David Muchnik: “Exploro y busco disfrute verdadero habitando los rasgos de cada uno de los personajes”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Hay colores escondidos en la memoria, blanco sobre negro, negro sobre blanco, grises. Las voces se manifiestan como una metáfora de la existencia, una exploración de caminos, allanados por palabras que logran ablandar la dureza de las piedras.

Existen sonidos enredados en los recuerdos, música del viento que barre las angustias y sana; una búsqueda que avanza hacia el encuentro con aquella voz que libera la historia callada.

El escritor David Muchnik lleva muchos años en el camino de las palabras, sus textos nacen en los bordes de la vida y están abonados por la fertilidad sensorial de sus metáforas.

En diálogo con ContArte Cultura, el autor abre las puertas de su mundo creativo, presenta su novela “Las rotas” y adelanta su próximo trabajo.

—En este comienzo vamos a poner en tus manos un objeto imaginario que te ayude a presentarte. Se trata de una piedra en cuyo interior hay tres palabras que dicen algo de vos. ¿Cómo percibís esa piedra? ¿Qué palabras que te definen vibran dentro de ella?
—La piedra es fría. Gris violeta. Suave. Como el puño cerrado de un niño. Soy niño. Soy brillo. Soy una estrella distante con un agujero negro detrás mío.

—¿Una imagen o anécdota de tu infancia en la que podrías ubicar tus primeros pasos como escritor?
—Recuerdo escribir hemorrágicamente desde muy chico. Me rateaba de la primaria y me metía en mundos imaginarios que luego pasaba a mi libretita. También escribía en el colectivo, en el baño, donde fuera. Más tarde, en la secundaria, también compuse poemas de amor para la novia de un amigo que luego diría que los había escrito él. Ahora tienen una familia.

—¿Qué cosas de la vida cotidiana despiertan tu imaginación para escribir?
—Imagino sin querer. Después me doy cuenta que estaba imaginando. Pero hay lugares, como los pasillos largos, las escaleras, la luz apagada, los sonidos, las charlas ajenas en los cafés, las charlas largas en las que hago que escucho, las peleas ajenas y las propias, son unas de tantas invitaciones para irme de viaje. De muy chico, me gustaba meterme dentro del armario: cerraba la puerta y entraba a otro universo.

—¿De qué manera lográs conectarte con las voces de tus personajes? ¿Cómo las trasladás a las palabras que les dan vida?
—Yo me conecto a través de la experiencia. Soy el personaje. No hago del personaje. Lo vivo. Me da vida. Como una máscara. Pienso, siento, hablo y guardo silencio como ese personaje. No solo desde la cabeza, sino con el cuerpo entero. En la reescritura, afilo, corto y acomodo acciones y diálogos. Pero durante la escritura, exploro y busco disfrute verdadero siendo y habitando los rasgos de cada uno de los personajes.

—Si pudieras elegir un momento o lugar donde ubicar la semilla que germinó en “Las rotas”, tu primera novela ¿cuál sería?
—Recuerdo pasar con el auto bajo un puente y, de repente, imaginarme un cuerpo rompiéndose desde adentro como si fuera un disfraz.

—¿Cómo llevaste adelante la construcción de esa familia de “piedra”?
—Al principio me basé en lo conocido, en la dinámica que tenían mis padres. Después, todo se fue acomodando solo. Yo me veo más como un laburante de la escritura. Escribo y escribo y no sé lo que estoy haciendo. Con el martillo y el pico le doy a la piedra hasta que de a poco se va descubriendo ante mis ojos lo que la obra necesita.

—¿Qué fue lo que te llevó a elegir la voz del niño para contar esa historia?
—Sentí que él necesitaba ser escuchado. Su voz había sido tapada durante tanto tiempo… Y yo sólo respeté y seguí su deseo y necesidad como si fueran mías. Y lo fueron.

—¿Creés que los elementos fantásticos y las metáforas te ayudaron a ablandar la dureza de las piedras y a construir los escenarios?
—Vivo de metáforas como una adicción, no sé comunicarme sin ellas, como tampoco podría sin café y chocolate. Pienso en imágenes y me resulta mucho más fácil hablar a través de ellas. Las metáforas me estimulan y creo que también lo hacen con el que lee. No había pensado lo de ablandar, pero tiene sentido. Tal vez lo hice sin darme cuenta. Fui consciente que las metáforas me ayudaron a jugar de una manera más plástica con los elementos oscuros de la novela.

—Cuándo y cómo nació el título de tu novela?
—Sobre el final. Los títulos no son mi fuerte. Sufro en el intento de condensar toda la obra, su espíritu en un par de palabras. Pido opinión a cuanta gente cercana esté dispuesta a dármela. Y así me confundo más (risas).

—¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?
—Ahora estoy corrigiendo una novela muy oscura y cómica que disfruté mucho. También estoy trabajando en dos series web que escribí en estos meses de encierro. Y estoy muy ansioso porque en marzo sale publicada otra novela que quiero mucho, Julieta y Julieta (Una historia de amor imaginario), por Editorial Liberoamérica.

—Para terminar, te pedimos que dejes un deseo guardado en nuestra piedra del comienzo.
—Amor, paz, resiliencia, metáfora, café y chocolate.

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