Literatura
Entre la pluma, la historia y el mar
Por Luis Carranza Torres (*)
Abordar la figura de Miguel Ángel De Marco es reseñar sobre uno de los pilares de la historiografía argentina contemporánea. No fue solo un investigador; se trató de un arquitecto de la memoria institucional y biográfica que supo unir la academia con la divulgación de alta calidad.
Hablamos de alguien que pudo encarnar la tradición de la historia erudita, pero con una sensibilidad narrativa que permite que sus obras trasciendan los círculos especializados.
Nacido en Rosario el 1° de diciembre de 1939, De Marco se consolidó como un referente ineludible de la historiografía argentina, especialmente en el estudio del siglo XIX y en el ámbito militar y naval. Doctor en Historia, alcanzó la máxima distinción académica como Profesor Emérito de la Universidad del Salvador, donde dictó clases en el doctorado, además de ser invitado por diversas casas de altos estudios tanto en Argentina como en el exterior.
Murió en la ciudad de Buenos Aires, el 6 de abril de 2026, en el Hospital Alemán.
Fue Miembro de Número y ejerció la Presidencia de la Academia Nacional de la Historia, lo mismo que en el Instituto Nacional Browniano y su respectiva Academia; integró la Academia Sanmartiniana y del Mar.
En el Exterior formó parte de la Real Academia de la Historia de España y de la Academia Portuguesa da Historia.
Especialista en historia política, militar y naval, De Marco dejó un legado documental monumental compuesto por 48 libros, cerca de 100 artículos académicos y más de mil escritos periodísticos. Sus investigaciones se centraron en procesos fundacionales y figuras clave como San Martín, Belgrano, Güemes, Brown, Quiroga, Sarmiento, Roca, Mitre, Pellegrini, Alem o Manuelita Rosas.
Su libro “La Guerra del Paraguay” sobre tal conflicto, “La guerra de la frontera”, referido a las luchas entre indígenas y colonos desde 1536 hasta 1917, o “Corsarios argentinos”, sobre las acciones de corso en la independencia, son obras clásicas de tales tópicos.
Paralelamente a su labor historiográfica, desarrolló una influyente carrera en los medios de prensa siendo durante dos décadas fue Jefe de Editoriales del diario La Capital de Rosario, así como colaborador y editorialista de La Nación de Buenos Aires, manteniendo una presencia activa en el debate intelectual hasta sus últimos años.
Su excelencia fue distinguida tanto en Argentina como en Europa, destacándose el Premio Konex en Historia (2014), la Mención de Honor General José de San Martín otorgada por el Senado de la Nación (2018), así como reconocimientos en España y Portugal por sus aportes a la historia naval del Río de la Plata y el mundo iberoamericano.
En la Armada Argentina recibió el grado de Comodoro de Marina de la reserva naval. El 4 de diciembre de 2019 la Escuela Superior de Guerra “Luis María Campos” lo distinguió como Oficial de Estado Mayor honoris causa del Ejército Argentino por su labor como historiador militar. En 2021 fue designado oficial de Estado Mayor honoris causa de la Armada Argentina.
En 2025 el Rey Felipe VI de España le confirió la Gran Cruz del Mérito Naval de España, una de las máximas distinciones que puede recibir una persona por sus servicios a la Armada Española. En su ceremonia de imposición en Madrid, jefe de Estado Mayor de la Armada del Reino de España, Almirante General Antonio Piñeiro Sánchez, expresó que dicha condecoración reconocía el decidido compromiso del Comodoro de Marco por impulsar dicha relación entre ambas Marinas.
Destacó que resultaba un honor imponer la Gran Cruz del Mérito Naval “a una figura cuya trayectoria encarna con singular dignidad el cruce fecundo entre las armas y las letras, entre el rigor de la investigación histórica y el servicio comprometido a la Nación”.
Asimismo, expresó que su vida había sido “una travesía intelectual, profesional y patriótica, que honra tanto a la República Argentina como a la comunidad internacional de historiadores”.
En una opinión personal, sin mella de su academicismo, fue desde la desaparición de Félix Luna el mayor divulgador a nivel masivo de la historia argentina.
Jovial y caballeroso, admirador y difusor de los valores de nuestra historia, el estudio del pasado argentino pierde uno de sus representantes más conspicuos.
Miguel Ángel De Marco representa el equilibrio entre la rigurosidad académica en la investigación histórica con el extender la misma con la mayor amplitud posible a la sociedad, a fin de hacer frente a las demandas de una sociedad que busca entender su identidad.
En un país a menudo dividido por interpretaciones históricas antagónicas, De Marco no recuerda que la historia es, ante todo, una disciplina científica y un ejercicio de comprensión humana que debe tornarse accesible a todos.
Probó con sus obras que se puede hacer comprensible para el gran público la historia sin dejar de ser profundo. Y su talento narrativo hizo asimismo por demás ameno para todos el relato de grandes y muchas veces complejos hechos de nuestro pasado.
