
Literatura
El Filbita abre su 9na. edición con el eje puesto en la curiosidad
El Festival de Literatura Infantil Filbita tendrá su novena edición del 15 al 17 de noviembre en la Ciudad de Buenos Aires con la curiosidad como tema motor de una programación gratuita que desplegará talleres, lecturas y charlas de la mano de autores, bibliotecarios, mediadores e ilustradores que trabajan en el universo de los libros para niños y adolescentes.
En esta edición, el festival para niños y niñas que organiza Fundación Filba junto a editoriales, institutos y organizaciones se pensó sobre el tema de la curiosidad, no tanto como eje para diseñar una programación, sino más bien como un móvil temático que mueve el deseo por conocer, surcar caminos, aprender, explorar lo desconocido.
Con la curiosidad como motor, durante tres días en cuatro sedes porteñas (Alianza Francesa, Museo de Arte Moderno, Casona de los Olivera y Biblioteca Parque de la Estación) habrá más de 30 actividades para chicos y chicas y sus familias: talleres, charlas, lecturas, espacios de arte, dibujo, poesía, instancias para la ciencia, la experimentación y también recitales.
La idea es “juntarnos en torno a los libros y a la literatura, volver a pensar en la lectura como un espacio de construcción cívica, social y de ciudadanía sobre todo desde la infancia, y seguir creando universos de lo posible”, sostuvo durante la presentación del festival María Luján Picabea, a cargo de contenidos y producción junto a Larisa Chausovsky y Anne-Sophie Vignolles.
Como cada edición se esperan invitados internacionales: estarán la ilustradora catalana Marta Altés, autora de “Soy un artista”; el narrador y librero uruguayo Horacio Cavallo; la poeta peruana Micaela Chirif, distinguida hace poco con el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños; y el artista plástico brasileño -el único que habla otra lengua- Renato Moriconi, que escribió junto a Chirif el libro “Dentro de una cebra” incluido en la prestigiosa selección de The White Ravens.
De la robusta escena de la literatura infantil, el género más vendido según las estadísticas del mercado editorial, estarán en su representación Ema Wolf, Paula Bombara, Max Aguirre, Nicolás Schuff, Sandra Comino, Laura Ávila, Pablo de Santis, Franco Vaccarini y Carola Martínez. También participarán de actividades que cruzan libros y música las cantautoras Mariana Cincunegui y Julieta Venegas.

El primer día, con sede en la Biblioteca del Parque de la Estación, se concentrará en adultos (mediadores, bibliotecarios, docentes, autores) y ofrecerá paneles y talleres con inscripción previa en la web, como uno de escritura que dará Chirif sobre la relación entre texto e imagen; y como broche de oro Ema Wolf, referente de la literatura del género fantástico, se sumará por primera vez al Filbita con una entrevista pública.
Aunque el sábado habrá dos instancias más para adultos en la Alianza Francesa -un taller a cargo de Altés y una charla con Renato Mosconi-, será ese día desde las 15 en el Museo de Arte Moderno cuando comenzará la programación con actividades para todas las edades (desde bebés de ocho meses hasta adolescentes) con espacios de juego, narraciones, recorridas por las muestras y talleres de música, ciencia, arte y poesía.
Como cierre de la jornada del sábado, a las 18, en el museo del barrio porteño de San Telmo, tendrá lugar una jam de dibujo, lecturas y música en vivo que reunirá a más de 15 invitados, como Sandra Comino que leerá textos; Christian Montenegro, el ilustrador que hizo la gráfica de esta edición del Filbita, que estará dibujando; y Mariana Cincunegui y Guido Vilar que compartirán su música.
El tercer y último día del Filbita desembarcará en la Casona de los Olivera, de 15 a 19 en Parque Avellaneda: habrá un taller de historieta con Max Aguirre, otro para armar una enciclopedia de saberes insólitos, espacios para jugar con palabras o dibujar explorando los derechos de la niñez, una cita para experimentar y aprender de energía a cargo de YPF, y un novedoso taller de rap pensado para niños y niñas a partir de los diez años.
La jornada del domingo concluirá a las 18.30 entre lecturas y canciones: Julieta Venegas aportará la música y Gonzalo Heredia narrará la colección “Cuentos que cuidan” que realizó Unicef Argentina junto a escritores como Paula Bombara, Graciela Repún, Pablo Bernasconi, Silvia Schujer y los ilustradores Ivanke, mEy!, Paula Elissambura y Patricia López Latour.
