Sara Bonfante: “El autor, en forma generosa, siempre está regalando alguna impresión propia al personaje”

Por Walter Omar Buffarini

No tengo otra vida que no sea literaria“, así de contundente y descriptiva de sí misma es la frase de Sara Bonfante, escritora radicada en la ciudad de La Plata, lugar donde echó raíces para realizar la carrera de Comunicación Social, como complemento de su decidida elección de andar y desandar los caminos de la literatura.

Apasionada por el estudio de los estilos y los géneros literarios, se muestra generosa con colegas y alumnos a través de la Clínica de Novela que lleva adelante desde hace más de una década, espacio donde comparte sus saberes y respalda y acompaña a futuros autores.

En diálogo con ContArte Cultura, Bonfante cuenta sobre los orígenes de su pasión, brinda detalles de su actividad narrativa y docente, y asegura que el trabajo se antepone a la inspiración.

—¿Cuándo comenzaste a escribir?
—A los siete años ya sabía que iba a ser escritora. En el colegio me gustaba escribir composiciones y hasta impostaba la voz cuando me hacían leer. Yo no soy tímida, pero si introvertida, y creo que la escritura es la forma más espontánea que tengo para comunicar.

Sólido, polvo, aire

—Y así llegaron tus primeras publicaciones…
—Soy tauro, y si bien no creo mucho en los signos, necesito tener todo organizado, un cierto orden entre el afuera y el adentro, pero a pesar de ello me di cuenta de que si uno está siempre buscando el momento ideal para realizar las cosas nunca haría nada. Así, mi primer libro editado, que se llama Sólido, polvo, aire, llegó cuando tenía que ser. Después vino una novela llamada Pintar el tiempo, luego Arroyo de cenizas, que es un libro de cuentos, y por último La casa del silencio. Pero debo aclarar que no necesariamente han sido escritos en ese orden.

—¿Respetás una rutina para la creación?
—Tengo mis horas de estudio en mi casa por la mañana. El tiempo para la escritura es el que me dan las clases que dicto en la Clínica de Novela. Asimismo, soy muy disciplinada y creo que eso es algo que el escritor no puede no tener. Esa disciplina la tengo tanto para leer o escribir como para el análisis. Me gusta el análisis de la obra porque me permite descubrir estructuras narrativas, lo que me posibilita analizar mi propio proceso de escritura y revisarlo. Por otra parte, no creo que la escritura sea una inspiración, sino un oficio en el que uno trabaja para comunicar las impresiones que tiene de la vida, del mundo, de las cosas. Y con esa idea de la escritura, entendiéndola como un trabajo, es que generalmente cuando llevo adelante una obra, por más que no esté situada en la computadora, siempre hay un resabio que está en mi mente dando vueltas con la historia que quiero contar. Eso me permite que, pasado un tiempo, cuando me siento puedo resolver varios capítulos. Pero lo ideal sería sentarse todos los días y escribir un rato.

—Ya que mencionaste la Clínica de Novela, contanos de qué se trata.
—En la Clínica de Novela trabajo todos los días. No enseño escritura creativa ni hago edición, sino que trabajo con proyectos. Vienen a mí personas que mayormente ya tienen formación en escritura, me plantean su idea y desde allí trabajamos. Por ejemplo, viene una persona y dice que quiere escribir una novela con la idea del suicidio, entonces en base a eso, las charlas que tenemos, los estudios de género que hacemos, y de acuerdo a la disposición que tenga el escritor yo veo de qué género puede ser ese trabajo. Así vamos buscando distintos focos y puntos de vista desde donde escribir, y luego elegimos lo que entendemos más interesante y se decide contar la historia desde un determinado lugar.

—¿La satisfacción más grande la tenés por el lado de la escritura o por el de la docencia?
—Se complementan ambas cosas. Una función está absolutamente ligada a la otra. Yo siento entre ambas un gran complemento y me siento muy bien.

—¿Económicamente también dependés de la literatura?
—No tengo otra vida que no sea literaria y no sé hacer otra cosa tampoco. La Clínica de Novela es mi ocupación desde hace 10 años, y si bien es parte de mi sustento, surgió por una necesidad de comunicar fundamentalmente lo que había aprendido en Italia, donde viajé tras recibirme de Licenciada en Comunicación Social y realicé estudios de postgrado sobre literatura italiana. Respecto de la escritura, en 2017 firme un contrato por diez años con Randon House Mondadori, cediendo los derechos de dos novelas, aunque siempre me gustó la autoedición.

