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Artes Plásticas

Cin Wololo: “El disfrute está en poder compartir y en el ida y vuelta que se genera con las palabras”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Es un grito. La poesía despierta las voces dormidas. Es el sonido que corre, el río que avanza entre las piedras, salta. Precipitan las palabras, son de agua, gotas, adentro.

Es un murmullo, una caricia sobre el papel, más allá del papel, en todas las orillas. Viento, alas de pájaros en vuelo, un viaje, muchos viajes. Después. Hacia el centro de una flor, fecundación. Frutos. Semillas dispersas en el vuelo. La palabra germinada.

Cin Wololo es una artista integral, sus ilustraciones germinan sobre las palabras, las palabras se expanden, son tallos, son hojas. Son flores y frutos. Fecundan mundos en los ojos que las miran, en las manos que leen y aprehenden su paisaje.

Contarte Cultura charló con ella para conocer su universo creativo y compartir sus obras.

—En toda conversación hay un intercambio, un movimiento de palabras, de gestos y de silencios que construyen y dan forma al lenguaje. Para comenzar esta charla y poniendo en movimiento las primeras palabras, te proponemos un juego de presentación. Vamos a dejar en tus manos una caja de lápices de colores, cada lápiz es una semilla y de su boca, de su centro, brotan imágenes que te definen. ¿Cuáles son las primeras que se te aparecen y qué nos pueden contar de vos?

—Si mi vida fueran dibujos con lápices de colores, sin lugar a dudas todos los rincones estarían repletos de flores. Amo a las flores y lo que representan, las semillas, los brotes, el sembrar y cosechar, la espera, la sorpresa. Si de mis lápices salieran imágenes que hablen de lo que para mí es la vida, mi vida y la del resto de las personas, es eso: jardines, todos distintos y hermosos a su manera, cada jardín y el alma que lo sostiene y lo cuida.

—Si siguiéramos hacia atrás las líneas trazadas por esos lápices, en donde los trazos son huellas en tu camino como ilustradora, ¿a qué lugar llegaríamos para encontrar el comienzo del lápiz que dibuja tu mundo de artista?

—Dibujo desde muy chica, pero canciones no, eso se despertó en el 2015 en un momento personal muy difícil que estaba viviendo y dibujar las canciones que escuchaba eran mi cable a tierra. Yo venía de una carrera de Bellas Artes pero pintaba otras cosas, esto fue algo que surgió de casualidad y que una amiga me animó a subir a la red, ahí nació la página Canciones Ilustradas.

—¿En qué momento sentiste que la palabra escrita también te permitía dibujar las historias y vivencias de cada día?

—Siempre compartí escritos de personas que admiraba o con las que me sentía identificada, pero algunas veces me nacía escribir algo mío para acompañar un dibujo, de cara dura nada más. No soy escritora, solo comparto las cosas que siento, es otro puente que encontré para comunicar lo que sentía, y en ese ida y vuelta de encontrar personas que se sentían igual, fue lo que me incentivó a hacerlo cada vez más seguido, porque para mí el disfrute está justamente en eso, en poder compartir y en el ida y vuelta que se genera con las palabras.

—Y si hablamos de esa síntesis de palabras e imágenes que encierran emociones no podemos dejar de mencionar a la música. ¿De qué manera se integran en tus creaciones la poesía, los dibujos y, precisamente, la música?

—La música para mí es indispensable. No paso un día sin escuchar canciones, temas que han marcado mi vida, historias de amor, recuerdos de la adolescencia, letras que nos llevan a un lugar o un momento, canciones que tienen nombre, y para mí todo se integra. A veces una canción lleva a un dibujo, o un dibujo que surgió me recuerda a una canción, y esa poesía que está presente en cada letra o escritos que hablan de canciones. Creo que todo es un camino al mismo lugar, poder sacar por medio del arte todo lo que sentimos.

—Justamente, muchas canciones fueron y son disparadores de tus dibujos. ¿Cómo lográs “atrapar” o completar el sentido de las letras o de las melodías entre tus líneas dibujadas?