Además de la programación, durante el Filbita estarán a la venta los libros de los autores que participan de esta edición del festival, y por primera vez se incorporará una actividad distinta, “postas literarias”, donde la idea será convocar la lectura a demanda a través de autores que estarán disponibles para leer y conversar con el público.
La programación completa de la novena edición del Filbita, que se desarrollará del 15 al 17 de noviembre con entrada gratuita, se puede consultar en la página web www.filba.org.ar.

Historias Reflejadas
“La libertad de las palabras”


La libertad de las palabras
Atardecía, las rejas invisibles que acompañaban al niño sin nombre recibían los últimos rayos del sol. Quizás por eso las palabras habían tomado otro color y ese niño gris brillaba entre los otros que rodeaban la gran jaula.
Adentro, un ave murmuraba su pena, una pena que guardaba debajo de sus alas tristes, enredada entre sus plumas descoloridas por el encierro.
Una brisa suave, como un quejido, anunciaba el final. Sin embargo, el susurro multicolor que provenía de las bocas infantiles auguraba el principio de una libertad compartida.
El niño sin nombre se sintió de pronto atraído por los secretos escondidos en el libro que leían para liberar al ave.
Imaginaron y desearon, un idioma diverso dio lugar a una lluvia de palabras justas, que cayeron como frutas maduras para dejar sobre el suelo semillas de esperanza. El niño desplegó sus alas y por primera vez se atrevió a volar.
El ave sintió sobre su cuerpo dolorido la caricia del viento, extendió su gran pico y haciendo una reverencia se entregó a un vuelo sin rejas, como el del niño, que empezaba a escribir una nueva historia, de colores, con letras recién nacidas.
Atardecía cuando el niño sin nombre escuchó por primera vez la palabra amigo. Sus ojos brillaron cómplices con los del ave que se alejaba en busca de su tierra, de la misma manera que él encontraba su lugar.
Había una vez un libro, capaz de soñar mil historias nuevas, en el que cada palabra encerrada adquiría la fuerza de la libertad.
Por Andrea Viveca Sanz
Se reflejan en esta historia: “Palabras de colores”, cuento del libro “Griten a los cuatro vientos, los niños tienen derechos” de Olga Drennen y Ana Inés Castelli; “Tucán aprende una palabra”, de Márgara Averbach; “Había una vez un libro”, de Adela Basch con ilustraciones de María Delia Lozupone; y el cuento “Nadie lo puede negar”, de Olga Drennen del libro “Antología Picnic de lecturas”.
Textos para escuchar
La observación de los pájaros – Roberto Fontanarrosa

Un cuento de Roberto Fontanarrosa, por Alejandro Apo (en Radio Continental)
Uno abre la puerta y sale a la calle con un infierno escarbándole las entrañas. Afuera, la siesta del domingo transcurre silenciosa y quieta, como si no pasara nada. Y no pasa nada, hermano, no pasa nada. Si después de todo, es apenas un partido más. Un partido más entre los miles de partidos que han jugado los clásicos equipos rosarinos. ¿O acaso uno piensa o alguien se acuerda de cómo salieron en el primer partido del año 75? ¿O en el segundo? Ni uno mismo lo sabe. Ni se acuerda. Son emociones momentáneas, pasajeras. Intensas pero fugaces. Un dolor profundo, una alegría enceguecedora pero que al día siguiente ya se va, desaparece sin dejar huellas físicas visibles, como la varicela. Seguro que no hay casi nadie en la cancha. Casi vacío el Parque. Mañana dirá el diario que el partido concitó poco público. Que la campaña irregular de los sempiternos rivales, la promesa de un mal partido y la amenaza de un nuevo empate alejó a las parcialidades, por supuesto. No tiene importancia el partido. Si se pierde, habrá un chisporroteo urticante durante un rato, alguna cargada extemporánea, una mirada sobradora, pero nada más. Nada más. Pero será un empate. Quedan 45 minutos apenas, si es que ya ha empezado el segundo tiempo. 45 minutos. Pero ¿cómo es posible que tarden tanto en pasar 45 minutos? ¿Cómo puede ser que se transformen en una eternidad inacabable? La cosa es no mirar el reloj. No mirarlo nunca. Entonces, de pronto, cuando uno en un reflejo natural y entendible de animal urbano mira el cuadrante, ya han pasado 40 minutos o 43, no queda nada. Dos minutos apenas, un suspiro, una minucia de tiempo, un preámbulo mísero al gesto altivo del árbitro que levanta la mano derecha y muestra a los jugadores, a la tribuna y al mundo, que adiciona dos minutos solamente, que le importa un carajo que haya habido ocho de demora por choques y turbamultas y que está dispuesto a cortar el clásico lo antes posible con la tranquilidad de haber sacado el partido sin problemas mayores ni expulsiones injustas. Es así. Pero lo más jodido son los primeros 20 del segundo tiempo, eso es lo jodido, uno cavila. Allí todavía los equipos quieren llevarse los dos puntos y el local especialmente, carajo, se lanzará al ataque obligado por su condición de dueño de casa. ¡Y los nuestros son tan boludos que siempre se desconcentran en los primeros minutos! Entran dormidos, no encuentran las marcas, les meten goles imbéciles tras un rebote. Goles boludos… ¿Qué es eso? ¿Qué es eso? ¡Un bocinazo! ¡Hay un gol! ¡Alguien festeja! Si se escucha otra bocina no quedan dudas, ya se celebra… Pero no hay nada. Vuelve el silencio.
