Agustina Caride: “Cuando uno lee, aunque lo que se lea sea fantástico, está entrando a la realidad”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Las palabras se dejan llevar por el movimiento de las letras, son hilos enredándose en caminos inventados, nudos que esperan, puntos que se desatan para abrir un hueco, pequeños orificios de preguntas sobre los que la escritora Agustina Caride teje el paisaje de sus novelas y abre las puertas de la ficción para transitar la realidad.

En diálogo con ContArte Cultura, quien recientemente fuera galardonada en el II Concurso Internacional de Narrativa Young Adults por su obra “Los sueños también flotan”, cuenta sus vivencias en el arte de tejer historias que no siempre son visibles a los ojos distraídos.

—Para dar comienzo a esta charla queremos entregarte un papel imaginario en el que flotan algunas palabras. ¿Cuál es la primera imagen que ves en ese papel, qué palabras se te aparecen y qué creés que dicen de vos?
—El papel no es blanco, tiene un tono muy sutil, casi imperceptible, que vira la pureza de un blanco a un beige. Esto es porque el papel es reciclado, de modo que la textura tampoco es precisa, si uno desliza el dedo siente cierta rugosidad. Me gusta el hecho de saber que fue reciclado, que donde yo escriba existieron otras palabras, así que la primera palabra que viene a mí es “historia”, y a esa se le encadenan otras como “herencia”, “raíces”, “pasado”. Definitivamente ahí estoy yo, no solo en las palabras sino también en el acto de escribir sobre algo reciclado, algo histórico. Mi casa está decorada con muebles del mercado de pulgas. Amo lo usado porque me gusta dar vida a lo que otro abandona. También porque creo en el poder de los objetos y porque me gustan las antigüedades. Además de Letras estudié Paisajismo, quiero y cuido y defiendo a las plantas así que ¡cómo no reciclar papel!

—¿En qué momento percibiste tu vínculo con las diversas formas que ofrecen las palabras?
—Desde muy chica. Crecí en la época en la que se escribían cartas como forma de comunicación, también como modo de expresar sentimientos. Hoy mandamos una carita feliz y la amiga entiende la emoción que te alberga. Pero cuando era chica, de pupitre a pupitre, nos escribíamos cartas y poníamos en palabras lo que necesitábamos decir. Y a mí me decían que yo lo hacía lindo. Que mi forma de decir era poética, era distinta a las otras. Después, con el tiempo, ayudó mi papá. Me daba títulos que yo tenía que desarrollar en un cuento. De esa forma pasé del género epistolar a la narrativa, casi como si fuera un juego. Ya en la secundaria, una profesora terminó por sellar el destino que me uniría a la literatura, porque hizo un análisis de Final del juego, el cuento de Julio Cortázar, que me voló la cabeza. No tanto el cuento, sino el análisis, el descubrir que atrás de cada palabra había muchos sentidos. Entonces quise estudiar Letras.

— ¿Cuáles creés que podrían ser las puertas que la ficción abre sobre las veredas de la realidad?
—La ficción es realidad disfrazada. Por eso nos gusta leerla o mirar historias en películas, por eso sentimos empatía por ciertos personajes. Porque de alguna manera nos muestran las distintas realidades. La ficción es en sí la puerta. Cuando uno lee, aunque lo que se lea sea fantástico o ciencia ficción, está entrando a la realidad. A partir de la lectura uno toma conciencia, se descubre a sí mismo o a otro, reflexiona, cuestiona y da forma al mundo a veces a través de esos otros mundos.

—¿Dónde es posible encontrar el punto de partida de una historia?
—El punto de partida está en todos lados. Yo a mis alumnos, en los talleres de escritura, les aconsejo que anden con una libretita (ahora es el celular), porque una frase escuchada en la calle, una escena de la vida cotidiana o vista en una película, una sensación provocada a partir de una música, todo es punto de partida. Creo que lo difícil no está en empezar o terminar, sino en sostener una historia. Es el medio lo complicado. Definir si eso que empezó como escena o frase o sensación tiene material para un cuento o una novela. Después hay que definir la estructura, el narrador, el fin, evaluar las formas en las que se va a contar eso que se quiere contar.

