Catalina Peña: “Estudiar canto es retomar la libertad que se tiene cuando se es chico”

Por Walter Omar Buffarini

Vibra en el aire el sonido silencioso de lo que sonó una vez y nunca volvió callar. El espacio se presume armonioso y entonado. Libre, esa es la palabra. Igual se presenta Catalina Peña, armoniosa, entonada y con la libertad que le da hablar de lo que más le gusta: la música.

Cata nació en la ciudad de Buenos Aires, pero adoptó a La Plata como su lugar, urbe que no la vio nacer pero la contempló adoptar la canción como su forma de ser.

Se desplaza, crece y sobrevive a ritmo de jazz, swing y soul. Se dice feliz sobre un escenario, pero confiesa que por nada cambiaría el mundo mágico de enseñar a los demás a encontrar su propia melodía.

En diálogo con ContArte Cultura en las salas de ensayo Black, Catalina desanda con placer un largo camino recorrido y muestra lo feliz que uno puede ser cuando ama lo que hace y logra vivir de lo que ama.

—¿Cuándo y cómo encontraste el camino de la música?
—Fue al poco tiempo de haber venido de Buenos Aires a La Plata a estudiar Antropología; tenía 19 años y comencé a formar parte del coro del Museo de Ciencias Naturales. Ahí conocí a Cecilia Milazzo y Luz María Suárez Pepe, quienes me estimularon un montón para que estudiara canto. Y así arranqué, casi como un hobbie en forma paralela a la carrera en la facultad. En ese momento, la primera profesora a la que acudí me dijo que ya estaba grande para empezar a cantar.

—No fue la forma más auspiciosa para iniciar tu carrera…
—La ignoré, como hago casi siempre con todo. Arranqué estudiando canto clásico, aproximadamente tres años, y a la vez me fui contactando con gente que hacía música y se inició un camino imparable. Luego comencé a cantar con una profe que se llama Natalia Varela y así una cosa fue llevando a la otra. De a poco la Antropología se fue quedando en el camino, a tal punto que faltando poco para recibirme dejé la carrera, en el año 2002, y comencé a dedicarme plenamente a la música.

—¿Y cómo llegó esa decisión?
—Había comenzado a cantar en un grupo vocal que se llamaba Eva se fue y me apareció la oportunidad de empezar a enseñar gracias a una recomendación de Natalia Varela. Ella me estimuló para que empezara a dar clases. En esa época estaba embarazada de mi primer hijo y verdaderamente encontré en la docencia, en el canto, en la música, el lugar en donde me sentía realmente libre y cómoda. En realidad, me enamoré de la docencia. De todas las cosas que he hecho, dar clases es la que más feliz me hace y más me conmueve.

—¿Y sos de seleccionar a tus alumnos?
—No creo que la palabra sea seleccionar, pero procuro no trabajar con niños. Mis alumnos arrancan en los 14 o 15 años. Estoy convencida de que la técnica vocal es una exploración sumamente consciente del cuerpo. El tipo de abordaje que yo le doy al trabajo vocal necesita de una madurez y una autoobservación que un chico no tiene la necesidad de hacer. Y no hablo de que no tenga la capacidad, sino la necesidad. Los chicos tienen que jugar, entonces creo que meterlos en un camino de autoobservación cuando ellos naturalmente tienen el don de cantar, no es necesario. Para mí, la preparación vocal, el estudiar canto, es un redescubrimiento de la fonación natural. Es volver a las fuentes, regresar a ese lugar donde se supo estar. Es retomar la libertad que se tiene cuando se es chico.

—Entonces es mucho más que aprender canto…
—En realidad, lo que uno hace es redescubrir su propio sonido. La historia corporal, la emocional, las cosas que uno fue viviendo, hicieron que el curso natural de la vos se fuera amoldando, acomodando a esas experiencias, al cuerpo que uno trae, a su historia. Entonces descubrimos que lo que está bueno del proceso de aprender canto, es descubrir esos lugares por los que uno anduvo y desconfigurar el sonido para encontrar libertad.

“A la gente que viene
rebotada de otros lugares,
con esa frase de
‘vos no podés cantar’,
los defiendo
a capa y espada.”

—¿Y enseñar ese camino te provoca satisfacción?
—Es mágico. Uno hace magia. Cómo no voy a tener satisfacciones. Dar clases es mágico, es completo. Uno logra ver a alguien que se encuentra con sí mismo, que se descubre, que se destraba, y decís “estoy acá para ayudar a esta persona, para acompañarla”. Esa persona logra levantar vuelo y vos te sentís un portaaviones. La docencia es lo más lindo que existe. A mí me encanta cantar, amo el escenario, ahí soy super feliz, pero no hay nada, nada, nada que reemplace la sensación de acompañar a alguien que venía todo trabado, que estaba super censurado, que tenía un montón de cosas que no podía destrabar de sí mismo y verlo cantar, y descubrir que esa persona está siendo feliz y que vos tuviste que ver con eso.

