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Entrevistas

Carlos Ríos: “La literatura me abrió las puertas hacia una convivencia más humana y eso no tiene precio”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

El eco de las voces cotidianas resuena en las palabras. Los sonidos se abren paso en una geografía inventada, en el territorio del lenguaje, en esa intersección de tinta, el punto donde el autor y lector logran encontrarse y mutar.

El escritor Carlos Ríos se muestra atento, percibe esas voces. Detecta las vibraciones apenas perceptibles del entorno, resuena con ellas y se deja mecer por la danza de las palabras para bailar al ritmo de la lengua que nos habita.

En diálogo con ContArte Cultura, el autor nos lleva de paseo por su mundo creativo y brinda detalles de esa aventura que excede las letras.

—¿Recordás en qué momento te sentiste atraído por el imperceptible movimiento de las palabras?
—Me permito pensar que esa atracción involucra una pulsación poética en las palabras que se hace visible, a veces, a partir de ese imperceptible movimiento. Más que imperceptible, me viene la imagen de la luz que emiten las luciérnagas, esa intermitencia es la que me atrae. No puedo precisar con exactitud desde cuándo, además es algo que ocurre a veces. Hay que escribir y leer todo el tiempo, con la expectativa de que eso que ocurre más allá de la voluntad se exprese de nuevo.

—¿Existe un entrenamiento en el arte de escribir? ¿Cómo detectas el nacimiento de una historia para contar?
—Hay un entrenamiento básico: leer y escribir, leer como quien escribe, escribir como quien lee. También salirse de la escritura y de la lectura. Entrar, salir, quedarse un rato, irse. Y regresar. Las historias surgen bajo la forma de una insistencia que agrupa imágenes. Al momento de escribir, parece que todo ya está hecho y uno tiene que afinar el ojo y el oído para transcribir lo que esa historia necesita para ser dicha.

—¿Dónde y cómo puede despertarse un poema dentro tuyo?
—El poema no despierta dentro mío, es más bien al revés: despierta en el afuera y la escritura del poema supone la captación de imágenes y voces que vienen de otro lado; el poema, cuanto más poroso sea, se hará eco de esa presencia. En el poema las palabras buscan otras adherencias más comunitarias, anónimas, que se mueven por fuera de los poemas y al entrar rompen las esclusas de sentido, cambian la orientación y hacen que las palabras recirculen y se produzcan asociaciones insólitas, infrecuentes, no previstas.

—¿De qué manera construís la geografía de tus novelas? ¿En qué territorios de la realidad te detenés habitualmente para crear tus mundos de ficción?
—Vale todo. Los paseos por street view, fotografías antiguas, libros de viajes, la experiencia de viajeros y viajeras en las redes, los viajes que hice, lo que me cuentan, atlas, enciclopedias, poemas, relatos y novelas. Todo con una fuerte dosis de imaginación puesta a absorber esos mundos y hacerlos propios para que puedan ser también propios en la escritura. Más que de apropiación, hablo de la extensión de los saberes colectivos. Ah, no distingo tan fuerte lo ficcional ahí, todo se entrevera y lo real se ficcionaliza, también al revés.

—Hablando de esos territorios, los escenarios de tus novelas abarcan ambientes muy diversos, ¿creés que existe algún punto de encuentro en esos recorridos de letras?
—El punto de encuentro es extremadamente diverso. Sumatorias de intersecciones continuas donde se diluyen las propiedades y se arman comunidades que pasan de un ambiente a otro porque las distancias se asimilan, de repente es todo lo mismo. El territorio de las formas de escritura, además. Una idea de territorio opuesta a la de lugar.

¿Qué significa la literatura en tu vida y qué puertas sentís que te abrió?
—Veo el mundo a través de la literatura. Es mi modo de estar y de percibir a través de ese artefacto de percepción sensible, como ya se ha definido. Me abrió las puertas hacia una convivencia más humana y eso no tiene precio.