—¿Y el punto final?
—El final es lo más fácil. Se va dando solo, es la misma historia la que te lo pide. De alguna manera te dice: hasta acá llegamos.

—¿Cómo vivís el proceso creativo de tus personajes?
—Con muchísimo placer. Me hago amiga (o enemiga si no lo quiero). Son fantasmas que, con el tiempo, se corporizan. Eso se ve bien en una de mis últimas novelas, No habrá sino ausencias, porque justamente se trata de una escritora, Clara, dándole forma a un personaje, Inés. Hablo mucho con ellos, les hago preguntas, me pongo en su lugar e incluso discuto. Porque no siempre tengo el control sobre ellos. Puede y suele pasar que uno imagina algo y a mitad de la escritura descubre que el camino es otro, que el personaje jamás va a hacer eso que uno quiere que haga. Sucede al escribir una novela, con el cuento es distinto porque es otro el mecanismo, hay menos tiempo para mostrar al personaje y por lo tanto menos tiempo para soltarle la rienda.

—¿De qué manera construís los escenarios de tus novelas?
—No podría decirte que existe un único método. También depende mucho de cada novela. Sí puedo decirte que me gusta ir variando, que no todo transcurre en las mismas zonas, ni siquiera en mis zonas ni en mis tiempos. En Y sin embargo no llovió la historia transcurre entre el 45 y el 55; en No habrá sino ausencias mezclo la actualidad con la década del 70; la saga Última generación es una distopía a futuro, así que me gustan escenarios en épocas y lugares distintos. Tengo personajes en Frankfurt, en Croacia (Medjugorje), incluso en países inventados, como en la novela que acaba de ganar el concurso. Cada lugar tiene un sentido y una razón de ser, no es caprichoso. Te doy el ejemplo de Los sueños también flotan, la novela ganadora. Está inspirada en los genocidios que se llevaron a cabo a lo largo de los años, a lo ancho de todo el mundo. Los nombres propios de las ciudades y de los personajes fueron pensados para señalar a los distintos continentes o lenguas. Los nombres de las cinco protagonistas representan una vocal: la A en Talawa, la E en Eori, la I en Livi, la O en Soraya y la U en Nunda. Es un simple juego que busca abarcar con las letras a todos aquellos que fueron víctimas de la humanidad. El país que inventé se llama Ligelia y pretende ser, nada más, una metáfora de los genocidios perpetuados en el mundo. Por eso el país debía ser un país inventado. Porque quería que en una nación estuvieran todas las naciones. Hay algo del nazismo y la persecución contra los judíos, algo del Ku Klux Klan, hay algo de nuestro propio país durante el tiempo de la dictadura.

—En “No habrá sino ausencias”, tu novela publicada por Letras del Sur, se entrelazaban dos historias que confluyen en un punto: la ausencia. ¿Cómo trabajaste para que tus palabras fueran ese laberinto en el que los lectores deben perderse para arribar al final?
—En mi cabeza venía rondando una imagen, la de una mujer que recibía un sobre con una carta y al ver a quién estaba dirigida se daba cuenta de que era a ella, pero habían escrito su nombre verdadero, no el que llevaba en la actualidad. Solo eso tenía, y que se iba a llamar Inés. Hacía tiempo que quería ubicar una historia en la época de la dictadura porque me parece un tiempo crucial de nuestra historia y poco desarrollado en la ficción. Así que me imaginé que Inés se había exiliado en esos años y que el cambio de nombre estaba relacionado también con eso. La novela, según yo creí, sería un policial. Sin embargo, mientras indagaba sobre la vida de Inés, mientras leía libros sobre los 70, mi mamá se enfermó y se murió de cáncer. Ese hecho fue el decisivo y por eso surgieron las dos historias paralelas. La de Inés y la de Clara, que es casi como decir la mía. Mi duelo me obligó a abandonar a Inés, la dejé corriendo a orillas de lo que en un comienzo pensé que era lago (después llegó el río). Pero como suele pasar cuando uno ya tiene al personaje en la cabeza, Inés insistía a tal punto que fue casi una amiga a la que yo le hablaba sobre la ausencia de mamá. Ese fue el disparador. Algo casi catártico que me ayudó a responderme preguntas no solamente sobre la pérdida sino también sobre todo lo que a uno le queda de esa pérdida. Porque, paradójicamente, las pérdidas dejan algo.

