Estela Escudero: “Lo extraordinario de escribir es crear las piezas que faltan para armar el cuadro”

Por Andrea Viveca Sanz

Las circunstancias de la vida la llevaron a animarse y a sumergirse en las burbujeantes aguas de palabras que danzaban en su interior, para nadar entre historias que pronto emergieron desde las profundidades de su ser.

Estela Escudero cruza las puertas de la imaginación para jugar con las piezas de un gran rompecabezas, con las que logra dar vida a cada una de sus obras literarias.

Atenta al marco histórico y geográfico, se entrega al proceso creativo y abre sus sentidos para detectar los detalles que se revelan como una lluvia de palabras, capaces de componer la certeza de un poema, o la nitidez de una imagen narrada.

En diálogo con ContArte Cultura, la autora se mimetiza con cada uno de sus personajes y a través de ellos se deja ver, luminosa, con un sueño cumplido entre sus manos.

—Para presentarte, ¿cómo comenzaría el poema capaz de pintar con palabras a Estela Escudero?
—Es una pregunta extraña, y acaso la mejor manera de responderla sea elegir algunos versos con los que me identifico:

¿Cuándo la vida llega a ser tan complicada?
Años de mucho pensamiento y el tiempo que perdí,
y cada línea sobre mi rostro,
es la prueba de que luché, y un día más viví.
(Cuando tus pies no tocan el suelo; canción)

Si te postran diez veces te levantas
Otras diez, otras cien, otras quinientas…
No han de ser tus caídas tan violentas
Ni tampoco, por ley, han de ser tantas.
(¡Avanti! – Sonetos medicinales; de Almafuerte)

Si puedes seguir creyendo en ti mismo cuando todos duden de ti,
pero también aceptas que tengan dudas.
Si puedes esperar y no cansarte de la espera;
o si, siendo engañado, no respondes con engaños,
(If de R.Kipling)

—¿Cuándo decidiste sumergirte en el mar de las letras para atreverte a nadar entre historias?
—Cuando la disminución de la vista me ahogó en un océano de páginas borrosas. Y no es chiste. Tengo muy presente cuando leer por la noche se tornó difícil ­-aún no usaba lentes- y entonces, al no poder leer una novela me dediqué a imaginarla. Así armé una historia en mi cabeza, y cómo me gustó, fui ampliando cada secuencia, busqué los datos, investigué cada duda que se presentaba. Una cosa lleva a la otra y el siguiente desafío fue: “¿Y si en lugar de imaginarla… la escribo?”. Eso hice. Pero era para mí. Sin embargo, al terminarla, me gustaba tanto que la quise compartir, deseaba verla en formato libro y que todos conocieran a Stefan. Un poema por Stefan, fue, a su manera, un portal. Descubrí que disfrutaba escribir. Sin duda, en un principio el sentimiento que provoca la decisión de escribir es de total insolencia. Uno osa meterse en un terreno habitado por eruditos. Es una audacia, pero también es un placer y, cuando perdí el pudor a exponerme y entendí que hacer aquello que me daba felicidad dependía sólo de mí, dejé de lado cualquier cuestionamiento y “me atreví a nadar entre historias”.

—¿Cómo dibujarías tu espacio creativo ideal?
—Sería una pintura a mitad de camino entre Picasso (onda El Guernica) y Jackson Pollock. Soy desordenada por naturaleza, aunque prefiero decir que tengo: “ el orden superior de una vasta convulsión”. Y con eso justifico mis pilas de papeles y apuntes y las migas de las galletitas en el teclado (hasta se me desordena el Word). No obstante, mi espacio creativo ideal tiene mapas, siempre escribo con mapas; tiene música, cada personaje, cada escena lleva su leitmotiv, y es una pata muy importante a la hora de crear porque me ayuda a rescatar el sentimiento que quiero transmitir y, sobre todo, me pone en clima. Tiene silencio, me cuesta escribir con invasión sonora de voces y ruidos. Y tiene soledad, por eso escribo de noche. Además, soy como el escultor que tapa la obra con una sábana y no deja a nadie entrar a su atelier.


“Sin duda, en un principio el sentimiento que provoca
la decisión de escribir es de total insolencia.
Uno osa meterse en un terreno habitado por eruditos”


—¿Cuáles son las fuentes de inspiración que disparan en vos el deseo de contar?
—Son diferentes según lo que vaya a escribir. La inspiración para una novela —que es un relato largo que permite trabajar sobre una línea de tiempo, secuencias, personalidades— es similar a los planteos de los juegos infantiles (al menos los de mi niñez) el famoso: … “y si decimos que vamos a… y que somos… y que estamos en…”. En ambas novelas, tanto Un Poema… como El Trono de las nubes, la inspiración no proviene de un solo hecho motivador, sino es la suma de detalles que se enlazan y adquieren voz de relato. La novela, planteada como una narración que permite extenderse, es el resultado de ordenar, con un relato, imágenes. Esas imágenes llegan muchas veces a consecuencia de ahondar en un tema, o lugar, y de repente tenés las primeras piezas del rompecabezas. Lo extraordinario de escribir es crear las piezas que faltan para armar el cuadro. Si de un cuento se trata, los disparadores son otros. A veces puede ser una frase y se elabora una narración en torno a ella. Algunos de mis cuentos han tenido su origen en propuestas interesantes, como un cuento donde la idea fue que dialogaran animales, objetos o intangibles. Así nació Entre Dones e Inexorables. 

