Graciela Aletti: “Narrar es como abrir una ventana y hacer que el otro vea lo que hay detrás”

Por Walter Omar Buffarini //

Se adueña de la palabra y la expresa. Necesita hacerlo para ser ella misma. Lo necesita para alcanzar su meta, esa de contar historias y despertar sensaciones, emocionar.

La psicóloga platense Graciela Aletti es narradora, o tal vez sea narradora antes de ser psicóloga, y ella misma logra poner en duda ese orden, porque afirma que siempre le gustó contar, pero no solo como una enumeración de sucesos, sino poniendo en cada relato el color de lo que cuenta.

En diálogo con ContArte Cultura, en una cálida entrevista en el Centro Cultural Islas Malvinas de La Plata, Aletti contó, narró y se emocionó al mostrarse en esa actividad que abraza íntimamente desde toda la vida y que hace más de una década se animó a compartir con todos.

—¿Cuándo fue la primera vez que sentiste la necesidad de narrar?
—Creo que soy narradora desde que nací. Desde que era muy pequeña, siempre conté. Me gusta mucho hablar. Hablo y hablo, aunque sé que a veces lo hago demasiado. Pero para mí es un verdadero placer. Si encuentro a alguien y le quiero decir “que lindo este patio”, lo que hago es describirlo: “¡Y vos no sabés que lindo que es! Tiene plantas de naranja y allí estaba un regimiento militar…”. Yo necesito hacer la historia, tengo que pintarlo. Siempre lo hice así.

¿Pero creés que algo en particular lo despertó?
—Tiene que ver con algo que quiero compartir porque es muy emotivo para mí. Yo vivía con mis tías y me cuidaba una viejecita, Doña María. Yo era muy chiquita, y cuando mis tías se iban a trabajar Doña María me leía las postales que le mandaban a ella desde Italia. A mí me encantaba, aunque no entendía nada. A pesar de ello me disparaba la imaginación. Creo que ahí nació esto de imaginar la historia. Siempre estaba imaginando y le decía: “Leeme, pero no me leas ni de muertes, ni de brujas, ni de miedo”, y ella siempre me contaba una historia. Después, yo lo hice con mis hijos también.

—Y en algún momento lo empezaste a hacer en público…
—Eso vino después. Fui muchos años a un taller literario y llegado un momento publicamos una antología de cuentos y la presentamos en un lugar muy lindo. Habíamos hecho un evento y yo fui la encargada de hacer la presentación y oralizar para vender el libro. Entonces fue que vino una señora y me dijo “vos no tenés que escribir, tenés que ser narradora”. Aquello fue alrededor de 2005, y yo no tenía ni idea de cómo se hacía. Ahora hace más de 10 años que lo hago, y ya me considero una narradora profesional.


No me interesa que me aplaudan,
sí que se emocionen a través de lo que les cuento.
Eso es lo lindo de la narración.


—¿Recordás los primeros pasos en esta actividad?
—Esa misma persona que me sugirió ser narradora me presentó a Carolina Espinoza, que es una narradora colombiana, muy buena. Y ahí empecé como jugando, y después me contacté con los narradores sociales de la Provincia, un grupo hermosísimo con el que íbamos a narrar gratis a las escuelas, a los hogares de menores, al Hospital de Niños. Eso me posibilitó conocer a un montón de profesionales de esta actividad, entre los que estaba Haydeé Guzmán, con quién conformamos un lindo dúo.

—¿Narrar en ese grupo y para ese tipo de público debe haber sido muy enriquecedor?
—Sin dudas que sí, pero finalmente dejé de participar porque resultaba una exigencia a la que se me hacía muy difícil responder. Debíamos viajar mucho a lugares muy remotos. Me había retirado hacía muy poco de mi actividad como psicóloga en el Hospital de Melchor Romero y ya había trabajado muchos años con el dolor humano, y no quería seguir yendo a hospitales y hogares donde se ven realidades muy duras. En ese momento decidí hacer de la narración algo más placentero, me abrí de los narradores sociales y me largué sola. Comencé a estudiar, a hacer talleres, entre los que destaco uno que realicé con una gran narradora como es Ana María Bovo.


Malena

Malena es mi nombre de narradora y tiene un porqué. Hace mucho tiempo, cuando recién empezaba con esta actividad, yo reflexionaba “¿qué voy a contar? Con esta voz que tengo de cantante de tango. Porque yo tengo voz de Adriana Varela y muy bien no voy a poder contar, porque parezco Malena, la del tango”, y así fue como me quedó el seudónimo. Cuando me presentan no soy Graciela Aletti, sino Malena.