Uno camina y percibe un golpeteo sordo, un tam-tam opresivo desde el lado de adentro del pecho. La boca pastosa ¿cómo mierda pueden tardar tanto en pasar 45 minutos? Si uno va a comer por ejemplo, o a tomar un café y esta allí, al pedo, charlando, mirando a la gente, distraído y de pronto cuando mira el reloj, ya se le ha pasado más de una hora ¿Cómo es posible esa diferencia de densidad en el tiempo? Es más, hace muy poco, digamos ayer sin ir más lejos, uno estaba en el patio de su casa jugando a los soldaditos y ahora, de golpe y porrazo, ya tiene la edad que tiene y se le ha caído el pelo de la cabeza. Hace horas prácticamente, se reunía con los compañeros de la secundaria festejando la finalización del quinto año, estrechaba la mano de Podestá, jodía con Carelli y de pronto, en un soplo, está aquí, caminando por las calles del barrio como un prófugo, como un linyera, como un fugitivo, tratando de que pase de una buena vez por todas ese puto clásico con el resultado que sea. Eso mismo. El resultado que sea. Victoria, empate o derrota. Incluso derrota. Porque la derrota, cuando se acepta, cuando se instala, invade el cuerpo como una medicina amarga pero relajante, resignada. Lo que a uno lo destruye es la ansiedad. Dos semanas, tres semanas, cuatro, esperando que llegue el día preanunciado. Séptima fecha de las revanchas. Y lo inapelable de lo indefectible. Esa bola en el estómago que se va formando en los comentarios previos, durante el partido con Vélez, durante el partido con Ferro, durante el partido con Boca, en torno al clásico que se acerca. La fiesta de la ciudad… ¡justamente! Se van a la concha de su madre con la fiesta de la ciudad. Feliz es ese perro que cruza la calle. Se oyen incluso las pisadas acolchadas de sus patas sobre el empedrado, tal es el silencio de la siesta. No sabe nada del fútbol, no sabe nada del clásico, no le importa un sorete el resultado ¿Y eso? Alguien gritó. Sí. Alguien gritó. En una casa cercana se elevó un grito. ¿Hombre o mujer? Si es mujer puede que no haya pasado nada. Un reproche a su hijo tal vez. Si es de un hombre puede ser un gol. Aunque hay mujeres terriblemente fanáticas también. Es más. Son las peores con las cosas que les gritan a los jugadores en la cancha. La casa es humilde. Puede ser gol de Central, entonces. El barrio es un reducto canalla. Pero ahora está todo muy mezclado. Antes los verduleros eran de Central y los oligarcas leprosos. Pero ahora uno ve conchetos que son canallas y unos grones impresionantes que son leprosos. Se ven incluso niños con la rojinegra muchas veces. No hay seguridad por lo tanto de que ese grito de alborozo provenga de un centralista. De todos modos, no se repite. Uno mira hacia el entorno como un indio. Olfatea el aire, para las orejas, gira la cabeza buscando indicios en el aire. No se puede sufrir tanto. Tal vez sea mejor ir a la cancha. Uno esta allí in situ, en el lugar propiamente dicho de los hechos. Enclavado en medio de la popu, mirando lo que pasa, sin necesidad de adivinar nada ni de que se lo cuenten. Pero hay que ir muy temprano, cuando empieza la reserva. Y pararse y sentarse, y pararse y sentarse y pararse y sentarse cada vez que hay una situación de gol hasta que al fin se paran todos para siempre y se termina esa historia. Hay que estar más entrenado que los jugadores, carajo. Estrujado, además, por la sudorosa multitud bajo el sol inclemente del estío. Y ver el insufrible espectáculo de los lepras cubiertos de banderas gigantescas, saltando y gritando como demonios en la bandeja de enfrente. Porque no se puede ir a las plateas y correr el riesgo de quedar sentado junto al enemigo. Y después, la otra, la verdad: de visitante, sea en la Bombonera, en el Gasómetro o en el Monumental, es muy pero muy probable que te rompan el culo. Históricamente ha sido así. Y el regreso es duro. Pero lo peor es la radio. Es