—¿Cómo vivís el proceso creativo de cada una de tus obras?
—Cada vez que escribo entro en la obra y la obra entra en mi realidad más inmediata. Todo está abierto, para un lado y para el otro. La obra me construye. Me hace otro. En algún momento la escritura se pliega sobre sí misma, las personas pasan a ser personajes y se retiran, abandonan mi realidad, me desprecian y tengo que buscar otro mundo que me acepte: eso es para mí el paso de un libro a otro.

—Contanos acerca de la Oficina Perambulante, tu particular proyecto editorial en el que cada libro es un objeto de diseño.
—La Oficina Perambulante es un proyecto editorial cartonero y autogestivo que arranqué en el año 2016. He publicado más de 130 libros de diverso formato y extensión, bajo una serie de consignas: que sean textos que no circulen en internet o tengan una circulación mínima, que las tapas estén hechas con cartones de uso doméstico o encontrados en las calles, que los libros sean de muy bajo costo y que puedan regalarse, que sean una plataforma para que otras personas se animen a activar sus propios proyectos editoriales. La experiencia editorial de la Oficina Perambulante cambió mi manera de escribir y la vivo como una intervención artística, en algunos aspectos performática. La defino como una editorial repentista, proliferante y silvestre, que se mueve en los bordes externos del mercado. El medio de circulación es menor y las tiradas son reducidas. Hay libros en un puñado de librerías amigas, cada tanto aparezco en alguna feria, pero básicamente los libros están donde yo estoy. Siempre llevo algunos en la mochila.

—¿Qué hilos conductores creés que forman parte de toda tu obra?
—Las luchas por constituir un territorio, los ensambles familiares extraordinarios, la tensión entre supervivencia, destino y extinción, la experimentación con las formas, la distorsión de la realidad política, los procedimientos de las artes visuales que fagocitan escenas de la vida cotidiana, la recolección de cartones en la vía pública, el intercambio permanente con otras experiencias de escritura y editoriales, la asimilación de escenas antiguas con otras posapocalípticas, el acento poético, etcétera. En todo esto que digo parafraseo los comentarios de quienes han leído mis libros. 

—¿En qué proyectos estás trabajando por estos días?
—Por estos días reviso dos libros de poemas y relatos, muy distintos entre sí. En paralelo estoy en las páginas finales de una novela llamada Estonia que vendría a sellar el ciclo “etnográfico” abierto con Manigua (2009) y Cuaderno de Pripyat (2012). Hay otros proyectos pendientes y ojalá pueda cerrarlos antes de fin de año. Además, están los nuevos títulos y colecciones de la Oficina Perambulante, con textos propios y ajenos, muchos en coedición con Bulk Editores de Chile y Firpo Casa Editora de La Plata, con quienes nos pusimos a trabajar a la distancia, en tiempos de pandemia. También sigo cortando cartones, metiendo el ojo ahí, rediseñando las tapas –que nunca son iguales– y los interiores de los libros.


Carlos Ríos

Nació en Santa Teresita. Es escritor, editor y profesor en Historia del Arte. Publicó más de veinte libros, entre los que destacan Un shock póstumo (2017), Rebelión en la ópera (2015), Cuaderno de Pripyat (2012) y Manigua (2009).
Actualmente integra el consejo editor de BazarAmericano.com, dirige el proyecto editorial Oficina Perambulante y coordina talleres de escritura y producción editorial en cárceles de la provincia de Buenos Aires.
Varios de sus libros integran catálogos de Francia, España, Brasil, Chile, Uruguay y México.

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Entrevistas

Julieta Guerrero: “Me gusta mucho jugar con cosas que se me ocurren y quizás ahí resida el estilo de mi música”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Todo se balancea, se vuelve inestable en los vacíos del viaje. Un murmullo imperceptible asciende desde el fondo, las palabras sumergidas flotan, se unen en la densidad de la espuma, son nubes, cuelgan de las estrellas, son grito en los humores del viento, son olas, como emociones que despiertan de un largo silencio y se vuelven canción en la conciencia.

Julieta Guerrero es cantautora, lleva el arte en su cuerpo, su música surge de la experiencia, de los fragmentos vividos en cada uno de sus viajes, de la vida misma, y es entonces una fusión de indie, folk, rock o blues, que atraviesa las distintas emociones y las refleja.

