Carlos Ríos: “La literatura me abrió las puertas hacia una convivencia más humana y eso no tiene precio”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

El eco de las voces cotidianas resuena en las palabras. Los sonidos se abren paso en una geografía inventada, en el territorio del lenguaje, en esa intersección de tinta, el punto donde el autor y lector logran encontrarse y mutar.

El escritor Carlos Ríos se muestra atento, percibe esas voces. Detecta las vibraciones apenas perceptibles del entorno, resuena con ellas y se deja mecer por la danza de las palabras para bailar al ritmo de la lengua que nos habita.

En diálogo con ContArte Cultura, el autor nos lleva de paseo por su mundo creativo y brinda detalles de esa aventura que excede las letras.

—¿Recordás en qué momento te sentiste atraído por el imperceptible movimiento de las palabras?
—Me permito pensar que esa atracción involucra una pulsación poética en las palabras que se hace visible, a veces, a partir de ese imperceptible movimiento. Más que imperceptible, me viene la imagen de la luz que emiten las luciérnagas, esa intermitencia es la que me atrae. No puedo precisar con exactitud desde cuándo, además es algo que ocurre a veces. Hay que escribir y leer todo el tiempo, con la expectativa de que eso que ocurre más allá de la voluntad se exprese de nuevo.

—¿Existe un entrenamiento en el arte de escribir? ¿Cómo detectas el nacimiento de una historia para contar?
—Hay un entrenamiento básico: leer y escribir, leer como quien escribe, escribir como quien lee. También salirse de la escritura y de la lectura. Entrar, salir, quedarse un rato, irse. Y regresar. Las historias surgen bajo la forma de una insistencia que agrupa imágenes. Al momento de escribir, parece que todo ya está hecho y uno tiene que afinar el ojo y el oído para transcribir lo que esa historia necesita para ser dicha.

—¿Dónde y cómo puede despertarse un poema dentro tuyo?
—El poema no despierta dentro mío, es más bien al revés: despierta en el afuera y la escritura del poema supone la captación de imágenes y voces que vienen de otro lado; el poema, cuanto más poroso sea, se hará eco de esa presencia. En el poema las palabras buscan otras adherencias más comunitarias, anónimas, que se mueven por fuera de los poemas y al entrar rompen las esclusas de sentido, cambian la orientación y hacen que las palabras recirculen y se produzcan asociaciones insólitas, infrecuentes, no previstas.

—¿De qué manera construís la geografía de tus novelas? ¿En qué territorios de la realidad te detenés habitualmente para crear tus mundos de ficción?
—Vale todo. Los paseos por street view, fotografías antiguas, libros de viajes, la experiencia de viajeros y viajeras en las redes, los viajes que hice, lo que me cuentan, atlas, enciclopedias, poemas, relatos y novelas. Todo con una fuerte dosis de imaginación puesta a absorber esos mundos y hacerlos propios para que puedan ser también propios en la escritura. Más que de apropiación, hablo de la extensión de los saberes colectivos. Ah, no distingo tan fuerte lo ficcional ahí, todo se entrevera y lo real se ficcionaliza, también al revés.

—Hablando de esos territorios, los escenarios de tus novelas abarcan ambientes muy diversos, ¿creés que existe algún punto de encuentro en esos recorridos de letras?
—El punto de encuentro es extremadamente diverso. Sumatorias de intersecciones continuas donde se diluyen las propiedades y se arman comunidades que pasan de un ambiente a otro porque las distancias se asimilan, de repente es todo lo mismo. El territorio de las formas de escritura, además. Una idea de territorio opuesta a la de lugar.

¿Qué significa la literatura en tu vida y qué puertas sentís que te abrió?
—Veo el mundo a través de la literatura. Es mi modo de estar y de percibir a través de ese artefacto de percepción sensible, como ya se ha definido. Me abrió las puertas hacia una convivencia más humana y eso no tiene precio.

—¿Cómo vivís el proceso creativo de cada una de tus obras?
—Cada vez que escribo entro en la obra y la obra entra en mi realidad más inmediata. Todo está abierto, para un lado y para el otro. La obra me construye. Me hace otro. En algún momento la escritura se pliega sobre sí misma, las personas pasan a ser personajes y se retiran, abandonan mi realidad, me desprecian y tengo que buscar otro mundo que me acepte: eso es para mí el paso de un libro a otro.

—Contanos acerca de la Oficina Perambulante, tu particular proyecto editorial en el que cada libro es un objeto de diseño.
—La Oficina Perambulante es un proyecto editorial cartonero y autogestivo que arranqué en el año 2016. He publicado más de 130 libros de diverso formato y extensión, bajo una serie de consignas: que sean textos que no circulen en internet o tengan una circulación mínima, que las tapas estén hechas con cartones de uso doméstico o encontrados en las calles, que los libros sean de muy bajo costo y que puedan regalarse, que sean una plataforma para que otras personas se animen a activar sus propios proyectos editoriales. La experiencia editorial de la Oficina Perambulante cambió mi manera de escribir y la vivo como una intervención artística, en algunos aspectos performática. La defino como una editorial repentista, proliferante y silvestre, que se mueve en los bordes externos del mercado. El medio de circulación es menor y las tiradas son reducidas. Hay libros en un puñado de librerías amigas, cada tanto aparezco en alguna feria, pero básicamente los libros están donde yo estoy. Siempre llevo algunos en la mochila.

—¿Qué hilos conductores creés que forman parte de toda tu obra?
—Las luchas por constituir un territorio, los ensambles familiares extraordinarios, la tensión entre supervivencia, destino y extinción, la experimentación con las formas, la distorsión de la realidad política, los procedimientos de las artes visuales que fagocitan escenas de la vida cotidiana, la recolección de cartones en la vía pública, el intercambio permanente con otras experiencias de escritura y editoriales, la asimilación de escenas antiguas con otras posapocalípticas, el acento poético, etcétera. En todo esto que digo parafraseo los comentarios de quienes han leído mis libros. 

—¿En qué proyectos estás trabajando por estos días?
—Por estos días reviso dos libros de poemas y relatos, muy distintos entre sí. En paralelo estoy en las páginas finales de una novela llamada Estonia que vendría a sellar el ciclo “etnográfico” abierto con Manigua (2009) y Cuaderno de Pripyat (2012). Hay otros proyectos pendientes y ojalá pueda cerrarlos antes de fin de año. Además, están los nuevos títulos y colecciones de la Oficina Perambulante, con textos propios y ajenos, muchos en coedición con Bulk Editores de Chile y Firpo Casa Editora de La Plata, con quienes nos pusimos a trabajar a la distancia, en tiempos de pandemia. También sigo cortando cartones, metiendo el ojo ahí, rediseñando las tapas –que nunca son iguales– y los interiores de los libros.


Carlos Ríos

Nació en Santa Teresita. Es escritor, editor y profesor en Historia del Arte. Publicó más de veinte libros, entre los que destacan Un shock póstumo (2017), Rebelión en la ópera (2015), Cuaderno de Pripyat (2012) y Manigua (2009).
Actualmente integra el consejo editor de BazarAmericano.com, dirige el proyecto editorial Oficina Perambulante y coordina talleres de escritura y producción editorial en cárceles de la provincia de Buenos Aires.
Varios de sus libros integran catálogos de Francia, España, Brasil, Chile, Uruguay y México.

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