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Literatura

Murió Alice Munro, Premio Nobel de Literatura 2013

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La escritora canadiense Alice Munro, galardonada con el Premio Nobel de Literatura y cuyos relatos sobre los amores y tribulaciones de las mujeres de un pequeño pueblo de su tierra natal la convirtieron en una aclamada maestra del relato corto, murió el lunes a los 92 años, informó el diario Globe and Mail.

El Globe, citando a miembros de su familia, afirmó el martes que Munro padecía demencia desde hacía al menos una década.

Munro publicó más de una decena de colecciones de cuentos y fue galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2013.

Sus historias exploraban el sexo, el anhelo, el descontento, el envejecimiento, el conflicto moral y otros temas en entornos rurales con los que estaba íntimamente familiarizada: pueblos y granjas de la provincia canadiense de Ontario, donde vivía. Era experta en desarrollar personajes complejos en las limitadas páginas de un relato corto.

Munro, que escribía sobre gente corriente con claridad y realismo, fue comparada a menudo con Antón Chéjov, el autor ruso del siglo XIX conocido por sus brillantes relatos cortos, una comparación que la Academia Sueca citó al concederle el Premio Nobel.

La Academia la calificó de “maestra del relato corto contemporáneo”: “Sus textos presentan a menudo descripciones de sucesos cotidianos pero decisivos, una especie de epifanías, que iluminan la historia circundante y dejan que las preguntas existenciales aparezcan en un relámpago”.

En una entrevista concedida a la Canadian Broadcasting Corporation tras ganar el Nobel, Munro declaró: “Creo que mis relatos han tenido una difusión bastante notable para ser relatos cortos, y realmente espero que esto haga que la gente vea el relato corto como un arte importante, no sólo como algo con lo que se juega hasta tener escrita una novela”.

Entre sus obras figuran: “Danza de las sombras felices” (1968), “La vida de las mujeres” (1971), “¿Quién te crees que eres?” (1978), “Las lunas de Júpiter” (1982), “Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio” (2001), “Fugitiva” (2004), “La vista desde Castle Rock” (2006), “Demasiada felicidad” (2009) y “Querida vida” (2012).

Los personajes de sus historias eran a menudo niñas y mujeres que llevan vidas aparentemente poco excepcionales, pero luchan contra tribulaciones que van desde los abusos sexuales y los matrimonios asfixiantes hasta el amor reprimido y los estragos de la edad.

Su historia de una mujer que empieza a perder la memoria y acepta ingresar en una residencia de ancianos, titulada “El oso atravesó la montaña”, de “Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio”, fue adaptada a la película nominada al Oscar en 2006 “Lejos de ella”, dirigida por la también canadiense Sarah Polley.

Vergüenza y pudor

La novelista canadiense Margaret Atwood, que escribió en The Guardian después de que Munro ganara el Nobel, resumió su obra.

“La vergüenza y el pudor son fuerzas motrices para los personajes de Munro, del mismo modo que el perfeccionismo en la escritura ha sido una fuerza motriz para ella: conseguirlo, hacerlo bien, pero también la imposibilidad de ello. Munro relata el fracaso mucho más a menudo que el éxito, porque la tarea del escritor lleva el fracaso incorporado”.

El relato corto, un estilo más popular en el siglo XIX y principios del XX, lleva mucho tiempo relegado a un segundo plano frente a la novela en el gusto popular -y a la hora de atraer premios-. Pero Munro era capaz de infundir a sus relatos cortos una riqueza argumental y una profundidad de detalles que suelen ser más propias de las novelas largas.

“Durante años y años pensé que los relatos eran sólo para practicar, hasta que tuviera tiempo de escribir una novela. Luego descubrí que eran lo único que podía hacer y así lo afronté”, declaró Munro a la revista New Yorker en 2012.

Fue la segunda escritora nacida en Canadá en ganar el Nobel de Literatura, pero la primera con una identidad claramente canadiense. Saul Bellow, que ganó en 1976, nació en Quebec pero se crio en Chicago y era considerado un escritor estadounidense.

Munro también ganó el Premio Internacional Man Booker en 2009 y el Premio Giller -el galardón literario canadiense de mayor prestigio- en dos ocasiones.

Alice Laidlaw nació el 10 de julio de 1931 en Wingham, un pequeño pueblo de la región del suroeste de Ontario que sirve de escenario a muchos de sus relatos, en el seno de una familia de granjeros con dificultades económicas, y empezó a escribir en la adolescencia.