—Al mirar tus quince años de profesión ¿qué es lo que más destacás?
—Me quedo con una actitud, que es el coraje. Veo que me banqué las cosas y seguí, me reinventé constantemente. Me quedo con mi capacidad de remar esta profesión, que no es fácil. Y si debo agradecerle a alguien por lo que he logrado en la música, esa es Natalia Varela Olid, sin duda. Me emociono al decirlo porque Naty fue mi gran maestra. También hay mucha gente más a la cual agradecer. En teatro tuve la posibilidad de tener a un gran profesor como Gastón Marioni, también Claudio Gallardou, Germán Crivos. Toda gente que ha sumado un montón en mi vida. Pero realmente Naty ha sido la persona por lejos más influyente, porque fue la que me dijo “vos servís para esto, éste es el camino que vos tenés que seguir”, y no se equivocó.

—Y si hablamos de economía, ¿vivís más de la docencia que de la interpretación?
—Siempre mi fuente de ingreso fue la enseñanza, la docencia. Pero trabajé de otras cosas. Fui actriz, hice humor en radio. Siempre abriendo muchos “kioscos” para poder sustentarme: la radio, el teatro, la música, cantando, dando clases.

—¿Tu sueño es vivir de cantar o tal vez abrir una academia de enseñanza?
—Es difícil decirlo cuando en realidad se está viviendo el sueño. En realidad, es un devenir. La vida del artista es así. Uno no se instala en alguna situación en particular diciendo “mi objetivo es tal cosa”. Uno vive gestando y armando proyectos. El trabajo del artista es conseguir trabajo. Entonces es generar y generar y generar. Sí, la idea en un futuro sería armar un espacio en el que se pueda gestar un movimiento dentro de lo que es la enseñanza y el aprendizaje del canto. Un lugar en donde los profesores puedan ir a dar talleres, pero algo más itinerante, no con la rigidez de la estructura de una escuela. Tuve una formación bastante heterodoxa, entonces trato de gestionar algo así, distinto.

—Sin duda que todos encontramos piedras en nuestro camino profesional, ¿cuáles fueron las tuyas?
—En principio tengo que reconocer que siempre tuve mucha suerte. Siempre encontré gente que me ayudó un montón para llevar a cabo mi trabajo. Gente que me ha dado manos enormes, que me ha brindado trabajo, que me abrió espacios, entonces es difícil hablar de piedras. La tosca principal es uno mismo cuando se boicotea, cuando se autolimita, más allá de los traspiés lógicos de la profesión. Y en verdad es una profesión que te caga a palos. Perder el trabajo es lo más normal que te puede pasar. Es parte del laburo el rechazo. Es parte que a la gente no le guste lo que hacés. Y para la mujer es un poco más difícil en el arte. No sé si tanto en el teatro, pero en la música sí hay un temita con las mujeres, pero insisto que yo he tenido muchísima suerte, a pesar de haber tenido que lidiar con el prejuicio de género. Sobre todo, con aquello que sentencia que la mujer es histérica, que es loca.

—Cuando la elección es tuya, ¿te inclinás por un hombre o una mujer para encarar un proyecto?
—El prejuicio de género existe y mucho, y la verdad es que encontrás hombres que son bastante histéricos también. Pero me parece que lo que en definitiva una elige son personas. Si tuviera que definirme no tengo dudas que soy sumamente feminista. Soy autogestiva, soy independiente y siempre me manejé sola, pero a la hora de los proyectos no elijo ni hombres ni mujeres, elijo personas. Si tiene talento, tiene buena energía, tiene ganas de laburar, no importa si es mujer u hombre. En la música he trabajado más con hombres porque es lo que más rápido encontrás, pero sin dudas trabajaría y he trabajado con mujeres, como en el caso de Eva se fue.

“Me parece que pensar
el arte con perspectiva
de género atrasa.
Son justamente prejuicios
de género y nada más.”

—Por tu experiencia ¿qué recomendarías a otras mujeres?
—Hay ámbitos que son más machistas que otros. No voy a negar el machismo del rock o del jazz, que son los espacios en los que me muevo. Es real, es difícil, existe. Una mujer en el rock es una remadora, y en el ámbito del blues ni hablar. Y tiene que lidiar con esos prejuicios. Creo que hay mucho de la cultura de la música que limita la inserción de la mujer y es cierto que muchas nos hemos sentido amedrentadas y entramos como pisando huevo, vamos viendo, tratando de no molestar a nadie, pero igual creo que en definitiva es dialéctico, y ante ello lo que tenés que hacer es plantarte y sostener tu deseo y tu arte. No es fácil, no creo que sea fácil para la mujer en ningún ámbito, y creo que la música no escapa a eso. Igual, entiendo que ahora hay otro pensamiento gracias a un enorme cambio cultural. Sin duda hay otra cabeza funcionando, a pesar que el rock sea el ámbito que más atrasa en eso.

—¿Y dentro de tu actividad en la música cómo llevás la familia?
—No es fácil ser músico y tener una familia. Tal vez por eso mis parejas han sido músicos, porque conocen y te entienden. Pero si, se lleva bien. En mi caso mis tres hijos me acompañan a todos lados. La familia entiende que es el trabajo y mi rol es ese. Sin duda, todo depende del diálogo. Hay que hablar mucho porque no es una vida “normal”. Lo que tengo claro es que si fuera médica mis hijos se tendrían que acomodar a mis guardias, si fuera maestra se tendrían que acostumbrar a verme trabajar corrigiendo en casa. En el caso de ser cantante, profesora de canto o preparador vocal, tienen que convivir con los horarios, con los alumnos gritando en casa, pero todo se acomoda.

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