mucho peor que ir a la cancha. Es como pelearse con un tipo en una habitación a oscuras. Los relatores asumen la responsabilidad frente a sus oyentes, y más que nada frente a sus anunciantes, de dotar de dramatismo al espectáculo, esa verdadera fiesta del fútbol rosarino. Por lo tanto, los remates siempre salen rozando los maderos, las atajadas siempre revisten la condición de milagrosas y los ataques en profundidad despiden invariablemente un definitivo aroma a gol. Hay que guiarse entonces por el estallido de la tribuna, allá, en el fondo. El rumoreo de la indiada como telón de fondo del tipo que transmite. Uno escucha el “Uhhh” que se transforma en “Ahhh” cuando todavía el relator no ha alcanzado a gritar que esa pelota se viene como balazo para el marco, y uno ya entiende que nos salvamos de pedo o que volvimos a perder una ocasión irrepetible. Uno escucha el estallido lejano cuando el tipo aún está anunciando que llega el centro y ya sabe que el grandote de ellos saltó y te la mandó a guardar. En la cancha al menos, uno ve dónde está el wing, dónde se fue esa pelota y a qué distancia real del arco se desarrolla la jugada. Aunque también está el recurso de escuchar otro partido y esperar la conexión con Rosario. River-San Lorenzo por ejemplo, que conectará a cada momento con la emoción que se vive en el Parque Independencia en otra edición de uno de los clásicos más antiguos de nuestro fútbol. Pero allí la cosa suele ser peor. El corazón está inerme ante el sablazo fatal de la noticia. Antes por lo menos, con Fioravanti —un caballero de la radiofonía deportiva— alguien te anunciaba: “Atento Fioravanti”. “¡Atento Fioravanti!” llamaba un tipo. Entonces uno se agarraba de las almohadas, por ejemplo —si estaba tirado en la catrera— daba una vuelta carnero sobre el lecho, mordía la sábana y aguardaba, como un pelotudo, como un cordero ante la destreza final del matarife, el golpe artero. Podía ser que llamaran desde otra parte, supongamos, desde Platense en Manuela Pedraza y Cramer, después de todo. O bien desde el coqueto estadio de Atlanta, para anunciar un gol de un ignoto puntero izquierdo. A veces uno, antes, un segundo antes, percibía detrás de aquel llamado cobardemente anónimo el corto e inusual estallido del público, de algún público, más parecido al sonoro griterío de los locales que al apagado de los visitantes y entonces intuía, detectaba, temía, que el llamado fuese desde Rosario. Y para colmo, Fioravanti demoraba la conexión comentando, preciso y atildado, que en esos momentos, los bravos muchachos azulgranas estaban armando la barrera, la empalizada, el valladar, el muro de contención… Pero aquel anuncio, el “¡Atento Fioravanti!”, alertaba el espíritu, prevenía la psiquis y disponía el terreno para recibir el dolor supremo o la alegría enceguecedora. En cambio ahora no. Ahora, de buenas a primeras descaradamente, crudamente, ferozmente, un desaforado se mete en la transmisión vociferando “¡Gol de Boca!” y a la mierda. Uno queda aterido, trémulo, abofeteado, pensando que en esas tres palabras pudo haber cambiado el sentido de la vida, el eje del movimiento del mundo y el sentido mismo de nuestra existencia sobre la Tierra. Por eso, por preservación tal vez, uno puede decidir que no quiere saber absolutamente nada sobre el partido. No quiere verlo ni escucharlo, ni siquiera enterarse del resultado hasta el momento exacto del pitazo final. ¿Por qué? Porque uno sabe que todo sufrimiento tiene un límite, que su cansado corazón no podrá aguantar el trámite, que la angustiosa transmisión radial se sumará a la tensión propia hasta alcanzar ribetes intolerables y que prefiere, en suma, conocer el marcador ya puesto de un impacto seco, un manotazo duro, un golpe helado. Sin embargo encerrarse en un ropero, en la piecita chica de la terraza, puede ser ocioso. El sonido radial es finito, incisivo, líquido