—Contanos el proceso creativo que dio lugar a tu novela “Un poema por Stefan”.
—Como decían en Shakespeare enamorado: es un misterio. Comenzó como una narración en mi mente y con argumento sencillo: la historia de un joven atado a sus obligaciones y responsabilidades y que, por amor a una chica, era capaz de dejarlo todo. Puesto así, de manera lineal, la historia derramaba para muchos lados y proponía un desafío: hacerla real, dar carnadura a cada situación y buscar la época y el marco adecuado. Época y marco son una pata importante de la novela, porque la personalidad de los personajes tiene que ver con la época y lugar donde transcurre. No puedo tomar a una jovencita victoriana y hacerla actuar como una chica siglo XXI. Las damas del 19 tenían sus cuitas y problemas que son diferentes a las del milenio. Piensen que Romeo y Julieta, en épocas de celulares, hubiese terminado de otra manera. Al desarrollar Un poema por Stefan, tuve que hallar una época donde los conflictos a plantear tuviesen sentido, y una geografía que resaltara algunas escenas, los escenarios se convierten también en protagonistas. El fin del siglo XIX tiene un enorme atractivo porque puedo usar los modos galantes todavía de moda, y, a la vez, adelantos que ya se enunciaban: electricidad, teléfonos, fotos. En esa novela, la historia da marco, y si bien el país lleva un nombre imaginario, todo el resto —ríos, ciudades— mantienen la denominación que tenían en esos años y es un anclaje de realismo. Mi premisa siempre es “¿pudo ocurrir una historia así?”. Es ficción, pero verosímil. Por ello fui muy cuidadosa con la reconstrucción histórica y datos puntuales: cuántos días demora un barco a vapor en recorrer tal distancia, el tipo de lapicera que usa el personaje, el tipo de armas, etc. El proceso creativo se convierte en un estado de ánimo. En esos momentos soy infinitamente más perceptiva, capto detalles que en circunstancias normales no me llamarían la atención. Y todo se transforma y encuentra su lugar dentro de la historia que estoy contando. Encuentro la palabra justa que define, la frase que condensa el sentimiento o la manera de encarar una escena para infundirle vida. Así, descubrí que Stefan iba a ser un poeta y sus versos debían ser parte de la historia; que el mariscal Orlov sería un rival, pero no un villano; que el personaje de Liza tenía que aportar aire y frescura a la historia; y que la melancolía habría de ser el rasgo que predominaba en Stefan. Todo es parte del proceso creativo porque creamos personalidades que llevan adelante la historia.


“El proceso creativo se convierte en un estado de ánimo.
En esos momentos soy infinitamente más perceptiva.”


—¿De qué manera das vida a tus personajes?
—Sencillo: yo soy todos mis personajes. Es un proceso parecido a actuar. Si no me meto en la piel de cada uno de ellos no los puedo hacer hablar y, lo más importante, perdería el rumbo a la hora de los actos que realizan. Si no “siento”— o “me siento”— el personaje, no podría escribirlo. Es el nudo a la hora de narrar (al menos para mí). Tengo que sentir a Stefan, a Liza; o a Daniel y a Victoria (El trono de las nubes). Cuando soy ellos, sé perfectamente que dicen, qué hacen y de qué manera. Inclusive con los personajes secundarios funciona igual, en El trono… hay un personaje masculino, el mayor Terfen —adoré ser Terfen— y uno femenino, Nesta —me divertí con ella—. En Un poema… (y por aquello de mostrar no contar), la manera de presentar a Stefan fue no contar mucho de él y dejar que sus poemas lo presentaran. Ese recurso fue bueno, porque leer sus poesías le dan al lector una idea exacta de cómo piensa y siente, sin necesidad que el narrador lo diga. En El Trono… usé el recurso de plasmar el crecimiento de un Daniel niño —huérfano y vagabundo— hasta convertirse en el oficial Schaber. Elijo no decir “cómo es”, dejo que la escena lo muestre y así el personaje cobra vida.