—Nos comentabas que todo se inició en un taller de escritura, ¿finalmente la narradora le quitó su espacio a la escritora?
—A mí también me gusta mucho escribir y contar mis cuentos. Tengo varios que algún día, y creo que será dentro de poco, me animaré a publicarlos. Me tengo que animar, pero lo voy a hacer. Me gustaría que en el futuro mis nietos puedan leer el libro de su abuela, ese es mi sueño.

—¿Y cómo conviven en vos la psicología con la literatura?
—Soy una mujer grande, hace 46 años que soy psicóloga y entrar en este mundo de la narración y de la escritura es algo que pensé que nunca iba a lograr. Así que cuando alcanzo meterme en ese mundo de la literatura para mí es una enorme emoción. Lo disfruto como un adolescente, y les digo a mis hijos “ven que cuando uno quiere puede lograr las cosas”, ese el mensaje que a mí me gusta dar.

—¿Tu profesión de psicóloga te sirvió o te sirve para tu actividad de narradora?
—Seguramente que sí. Me sirve para conocer al otro a la hora de narrar, porque tenés que tener empatía con ese otro para poder llegar a emocionarlo. Y también me sirve para manejar precisamente esas emociones y saber cómo acercarme a ese otro, al espectador. Por otra parte, me encanta mi profesión de psicóloga infanto-juvenil, adoro los niños, pero no me gusta narrar para chicos.

—¿Qué te produce subir a un escenario?
—Es un sueño. Cuando subo dejo de ser Graciela Aletti y soy otra persona. Yo narro con el corazón. Narrar es como abrir una ventana y hacer que el otro vea lo que hay detrás. Pero que no vea las palabras que le cuento, sino que sea algo propio, que en definitiva vea a través de mi narración.


No sé si lo hago bien o mal,
sólo sé que narro desde el corazón.
Lo vivo.


—¿Cómo es eso?
—Sería así: yo narro un cuento sobre el patio de la casa de Doña María, lo describo, y también describo a Doña María que está allí, bordando. Lo que busco es que el que me está oyendo construya su propia Doña María bordando, eso es lo que tiene que lograr el narrador. No contar, porque contar es otra cosa. Narrar es abrir esa ventana, es sacar a bailar a quien escucha y llevarlo con uno, y que se emocione.

—¿Tenés algún secreto para lograr ese efecto?
—Creo que cuando un narrador toma el cuento de determinado autor, se tiene que “apropiar” de ese texto, tiene que metérselo dentro, hacerlo propio, desarmarlo y armarlo.

—Necesito volver a preguntar cómo.
—Bueno, el ejemplo sería este: en un espectáculo en La Plata narro un cuento de Eduardo Sacheri, que se llama “Geografía de Tercero”. Trata de un tipo que se encuentra con una profesora que era re-jodida, que lo había hecho sufrir mucho. Esa es la historia, la esencia del mensaje es del autor, de Sacheri, pero yo me adueño y hago una historia para la gente que me esta escuchando. No lo cuento en la escuela de Avellaneda donde iba Saccheri, lo hago en la Escuela Normal Nacional Mixta Nº 3 de La Plata, en el “Glorioso Normal 3”, donde venía la “Pocha” Núñez (histórica jefa de preceptores de ese colegio platense) y nos hacía temblar, entonces a la gente que escucha le pasan cosas, se emociona de otra manera. Eso es narrar, y no se está traicionando al autor, porque se utiliza su esencia y se lo respeta, aunque a muchos de ellos no les guste.

—¿Antes de dedicarte a la narración como lo hacés en la actualidad, la practicabas para algún público más íntimo?
—Yo empecé a narrar hace más de diez años, pero antes siempre lo hacía para mis hijos en casa. Y hoy, más allá de los escenarios, lo sigo haciendo para mis nietos. Vivo cerca de la República de los Niños y voy con mis nietas, pero no las llevo a los juegos, las llevo a inventar, y ellas mismas me terminan pidiendo: “Abuela, hacé una historia”. Creo que eso lo heredé de mi mamá. A ella también le gustaba narrar. Mamá era muy de contarte.


La Gracie de Rosa

Durante mi niñez, en el barrio de La Plata en donde nací y me crié, a las chicas las llamaban asociando su nombre al de sus madres. Mi mamá, Rosa, era la portera de la escuela, y la portera en esa época era todo, y lógicamente un personaje muy importante. Así resulta que con el paso de los años, junto a mi esposo nos fuimos a un hotel de Bariloche y, al momento de hospedarnos, cuando nos piden los datos y yo digo mi nombre, el señor que nos atendía me miró y me dijo “pero vos sos la Gracie de Rosa”. Después de la sorpresa y lo gracioso del momento, finalmente resultó que se trataba de un vecino del barrio.

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