y se filtra por las paredes. Usted conoce que su vecino suele estallar en un mugido estremecedor ante los goles. Y están también las lejanas bombas de estruendo. Y las bocinas… El cine puede ser. El cine es una opción. Pero siempre habrá en la platea casi desierta del domingo a la siesta, filas más atrás, otro cobarde con una radio portátil incrustada en el oído. Uno, sensibilizado como un animal en carne viva, pese a las tinieblas lo ha visto y asume desde ese mismo momento, que Sharon Stone podrá ponerse en bolas una y mil veces, que Michael Douglas podrá agarrarse los huevos contra una puerta en repetidas ocasiones, pero que, a uno solo lo tendrá sobre ascuas ese mínimo canturreo oscilante y rápido que más que escuchar, adivina y que proviene de la radio del hijo de mil putas de la fila de atrás que hubiese podido elegir otro cine para refugiarse. Por eso, ahora uno está en la calle. Intentó ver televisión y fue lo mismo. Tomó café, dio vueltas por la cocina pero el tiempo se había detenido en la casa como aquel tiempo que diseñara Bioy Casares en La invención de Morel. De pronto hubo una explosión, clara, inequívoca. Una bomba de estruendo. ¡Aquello era un gol, sin duda alguna! Se levantó de la silla y giró varias veces en torno a la mesa, cautivo del infernal desasosiego.
En la cocina la radio, apagada, muda, lo esperaba ¡Podía ser un gol de Central y uno estaba ahí, como un boludo, sufriendo al pedo! Y si era gol de Newells mala suerte. La resignación, sabía, habría de invadirlo como una melaza reparadora. Hubo que correr hasta la radio y encenderla. El dial capturaba un programa musical, insensible a los problemas medulares de la sociedad. Uno buscó locamente con el dial. Apareció una propaganda gritona y vertiginosa ¡Era allí! “Vamos a la boca del túnel” indicó un tipo. Atrás, el rumoreo. No había excitación en los comentaristas, no había exaltación ni clamoreo. “El empate está bien, hasta el momento” sentenció otro. Era el entretiempo y cero a cero. Algún pelotudo descerebrado había hecho explotar aquella bomba perturbando a la gente en su descanso, atentando contra la vecindad inocente. Uno apagó la radio, casi con rabia ante su ataque de debilidad. Cuarenta y cinco minutos nomás para el final del suplicio. No se podría aguantar allí adentro. La adrenalina recorría el cuerpo como uno de esos carritos multicolores que suben y bajan, endemoniados, por las Montañas Rusas. Había que salir. Caminar. Hacer algo. Ya deben ir como 20 del segundo. Ya seguro los equipos se conforman con el empate. Más vale no arriesgar, quedarse en el molde, cuidar atrás. Un punto es negocio para los dos, ni vencedores ni vencidos, la ciudad tranquila. Todos contentos. Pasa, veloz, un auto. Su conductor lleva el gesto adusto ¡Puede ser otro hincha de Central que está escuchando el resultado tan temido! Sí, a uno le parece haber visto el péndulo de un escarpín azul y amarillo colgando del espejito… ¡Suena una bocina varias veces! Puede ser el inicio de un festejo u, ojalá, el anuncio fatal de un accidente… ¡Ladra un perro! Tal vez se alarmó ante el salto gozoso de su amo, lepra insigne… ¡Atruena el escape abierto de una moto! ¿O son petardos? ¿Hay gol de alguien? ¿Será alborozo ajeno o fuego propio? Uno recupera, de pronto, aquel instinto primario y animal que infructuosamente trataran de legarnos nuestros ancestros aborígenes. Comienza a rastrear señales en la copa de los árboles, a adivinar conductas en la actitud de los animales, a bucear respuestas en los indicios de la naturaleza, en la interpretación del vuelo de los pájaros. Desde una persiana cerrada llega la bocanada fugaz de un relator de radio. Uno apura el paso pero la voz lo persigue como un misil de cabeza inteligente. ¿Qué inflexión ignota había en su voz? ¿La entusiasta y exitista del cronista ante la vibración de una victoria? ¿La cadencia