—Me gusta dibujar las canciones de dos maneras: ilustrando alguna parte de la letra que más me gusta, o simplemente dejándome llevar por la música aunque el dibujo no esté relacionado en sí con la canción. La segunda manera, en general, es la que más me gusta, me conecto de otra manera con esa canción.

—Si pudieras elegir una imagen o palabra que represente la esencia de cada uno de tus libros, ¿cuál sería en cada caso?

  • Loca, cósmica y otros viajes: frenesí. 
  • Orillas: calma.
  • Estrellada: recuerdos.
  • 23 Razones: amor.

—”23 razones” (Sudestada) es un libro nacido durante la pandemia que acaba de publicarse en papel. ¿Qué van a encontrar los lectores entre sus páginas?

23 Razones surgió en PDF gratuito en pandemia con 50 poemas a los que se le fueron sumando relatos cortos y más escritos; es, justamente, un libro de 192 páginas que tiene una mezcla de poesía, relatos y frases de las cuales muchas fui compartiendo en las redes en este tiempo.

—¿En qué proyectos estás trabajando para el próximo año?

—Para el año que viene estoy en un proyecto, con un amigo, sobre historias cruzadas. También escribiendo Mandarinas para Ulises, un libro con relatos para mi hijo, y con algunos proyectos de canciones y audiolibros.

—Para terminar, y volviendo a nuestra caja de lápices del comienzo, te invitamos a dejar un deseo escrito o dibujado.

—Me gustaría desear tantas cosas, pero para mí lo más lindo que se le puede desear a alguien es que siempre pueda hacer lo que sienta con el corazón, ser quienes somos sin tener que esconder nada, y que tengamos la fortuna de cruzarnos con personas que nos quieran justamente por eso. Creo que es lo más lindo que le puedo desear a alguien, que pueda ser quien en verdad es y que esa sea, justamente, su magia.

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Artes Plásticas

El Museo Pettorutti muestra a los artistas premiados 2021

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El Museo Provincial de Bellas Artes Emilio Pettoruti expone, de martes a domingo y con entrada gratuita, las obras ganadoras de los salones provinciales de Arte Joven y Florencio Molina Campos 2021.

En ambos casos los premios fueron otorgados por el Ministerio de Producción, Ciencia e Innovación Tecnológica, la Cámara de Senadores de la Provincia de Buenos Aires, y la Cámara de Diputados bonaerense.

Cabe mencionar que los salones provinciales son los mayores reconocimientos estatales a la producción artística bonaerense, y que como formas de adquisición se tratan además de partes orgánicas del Museo, ya que a través de sus sistemas de premiación se han reunido la gran mayoría de las obras que lo conforman en la actualidad.

Por primera vez bajo una categoría singular en ambos certámenes, el salón avanza sobre el afianzamiento de políticas de apertura de las instituciones al amplio campo de las artes visuales; de representatividad territorial para fortalecer su condición de museo bonaerense y de igualdad de género.

De este modo, dibujos, pinturas, esculturas y grabados dialogan en la sala con instalaciones, video-arte, textiles, fotografías y artes del fuego en un ecléctico tapiz donde resuenan formas de imaginar y desafiar el presente.

Para esta edición se recibieron más de 500 postulaciones para los dos salones y se seleccionaron 28 obras para Molina Campos y 18 para Arte Joven.

El jurado del primero de los salones estuvo conformado por importantes referentes del arte bonaerense como Kekena Corvalán, Silvia Dolinko y Pablo León. En tanto que en el Arte Joven estuvo conformado por Juan José Souto, Leticia Barbeito y Gabriel Maldonado.

