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Literatura

D10S – Juan Manuel Cuello

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El escritor Juan Manuel Cuello lee su texto D10s.


D10s

Agarró unos botines de cuero de una caja de cartón que hacía de soporte de una columna con otras cajas en las que había diferentes tipos de calzados. Era la última, la de abajo de todo, o la primera que se colocó en aquella esquina trasera e izquierda del placar que había en su habitación. El cuero estaba durísimo, y los tapones tenían adherido barro con más de treinta años, se habrá convertido en adobe,  reflexionó. Fue a la heladera y tomó un poco de grasa de vaca que guardaba en el compartimento de las verduras por si alguna vez llegaba a necesitarla. Esta era una de esas veces, y cortó un pedazo grueso con su cuchilla grande de mango blanco  que afila los domingos por la mañana mientras toma mate y come bizcochos, dejándola siempre brillosa y afilada. La grasa la pasó con mucho esmero y paciencia por el cuero de los botines negros y poco a poco fueron recobrando vitalidad. La suela comenzó a flexionarse levemente, de arriba abajo, formando unos paréntesis más bien convexos. Quitó las plantillas y sacudió las pelusas que guardaba ahí dentro. Ya no tenían olor a pata. Capaz que el olor se aburrió de estar ahí adentro tanto tiempo, pensó mientras dejaba de escapar una sonrisa por el chiste que se hizo a sí mismo.  Las tiras de colores rojos y azules ya no se veían, se habían gastado y sólo podía percibirse una leve sombra. Y se preguntó dónde estarán ahora todos los colores. Se puso los botines y le quedaban cómodos. Se sintió otra vez joven y le dio un zurdazo con el empeine a la caja que guardaba los botines y se elevó por los aires llegando al techo del gallinero. ¡Estoy listo para volver! –gritó con toda la fuerza que tenía dentro suyo. Levantó con mucho esmero una y otra vez sus rodillas llevándolas hasta su pecho o hasta la cintura, y comenzó a hacer unos “piques cortos” desde la higuera hasta el alambrado del corral de los chanchos.

Fue a buscar la pelota de cuero al galpón. Estaba debajo de la mesada de madera que usaba para trabajar. La infló con un compresor que tenía una válvula que entraba perfecto, y la misma grasa que había usado para los botines, se la pasó a la pelota de gajos hexagonales de color azul y amarillo que le había regalado su abuelo hace más de cuarenta años. La picó contra el piso repetidamente y por suerte no estaba ovalada. Pintó unas líneas de cal formando un rectángulo de 20 x 10 y puso dos arcos que armó con unos viejos postes de unos corrales que había quitado para darle espacio a la soja, bien centrados en cada uno de los lados más cortos. ¡Nooo! ¡Me faltan las áreas y el círculo central! – gritó hacia el banco de suplentes que había improvisado con dos reposeras de madera y una lona. Cuando estuvo todo listo tiró la moneda hacia el aire, ¡Sí! ¡Cara! – dijo apretando el puño y persignándose mientras tomaba la pelota y la apoyaba delicadamente en el centro de la cancha. Con las manos en la cintura hizo un leve movimiento de cabeza hacia el costado pegó un silbido y enfiló hacia el arco que tenía enfrente. Tiró algunos amagues y dibujó algunos firuletes que tenía en el tintero mientras estiraba sus manos en señal de alto, como intentando mantener cierta distancia. Mandó una pelota en cortada e hizo dos o tres zigzagueos. Cayó al suelo y se incorporó haciendo el típico gesto con la mano que hacen los futbolistas para pedirle al referí que saque tarjeta, ¡por lo menos amarilla! – gritó. Acomodó la pelota en la puerta del área y miró hacia el cielo. Tomó una leve carrera y con la cara interna de su pie izquierdo, ejecutó el tiro libre. La pelota rodó despacio, pero logró llegar al arco. Dio contra la cara interna del poste y terminó descansando en la red para siempre. Hizo un trote hacia las gradas, dio un salto que apenas lo hizo despegar del piso. Golpeando su pecho y señalando con su dedo índice en esa dirección gritó con lágrimas en los ojos, ¡Es para vos Diego!