Un día las sombras hablarán

—¿No creés que la autoedición, con lo que implica todo su proceso, pueda ponerte límites?
—La verdad, no siento que sea una limitación. Al contrario, me da libertad, y cuando uno aprendió a ser libre es muy difícil cambiarlo. Particularmente, me gusta todo el proceso, no sólo escribir un libro, sino también encargarme de la promoción y la venta. Soy de Santa Fe y tengo gente amiga que me convoca y así realizo giras por pueblos de esa provincia, por ciudades de Entre Ríos y también de Buenos Aires, y son contactos que no quiero perder y que una editorial grande no me lo permitiría. Me gusta llevar mis libros, porque la gente también me quiere ver y no solamente ir a comprar a la librería, sobre todo en sociedades muy chicas.

—¿Te imponés escribir todos los años un libro?
—No, la verdad que no, pero quizás ahora, como una decisión o un desafío, le ponga más intensidad a la escritura.

—Tu obra “La casa del silencio” ahora lleva otro nombre ¿por qué el cambio?
—Es justamente una de las novelas que vendí sus derechos a Randon House Monditori y que ahora se llama Un día las sombras hablarán, es un puzzle que tiene tres tramas, una principal y dos subtramas que el propio lector debe ir entrelazando para completar la historia principal. El cambio de título lo pidió la editorial para diferenciarla claramente de la autopublicación. También debí corregir ciertos modismos del lenguaje utilizado, por ser demasiado español-rioplatense, más teniendo en cuenta que la novela fue subida a una plataforma desde donde lee gente de todo el mundo.

Arroyo de cenizas

—Tenés un libro de cuentos llamado “Arroyo de cenizas” ¿cómo surgió ese nombre?
—Leí La muerte en Venecia, una novela de la década del 50 de Thomas Mann, y me quedé impactada por la historia y por la sencillez como está narrada, y analizando el personaje, que se llama Aschenbach, y haciendo unos comentarios en un programa de radio en el que participaba, descubrí que en español quiere decir Arroyo de cenizas y me impactó esa imagen, porque el arroyo de cenizas es cuando ya no queda nada, y así surgió que el título del libro de cuentos fuera ese.

—¿Podés contarnos cómo creas tus personajes?
—Aquí debo volver al tema de la inspiración y por qué no creo en ella. Si yo confiara en la inspiración, ¿qué valor tendría mi trabajo? Sería como que alguien me dicta. Y ¿cuál es mi aporte a la literatura si alguien me está dictando? Yo creo en el trabajo y así, primero defino el tema. En La casa del silencio quería contar cómo el advenimiento de la democracia implosiona dentro de una casa, metáfora de la sociedad, donde no hay tiempo para acomodar los silencios de tantos años. Resuelto esto, recién pude pensar en los personajes. Entonces definí al protagonista, un comisario retirado, machista, autoritario, que necesita imponer su voluntad tanto dentro como fuera de la casa, que tiene negocios turbios. Y luego di forma a la hija y la esposa quienes, sin dudas, por las características de él, no debían hablar. Sólo haber conocido primero la historia que quería contar me permitió trazar esos perfiles. Es la confluencia de factores que van a influir en la trama, lo que termina definiendo a los personajes.

—¿Entendés que todos los personajes tienen algo del autor?
—Aunque sea mínimamente, sí. Porque si en ese personaje hubiera nada más que un recuerdo de la infancia del autor, ya tendría algo de él. Porque el autor, en forma generosa, siempre está regalando alguna impresión propia al personaje.

—¿Creés que entre el cuento y la novela hay uno más fácil de escribir que el otro?
—Son dos géneros enormemente diferentes. En el cuento es necesario el efecto. En tres páginas se debe resolver y para ello se necesita el efecto inmediato para que el lector se quede pensando y así tocar alguna de sus fibras. La novela da más tiempo. Particularmente no tengo problemas con los géneros discursivos. Me gusta la ficción en general, me siento muy cómoda. Es un lugar que siento muy propio.

—¿Cualquiera puede escribir?
—Sí, pero creo que para escribir hay que ser valiente desde dos puntos de vista. Primero hay que tener valentía porque no sabe qué resultado va a tener la obra, si va a gustar, si la van a leer, si va a tener la posibilidad de editarla, si después la va a vender. Y también hay que ser valiente en el sentido de aceptar que uno está exponiendo algo suyo siempre, ya sea una forma de ver el mundo propia, o tal vez una manera de verlo que tiene que ver con la propia observación, aunque uno no la comparta, pero siempre el escritor exhibe algo propio.

—¿Escribís para vos o para los demás?
—Escribo para mí. Cuando era chica y quería ser escritora, yo necesitaba expresarme. No pensaba que tenía que haber otro. De hecho, hay géneros en la Argentina y el mundo que no me atraen y no los escribiría sólo porque venden. Fundamentalmente escribo para comunicar. Antes de ponerme a escribir una novela me hago esa pregunta: “¿Qué hay para comunicar?”.

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