En diálogo con ContArte Cultura la artista nos invita a navegar en las aguas de sus canciones y presenta ” Vueltas”, su último simple.

—Iniciemos este viaje de palabras con un objeto simbólico. Será un velero, la nave en la que se mecen tu música y tus emociones. ¿Cuál es la primera palabra que aparece en la superficie de ese mar que comenzaste a navegar? ¿Qué imagen percibís reflejada en el agua? ¿Qué nos pueden contar de vos esa palabra y esa imagen que serán el punto de partida de esta charla?
—Muchas gracias por tan linda pregunta para comenzar… el objeto que elijo es el agua, uno de los cuatro elementos con lo que está formado todo lo que conocemos e incluso nos conforma. Esto lo recuerdo porque andamos tan distraídas y distraídos por la vida, que olvidamos que somos parte de una unidad y que la Tierra nos presta un poco de estos cuatro elementos por un tiempo para formar y mantener vitales nuestros cuerpos. Volviendo al agua, cuya presencia durante esta travesía fue infinita, sólo el hecho de observarla fluir en su impermanencia y entender que mi vida dependía de flotar en ese literal océano de incertidumbre, fue transformador. Requirió de un nivel de entrega que jamás había experimentado.

—¿En qué rutas de tu vida creés que despertó tu interés por el arte?
—Mi interés por las artes late desde que tengo uso de razón. Me interesaba experimentarlas todas, desde el arte más concreto hasta el más sutil. Pero fue en uno de mis largos viajes y alejada de todo mi núcleo sociocultural, que asumí mi deseo de ejercer profesionalmente como música, que siempre fue la expresión artística que más me elevó y lo sigue haciendo. Así que acá estamos desde hace varios años, haciéndonos cargo. No podría ser de otra forma una vez que aceptas tus propios deseos.

—¿Dónde nacen la música y las letras de tus canciones?
—Salen de estados emocionales muy particulares. Es una sensación difícil de explicar y cada artista debe tener una diferente. Recuerdo el día y la razón por la cual escribí cada una de mis canciones, y en todos los casos empecé el día confundida, como si estuviera tomada por algo que no se termina de entender pero que es absolutamente presente y esencial, imposible de callarlo. Primero me suele salir la música, que supongo que será resultado de una ensalada de músicas que he escuchado a lo largo de mi vida y de búsquedas autodidactas, y luego la poesía, que viene a explicarme de qué tratan esas emociones que están saliendo en forma de melodía. Hay veces que escribo cosas que aun mi razón no comprende y logro entender después de un tiempo. Es la maravilla de crear, donde nuestro ser más genuino está al frente, por eso siempre es liberador y sabio.

—¿Recordás cuál fue tu primera experiencia en el mundo de la música? ¿Cómo siguió ese viaje entre notas y palabras?
—Mi primera experiencia con la música fue cuando apenas tenía 3 años, que mi abuelo me mostró todos sus instrumentos (él era músico profesional multiinstrumentista) y me quedé fascinada con el violín. Desde ese momento, mi interés por la música se me hizo normal, aunque tuve idas y venidas. Pero la primera vez que toqué con este proyecto solista mis canciones en público, fue en 2013, gracias a una maestraza mía que me insistió para darme el espacio y que lo haga. Desde ahí no hubo vuelta atrás. Hay algo muy honesto de mi parte que comenzó a rodar con mucha fuerza y agradezco a la vida dejarme atravesar por esa fuerza.

—¿Creés que tu estilo musical surge de la fusión de tus vivencias a lo largo de tus viajes por distintas culturas?
—Puede ser. Creo que el estilo es el resultado de muchas cosas, experiencias, intereses, etc., pero sin dudas haber tocado mis canciones con músicos y músicas de tan diferentes culturas, abrió mi percepción, mi oído, mi mente, y me generó muchas inquietudes que fueron motor para empezar a experimentar con otras cosas. Me gusta mucho jugar con cosas que se me ocurren y quizás ahí resida el estilo de mi música.