Las obras galardonadas y expuestas en el Salón Provincial de Arte Joven 2021 son:

  • “Cosa e’ mandinga”, de Fernando Nicolás Santana (La Plata).
  • “Que mi cuerpo sea siempre un amado espacio de revelaciones”, de Indira Bogado (La Plata).
  • “Mujer con vaso”, de Chiara Girimonti (La Plata).
  • “Infernal picnic”, de Amanda Tejo Viviani (La Plata).
  • “Tacto”, de Luana Cabra (La Plata).
  • “Cuerpo, luego existo”, de Ignacio Martín Noguera (Mar del Plata).
  • “La araña de Llavallol”, de Florencia Ailén Navarro (Llavallol).
  • “Sin salpicar”, de Eliana Quilla Mayorga Juchani (Ensenada).

En el caso del Salón Provincial de Artes Visuales Florencio Molina Campos, se pueden apreciar las siguientes obras:

  • “Dibujo por omisión de texto manuscrito IV”, de Ernesto Camilo Guinot (Mercedes).
  • “Dibujo interespecies”, de Virginia Buitrón (Quilmes).
  • “Afectable”, de María Elena Torrallardona (La Plata).
  • “Las catedrales de la nostalgia”, de Rodrigo Hernán Illescas.
  • “Construir nuevos paisajes”, de María Victoria Trípodi.
  • “Articulx para habitación”, de Juan Pablo Rosset.

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Artes Plásticas

Caru Grossi: “Para transmitir una emoción primero tengo que habitarla, que haberla vivenciado”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Viaja un silencio, adentro, en los cuerpos rotos, en las paredes desarmadas. Se expande. Invisible, presiona las capas debajo de las capas. Afuera no se ve. Adentro es oscuro. El miedo oscurece las palabras. 

Por eso callan. Por eso no se ve la dimensión del silencio. Hasta que asoma la primera palabra. O la primera línea capaz de contar.

Caru Grossi es ilustradora y a través de sus imágenes cuenta. Sus personajes se mueven entre luces y sombras. Los ojos narran historias que se ven reflejadas en otras. Sus propias vivencias están reflejadas en cada una de sus creaciones.

En diálogo con ContArte Cultura la artista plástica invita a conocer su mundo liberado, dibujado.

—Para comenzar esta charla vamos a poner en movimiento un objeto imaginario. Se trata de una botella en cuyo interior, como un gas que se expande, habita el silencio. ¿Cuál es la primera palabra que percibís saliendo de esa botella que, al llegar a tus manos, se destapa? ¿Qué nos puede contar de vos esa palabra o nuestra botella?

—Esa palabra es “creer”, y siento que viene a recordarme cuánto me costó creer en mí. Cuánto camino tuve que recorrer antes de atreverme a ser quien soy hoy, a saberme en construcción constante, en búsqueda constante, a desafiarme y disfrutarlo, aunque a veces debo reconocer que pienso “¡En que quilombo me metí!”. Creer en mí, sentirme capaz, fue una construcción de mucho tiempo, y lo sigue siendo. Un intenso camino de autoconocimiento, de animarme a zambullirme en lo más profundo de mi ser e ir encontrando partes, algunas más luminosas y otras de una oscuridad y dolor que me han transformado profundamente, y es que allí fue donde he encontrado los tesoros más valiosos. 

—Y como las palabras siguen en movimiento nos gustaría llegar al tiempo en que el arte comenzó a gestarse en vos. Si pudieras congelar en un cuadro el recuerdo de ese momento o sucesión de momentos que te llevaron a elegir este camino, ¿qué veríamos dentro de esa imagen?

—¡Qué difícil! No sé exactamente cuándo, es algo que siento desde siempre. Era una niña que dibujaba “non stop”. Dibujar era la única manera de quedarme quieta, tenía muchísima energía y al dibujar la canalizaba. Pilas y pilas de cuadernos dibujados. Fue algo que tuve muy habilitado, me alentaron mucho a que dibuje. Lo difícil fue sentir que ese amor y pasión podía ser un trabajo también. Me acuerdo que a mis 28 años me preguntaron si me interesaba hacer unas estampas para una marca de ropa de niñas y niños, y no lo podía creer. Entonces pensé: “¿En serio alguien me va a pagar por esto?”. Está claro que la construcción de mi amor propio, confianza y aparición de mis reales deseos fueron posteriores a este momento (risas). Pero el instante en el que dije “este es mi camino y allá voy” fue cuando un par de años después me regalaron Retratos de Pablo Bernasconi, y ahí fue clarísimo: “¡Yo quiero hacer esto! Quiero hacer libros, ser ilustradora”. 