(*) Abogado y escritor cordobés – Especial para Contarte Cultura
Literatura
Preocupación ante la amenaza de derogación de la Ley que protege la actividad librera
Ante los recientes anuncios de público conocimiento, el Consejo de Administración de la Fundación El Libro expresó “su más profunda preocupación y su firme rechazo al proyecto de derogación de la Ley de Protección a la Actividad Librera (Ley N.º 25.542)”.
La Fundación detalló que “esta normativa no constituye un simple mecanismo comercial: es la columna vertebral que garantiza la diversidad bibliográfica, condiciones equitativas de competencia y la supervivencia de las librerías independientes en cada rincón de nuestro territorio. Se trata, además, de una ley que cuenta con el consenso unánime de todo el sector del libro —editores, libreros, distribuidores, autores y gráficos—, que durante más de dos décadas la ha sostenido y defendido como pilar de la actividad”.
Librerías, patrimonio cultural de la Argentina
Sobre la importancia de la actividad librera, el organismo precisó que “la red de librerías argentinas —reconocida a nivel internacional por su densidad, riqueza e historia— no representa meros puntos de venta de mercancía. Son verdaderos faros culturales, espacios de encuentro democrático y de promoción de la lectura. Su valor social e histórico excede cualquier lógica de mercado tradicional”.
“La desregulación del precio del libro no genera mayor competitividad; por el contrario, desprotege a los eslabones más débiles de la cadena —libreros independientes, editoriales pequeñas y medianas, autores— y favorece la concentración, poniendo en riesgo real de cierre a cientos de espacios que dan vida a nuestras ciudades”, se sostuvo.
El compromiso de defenderlas
“Desde la Fundación El Libro sostenemos que la cultura es un derecho fundamental. Por ello, convocamos a todo el ecosistema del libro, a los lectores y a la sociedad en su conjunto a alzar la voz en defensa de nuestras librerías”, afirmó la entidad.
Además, destacó que “defender a las librerías es defender nuestra propia historia, nuestro pensamiento crítico y nuestro futuro. El Consejo de Administración se declara en estado de alerta y ratifica su compromiso de arbitrar todos los medios posibles para proteger el capital lector y cultural de los argentinos”.
(Fuente: Prensa Feria del Libro)
Textos para escuchar
Un día de éstos – Gabriel García Márquez
Gabriel García Márquez lee su cuento Un día de éstos
El lunes amaneció tibio y sin lluvia. Don Aurelio Escovar, dentista sin título y buen madrugador, abrió su gabinete a las seis. Sacó de la vidriera una dentadura postiza montada aún en el molde de yeso y puso sobre la mesa un puñado de instrumentos que ordenó de mayor a menor, como en una exposición. Llevaba una camisa a rayas, sin cuello, cerrada arriba con un botón dorado, y los pantalones sostenidos con cargadores elásticos. Era rígido, enjuto, con una mirada que raras veces correspondía a la situación, como la mirada de los sordos.
Cuando tuvo las cosas dispuestas sobre la mesa rodó la fresa hacia el sillón de resortes y se sentó a pulir la dentadura postiza. Parecía no pensar en lo que hacía, pero trabajaba con obstinación, pedaleando en la fresa incluso cuando no se servía de ella.
Después de las ocho hizo una pausa para mirar el cielo por la ventana y vio dos gallinazos pensativos que se secaban al sol en el caballete de la casa vecina. Siguió trabajando con la idea de que antes del almuerzo volvería a llover. La voz destemplada de su hijo de once años lo sacó de su abstracción.
-Papá
-¿Qué?
-Dice el alcalde que si le sacas una muela.
-Dile que no estoy aquí.
Estaba puliendo un diente de oro. Lo retiró a la distancia del brazo y lo examinó con los ojos a medio cerrar. En la salita de espera volvió a gritar su hijo.
-Dice que sí estás porque te está oyendo.
El dentista siguió examinando el diente. Sólo cuando lo puso en la mesa con los trabajos terminados, dijo:
-Mejor.
Volvió a operar la fresa. De una cajita de cartón donde guardaba las cosas por hacer, sacó un puente de varias piezas y empezó a pulir el oro.
-Papá.
-¿Qué?
Aún no había cambiado de expresión.
-Dice que si no le sacas la muela te pega un tiro.
Sin apresurarse, con un movimiento extremadamente tranquilo, dejó de pedalear en la fresa, la retiró del sillón y abrió por completo la gaveta inferior de la mesa. Allí estaba el revólver.
-Bueno -dijo-. Dile que venga a pegármelo.
Hizo girar el sillón hasta quedar de frente a la puerta, la mano apoyada en el borde de la gaveta. El alcalde apareció en el umbral. Se había afeitado la mejilla izquierda, pero en la otra, hinchada y dolorida, tenía una barba de cinco días. El dentista vio en sus ojos marchitos muchas noches de desesperación. Cerró la gaveta con la punta de los dedos y dijo suavemente:
-Siéntese.
