uno de los primeros directores del Jardín Zoológico de Buenos Aires y personaje clave de su primera novela: El último manuscrito. Trabaja en el mundo de los negocios y las inversiones.

Su primer obra fue el disparador para la saga que se completa con las novelas Operación Esmeralda y Custodios del Secreto.

Conocé más de María Correa Luna aquí.

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