—¿De qué manera llegaste a “Puertas”, tu primer disco grabado en vivo?
Puertas es un disco que amo porque fue grabado a puro corazón en pocos días e improvisadamente. Yo había vuelto a la Argentina después de mi primera gira europea, donde me había ido sin planes a hacer música allá. Me había ido muy bien y sabía que volvería a hacer una gira más organizada al año siguiente. Uno de los músicos con quienes había estado tocando allá, multiinstrumentista, quiso venirse a conocer Argentina y le propuse grabar un disco con las canciones que habíamos estado tocando en la gira. Se recopó y junto a mi hermano, también músico, pusimos “play” y grabamos nomás. Así fue como en la segunda gira ya tenía un disco para mostrar y ¡muchas “Puertas” que abrir!

—¿Qué nos podés contar de tus temas “Raíz” y “Amuleto”, surgidos durante 2020?
Raiz y Amuletos forman parte del EP que saldrá a mitad de este 2021. Ambas canciones están relacionadas con el espíritu aventurero que me identifica, pero Raíz es un tema premonitorio, que habla de la necesidad de sanar la raíz luego de expandir. Y digo premonitorio porque lo escribí una semana antes de sufrir un accidente donde me rompí feo la pierna, estuve meses sin poder caminar, y efectivamente fue una oportunidad para habitar la quietud y sanar de fondo. Amuletos fue escrita durante un viaje en la mágica provincia de Catamarca, y habla de las recompensas eternas que se obtienen al animarnos a batallar espiritualmente para llevar luz a las profundidades.


—”Vueltas”, tu nuevo simple, surge justamente de la experiencia de un viaje, ¿qué es lo que define a la música y la letra de esta canción nacida entre olas y astros?
—Yo digo que la melodía de Vueltas es la danza de los astros que me acunaron durante toda la travesía. En el cielo encontraba la quietud que necesitaba dentro mío para permanecer en el tránsito vertiginoso con calma y aceptación. Y la letra muestra una cierta nostalgia que tiene que ver con la vuelta de un viajero o una viajera a su hogar, donde sabe que, tras la expansión que absorbió en un viaje transformador, nada volverá a ser como era antes. Se precisa coraje, valentía y actitud para reinventarse, y eso es inminente en el retorno de un viaje. 

—Contanos acerca de tu ciclo “Lunáticas”, en el que compartís tus vivencias y el escenario con otras cantautoras reconocidas.
Lunáticas es un ciclo mensual hermoso que estamos haciendo en el bello patio de El Quetzal (Guatemala 4516, CABA) que consta de invitar a una cantautora por fecha a compartir escenario conmigo, donde suceden varias interacciones y sorpresas. Es un ciclo de entrada libre, producido por mujeres y de mujeres, aunque obviamente son bienvenidos todos y todas, y su nombre hace alusión a mujeres empoderadas, conectadas con la sabiduría cósmica, sus ciclos, y la intuición que nos caracteriza, hecha música. No se lo pierdan porque vienen artistas increíbles y no para de crecer. De hecho, tenemos muchas sorpresas que iremos anunciando en torno al ciclo y que se pueden chequear en mi Instagram y acceder a la playlist del ciclo o a los podcast de las entrevistas, desde mi Spotify.

—¿Qué es lo que se viene para este 2021? ¿Cuál es el deseo que te gustaría soltar en nuestro velero del comienzo?
—Se viene mi primer EP, hacia mitad de año, como les comenté más arriba. Esperamos también poder salir a tocar con la banda y poder expandir el Ciclo Lunáticas hacia otros territorios. Mi deseo es que sigamos creando en las circunstancias que sean, con fuerza y corazón.

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Artes Plásticas

Mariángeles Reymondes: “Me gusta empatizar con mis personajes, me divierte darles vida”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Una línea invisible se balancea en el vacío, cuelga de una página en blanco, es un puente que une palabras de grafito. Cada trazo es un hilo. Los hilos se anudan, son manchas que desatan tormentas. Y entonces llueven gotas de colores, como líneas invisibles que conectan historias.