-Buenos días -dijo el alcalde.
-Buenos -dijo el dentista.
Mientras hervían los instrumentales, el alcalde apoyó el cráneo en el cabezal de la silla y se sintió mejor. Respiraba un olor glacial. Era un gabinete pobre: una vieja silla de madera, la fresa de pedal y una vidriera con pomos de loza. Frente a la silla, una ventana con un cancel de tela hasta la altura de un hombre. Cuando sintió que el dentista se acercaba, el alcalde afirmó los talones y abrió la boca. Don Aurelio Escovar le movió la cara hacia la luz. Después de observar la muela dañada, ajustó la mandíbula con una cautelosa presión de los dedos.
-Tiene que ser sin anestesia – dijo.
-¿Por qué?
-Porque tiene un absceso.
El alcalde lo miró en los ojos.
-Está bien -dijo, y trató de sonreír.
El dentista no le correspondió. Llevó a la mesa de trabajo la cacerola con los instrumentos hervidos y los sacó del agua con unas pinzas frías, todavía sin apresurarse. Después rodó la escupidera con la punta del zapato y fue a lavarse las manos en el aguamanil. Hizo todo sin mirar al alcalde. Pero el alcalde no lo perdió de vista.
Era un cordal inferior. El dentista abrió las piernas y apretó la muela con el gatillo caliente.
El alcalde se agarró a las barras de la silla, descargó toda su fuerza en los pies y sintió un vacío helado en los riñones, pero no soltó un suspiro. El dentista sólo movió la muñeca. Sin rencor, más bien con una amarga ternura, dijo:
-Aquí nos paga veinte muertos, teniente.
El alcalde sintió un crujido de huesos en la mandíbula y sus ojos se llenaron de lágrimas.
Pero no suspiró hasta que no sintió salir la muela. Entonces la vio a través de las lágrimas. Le pareció tan extraña a su dolor, que no pudo entender la tortura de sus cinco noches anteriores. Inclinado sobre la escupidera, sudoroso, jadeante, se desabotonó la guerrera y buscó a tientas el pañuelo en el bolsillo del pantalón. El dentista le dio un trapo limpio.
-Séquese las lágrimas -dijo.
El alcalde lo hizo. Estaba temblando. Mientras el dentista se lavaba las manos, vio el cielorraso desfondado y una telaraña polvorienta con huevos de araña e insectos muertos. El dentista regresó secándose las manos. “Acuéstese -dijo- y haga buches de agua de sal.” El alcalde se puso de pie, se despidió con un displicente saludo militar, y se dirigió a la puerta estirando las piernas, sin abotonarse la guerrera.
-Me pasa la cuenta -dijo.
-¿A usted o al municipio? -preguntó el dentista.
El alcalde no lo miró. Cerró la puerta, y dijo, a través de la red metálica:
-Qué carajo, es la misma vaina.
Historias Reflejadas
“Una vuelta hacia la verdad”

Una vuelta hacia la verdad
Todo comenzó en una biblioteca, una noche silenciosa en la que una calesita se puso en marcha.
Tal fue la felicidad de todos sus ocupantes, que juntos levantaron vuelo para encontrar la libertad.
En ese torbellino de risas contagiaron a los habitantes de otros libros quienes despertaron de su aburrimiento para subirse a la calesita voladora.
Vuelta tras vuelta, se fueron sumando más y más personajes conocidos que salían de sus libros para no perderse el espectáculo.
El Gato con Botas invitó a la Cenicienta para que lo acompañara, Caperucita desafió al Lobo, la Sirenita en el apuro salpicó con su cola, todavía mojada, a la pobre Blancanieves que dormía un hechizo y uno de los tantos príncipes llegó justo a tiempo.
A la hora señalada, una puerta transparente se abrió sobre ellos y, como estaban de aventura, decidieron atravesarla.
Emocionados y sorprendidos se encontraron de repente en el País de la Verdad, y en ese espacio sin formas se atrevieron a soñar.
Todo fue un golpe de suerte, porque la alegría no puede postergarse y para todo existe el momento oportuno.
Desde ese mundo verdadero ellos nos invitan a atravesar la puerta detrás de la cual la verdadera magia siempre es posible.
Andrea Viveca Sanz
Se reflejan en esta historia: “Había una vez ¿Y después?”, Antología de Ana María Shua, María Inés Falconi, Adela Basch, Ángeles Durini, Olga Drennen, Graciela Pérez Aguilar, Mercedes Pérez Sabbi, Cecilia Pisos, Federico Combi; “Un golpe de buena suerte”, de Perla Suez; “La puerta para salir del mundo”, de Ana María Shua; y “La calesita voladora”, de Fabián Sevilla.
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