Salman Rushdie: “Jamás me darán el Premio Nobel por miedo a los islamistas”

Por Pablo Pardo (*)

La recompensa por asesinar al protagonista de esta entrevista es de tres millones de dólares (2,8 millones de euros). ¿La razón? Haber escrito una novela que presuntamente ofendía al Islam, Los versos satánicos. El escritor -nacido hace 70 años en India y con pasaporte británico y, ahora, también estadounidense- fue condenado a muerte en 1989 por el entonces máximo líder de Irán, el ayatolá Jomeini. La sentencia nunca ha sido revocada.

Rushdie pudo haberse convertido en el símbolo del choque entre el Islam radical y el resto del mundo, y, en los Estados Unidos de Donald Trump, en una figura de la llamada «derecha alternativa». Sin embargo, siguió siendo un defensor de la democracia y del mundo global. Así queda claro en su nueva novela, La decadencia de Neron Golden, que puso a la venta Seix Barral.

El libro es un ataque a Donald Trump con el trasfondo de una trama terrorista en India. Todo con toques de sarcasmo que recuerdan al Woody Allen de Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, de crónica social que parecen sacados del Tom Wolfe de La hoguera de las vanidades, y, según su autor, con un toque trágico de Los hermanos Karamazov, de Dostovievski, que es, precisamente, el libro por el que nadie le pregunta cuando le entrevistan.

—¿Qué le parece el Nobel de Ishiguro?
—Fue una gran noticia. Lo conozco, crecimos juntos, somos amigos. Me gustan mucho su obra, sobre todo sus tres primeras novelas. Es un gran escritor.

 —Supongo que estará cansado de que le pregunten si usted va a ser el próximo.
—Creo que el Nobel jamás va a cruzarse en mi camino… Por lo que todos sabemos.

—¿Por miedo a los islamistas?
—Sí. Es algo sobre lo que sólo puedo hacer cábalas. Algo en lo que he dejado de pensar.

—¿Sigue tomando precauciones?
—No las tomo. Hace mucho que no.

—¿Somos todos Salman Rushdie? ¿Hay una condena a muerte pendiente de ejecutar sobre cada ser humano que no viva de acuerdo al extremismo islámico?
—Lo que es verdad es que yo viví todo lo del ataque (de Jomeini) contra mi libro como algo muy excepcional, y hoy esas cosas no parecen inusuales. Es algo mucho más grande que un escritor o un libro. Personalmente, siento que he pasado mucho tiempo de mi vida con eso, y, más o menos, he perdido todo el interés en el asunto. Claro, no todo, porque este libro gira en parte en torno a lo que pasó en Bombay.

—Pero es diferente. Bombay es su ciudad natal y el atentado fue una noticia a nivel mundial.
—Exacto. Ese atentado es el 11-S de India. Pero el mundo se mueve tan deprisa hoy que los temas cambian demasiado rápido. Ahí está el IS (Estado Islámico, por sus siglas en inglés), pero la dinámica actual es muy diferente de la de 1989. Creo que lo que pasó en Nueva York hace unos días (N. del E.: donde perdieron la vida cinco ciudadanos argentinos) tuvo más que ver con la derrota militar del IS que con cualquier otra cosa. Es como con Al Qaeda: después del 11-S, hubo una diáspora de terroristas y atentados en muchos países. ¿Qué quedó de aquello? Muy poco, porque Al Qaeda fue derrotada. No creo que Saipov (el terrorista de Nueva York) tuviera ninguna ideología; solo quería matar gente.

—Justo lo contrario que los terroristas que Pakistán entrena en La decadencia de Neron Golden.
—Sí, es la privatización y la democratización del terrorismo. Cualquiera que pueda alquilar una camioneta puede ser un terrorista.

—En el libro, usted es muy apocalíptico con respecto a todo, no solo al fundamentalismo islámico. En la página 209, el narrador, René, habla de un país, EEUU, “en el que todo el mundo quería tener razón, creía que su causa era la única, que su dolor era el único, que había que prestarles atención, que había que prestarles atención de una vez a ellos, y sólo a ellos”.
—René es un hombre joven que está muy angustiado por lo que está pasando en su país. También tiene opiniones muy fuertes acerca de todo. Cuando se expresa, lo hace de una manera que no es exactamente la mía. Pero me gusta, es así como ese hombre ve el mundo.

—¿El autor no está de acuerdo con el narrador, entonces?
—Estoy de acuerdo en cómo enfoca René la cuestión. La cuestión es la división de EEUU y cómo Trump es una consecuencia, no la causa de eso. Y ésa es la razón por la que este libro no es sobre Trump, al contrario de lo que muchos lo han visto. Cuando fueron las elecciones, el 95% del libro estaba escrito y, aunque debo admitir que si hubiera ganado Hillary habría tenido que hacer algunos ajustes, tengo que decir que los cambios habrían sido muy pequeños. La tesis del libro es que, aunque Trump desapareciera mañana, esa división todavía seguiría presente, porque esa erosión de la capacidad de comprender la realidad no es solo política. Es algo que tiene que ver con la era de la información, que es, en cierto sentido, de la era de la desinformación. Cuantas más formas tenemos para recibir información, más basura recibimos. Trump y otros como él no han hecho más que explotar eso con habilidad. Pero ellos no son quienes lo han creado. Una de las consecuencias de Internet es el borrado de la idea de verdad, porque, en este mundo online, coexisten cosas que son importantes, y cosas que son una absoluta basura, unas al lado de otras, con el mismo nivel de autoridad.

—Así que no sólo es algo que pasa en EEUU; también a nivel mundial.
—Sí. Esta Gran Bretaña dividida que hay hoy no es tan diferente de EEUU, y esas ideas también se extienden por otros lugares de Europa. Pero hay casos que invitan más al pesimismo que otros. En India, (el primer ministro) Narendra Modi ha logrado convencer a mucha gente de que apoye su proyecto de reemplazar el estado secular con un estado religioso hindú. Eso va a tener difícil vuelta atrás. Lo mismo sucede con el Brexit: cada vez va a ir peor porque no se puede dar marcha atrás. Creo que en EEUU Trump tiene menos posibilidades de adoptar decisiones irrevocables. Pero probablemente esté equivocado. Es algo que me pasa a menudo.

—A usted le encanta la política. ¿Cómo ve lo que está pasando en Cataluña?
—No sé mucho al respecto como para que mi opinión suene como muy formada, aunque es un tema que me importa y que sigo en las noticias, como todo el mundo. Lo que sí sé es que parece haber una gran división dentro de Cataluña que me recuerda al Brexit, cuando Gran Bretaña estaba, más o menos, dividida al 50%. Y, pese a eso, el resultado es un cambio colosal, y, desde mi punto de vista, catastrófico. Y ésa es una de las razones que me hacen sentir que, si vas a pedir a la gente que vote en un referéndum respecto a algo que es un cambio constitucional enorme, que va a cambiar la naturaleza del Estado, una mayoría simple no es suficiente. Necesitas tener una mayoría sustancial a favor del cambio, como un 60%, o dos tercios, o algo así. Ése fue el gran error británico. No quiero comentar sobre lo que no entiendo, pero sí veo la división y la lucha agónica en Cataluña.

(Entrevista publicada en el diario El mundo de España)

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