—¿Cuáles son los infaltables de tu espacio creativo? ¿Qué hay sobre tu mesa de trabajo en este momento?

—La música, la primera protagonista de la escena. No está sobre la mesa, pero lo inunda todo, inunda mi sentir, mis emociones, mi manera de sentarme frente a ese texto que voy a ilustrar, pintar, transformar. El mate lleno de yuyitos, hojas en blanco de distintos tamaños, cartuchera de Totoro estallada de cosas. Mis alebrijes y animalitos y objetos hermosos que me han regalado y me acompañan, mini postales de fragmentos del Jardín de las Delicias de El Bosco, El libro Mujeres que corren con lobos de Clarissa Pinkola Estés, un montón de apuntes de los cursos que estoy haciendo, bocetos de nuevos proyectos. Mi tableta gráfica. Una nariz de payaso. Un cuaderno donde llevo anotaciones de los trabajos que estoy haciendo, algunos de mis libros, algunas esencias florales… hay una variette de caos interesante.

—¿Recordás cuál fue tu primera ilustración? 

—Tenía cerca de 12 años y por primera vez hice un dibujo y me lo quedé. Por alguna razón decidí atesorarlo para mí en vez de salir corriendo y regalárselo a alguna de mis abuelas o a mis abuelos. Y lo pegué en mi cuarto, donde me sentaba a estudiar. Lo tengo guardado desde aquel momento. Se trata de un árbol casi sin hojas, pero con fuertes ramas, dibujado y sombreado en lápiz negro, pequeño, simple y lleno de vida en su interior. Siento que esa fue mi primera ilustración.

—¿Cuáles son las técnicas y materiales con los que trabajás habitualmente?

—En general dibujo en papel (cualquier papel), y ese boceto luego lo pinto digitalmente. Apenas comencé a trabajar profesionalmente comprendí que la velocidad del mercado no podía esperar mis largos tiempos de pinceles y acrílicos. Así que Adobe y yo nos hicimos íntimos amigos. Pero siempre que puedo disfruto de pinceles, marcadores o lápices para hacer algo para mí, o para algún encargo particular. Me encanta pintar objetos, llenarlos de otras vidas. 

—Dar vida a cada personaje es una tarea que involucra todos los sentidos, ¿cómo se manifiestan los personajes en el interior de Caru antes de nacer sobre el papel?

—Se manifiestan con toda su emocionalidad, habito sus diálogos, sus emociones, los llevo a mi vida, a mi vida de niña y de hoy, los hago parte de mi historia. Resueno con cada uno antes de dibujarlo.

—Trabajaste codo a codo con la escritora Magela Demarco en la creación de libros cuyas temáticas atraviesan la niñez y los conflictos sociales e individuales que necesitan visibilizarse. ¿Cómo viviste esa experiencia de completar con imágenes esos textos que invitan a reflexionar, a estar atentos y a escuchar?