Munro empezó a escribir relatos cortos mientras se quedaba en casa. Su intención era escribir una novela algún día, pero con tres hijos nunca encontró el tiempo necesario. La autora empezó a labrarse una reputación cuando sus relatos empezaron a publicarse en el New Yorker en la década de 1970.

Se casó con James Munro en 1951 y se trasladó a Victoria (Columbia Británica), donde ambos regentaron una librería. Tuvieron cuatro hijas -una murió a las pocas horas de nacer- antes de divorciarse en 1972. Después, Munro regresó a Ontario. Su segundo marido, el geógrafo Gerald Fremlin, murió en abril de 2013.

En 2009, Munro reveló que se había sometido a una operación de bypass cardíaco y que había recibido tratamiento contra el cáncer.

(Información de Ismail Shakil y David Ljunggren. Editado en español por Javier Leira y Juana Casas, Reuters).

Literatura

“El canto invisible”, los silencios y las fracturas de la Argentina en la pluma de Claudia Piñeiro

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La escritora Claudia Piñeiro regresa a la ficción con “El canto invisible”, su nueva novela, una historia atravesada por la amistad, el duelo y los secretos, en la que el canto de las aves funciona como punto de partida para indagar en la dificultad de escuchar al otro en una sociedad marcada por tensiones políticas y generacionales.

Publicada por Alfaguara, la novela tiene como protagonista a Julia Muntaner, una editora de 64 años que acaba de perder a Marina Martinelli, su amiga desde los tiempos universitarios en La Plata. Bióloga especializada en aves, Marina muere atropellada después de una discusión ocurrida durante una protesta contra los recortes presupuestarios en el Hospital Garrahan.

Tras su muerte, Julia se instala en la casaquinta que su amiga le dejó como herencia y comienza a trabajar en el manuscrito que Marina no llegó a terminar, dedicado al canto de los pájaros y sus vínculos con el arte, la literatura, la música y el cine. Esa tarea también abre un recorrido por una amistad de décadas y conduce a Julia hacia una verdad que Marina mantuvo oculta durante toda su vida.

Piñeiro construye el relato a través de distintos registros: el monólogo de Julia dirigido a su amiga muerta, una voz omnisciente que sigue a los demás personajes y fragmentos del libro inconcluso de Marina. En ese cruce aparece una de las ideas centrales de la obra: oír constituye un acto fisiológico, mientras que escuchar requiere atención, voluntad y disposición para recibir aquello que otro intenta comunicar.

La novela traslada esa pregunta a las relaciones familiares, las diferencias entre generaciones y las discusiones políticas. La Argentina contemporánea aparece a través de los reclamos por la salud pública, el crecimiento de las nuevas derechas entre sectores jóvenes y una grieta ideológica que también atraviesa los vínculos personales.

El canto invisible aborda además la experiencia de la vejez y la sensación de invisibilidad que enfrenta Julia a los 64 años, cuando se reconoce vital y llena de proyectos mientras adquiere una conciencia cada vez más concreta sobre la finitud.

Autora de “Las viudas de los jueves”, “Elena sabe”, “Catedrales” y “El tiempo de las moscas”, entre otros títulos, Piñeiro vuelve así sobre uno de los territorios recurrentes de su literatura: el modo en que los secretos privados, los mandatos familiares y los conflictos íntimos terminan por revelar las tensiones de una época.

(Fuente: Agencia Noticias Argentinas)

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Historias Reflejadas

“Un colorado Había una vez”

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Un Colorado “Había una vez”

Detrás del Colorín Colorado, en el espacio que sigue al punto final, siempre era posible encontrar una nueva historia.

En cambio, en el instante que seguía al “Había una vez”, justo allí sobre esa burbuja de palabras, existía algo que alguien alguna vez contó.

A veces, se trataba de un viaje interplanetario, hacia planetas lejanos en los que era necesario recuperar los recuerdos. La magia de las palabras creaba el ambiente adecuado. Como si fueran ladrillos unidos para edificar, ellas se encargaban de traer a la memoria aquello que había sucedido o quizás lo que jamás sucedió, pero era necesario inventar: un cuento…Y Colorín Colorado…

De pronto, varios animales caminaban por las páginas de un libro para hacerse escuchar. Algunos levantaron vuelo para tejer una historia de historias que era necesario revelar. Había una vez…

Dicen que para atrapar un sueño es necesario viajar hasta el arcoíris, abrazar sus colores y dejarse pintar por sus rayas. Colorín amarillo. Hubo un color que se perdió y la historia quedó descalza.

