
Literatura
Gabriela Cabezón Cámara, Premio Sor Juana Inés de la Cruz 2024
La escritora argentina Gabriela Cabezón Cámara recibió el Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2024, que desde 1993 se otorga a las voces femeninas más destacadas de las letras hispanas.
El galardón refleja el reconocimiento al papel fundamental de la mujer en el ámbito literario, y sirve como recordatorio de que sus voces, hoy más que nunca, merecen ser escuchadas, vistas y leídas.
Marisol Schulz Manaut, directora general de la 38ª Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), señaló en la ceremonia, celebrada en el auditorio Juan Rulfo, que este reconocimiento a la literatura escrita por mujeres a lo largo de la historia es un testimonio de su contribución y de su trascendencia. “Me llena de alegría que este año el galardón haya recaído en una escritora a quien admiro profundamente: Gabriela Cabezón Cámara, por su novela ‘Las niñas del naranjel'”.
“La obra -afirmó Schulz– es una narración que juega hábilmente con las voces, con una fluidez que transita entre lo femenino y lo masculino. Con una mezcla de español y guaraní, enriquece su lectura, tanto en lo lingüístico como en lo moral”. Añadió además que “es una novela que envuelve al lector en una atmósfera cautivadora, un mundo que es tan real como onírico”.
Para presentar a Cabezón Cámara, la escritora mexicana Ana García narró al auditorio que encontró una descripción sumamente simpática de ella en la página web de la revista Anfibia. La descripción, a medio camino entre una sección de sociales y una admiración juvenil, decía: “Gabriela Cabezón Cámara combina una cultura apabullante con una actitud rocker. Sabe muchísimo de literatura griega y, tras hablar brevemente de su trayectoria, concluye: ‘Sus peinados cambian a menudo y sus tendencias provocan suspiros dentro y fuera del ambiente cultural’”.
Esta anécdota, explicó Ana García, le permitió captar lo que representa la autora: una escritora quien, además de ser una de las voces más célebres de la literatura argentina actual, destaca no sólo por su trabajo extraordinario, libre y refinado con el lenguaje, sino también por su liderazgo en causas que ahora nos ocupan y preocupan a todos. Feminista, ambientalista, defensora de los derechos de las personas LGBTIQ+ y de la universidad pública, afirmó que la razón occidental, aunque generosa con una parte del mundo, ha sido cruel con la otra. “Gabriela posee una valentía y una actitud como decía esa semblanza, de una verdadera roquera, lo que la hace sobresalir de manera vigorosa”, indicó García.
“Las niñas del naranjel” es una novela que es una apuesta por el lenguaje y por un personaje trans, la célebre monja Alférez, que se viste como el capitán español Antonio y cruza la selva con dos niñas guaraníes. Según Ana García, “es una obra tierna y dura, como señala Samanta Schweblin en la contraportada, luminosa y extraordinaria. La virtuosa libertad con la que Gabriela juega con el lenguaje en su obra es, a mi juicio, un espejo de las libertades que defiende apasionadamente: una forma de vivir en libertad”.
Por su parte, la autora agradeció el galardón: “Como lo complicado, el aire, como la materia, el fuego, como su centro, las peñas, como su fin, los intentos, y como el agua de la vertiente, como las nubes al viento, como esas aves tan bellas como tantas otras que hicieron mi lengua. Lo explica, aquí estoy diciendo, gracias a sor Juana, por supuesto… A los pueblos que defienden de ese vampiro voraz, que es el capital, a los bosques, los humedales, las selvas, a los árboles, las montañas, a los otros animales, a los ríos que hacen cauces sobre el barro, en el cielo y debajo de las raíces. Gracias a los pueblos amerindios tenemos agua y aire todavía, y en esa lucha se juegan las vidas, y muchas veces se las quitan. Gracias a la literatura, ese tejido de todo lo que respira haciéndose historias, juego y música, que concibe lo inconcebible, otros mundos, otros tejidos, otras maneras de estar”.
(Fotos: Feria del Libro de Guadalajara)