—¿Qué nos podés contar de tu novela “La chica de papel”, recientemente publicada por Tinta Libre? ¿Cuál fue el disparador que dio vida a la trama?
La chica de papel está basada en una historia real, sobre una chica que lentamente pierde la confianza en sí misma y por lo tanto va perdiendo todo en su vida. Es un testimonio que escuché en un viaje y a medida que escuchaba a la chica contarlo vi pasar la novela. Ella hablaba y yo mentalmente armaba los capítulos, la iba escribiendo. Cuando volví del viaje y estaba por la página 80, me trabé. Una amiga en común me pasó el celular de la chica, la verdadera, a la que le conté que estaba novelando su vida, y que, si no le molestaba, quería hacerle preguntas y mandarle lo que había escrito. Más allá del impacto que le generó, nos hicimos muy amigas. Pero lo que destrabó la escritura fue saber que aquellas partes de la historia que yo había inventado, ¡eran ciertas! A las dos se nos puso piel de gallina, sentimos una muy fuerte conexión y nos quedó claro que la historia tenía que ser contada.

—Como dijiste antes, el 11 de septiembre te comunicaron que habías resultado ganadora del II Concurso Internacional de Narrativa Young Adults (de Soy Autor y Quipu), con “Los sueños también flotan” ¿cómo nació esa historia y qué sensaciones te produjo saber que será publicada?
—Saber que será publicado me genera una enorme felicidad. ¡Y más sabiendo que se publica con el reconocimiento de un concurso! Trabajé mucho en ese libro, lo pensé y lo moldeé mucho. Nació de la lectura de un libro (otro testimonio): Vivir para contarlo. Allí, Inmaculée Illibagiza cuenta como, a los 27 años, sobrevivió a la matanza del genocidio en Ruanda gracias a un sacerdote que la escondió en un baño de su casa. Durante noventa días estuvo encerrada con otras siete mujeres en un cubículo donde tenían que turnarse para tomar asiento. Fue su testimonio el que me llevó a imaginar a Eori, mi personaje principal, que después de 10 años vuelve a su tierra a dar una charla en la universidad donde no pudo terminar sus estudios, porque un golpe de estado comenzó con los disturbios en el país. La historia va del presente (la charla) al pasado (sus últimos recuerdos antes de escapar con sus amigas). Es la historia de una sobreviviente, de una amistad a prueba de balas (literalmente), y de un amor.

—¿Cómo sigue este año tan productivo para Agustina Caride? ¿Hay otros proyectos en camino?
—Este fue un año extraño para todos, que cambió nuestros planes. Yo estaba escribiendo una novela que, por ahora, se titula Mal nacida (obra Young Adults). Con la cuarentena no pude seguir escribiendo, ni una palabra. Por dos razones, la primera supongo que fue falta de concentración, y los cambios en mi casa (chicos dando vueltas). La segunda, es que empecé a tener mucho más trabajo, dando talleres de lectura y de escritura. A mis dos talleres básicos, se le sumaron muchos que fui dando con mi socia en forma online; e inexplicablemente los alumnos particulares se triplicaron. Creció mucho la demanda y entonces me la pasé leyendo y corrigiendo lo ajeno. En el medio se me cruzó otra idea, esta vez para adultos, que está ganando terreno en mi mente, así que no sé a dónde me va a llevar.

—Para terminar, te invitamos a dejar un deseo en nuestro papel del comienzo.
—Que miremos hacia lo esencial. Como bien dijo Saint Exupéry, lo esencial es invisible y por lo tanto cuesta descubrirlo. Estamos en un mundo que busca lo fácil y que atesora lo que puede ver y comprar. Lo esencial está a mano, pero como no lo vemos no lo agarramos.

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