monótona y desilusionada ante la mediocridad de un nuevo empate? Uno es un radar, es una antena, es el cervatillo frágil que eleva el morro húmedo en la espesura, el oráculo que adivina el destino en la lectura sutil de los guijarros. Recuerda sin duda la última tarde en que se perdió — catastróficamente— un clásico. Aquella mañana previa al hecho los perros ladraron alocados, las aves enmudecieron y los gatos tuvieron un comportamiento errático y equívoco revolcándose, aparatosos, sobre sus propias heces. Deben ir, uno calcula, 30 minutos, media hora. Que todo siga así, en calma chicha, que no cambie ¡Otra vez una explosión, otra de estruendo! ¡Que la corten con eso, pelotudos! Ya se la hicieron correr una vez y era mentira. Tiran por tirar. Para hacerlo cagar a uno en las patas, nada más. Aunque sabe que si se confirma un gol de Central lo va a gritar. Solo y en la calle, como un pavote, seguro que pega un salto y se lo grita. Sí señor. Es toda una avalancha de presión que tiene acá, en la boca de la garganta, esperando salir, atragantada. Dobla lentamente un auto, el conductor lo mira y va hacia uno. Es el Negro Mario. ¿Qué quiere este boludo? ¿Por qué aminora la marcha, por qué lo mira? Mario saca media cabeza por la ventana, la menea y sonríe con una mueca triste.
“¡Qué verga que somos, hermano!” dice. Un estilete de hielo le baja a uno desde el pecho hasta la entrepierna. “¿Qué pasa? ¿Perdemos?” pregunta. “Uno a cero”. “Qué va a hacer” dice uno, supuestamente filosófico, medio como si no le importara, como si hubiera salido a caminar porque quiere reflexionar tranquilo sobre el devenir humano en el próximo milenio. Mario acelera y se va. Uno está destruido, pulverizado. Un hachazo feroz lo ha partido por el medio. “Qué va a hacer” se repite ¡Una mierda “Qué va a hacer”! ¡Mañana y pasado y toda la semana viendo en la televisión ese gol puto! Y el festejo, y el salto interminable de los lepra, y la pila de jugadores rojinegros celebrando. Y eso si es un solo gol, después de todo. Porque por ahí Central se va a la desesperada a buscar el empate y se come cuatro. Decí que falta poco… Y aguantarse la cargada de Marini. La cara de sobrador del pelado Vega. Los mil chistes malos que brotan como hongos después de cada derrota. El “¿Sabes cómo le dicen a Central?”. Hay que meterse en la cama y no salir por 20 días. Eso hay que hacer, la puta madre que lo reparió ¿Para qué carajo uno se pone esa remera mugrienta, la blanca con el dibujo del oso panda, que lo acompañara en tres victorias? ¿Para qué mierda se la pone uno? De ahora en adelante, no los ayuda más, así de claro. No los ayuda más. Después de todo ¿qué tiene que ver uno con ellos, con el equipo? ¿Juega acaso? ¿Uno entra a la cancha y juega, acaso? Son once muchachos medianamente conocidos y a la mierda. Nada más. Apenas eso. Hay cosas más importantes en la vida. Si a uno se le estuviera muriendo la madre en este momento, poco y nada de bola le daría al clásico. Un clásico que no pasará a la historia, de eso no hay duda. Uno de tantos. ¿Cuánto va? Ya debe estar por terminar, casi seguro. Ahora sí, que pase algo. Alguna otra explosión, algún otro dato que permita aferrarse a una ilusión momentánea por lo menos. Aunque después resulte otro gol de Ñuls, mirá lo que te digo. Un dos a cero no es goleada, un dos a cero… ¡Hay otra explosión, otra bomba de estruendo! ¡Y ahora otra, y otra más! Terminó. No cabe duda. Se acabó el clásico y nos ganaron. La reputísima madre que lo reparió. Y bueno, ya pasó. Hay cosas peores. Seguimos arriba, de todos modos, en la estadística. Se oscureció la tarde, está nublado. Ojalá que llueva y se arruine todo. Que nadie ande por la calle. Sale un chico de una casa y después otro. El primero, en cueros grita “¡Vamos Central, todavía!”. Un relampagueo de flash lo ilumina a uno por dentro. Se le seca la garganta. Balbuceante alcanza a preguntar, “¿Terminó?”