Mariángeles Reymondes es arquitecta e ilustradora, sus imágenes son puentes que invitan a viajar hacia las tramas de la infancia y a recorrerlas.

ContArte Cultura charló con la autora, quien abrió las puertas de su mundo creativo para compartir sus vivencias en el camino del arte.

—En este principio, nos dejamos llevar por una línea que nace en la boca de un lápiz, que, de pronto, se estira, crece, trepa y emprende un viaje. Es un hilo en el espacio de nuestra imaginación y llega a tus manos para volverse otra línea que se esconde en la boca de uno de tus lápices. ¿Cuál fue la primera percepción que tuviste de esa línea-hilo? ¿En qué lápiz la viste esconderse? ¿Qué cosas que te definen podrían ser parte de nuestra línea o de los lápices?
—La primera percepción es una línea de trazo firme y continuo, con la textura de un lápiz policromado de color rojo, supongo que porque es el color de la pasión. Y me apasiona lo que hago. La veo esconderse en un enérgico naranja para luego  transformarse en un azul índigo. Creo que porque soy una persona apasionada que disfruto mucho lo que hago, le pongo mucha energía, me divierto en el hacer, trato de disfrutar los procesos y me hace feliz concretarlos. Para eso se requiere un poco de calma, mucha tenacidad y constancia, porque en general hay muchas idas y vueltas .Todo tiene un tiempo de elaboración y maduración hasta que se concreta. Esos colores casi siempre están en mi paleta.

—Y hablando de líneas e hilos, ¿en qué lugares de tu infancia nacieron las líneas que te conectaron con el arte?
—Esas líneas siempre estuvieron conmigo, no recuerdo algo puntual. Siento que fueron naciendo en los lugares comunes en mi casa, mi familia, mis amigos. Siempre estuve conectada con el arte, con la música, lo manual, la lectura. No podría vivir sin eso.

—Nombranos cinco elementos imprescindibles en tu mesa de trabajo. Si pudieras elegir una palabra que represente el espíritu de tu espacio creativo, ¿cuál sería?
—Cinco imprescindibles: lápices, fibras de colores, papeles, tijera o trincheta y barra adhesiva. También podría agregar música y mate. El espíritu de mi espacio es libre. Me armé mi estudio en un altillo con dos ventanas por las que entra el sol y veo el cielo.

—¿Qué es lo primero que percibís de un personaje? ¿Cuál es el proceso para darle vida a su cuerpo y a su personalidad?
—Lo primero es entender quién es ese personaje. Cómo es su personalidad, qué edad tiene, dónde vive, cómo se siente, y qué historia va a contar. Me gusta empatizar con mis personajes, me divierte darles vida. Pensarlos y dibujarlos en distintas situaciones.

—¿Con qué técnicas y materiales trabajás habitualmente?
—Corrientemente uso técnicas mixtas, es decir combino materiales. Me gusta trabajar con lápices, microfibras, telas y papeles de colores. Me siento cómoda trabajando a mano, luego escaneo, y retoco con la computadora. A veces me gusta trabajar en capas: armar la escena por un lado y los personajes por otro y luego integrarlos. Siempre depende de la historia que voy a contar.

—¿Cómo surgieron los protagonistas de tu libro “Mi lugar”? ¿Qué hilos te conectaron con ellos?
Mi Lugar fue mi primer libro, en todo sentido. Fue el primero en ser publicado y el primero en ser ilustrado y escrito íntegramente por mí. La historia surgió a partir de una experiencia cercana de familias en tránsito. Y los protagonistas fueron apareciendo a medida que iba desarrollando la historia. Desde el inicio decidí que serían animales. Luego, cada personaje fue tomando forma de acuerdo a la personalidad, temperamento y características que yo necesitaba que tuvieran para contar la historia. Quería que fueran genuinos y enternecedores a la vez. Lo que más me conecta con ellos es la búsqueda de ese lugar de pertenencia. Este libro, de alguna manera, me hizo sentir que estaba en el camino correcto. Es una obra muy especial para mí, porque tiene muchas historias en una. Tiene que ver con la adopción, con la familia por elección, con la aceptación, la igualdad a pesar de las diferencias, con encontrar el lugar propio de cada uno.