No era sencillo viajar en un zapato, eso lo sabía aquel pie que se desprendió de uno de ellos, que hasta entonces había sido su compañero inseparable. Había una vez un zapato, sin pie, que se animó a caminar para contar su propio cuento, sin Colorín ni Colorado.

A menudo había que tener varios ojos para no perderse los detalles. Era posible que detrás del Colorín Colorado naciera un cuento de cuentos en el que el Colorado perdido ya formara parte del siguiente “Había una vez”…

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia: “Los planetas Elfos”, del libro Familias raras de este planeta y otros de Graciela Repún, ilustrado por Sara Sedrán; “Cuando un águila piensa”, del libro Cuentos del bosque de Cristina Ramos, ilustrado por Marcela Calderón; “Prohibido el elefante”, del libro Prohibido el elefante de Gustavo Roldán, con ilustraciones de Luis Pereyra; y los cuentos “Pedro, el zapato” y “Siete colores”, del libro Cuentos para siete colores de Susana Gesúmaría y Aarón Cupit, ilustrado por Héctor Martínez.

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Textos para escuchar

Pasar por el espejo – Luis Carranza Torres

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El escritor cordobés Luis Carranza Torres lee su cuento Pasar por el espejo

Mi reflejo en el espejo no era yo sino aquella que había sido antes. De alguna forma, sabía eso. Parada frente al espejo, fogonazos de esa vida que no alcanzaba a comprender, me azotaban la mente y me sacudían en lo profundo del espíritu. Otra yo en otra vida, espejo de por medio. Mi imagen se reflejaba distinta sobre el vidrio pulido, provocándome una gran confusión. No entendía muchas cosas pero sabía que esa, al otro lado del espejo, era yo. Aun cuando tuviera un palmo más de altura, o el color de su cabello no fuera castaño sino negrísimo. Lo confirmaba al verla a los ojos, a pesar del distinto color alrededor de las pupilas. A mi tono ámbar el espejo lo devolvía como un gris apagado. Pero podía ver la misma mirada de estupor que estaba sintiendo. Una mezcla de temor y ansiedad, pero también de creciente excitación.

Observaba, maravillada, como no se parecía en nada a mi actual aspecto. Claro que, también pensé, tampoco yo lucía del mismo modo que al nacer, o cuando niña.

No me cabía duda alguna, me reconocía por lo que mostraban esas facciones: angustia, orfandad. Siempre me había visto así, más acá o más allá del espejo. Castaña o morocha, más alta o más baja.

—No luches—me dijo la figura al otro lado del espejo. Movía sus labios aunque yo tuviera paralizado los míos—. Es inútil. No depende de ti ni de mí. Sólo tiene que suceder. Volver a ser una. La felicidad pasa por estar completas.

El espejo, o ella en el espejo, me atrajo hacia el otro lado. Se trataba de una sensación extraña, que principió con un cosquilleo y luego prosiguió en tremendos espasmos. Una corriente inmaterial que me arrastraba hacia lo que tenía en frente, espejo de por medio. La imagen de la que era en otra parte o había sido en otro tiempo. Un otro yo que me buscaba, para unirse a mí. Nuestras palmas de las manos se tocaron a uno y otro lado. Experimenté entonces una especie de una corriente eléctrica, intensa. Una sacudida dolorosa pero liberadora que, por alguna razón, contenía una promesa de paz. Asustada, estremecida, no pude dejar de mirarla, ni de ir hacia ella. Me resultaba imposible dejar de observarla o resistirme a ser arrastrada. Ella me atraía, como un imán espiritual poderoso, a lo profundo del espejo, a fundirme con esa que era yo. Tras todas dudas y algo de pelea, me dejé ir. Mi rostro se agrandó hasta ser tragado por el espejo en un estallido de estrépito.

Todo se volvió blanco. De un blanco brillante que deslumbraba. Dolor. Me sentí flotar. El resplandor se transformó en luz. Parpadeé para acostumbrarme, desde la oscuridad dolorosa en la que había caída, a la nueva claridad donde me hallaba.

Un hombre de blanco y lentes me observó. Muy serio.

—¿Que me pasó?—pregunté.

El hombre de blanco me respondió con voz cansada:

—Otra vez olvidaste tomar tus pastillas.

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