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Historias Reflejadas

“Los animales se hacen cuento”

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Los animales se hacen cuento

En los orígenes, allí donde la nada y el vacío se llenaron de todo, sucedió el milagro. Dicen que una cosa llevó a la otra y de pronto, primero en las aguas y después en la tierra, los animales dijeron presente.

Sus cuerpos de diseños perfectos fueron pincelados con colores diversos y después comenzaron a moverse hasta llegar a los rincones más insólitos del planeta. Nadaron, caminaron, corrieron, treparon y volaron, hasta que un día se hicieron cuento.

Encerrados en las páginas de los libros muchos de ellos viven y cuentan sus historias y nos invitan a ser parte de sus aventuras, a mirar la vida desde otro lado, más arriba, más abajo, en las profundidades del agua o en lo alto del cielo.

Con ellos nos ponemos alas y levantamos vuelo, nos sumergimos para descubrir la vida que burbujea y olfateamos el peligro que hay del otro lado.

Las letras se hicieron palabras para enredarse en historias que alguien dejó escondidas. Después vinieron los lápices y los pinceles que tiñeron de colores las formas dibujadas para dales vida.

Aferrados al papel, los animales se hicieron cuento y también leyenda, se subieron a un arca, se escondieron de los cazadores, se asustaron, cambiaron de color, y pintaron sonrisas en cada uno de los niños que recorrieron las páginas de los libros en los cuales esperan.

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia: “Cuentos de la Patagonia”, de Ana María Shua, Gabriela FabryKant y Paloma Fabrykant; “La paciencia de Noé”, de Fabián Sevilla; “Bichos que vuela”, de Patricia Suárez; y “Nube” de Mario Méndez.

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“El lenguaje de la tierra”

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El lenguaje de la tierra

Había derramado sus últimas palabras. Tres gotas colgaban de su vientre redondo, como si fueran el recuerdo de un tiempo viejo, como lágrimas.

Adentro, en la superficie de los silencios, soplaban vientos de cambio. Unas manos pequeñas sostenían las palabras y las preservaban de aquella depredación injusta y desmedida, sólo para no perder la fertilidad de sus letras en el lenguaje del paisaje.

Algo giraba en los giros del tiempo. Día y noche enredados en la línea del horizonte, cada especie en su nicho, las palabras blandas, diversas, creciendo en el vientre de la madre Tierra para perpetuar los secretos escondidos en su memoria.

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia los siguientes libros: “El nogal de Joaquín”, de Viviana Rivero, con ilustraciones de Victoria Altamirano; “Los liaros, superhéroes de las aves”, de Rosana Esterlizi, con ilustraciones de Beto Díaz; “El viaje de Nahuel”, de Jo Rivadulla, ilustrado por Ziga; y “Cuentos para niños y niñas que quieren salvar al mundo”, de Carola Benedetto y Luciana Ciliento.

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“Recuerdos circulares”

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Recuerdos circulares

Las voces rebotaban sobre las paredes de los recuerdos, los fragmentos en el aire, como partículas que subían y bajaban por la pantalla de la memoria, densas, para precipitarse en una sustancia tan espesa como el recuerdo.

Había palabras proyectadas en las imágenes, palabras que viajaban desde algún lugar distante y se volvían reflejos sobre otras paredes, donde era posible construir el olvido.

Algo se petrificaba en el interior de las voces. Y pesaba.

Los mandatos resbalaron sobre la superficie de un largo silencio; la historia podía reescribirse, sin cargas.

Las voces se aligeraron en las líneas que las unían, se volvieron flexibles en un punto, justo donde convergieron las curvas que cerraron el círculo de sus vidas.

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia los siguientes textos literarios: “Leche merengada”, de Paula Tomassoni; “Mochila”, de Marina Arias; “Pasaje al acto”, de Virginia Cosin; y “La sal”, de Adriana Riva.

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“Los secretos del viento”

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Los secretos del viento

Las palabras del viento eran livianas, apenas pesaban sobre sus manos invisibles. Sin embargo, había días en los que el viento se quedaba sin palabras. Mudo de respuestas. Justo cuando dejaba de soplar secretos.

En sus brazos de aire se escondían silencios. Arriba y abajo flotaban como espacios vacíos, huecos.

A veces, el viento se volvía blando, las palabras flexibles, dóciles. Tanto que sus letras podían remontar barriletes. Y alas. Y deseos llegados de otros planetas.

Sin embargo, existían vientos duros, de palabras ásperas, que desparramaban los silencios. Y cambiaban la dirección de las cosas. Eran vientos que no dejaban ver. O sí. Porque al evitarlos no se llegaban a escuchar las voces escondidas. Ni sus palabras.

Existían secretos hechos de aire en movimiento, breves, como pedazos de tiempo guardados en la memoria del viento.

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia los siguientes textos: “Por su culpa”, de Luciana Schwarman con imágenes de Leni; “La travesura del viento”, de Liliana Cinetto; “Mi hermano llegó de otro planeta, un día de mucho viento”, de Liza Porcelli Piussi con ilustraciones de Virginia Piñón; “La ciudad en el viento”, de Nicolás Barrera con ilustraciones de Iñaki Echeverría; y “Amigos por el viento”, de Liliana Bodoc ilustrado por Poly Bernatene.

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