—En “¿Quién se esconde en mi casa?” invitás a los lectores a jugar con la percepción y a entregarse a la aventura, ¿recordás cuál fue el disparador de la historia?
—En realidad partí con esa idea desde el inicio. Quería contar una historia de amistad, pero involucrando al lector, hacerlo dudar, jugar un poco. Que tuviera que volver a ver algunas hojas del principio para entender quién contaba la historia. Revisar lo que sucedía en cada escena. Y que después de leer el libro pudiera apagar las luces y seguir disfrutando del cuento. También quería contar que la amistad muchas veces surge de casualidad y de forma imprevista.

—¿Cómo construiste desde lo gráfico al personaje de tu libro “Así soy yo”, quien a través de cada imagen va desplegando su personalidad.
—Lo construí pensando en la niñez en general. Tratando de ponerme en la piel de ese niño que está creciendo y construyendo su personalidad. Un niño que muchas veces es rotulado y condicionado, cuando en realidad  necesita todo lo contrario: amor, ejemplo, límites y seguridad para poder desarrollarse.

—¿Qué proyectos esperan sobre tu escritorio en este momento?
—Estoy esperando la publicación de un libro nuevo que aún está en imprenta. También me encuentro trabajando en un proyecto para niños muy pequeños que aún no tiene editorial.

—Para terminar, regresemos a la primera pregunta: ¿Qué deseo te gustaría dejar suspendido en nuestra línea imaginaria?
—Deseo sinceramente un mundo más amable para todos y que volvamos pronto a la normalidad luego de esta terrible pandemia que nos atraviesa.

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Entrevistas

Ángeles Durini: “Si sigo a los personajes, ellos solos van contando una historia”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Las voces se enredan. Giran una dentro de la otra, vibran en el viento que repite las palabras, son el eco que eterniza el cuento que se cuenta; sólo para no olvidar a aquellos que nos habitan. Sólo para habitar en otras voces y perpetuar las historias.

La escritora Ángeles Durini creció en un mundo de historias. Aún resuenan en sus oídos las voces que despertaron la suya. Es en ese murmullo interior, en los sonidos cotidianos, donde se encienden las chispas de su imaginación y despiertan las palabras que mantienen vivo el fuego de la memoria.

En diálogo con ContArte Cultura, la autora brindó detalles de sus comienzos, su mundo creativo y  charlamos acerca de algunas de sus obras.

PH: Uri Gordon

—Para dar comienzo a esta charla vamos a proponerte un juego de presentación. Para ello queremos dejar en tus manos un cristal, una lente detrás de la cual se esconden palabras: ¿Cuál o cuáles son las palabras que primero percibís detrás de ese cristal? ¿En qué superficie o ambiente se encuentran y qué nos pueden contar de vos?
—Silencio, jardín, transparencia. Me veo en el momento en que escapábamos de la siesta y nos íbamos encontrando con mis hermanos en el jardín, y con mis primos que vivían al lado. Nos cruzábamos por un portoncito que había en el cerco.

—Si pudieras elegir un recorte de tu infancia en el que pudo haber nacido tu gusto por narrar, ¿cómo sería esa foto? ¿Quiénes te acompañarían en ese instante recortado del tiempo?
—Tengo muy claro quién influyó en mi deseo por escribir, fue mi abuela, gran narradora de cuentos y de anécdotas. Me contaba los cuentos tradicionales y, a veces, pequeñas anécdotas de cuando vivieron un tiempo en Pigüé, cuando mi mamá era chiquita. Me contaba cómo se acercaba el burro cuando tenía hambre, todavía la veo hamacando sus hombros para imitarlo. También me veo con mis hermanos mayores. Cuando aprendían a leer o tenían que practicar lectura, paraba la oreja. Tenía mucha ansiedad por saber leer y escribir, quería redactar mis propios cuentos y entrar en la ronda de turnos para leer historietas.