Este texto fue publicado en 2023 en el libro “Cuentos Reunidos en este lugar”, editado por Tercero en Discordia. Algunos de esos cuentos se pueden escuchar en “Cuentos Reunidos” en Spotify y Youtube, donde cada viernes a las 16 se actualiza con un nuevo episodio.

El cuento “D10S” fue leído en la última Feria del Libro de Almirante Brown, cuando Juan Manuel Cuello se presentó invitado por la SADE local.

Cuello es docente y periodista egresado de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Vive en Chascomús, ciudad donde nació hace 47 años.

Literatura

“El canto invisible”, los silencios y las fracturas de la Argentina en la pluma de Claudia Piñeiro

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La escritora Claudia Piñeiro regresa a la ficción con “El canto invisible”, su nueva novela, una historia atravesada por la amistad, el duelo y los secretos, en la que el canto de las aves funciona como punto de partida para indagar en la dificultad de escuchar al otro en una sociedad marcada por tensiones políticas y generacionales.

Publicada por Alfaguara, la novela tiene como protagonista a Julia Muntaner, una editora de 64 años que acaba de perder a Marina Martinelli, su amiga desde los tiempos universitarios en La Plata. Bióloga especializada en aves, Marina muere atropellada después de una discusión ocurrida durante una protesta contra los recortes presupuestarios en el Hospital Garrahan.

Tras su muerte, Julia se instala en la casaquinta que su amiga le dejó como herencia y comienza a trabajar en el manuscrito que Marina no llegó a terminar, dedicado al canto de los pájaros y sus vínculos con el arte, la literatura, la música y el cine. Esa tarea también abre un recorrido por una amistad de décadas y conduce a Julia hacia una verdad que Marina mantuvo oculta durante toda su vida.

Piñeiro construye el relato a través de distintos registros: el monólogo de Julia dirigido a su amiga muerta, una voz omnisciente que sigue a los demás personajes y fragmentos del libro inconcluso de Marina. En ese cruce aparece una de las ideas centrales de la obra: oír constituye un acto fisiológico, mientras que escuchar requiere atención, voluntad y disposición para recibir aquello que otro intenta comunicar.

La novela traslada esa pregunta a las relaciones familiares, las diferencias entre generaciones y las discusiones políticas. La Argentina contemporánea aparece a través de los reclamos por la salud pública, el crecimiento de las nuevas derechas entre sectores jóvenes y una grieta ideológica que también atraviesa los vínculos personales.

El canto invisible aborda además la experiencia de la vejez y la sensación de invisibilidad que enfrenta Julia a los 64 años, cuando se reconoce vital y llena de proyectos mientras adquiere una conciencia cada vez más concreta sobre la finitud.

Autora de “Las viudas de los jueves”, “Elena sabe”, “Catedrales” y “El tiempo de las moscas”, entre otros títulos, Piñeiro vuelve así sobre uno de los territorios recurrentes de su literatura: el modo en que los secretos privados, los mandatos familiares y los conflictos íntimos terminan por revelar las tensiones de una época.

(Fuente: Agencia Noticias Argentinas)

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Historias Reflejadas

“Un colorado Había una vez”

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Un Colorado “Había una vez”

Detrás del Colorín Colorado, en el espacio que sigue al punto final, siempre era posible encontrar una nueva historia.

En cambio, en el instante que seguía al “Había una vez”, justo allí sobre esa burbuja de palabras, existía algo que alguien alguna vez contó.

A veces, se trataba de un viaje interplanetario, hacia planetas lejanos en los que era necesario recuperar los recuerdos. La magia de las palabras creaba el ambiente adecuado. Como si fueran ladrillos unidos para edificar, ellas se encargaban de traer a la memoria aquello que había sucedido o quizás lo que jamás sucedió, pero era necesario inventar: un cuento…Y Colorín Colorado…

De pronto, varios animales caminaban por las páginas de un libro para hacerse escuchar. Algunos levantaron vuelo para tejer una historia de historias que era necesario revelar. Había una vez…

Dicen que para atrapar un sueño es necesario viajar hasta el arcoíris, abrazar sus colores y dejarse pintar por sus rayas. Colorín amarillo. Hubo un color que se perdió y la historia quedó descalza.

