Gabriel Rodríguez Molina: “La poesía tiene un diálogo cotidiano, nunca la puedo abandonar, siempre me habla”

Por Walter Omar Buffarini

Un embajador de la literatura en la ciencia. Un representante de la ciencia en el arte. Cualquiera de las dos frases podrían describir al autor platense Gabriel Rodríguez Molina.

Habitante de las letras desde temprana edad, no duda en sostener que la poesía puede transformarse en un camino de sanación, de sostén para aquellos que atraviesan difíciles situaciones de salud.

Lector insaciable, encontró en la escritura la forma de llenar un espacio que se le presentaba incompleto, y así abrazó a la poesía como compañera de ruta.

Invitado por ContArte Cultura, presentó su obra y a sí mismo en una extensa charla que dejó al descubierto al fructífero escritor y al hombre sensible que lo contiene.

—¿Cómo nace tu relación con el arte?
—El abuelo de mi padre es de Bolivia, hace folklore, es solista en guitarra y muy tradicional. Así, tengo un poco la tradición folclórica boliviana, más la sencillez del pueblo, que hacen un híbrido interesante. Siendo joven, esto es como entrar a un mundo muy posmoderno con una arquitectura más tradicional. Es interesante.

—Como comentás, sos muy joven y con una interesante actividad literaria, ¿cómo te presentarías?
—Tengo 23 años. Dos libros publicados y estoy con una obra de teatro. También escribo una novela, tarea que no apuro porque me parece que es un género más complicado de corregir. A mi entender, la poesía es más complicada de escribir, pero la novela tiene muchas páginas y me resulta muchas veces más tediosa. Creo que cuando abandonás una novela lo hacés casi por completo, en cambio, la poesía se va nutriendo siempre. La poesía tiene como un diálogo más del cotidiano, nunca la puedo abandonar del todo, siempre me habla. Es algo que siempre me está enseñando. Lo siento como un género más puro.

—¿Cuándo empezaste a escribir?
—Alrededor de los 16 años. Ahí aparecieron los primeros impulsos de empezar a escribir. Yo tenía mucho el formato canción, que fue mutando más al lenguaje de lo escrito. Son interesantes esas mutaciones que van sufriendo las canciones. El trovar con lo escrito, pero que no se pierda la oralidad de ese escrito. Me resultaba muy interesante dialogar desde lo poético con el lenguaje del canto, que tiene que ver más con algo ritual, con algo más ancestral. Creo que, si hay algo que intento rescatar, por más que no escriba en código de canción, es esa energía de vocación de dioses o lo que hacían los antepasados. Eso me resulta interesantísimo abordarlo desde la poesía.

—¿Heredaste de la familia el tema de la escritura?
—No mucho. Mi abuelo boliviano sí escribía. Mi padre aportó desde el canto y la lectura. Mi mamá es traductora, por lo que también siempre leyó mucho. Entonces el aporte de la lectura sí existió, pero el tema de la expresión en lo escrito no tanto. Fue más separarme de lo que hacían ellos. Escribir fue el camino para buscar mi propia identidad. Mi papá se dedicó más a la interpretación y no a la creación. Me parecía que había una necesidad en ese sentido.

—¿Cómo es tu formación más allá de la escritura?
—Si bien culminé el secundario en el colegio María Auxiliadora, mi escuela siempre fue el Normal 3 de La Plata. Creo que también en mi inclinación literaria tengo algo de eso. Era escuela de lenguas vivas, con el nombre de Almafuerte dando vueltas, el tema de la historia dura de La noche de los Lápices. Tengo memorias vagas de ciertos homenajes. Rescato que siempre he tenido maestros excelentes y sobre todo la impronta de lo público, como algo que todavía está. Ahora estoy estudiando Medicina, pasando a cuarto año, y también estudié filosofía dos años en Humanidades. Si bien en algún momento coexistieron ambas carreras, ahora estoy más dedicado a Medicina por una cuestión de carga horaria. Estoy realizando algunas guardias en el Hospital San Martín, y también estuve cursando en el Hospital Rossi.