—Contanos qué chispas encienden las llamas de tu imaginación para comenzar una historia de ficción.
—Creo que las chispas se encienden cuando se chocan por lo menos dos cosas: algún recuerdo muy vívido de mi infancia, lecturas de autores que me gustan, algunas palabras sonoras, alguien dice algo, hace algo. Un lugar donde estuve, una película, un cuadro. En general, se chocan varias cosas que no sé bien qué son, pero que crean una imagen, unas ganas de meterse a ver qué hay.

—¿De qué manera das vida a tus personajes? ¿Qué es lo primero que percibís de ellos?
—A veces se presentan muy claros, en una imagen, se sienten de una determinada manera, están corriendo hacia algún lado, buscan algo. Otras veces es un lugar en donde estuve que me viene muy fuerte a la cabeza, como un personaje. Me quedo quieta, observándolos, a ver a dónde me llevan. Si los sigo, ellos solos van contando una historia.

Tapas de los tres libros de “Demetrio”, ilustraciones de Pablo Bernasconi

—Y hablando de ellos, ¿cómo nació Demetrio Latov, tu protagonista tan querido por los lectores?
Demetrio se me empezó a aparecer después de que recordé las series de televisión y películas que veía cuando era chica. Por ese entonces estaba en un curso para aprender a hacer guiones de televisión. Recordando a Los locos Adams, Sombras tenebrosas, Drácula, fue que una mañana se me apareció un chico que se sentía muy solo. Lo veía en una casa que yo había conocido. Vivía ahí, era una casa muy grande y vieja, pasaba de un ambiente a otro, salía al balcón y miraba a lo lejos. Por otro lado, estaba antojada con escribir algo donde los personajes contaran directamente, sin intermediaros de ningún tipo de narrador. La estructura de la novela de Drácula, donde los personajes son los que cuentan mediante diarios íntimos, cartas y notas, era la ideal. Me abría la posibilidad de contar un mismo hecho desde diferentes puntos de vista. De conocer la intimidad de un personaje tradicionalmente malo, solo que en esta novela sería bueno, no por decisión mía sino porque Demetrio es así. También recordé la película (nunca leí la novela) Entrevista con un vampiro, donde es uno de los dos vampiros el que cuenta su historia, con culpa, arrepentido. Cuando salió Demetrio todavía no estaban de moda los vampiros ni abundaba la culpa entre ellos. Me metí tanto en la historia que abandoné el curso y seguí escribiendo.

—¿Creés que el terror en la literatura ayuda a atravesar los miedos de la infancia y los desenmascara?
—Sí, creo que sí, y que no es el único género literario que ayuda a hacer catarsis con los miedos. Los cuentos de hadas, por ejemplo, son una gran fuente de catarsis. Aunque, por qué no, podríamos pensarlos como precursores de la literatura de terror. Sobre todo los que suceden en el bosque.

—Hay algunos de tus libros que descuelgan personajes del mundo del arte, ¿cómo fue esa experiencia de cruzar esos hilos para crear nuevas historias?
—Muy lindo eso de “descolgar personajes” del mundo del arte. Si, mi novela Bajo el ala del sombrero, fue descolgando personajes y hechos de los cuadros de Magritte. Me divertí mucho haciéndolo y los cuadros fueron guiando a mis personajes para el siguiente paso. Así apareció el señor Mun, sosías del hombre con la manzana verde delante de la cara, o Violeta, a semejanza de la mujer de vestido blanco con una flor (¿hortensia?) delante de su cara. Los sombreros, el bombín y el de Violeta, juegan un papel importante en la novela. También apareció El Seductor, barco que figura en sus pinturas, donde se mezclan los contornos con el mar. Una mesa que vuela, ellos comerán pizza, la pareja que se besa con las caras tapadas con un trapo. Ellos se besarán, tímidamente, detrás de sus servilletas. También figura el castillo sobre las piedras, la pareja se conocerá haciendo una visita turística. Aunque no fue solo Magritte el que metió sus cuadros en esta novela, sino también Julio Verne, con la personalidad de Phileas Fogg impregnando al señor Mun. Alguna vez me dijeron que los personajes de la novela Bajo el ala del sombrero son planos. Quizás sí, ya que el narrador se sirvió de ellos “descolgándolos” y manejándolos un poco desde arriba, como títeres, aunque no obligándolos a hacer nada. Eran ellos mismos los que se iban dejando invadir por los paisajes pictóricos, un poco al viento, no siendo muy dueños de su vida, sino adaptándose como podían a las nuevas circunstancias. Además de todo, se coló un gato. El poema narrativo del libro Vidas modernas, álbum que hicimos con Didi Grau (ella la ilustración y el diseño), también surgió mirando cuadros. Esta vez, de Xul Solar. Sobre todo a partir de la imagen de Ciudad Lagui, donde figura una gran ciudad. Es en una gran ciudad donde una pareja de amigos, Xul y Rinoceronte, se encuentran y desencuentran.