No era sencillo viajar en un zapato, eso lo sabía aquel pie que se desprendió de uno de ellos, que hasta entonces había sido su compañero inseparable. Había una vez un zapato, sin pie, que se animó a caminar para contar su propio cuento, sin Colorín ni Colorado.

A menudo había que tener varios ojos para no perderse los detalles. Era posible que detrás del Colorín Colorado naciera un cuento de cuentos en el que el Colorado perdido ya formara parte del siguiente “Había una vez”…

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia: “Los planetas Elfos”, del libro Familias raras de este planeta y otros de Graciela Repún, ilustrado por Sara Sedrán; “Cuando un águila piensa”, del libro Cuentos del bosque de Cristina Ramos, ilustrado por Marcela Calderón; “Prohibido el elefante”, del libro Prohibido el elefante de Gustavo Roldán, con ilustraciones de Luis Pereyra; y los cuentos “Pedro, el zapato” y “Siete colores”, del libro Cuentos para siete colores de Susana Gesúmaría y Aarón Cupit, ilustrado por Héctor Martínez.

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Textos para escuchar

Pasar por el espejo – Luis Carranza Torres

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El escritor cordobés Luis Carranza Torres lee su cuento Pasar por el espejo

Mi reflejo en el espejo no era yo sino aquella que había sido antes. De alguna forma, sabía eso. Parada frente al espejo, fogonazos de esa vida que no alcanzaba a comprender, me azotaban la mente y me sacudían en lo profundo del espíritu. Otra yo en otra vida, espejo de por medio. Mi imagen se reflejaba distinta sobre el vidrio pulido, provocándome una gran confusión. No entendía muchas cosas pero sabía que esa, al otro lado del espejo, era yo. Aun cuando tuviera un palmo más de altura, o el color de su cabello no fuera castaño sino negrísimo. Lo confirmaba al verla a los ojos, a pesar del distinto color alrededor de las pupilas. A mi tono ámbar el espejo lo devolvía como un gris apagado. Pero podía ver la misma mirada de estupor que estaba sintiendo. Una mezcla de temor y ansiedad, pero también de creciente excitación.

Observaba, maravillada, como no se parecía en nada a mi actual aspecto. Claro que, también pensé, tampoco yo lucía del mismo modo que al nacer, o cuando niña.

No me cabía duda alguna, me reconocía por lo que mostraban esas facciones: angustia, orfandad. Siempre me había visto así, más acá o más allá del espejo. Castaña o morocha, más alta o más baja.

—No luches—me dijo la figura al otro lado del espejo. Movía sus labios aunque yo tuviera paralizado los míos—. Es inútil. No depende de ti ni de mí. Sólo tiene que suceder. Volver a ser una. La felicidad pasa por estar completas.

El espejo, o ella en el espejo, me atrajo hacia el otro lado. Se trataba de una sensación extraña, que principió con un cosquilleo y luego prosiguió en tremendos espasmos. Una corriente inmaterial que me arrastraba hacia lo que tenía en frente, espejo de por medio. La imagen de la que era en otra parte o había sido en otro tiempo. Un otro yo que me buscaba, para unirse a mí. Nuestras palmas de las manos se tocaron a uno y otro lado. Experimenté entonces una especie de una corriente eléctrica, intensa. Una sacudida dolorosa pero liberadora que, por alguna razón, contenía una promesa de paz. Asustada, estremecida, no pude dejar de mirarla, ni de ir hacia ella. Me resultaba imposible dejar de observarla o resistirme a ser arrastrada. Ella me atraía, como un imán espiritual poderoso, a lo profundo del espejo, a fundirme con esa que era yo. Tras todas dudas y algo de pelea, me dejé ir. Mi rostro se agrandó hasta ser tragado por el espejo en un estallido de estrépito.

Todo se volvió blanco. De un blanco brillante que deslumbraba. Dolor. Me sentí flotar. El resplandor se transformó en luz. Parpadeé para acostumbrarme, desde la oscuridad dolorosa en la que había caída, a la nueva claridad donde me hallaba.

Un hombre de blanco y lentes me observó. Muy serio.

—¿Que me pasó?—pregunté.

El hombre de blanco me respondió con voz cansada:

—Otra vez olvidaste tomar tus pastillas.

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