—Te voy a empezar hablando de Sola en bosque, porque fue el libro que marcó con fuego y profunda convicción nuestra forma de trabajar. Y lo viví como un gran proceso de reparación y crecimiento, porque toca parte de mi identidad, parte de mi historia personal. Con Mage siempre nos acordamos de que hubo un primer texto que era profundamente inquietante, fuerte, desgarrador, al que luego decidimos transformar. Porque más allá de nombrar el horror del ASI queríamos generar un material que sirva como herramienta para abordar el tema en distintos espacios. Fue a partir de ese momento que nos dimos cuenta qué haciendo y construyendo juntas nos potenciábamos. Con Mage trabajamos juntas, nos cuestionamos juntas, nos desafiamos juntas. Tiene una magia increíble, un poder de síntesis y profundidad en la palabra que amo. También tenemos mucho en común, historias de vida muy parecidas, sobre todo en estos temas que nos convocan tanto. Ella siempre va un paso adelante, no terminamos de publicar un libro que ya está con los dos o tres que siguen. Yo soy más calma, además que la ilustración suele llevar más tiempo. Charlamos mucho de qué temas tratar. En el resonar de las dos es que podemos hacer estos libros. Amo cada trabajo que hacemos, porque siempre me interpela, me desafía, me corre de lugar, y eso me encanta. Desarrollamos nuestro propio código de trabajo y es hermoso. Es un ida y vuelta en equipo donde sentimos que tenemos el respaldo de la otra y allí aparece con más fuerza la necesidad de nombrar lo que no se nombra, lo oculto, lo silenciado por miedo, o porque simplemente venimos aceptando y callando por hábito. Juntas potenciamos nuestra libertad de ser. 

—Precisamente en “Sola en el bosque” jugaste con las luces y las sombras para contar. ¿Cómo lográs transmitir una emoción a través de los colores y sus posibilidades?

—Cada color nos transmite diferentes cosas, también su intensidad, o no nos transmite mucho. El color es un recurso más que me permite contar sobre esa emoción que siento y quiero expresar. Desde mi experiencia para transmitir una emoción primero tengo que habitarla, que haberla vivenciado de alguna manera, y después ese de como mostrarla se acomoda solo. Es como cerrar los ojos y sacar una foto en mi interior, y esa imagen que tengo guardada, habitada y sentida, se materializa en una hoja. En el caso de Sola fue tan simple como recordar parte de mi niñez, de mi historia y los colores que yo sentía que me identificaron. Esos grises que me habitaron durante tantos años y la paulatina explosión de color que se dio a medida que fui sanando mi niña. En el libro aparece claramente una vez que la niña habla y simboliza el comienzo del camino de ir reconstruyéndonos. 

—¿Qué es lo que se viene para el próximo año?

—Por un lado deseamos mucho seguir recorriendo el país y extendernos cada día más a Latinoamérica y Europa, con más conversatorios y presentaciones de Sola en el bosque y Un papá intermitente. Estamos convencidas de que hablando y contando nuestras historias de vida expandimos esta red de conciencia, alentamos a otras y otros a contar su historia y ponemos el foco sobre temas tan dolorosos como habituales y silenciados sobre los que es urgente hablar. Como sociedad estamos sobreviviendo en un nivel de locura y desconexión interior tan grosero, que pareciera que la única propuesta es vivir para el afuera, todo ya, ya, ya. Donde todo es inmediato o no es. Para mí es urgente que comencemos a preguntarnos todo, a cuestionarnos todo lo aprendido y heredado. Siento que estamos en un momento bisagra, donde tenemos la posibilidad real de hacer grandes cambios sociales. Siento que nos merecemos vivir otra humanidad y no en esta violencia y enajenación que todo lo avasalla, lo aniquila, y que hoy vivimos como normalidad, sumergidos mansamente en la explotación y el extractivismo de todos los recursos naturales y humanos, sin detenernos a observar los daños que causan nuestros hábitos. Siento que el cuidado y respeto por la vida, de todas las formas de vida y no solo la humana, debería ser el eje central de nuestra existencia. 

Necesito decirlo porque es la base de nuestros libros: alentar y acompañar a las niñeces a construir una emocionalidad sana, libre de violencia y con el espacio de ser reconocidos en su individualidad para que mañana sean adultas y adultos que construyan y no destruyan. Es vital alentarlos a que sean seres curiosos, deseantes, coherentes e íntegros, que logren autopercibirse parte de este planeta y comprometerse con la vida. Nuestro sueño es ver estos libros-herramienta en cada escuela, casa, consultorio, biblioteca… Sabemos que no es fácil, pero tenemos la convicción y las ganas de hacerlo. También vienen nuevos libros. Acabamos de terminar uno sobre discriminación, que también tiene guía para trabajar en el aula o en casa. Hay algunos más en proceso y tenemos millones de ideas y ganas de hacer cosas para seguir nutriendo esta red que con mucho amor y compromiso comenzamos a tejer. 