—¿Cómo nació la idea de realizar “Septiembre romántico y rioplatense”?
—Fue idea de dos escritoras amigas, y nació como respuesta al primer festival de novela romántica que se hizo en Buenos Aires. En ese momento, las escritoras autopublicadas no fueron incluidas y quedaron al margen. La idea que impulsó el primer encuentro del SRR fue dar la oportunidad a las autopublicadas —o que publicaban con editoriales chicas— a darse a conocer. Este año se hará el VII SRR, y desde aquél primer encuentro a hoy, el espíritu no ha cambiado, por ello, cada año las organizadoras invitamos a escritoras nuevas, que recién comienzan, y también incluimos a quienes ayudan a la hora de difundir (administradoras de blogs o sitios de novela romántica). La presencia de escritoras de todo el país o extranjeras, es motivo de gran alegría para nosotras; también es el desafío a mejorar año a año sin perder de vista que, en cada reunión del SRR, lo importante son todas las lectoras que nos acompañan con afecto de amigas.

—Sos autora de cuentos, poemas y novelas, ¿qué disfrutas más escribir?
—Cada uno tiene su encanto. Las poesías me fascinan, tienen el don de la musicalidad; disfruto la manera de usar las palabras dentro de ese reino de metáforas. Los cuentos son mi terapia. El cuento tiene un compromiso emocional menor que la novela, y, en mi caso, después de estar por muchos meses metida en la piel de los personajes necesito desprenderme de ellos. En los cuentos me permito narrar en primera persona, o en segunda, y abandonar al narrador omnisciente. Uso el formato “cuento” para incursionar en otros géneros. Escribí cuentos fantásticos, algunos contemporáneos, realismo mágico, un policial. También los uso como ensayo para moverme en un universo al que quiero acceder en una novela. Así escribí El coreuta, que me llevó al terreno de la Segunda Guerra Mundial y que es un proyecto a futuro. Las novelas son mi espacio ideal. Me traslado a otro lugar y época. Investigo, estudio y viajo con mis mapas. Me agrada contar la vida de un personaje desde su infancia y más allá de su muerte. Hay algo potente en ver crecer a una persona (aunque sea imaginaria), acompañarla en sus logros y fracasos, hacerla feliz, hacerla llorar, y permitirle dejar su legado. Siempre digo que a la primera persona que deben enamorar los protagonistas es al autor. Y, como todos saben, vivir en estado de enamoramiento es muy placentero.

—¿Qué podés adelantarnos de tu próxima novela?
—En marzo saldrá mi segunda novela, El trono de las nubes. Trabajé cinco años en ella. Es género romántico-histórico cien por ciento. La novela narra todo el conflicto de límites con Chile por la Patagonia; de cómo se diseñó y soñó el mapa del país. Es también la historia de los galeses en el Chubut, del perito Moreno y de muchos de los que trabajaron en pos de la paz. En ese marco histórico se desarrolla la historia de amor de Daniel Schaber y María Victoria (Mavi), dos personas muy necesitadas de cariño y destinadas a encontrarse. Daniel es un oficial audaz y valiente que cruza la cordillera en misión secreta enviado por el Presidente. Victoria es una joven que cree haberlo perdido todo y que huye al último rincón del mundo a esconderse. Cuando estén frente a frente, él descubrirá que los ojos de ella lo miran como nadie lo ha hecho; y ella, que Daniel es el hombre capaz de devolverle sus sueños. Él, un espía capaz de hacer volar por los aires un barco con pertrechos o librar un duelo de sables sobre la cubierta de un acorazado. Ella, una joven que ha peleado desde muy niña con un destino adverso y que intenta dejar atrás toda miseria. Y sobre ambos, una guerra que ya golpea a las puertas. El trono de las nubes es un cuidadoso tejido entre hechos reales y ficción, es una potente historia de amor y, sobre todo, es volver los ojos hacia el pasado para valorar el país que tenemos.

—¿Un sueño escondido entre páginas que quieras compartir?
—Uno sencillo y que figura en mis personajes: hablar otros idiomas. Otros más complicados: ser poeta, ser reina, ser oficial de caballería, saber esgrima. Supongo que, si tomo como sueños aquello que me gustaría saber o haber hecho, es válido decir que se han cumplido. Mientras escribía se hicieron realidad: fui poeta a través de las poesías de Stefan, fui reina de la mano de Liza, crucé un río embravecido sobre mi caballo siendo el oficial Daniel Schaber y también, gracias a él, gané un duelo sobre una pedana de esgrima. Tal como les dije, escribir es un poco jugar a ser otros, nada mas ensoñado que eso.


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Estela Escudero

Nació en Mendoza en abril de 1953. Es dibujante publicitaria y gran aficionada a la ópera. Ha realizado numerosos estudios sobre música sinfónica, ópera y literatura.
Vive en Buenos Aires, está casado, tiene dos hijos y actúa como asesora profesional de seguros desde hace treinta años.
Publicó cuentos en la antología “El decir textual 2008” y obtuvo 1º mención en el concurso literario “AAPAS 2009”.
Algunos de sus cuentos se publicaron en el periódico “The Southern Cross” y otros fueron leídos en el ciclo radial “Cantando Historias”.
La novela “Un poema por Stefan” recibió la Mención de Honor del premio Raíces 2012.

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