Literatura
“El canto invisible”, los silencios y las fracturas de la Argentina en la pluma de Claudia Piñeiro

La escritora Claudia Piñeiro regresa a la ficción con “El canto invisible”, su nueva novela, una historia atravesada por la amistad, el duelo y los secretos, en la que el canto de las aves funciona como punto de partida para indagar en la dificultad de escuchar al otro en una sociedad marcada por tensiones políticas y generacionales.
Publicada por Alfaguara, la novela tiene como protagonista a Julia Muntaner, una editora de 64 años que acaba de perder a Marina Martinelli, su amiga desde los tiempos universitarios en La Plata. Bióloga especializada en aves, Marina muere atropellada después de una discusión ocurrida durante una protesta contra los recortes presupuestarios en el Hospital Garrahan.
Tras su muerte, Julia se instala en la casaquinta que su amiga le dejó como herencia y comienza a trabajar en el manuscrito que Marina no llegó a terminar, dedicado al canto de los pájaros y sus vínculos con el arte, la literatura, la música y el cine. Esa tarea también abre un recorrido por una amistad de décadas y conduce a Julia hacia una verdad que Marina mantuvo oculta durante toda su vida.
Piñeiro construye el relato a través de distintos registros: el monólogo de Julia dirigido a su amiga muerta, una voz omnisciente que sigue a los demás personajes y fragmentos del libro inconcluso de Marina. En ese cruce aparece una de las ideas centrales de la obra: oír constituye un acto fisiológico, mientras que escuchar requiere atención, voluntad y disposición para recibir aquello que otro intenta comunicar.
La novela traslada esa pregunta a las relaciones familiares, las diferencias entre generaciones y las discusiones políticas. La Argentina contemporánea aparece a través de los reclamos por la salud pública, el crecimiento de las nuevas derechas entre sectores jóvenes y una grieta ideológica que también atraviesa los vínculos personales.
El canto invisible aborda además la experiencia de la vejez y la sensación de invisibilidad que enfrenta Julia a los 64 años, cuando se reconoce vital y llena de proyectos mientras adquiere una conciencia cada vez más concreta sobre la finitud.
Autora de “Las viudas de los jueves”, “Elena sabe”, “Catedrales” y “El tiempo de las moscas”, entre otros títulos, Piñeiro vuelve así sobre uno de los territorios recurrentes de su literatura: el modo en que los secretos privados, los mandatos familiares y los conflictos íntimos terminan por revelar las tensiones de una época.
(Fuente: Agencia Noticias Argentinas)
Historias Reflejadas
“Un colorado Había una vez”


Un Colorado “Había una vez”
Detrás del Colorín Colorado, en el espacio que sigue al punto final, siempre era posible encontrar una nueva historia.
En cambio, en el instante que seguía al “Había una vez”, justo allí sobre esa burbuja de palabras, existía algo que alguien alguna vez contó.
A veces, se trataba de un viaje interplanetario, hacia planetas lejanos en los que era necesario recuperar los recuerdos. La magia de las palabras creaba el ambiente adecuado. Como si fueran ladrillos unidos para edificar, ellas se encargaban de traer a la memoria aquello que había sucedido o quizás lo que jamás sucedió, pero era necesario inventar: un cuento…Y Colorín Colorado…
De pronto, varios animales caminaban por las páginas de un libro para hacerse escuchar. Algunos levantaron vuelo para tejer una historia de historias que era necesario revelar. Había una vez…
Dicen que para atrapar un sueño es necesario viajar hasta el arcoíris, abrazar sus colores y dejarse pintar por sus rayas. Colorín amarillo. Hubo un color que se perdió y la historia quedó descalza.
No era sencillo viajar en un zapato, eso lo sabía aquel pie que se desprendió de uno de ellos, que hasta entonces había sido su compañero inseparable. Había una vez un zapato, sin pie, que se animó a caminar para contar su propio cuento, sin Colorín ni Colorado.
A menudo había que tener varios ojos para no perderse los detalles. Era posible que detrás del Colorín Colorado naciera un cuento de cuentos en el que el Colorado perdido ya formara parte del siguiente “Había una vez”…
Andrea Viveca Sanz
Se reflejan en esta historia: “Los planetas Elfos”, del libro Familias raras de este planeta y otros de Graciela Repún, ilustrado por Sara Sedrán; “Cuando un águila piensa”, del libro Cuentos del bosque de Cristina Ramos, ilustrado por Marcela Calderón; “Prohibido el elefante”, del libro Prohibido el elefante de Gustavo Roldán, con ilustraciones de Luis Pereyra; y los cuentos “Pedro, el zapato” y “Siete colores”, del libro Cuentos para siete colores de Susana Gesúmaría y Aarón Cupit, ilustrado por Héctor Martínez.
Textos para escuchar
Pasar por el espejo – Luis Carranza Torres