—Para terminar y volviendo a nuestra botella del comienzo, te invitamos a dejar en su interior un deseo final.

—Deseo que cada día podamos valorar y habitar más amorosamente nuestra singularidad, nuestra propia identidad, sin sentirnos forzarnos a encajar en algún lugar, sin ser violentados en la comparación con tal o cual otra u otro. Que vivir nuestra propia identidad sea con alegría, curiosidad y plenitud. Sin opresiones, sin normas hegemónicas ni modelos binarios, donde cada individualidad sea integrada y respetada por el mero hecho de existir. Y que todas y todos comprendamos que la diversidad nos completa, nos nutre, nos enriquece y que jamás, jamás, nos amenaza.

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Artes Plásticas

Sergio De Giorgi: “Si en algún momento aparece el aburrimiento, deseo usarlo como energía de cambio”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Siempre existe un punto de partida, el lugar donde permanecen nuestras partes vividas, la huella que dejamos, el hueco que nos nombra sin nombrarnos. Atrás habitan nuestros comienzos, habitamos los espacios vacíos y nos proyectamos en historias futuras.

Sergio De Giorgi es ilustrador y escritor, sus historias están llenas de momentos cotidianos, de perros y gatos, como hermanos, de vientos que desordenan las palabras, de lunas y sueños y sobre todo de huellas.

Contarte Cultura charló con él para acortar las distancias y poner los pies en el camino que conduce a sus historias.

—En todo comienzo hay un punto de partida, un hueco donde queda la huella de la primera pisada, la marca de nuestros pies, detrás. Con esta imagen queremos empezar esta charla a la distancia, deteniéndonos en esa huella. ¿Qué palabra imaginás sobre ella y qué nos pueden contar de vos esas letras?

—El punto de partida fue una infancia con tardes de sol, televisión en blanco y negro, un Winco con tangos y Beatles, trepado a los árboles o subido a los techos leyendo El Tony, Intervalo o D’artagnan, y dibujando, siempre dibujando… Comparándolo con las infancias de hoy podría decirte que tuve, como tantos otros, una infancia salvajemente analógica. El entretenimiento había que inventarlo. Y la única salida que encontré para combatir el aburrimiento era dibujar, usar la imaginación para crear otros mundos e historias, personajes fantásticos llevados a un papel.

—Y si pensamos en marcas o huellas podemos viajar a aquellos lugares donde quedaron nuestros primeros pasos. ¿Recordás en qué lugar o lugares quedaron tus primeras pisadas en el camino del arte?

—Mi tío Rodolfo, contaba con veintitantos años cuando hizo lugar en el taller de mi abuelo y se armó un pequeño espacio donde podía desarrollar su pasión: todas las tardes pintar al óleo. Yo pasaba horas observándolo pintar, como preparaba cartones, ordenaba los colores en la paleta, los mezclaba con espátula, el perfume al aceite de lino y trementina… estaba fascinado con todo eso. Pero duró poco. Me vio tan entusiasmado que a los pocos días me dijo “este es tu caballete, tu paleta, tu espátula y tus pinceles”, así que antes de saber escribir empecé a dibujar y a pintar al óleo.

—Si en este momento pudiéramos espiar tu mesa de trabajo, ¿qué veríamos? ¿Hay algún objeto en particular que te gustaría destacar?

—Paso mucho tiempo en mi estudio. Cuando empiezo un nuevo proyecto suelo bocetar con lápiz y papel, y una vez terminados escaneo los dibujos para colorear de manera digital. Así que pueden encontrar, además de la tableta gráfica y la computadora, varios tipos de papeles y cartones, lápices y portaminas, pinceles, acuarelas y temperas. Y claro, también están mis otras obsesiones: juguetes antiguos, fotos y pinturas de amigos, juguetes de madera que construyo, algún dibujo horrible propio a modo de recordatorio, mi colección de stickers de frutas. Hay días que cuando termino de trabajar, para descansar un poco, toco la guitarra o escribo o vuelvo a dibujar, pero un dibujo totalmente diferente al que suelo hacer para los libros, uno con un lenguaje distinto, como si estuviera hablando otro idioma.