—En tu novela “Detrás de los cristales” hay una historia de familia que en algún punto se funde con la tuya, ¿qué hechos se entrelazaron para que se abrieran las puertas de tu imaginación y te embarcaras en ese relato?
—Mi madre contaba que en la primera nevada en Buenos Aires, el 22 de junio de 1918, ella era muy chiquita y nadie la había querido levantar de la cama para ver la nieve por la ventana porque estaba enferma. Cuando lo contaba se le transformaba la cara como si fuera una nenita; el recuerdo de su vivencia le había quedado intacto. Me dieron muchas ganas de escribir sobre esa transformación, ese deseo de una niñita que podía perdurar para toda la vida. Y me dieron ganas de escribir sobre esa cosa tan curiosa que es ver nevar sobre Buenos Aires. Además, este hecho me hizo reflexionar sobre los recuerdos de una vida, que abarcan más tiempo que la vida de una persona. Todos llevamos anécdotas, palabras, maneras de vivir de la generación anterior y quizás de la otra y, al mismo tiempo, transmitimos nuestra época a por lo menos dos generaciones más, entre hijos y nietos. O sea que nuestra vida es larga, los recuerdos familiares y maneras de vivir duran mucho tiempo en la memoria. Para escribir esta novela me guie también por esta idea y por algunas de las palabras que les había escuchado a padres, tíos y abuela. Además, fui leyendo sobre qué había pasado ese día en Buenos Aires.

Me encontré con que Alfonsina Storni presentó un libro de poemas aquella noche. Los poemas de Alfonsina, entonces, invadieron la historia y dieron cierto clima de época. Esa misma noche fue compuesto el tango Qué noche. Me gustó esa anécdota aunque me encontré con el hecho de que todavía los tangos no eran cantados. Imposible por otro lado evitar la Primera Guerra que estaba sucediendo en Europa. Y una anécdota que leí por internet se metió de lleno: un francés de los Pirineos contaba que había puesto un pie por primera vez en Buenos Aires justo ese día y que no entendía por qué la gente se volvía tan loca con la nieve chirla cuando él venía de un lugar donde la nieve llegaba hasta los techos. La historia que se cuenta no es la de mi familia, pero sí la anécdota de mi madre dio un puntapié para contar una Buenos Aires que tenía de oídas, donde se juntaba la inmigración de gente que huía de la guerra y del hambre, y donde vivían personas que soñaban con que Buenos Aires se pareciera a París. También se coló en la historia una muñeca que me habían regalado, a la que le corté el pelo para comprobar si a las muñecas les crecía, aunque sospechaba que no. Menudo reto me ligué con el latiguillo: “Arruinaste justo la muñeca que te trajeron de Francia”.

—¿En qué proyectos estás trabajando por estos días?
—Me estoy enganchando otra vez con una novela que empecé en el 2019 y que seguí con muchas ganas durante la cuarentena, aunque fui perdiendo la concentración justo por eso, por la cuarentena. Todavía no voy a contar de qué se trata.

—Para terminar, si pudieras dejar un deseo dentro de tu “Frasco gitano”, ¿cuál sería?
—En este momento, un deseo fuerte que prevalece sobre los otros, es la buena salud para personas que conozco y quiero, y también para todos.

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