El escritor cordobés Luis Carranza Torres lee su cuento Pasar por el espejo
Mi reflejo en el espejo no era yo sino aquella que había sido antes. De alguna forma, sabía eso. Parada frente al espejo, fogonazos de esa vida que no alcanzaba a comprender, me azotaban la mente y me sacudían en lo profundo del espíritu. Otra yo en otra vida, espejo de por medio. Mi imagen se reflejaba distinta sobre el vidrio pulido, provocándome una gran confusión. No entendía muchas cosas pero sabía que esa, al otro lado del espejo, era yo. Aun cuando tuviera un palmo más de altura, o el color de su cabello no fuera castaño sino negrísimo. Lo confirmaba al verla a los ojos, a pesar del distinto color alrededor de las pupilas. A mi tono ámbar el espejo lo devolvía como un gris apagado. Pero podía ver la misma mirada de estupor que estaba sintiendo. Una mezcla de temor y ansiedad, pero también de creciente excitación.
Observaba, maravillada, como no se parecía en nada a mi actual aspecto. Claro que, también pensé, tampoco yo lucía del mismo modo que al nacer, o cuando niña.
No me cabía duda alguna, me reconocía por lo que mostraban esas facciones: angustia, orfandad. Siempre me había visto así, más acá o más allá del espejo. Castaña o morocha, más alta o más baja.
—No luches—me dijo la figura al otro lado del espejo. Movía sus labios aunque yo tuviera paralizado los míos—. Es inútil. No depende de ti ni de mí. Sólo tiene que suceder. Volver a ser una. La felicidad pasa por estar completas.
El espejo, o ella en el espejo, me atrajo hacia el otro lado. Se trataba de una sensación extraña, que principió con un cosquilleo y luego prosiguió en tremendos espasmos. Una corriente inmaterial que me arrastraba hacia lo que tenía en frente, espejo de por medio. La imagen de la que era en otra parte o había sido en otro tiempo. Un otro yo que me buscaba, para unirse a mí. Nuestras palmas de las manos se tocaron a uno y otro lado. Experimenté entonces una especie de una corriente eléctrica, intensa. Una sacudida dolorosa pero liberadora que, por alguna razón, contenía una promesa de paz. Asustada, estremecida, no pude dejar de mirarla, ni de ir hacia ella. Me resultaba imposible dejar de observarla o resistirme a ser arrastrada. Ella me atraía, como un imán espiritual poderoso, a lo profundo del espejo, a fundirme con esa que era yo. Tras todas dudas y algo de pelea, me dejé ir. Mi rostro se agrandó hasta ser tragado por el espejo en un estallido de estrépito.
Todo se volvió blanco. De un blanco brillante que deslumbraba. Dolor. Me sentí flotar. El resplandor se transformó en luz. Parpadeé para acostumbrarme, desde la oscuridad dolorosa en la que había caída, a la nueva claridad donde me hallaba.
Un hombre de blanco y lentes me observó. Muy serio.
—¿Que me pasó?—pregunté.
El hombre de blanco me respondió con voz cansada:
—Otra vez olvidaste tomar tus pastillas.







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