—¿Cómo llegaste al mundo de los libros?

—Hace algunos años, en una cena con amigos en casa, les mostré un juguete que había hecho. Era un gato de madera encorvado y enojado, con la boca abierta mostrando sus dientes parado en una base con ruedas de rulemanes. Sandra lo miró y me dijo: “¡Qué lindo gato! Este gato tiene que tener una historia, tenés que escribirle una historia”. A partir de ese juguete empecé a escribir cuentos infantiles. Algunos ilustrados por amigos y otros me ayudaron a despertar al ilustrador.

—Y en ese mundo a veces sos ilustrador y otras autor de los textos, ¿de qué manera trabajás para lograr esa interacción de palabras e imágenes en cada historia?

—No tengo un método ni un orden claro. Sin ser caótico es bastante desordenado, pero me siento cómodo. Es por momentos una especie de ejercicio de pensamiento lateral. Suelo andar con una libreta o papelitos donde tomo notas de cosas que imagino. Esas notas pueden ser dibujos o palabras. Esos dibujos pueden convertirse en nuevas palabras o personajes, y las palabras pueden ser cuentos o canciones o simplemente ideas que no sirven para nada. Tengo una caja llena de papelitos con ideas que no sirven para nada. Hasta que llega un día que las volvés a mirar, las volvés a leer y eso que antes no te había dicho nada ahora parece que empezara a contarte algo… el tiempo se puso a jugar con las palabras y los dibujos y les dio otro sentido que antes no había visto. Siempre estuvo ahí pero fue después cuando apareció, cuando pude verlo.

—¿Con qué técnicas y materiales te sentís más cómodo para crear?

—Me gusta experimentar con muchos materiales, más allá de mi destreza. Y me encanta buscar y generar diferentes texturas. Desde maderas pintada o envejecidas hasta chapas oxidadas, telas raídas o pintar sobre cartones o planos enduídos, papeles sellados, estampillas, manchas y grafismos. Todo eso lo escaneo y guardo archivos de diferentes texturas para después aplicarlos a mis dibujos como collage digital.

—El proceso creativo siempre necesita un disparador, y ya que hablamos de comienzos y puntos de partida nos gustaría saber cómo nacen tus personajes. ¿Cómo se construyen, gráficamente o a través de las palabras, esos protagonistas de cuentos?

—Una mañana desperté con una imagen muy clara, la de un pájaro blanco y varios naipes franceses. La imagen era redonda, muy potente, pero no tenía más que eso.

Dibujé al pájaro blanco con los naipes y supe que esa historia, que todavía no tenía, quería dibujarla. Si era un pájaro blanco podía ser una paloma que pertenecía a un mago que hace trucos con palomas y naipes franceses… ya tenía un comienzo. Y me pregunté “¿dónde está ese mago?”, y enseguida supe la respuesta porque supe qué quería dibujar. Ese mago iba a vivir en un circo lleno de personajes raros y extravagantes, viejos carromatos, carpas descocidas, y pensé que esa historia la contaría una niña payaso. Así nació Nina, la Chica de los Suspiros.

—¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?

—En un cuento que escribí hace tiempo y que fue cambiando varias veces de forma. El texto era chiquito, creció un poco, le salieron brotes, algunas ramas, lo podé y ya creo que está para florecer. La imagen también fue mutando acorde iba cambiando el texto. Hoy se llama Ella y el viento. Espero verlo pronto.

—Para terminar, ¿qué deseo te gustaría dejar en el punto final de esta charla?

—Deseo que siga el deseo. Seguir teniendo ganas de dibujar y de poder expresarme con el color y la línea. Y si en algún momento aparece el aburrimiento, deseo usarlo como energía de cambio.

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Propietaria/Directora: Andrea Viveca Sanz
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