. “Uno a uno” dice el chico, “empató Central sobre la hora”. Uno camina, ahora aterido, por inercia, por instrumental. ¡Central sobre la hora, carajo! ¡Central sobre la hora! No grita. No hace un gesto. No levanta la mano. El grito le explota adentro como una bomba de profundidad ¡Vamos los canallas, todavía! Parece mentira. Uno hubiese pensado que iba a saltar, desencajado; brincar sobre una verja, treparse a un árbol como un simio, escalar por un balcón hasta una terraza. Pero no. No es para tanto. No era tan terrible, después de todo. Tal vez no tan importante. Pero una sensación de lasitud, de calidez, de infinita paz interior lo va invadiendo cordialmente. Ya está a una cuadra de su casa. Tiene hambre, tiene ganas de ver a su madre, de estar con sus amigos, de acariciar la cabeza de los niños que juegan en la vereda, futuro de la Patria. La tarde está clara, plena de sol y hasta más fresca. Uno se detiene un momento antes de entrar a abrir la puerta y cruza un par de frases con su vecina. Le pregunta por las flores que está regando, por la dimensión insólita que ha alcanzado la enamorada del muro. Comprende, de pronto que esa vieja hinchapelotas y mal llevada, no es tan mala. Por lo contrario, es muy simpática. Entra por fin y va hasta el baño, antes de prender la radio para oír, de punta a punta, los comentarios finales. Orina. Se lava las manos, se mira en el espejo. Tiene más de mil nuevas canas en las sienes. Hay dos arrugas novedosas y profundas en la frente. Las ojeras se han tornado más oscuras. Uno ha envejecido cinco años otra vez, igual que siempre. Todo por un clásico, apenas. Un partido de fútbol, simplemente.
Literatura
Fito Páez, la Fundación el Libro y una donación histórica

La Biblioteca Popular de Moquehue, una pequeña localidad de Neuquén de apenas 560 habitantes, recibió una donación de más de 1.100 ejemplares impulsada por Fito Páez durante la inauguración de la 50ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, con la participación de 30 editoriales.
La iniciativa surgió a partir de un pedido del músico rosarino, quien aceptó participar de la apertura musical de la Feria con la condición de organizar una campaña solidaria destinada a promover la lectura. La Fundación El Libro coordinó la convocatoria, que superó ampliamente su objetivo inicial en menos de dos meses.
“Estoy muy feliz de que haya un ámbito lleno de libros y con gente deseosa de leerlos”, expresó Páez tras concretarse la donación, que permitirá disponer de aproximadamente dos ejemplares por habitante.



Los libros llegaron a Moquehue, en el departamento de Aluminé, después de varios meses de dificultades logísticas provocadas por tormentas de nieve e inundaciones que bloquearon los accesos a esta localidad cordillerana, situada a unos 300 kilómetros de Neuquén capital.
La biblioteca estuvo cerca de cerrar sus puertas debido al deterioro del edificio, pero un grupo de voluntarios logró recuperarla y convertirla en un espacio de encuentro cultural para niños, jóvenes y familias.
“Es necesario que nuestros niños conozcan el mundo y las realidades a través de la lectura”, destacó Luján Álvarez, docente y voluntaria responsable de la institución, que desarrolla actividades junto con la Escuela 261.



La selección de los ejemplares contempló las características de la comunidad, integrada por 60 estudiantes primarios, 35 secundarios y unos 150 jóvenes de entre 20 y 35 años.
Entre las editoriales participantes figuran Colihue, Eterna Cadencia, De la Flor, Penguin Random House, Planeta y Siglo XXI, entre otras.
La campaña forma parte de las iniciativas de la Fundación El Libro para ampliar el acceso a la lectura y fortalecer las bibliotecas populares de todo el país.
(Fuente: Prensa Feria del Libro – Agencia Noticias Argentinas)





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