—¿Y esa actividad te aporta para la escritura?
—Si, totalmente. Yo lo veo desde el tema del dolor, haciendo un paralelismo con la enfermedad o aquello que no está bien y la búsqueda de la sanación que muchas veces se hace a través de la escritura. Cualquier expresión artística tiene que ver con eso, con traer algo que te alivie las angustias existenciales. La Medicina es eso más hecho carne. Ver el sufrimiento, palparlo, sirve para anclar a una realidad. Poesía y ciencia es también un vínculo muchas veces contradictorio: la ciencia busca muchas respuestas y cree encontrarlas donde la poesía busca algo muchas veces absurdo, pero hay veces en que la respuesta está en eso a través de una mirada o en un silencio.


“Si no tenés una mirada poética sobre
la vida no es posible abrazar a alguien.”


—¿Buscás tus tiempos para escribir o lo hacés cuando ese tiempo aparece? 
—No suelo ser muy metódico, por lo tanto, me dedico cuando aparece la oportunidad. Ahora que estoy abocado a escribir teatro, tal vez me ocupo un poco más formalmente, por un tema de las escenas, de seguir ese correlato de lo que escribo con lo que se interpreta. Entonces he tomado cierto hábito de sentarme a la noche a releer lo que escribí, para continuar la escena con un hilo conductual. Con la poesía eso me es imposible. En ese caso la obra aunada está como adentro, no la organizás una vez que la escribís.

—¿Con que te animaste a transitar el teatro?
—Mi primer trabajo teatral es “Frío invierno”, una obra que aún no está publicada porque la estamos ensayando. Me interesa mucho verla en escena para detectar si en realidad se expresa lo que yo quería decir al escribirla.

—¿Y en qué te inspiraste para crearla?
—Es una búsqueda que tiene que ver con el encierro. Es un personaje que se encuentra preso y condenado a muerte, por lo que la obra posee símbolos muy fuertes que me llevan a no apurarme a publicarla antes de verla hecha cuerpo. La interpreta Juan Ignacio Sueldo, un actor muy joven que se encuentra estudiando en la UNA (Universidad Nacional de las Artes), en la ciudad de Buenos Aires, y la verdad que estamos investigando mucho juntos. El del encierro es un tema que me ha interesado mucho desde chico, desde la poética de ciertas obras que me habían llamado la atención. Obras como “De profundis” de Oscar Wilde, escrito en la cárcel, la historia de Dostoievski en la prisión, la historia de Jacobo Fijman en el manicomio, Antonin Artaud y su “Van Gogh: el suicidado de la sociedad”. Como que siempre existió interés en mi por el tema, el “qué hay” del encierro que motivó semejantes obras trascendentales. Entonces una primera exploración fue intentar escribir algo de eso desde mi postura, sin haber estado encerrado, sino a través de esas lecturas, para ver si había algo de eso que se me hubiera instalado dentro. Y precisamente esta obra es parte de esa exploración. Como venimos ensayando, y sin el apuro por estrenarla, entiendo que tal vez eso suceda en marzo del año entrante.

—¿Cuál fue el motivo que te inspiró a escribir teatro?
—Primero fue la curiosidad, porque creo que la poesía se está quedando mucho en el escritorio. Hay muchos escritores teóricos o que escriben ensayos que tal vez resulten interesantes, pero se quedan en esa teoría y creo que la poesía debe ir por otro lado. Tiene que ver particularmente con habitarla, de hacerla cuerpo y que sea una forma de ver al mundo. Siento que el teatro tiene mucho que ver con eso. Se hace cuerpo y toda la simbología, el mensaje y el significado de una obra, lo podés ver traducido en lenguaje corporal en esa especie de ritual que se forma con quien va a ver la puesta y es cómplice de toda esa narración. Fundamentalmente esto es lo que hizo al teatro verdaderamente atractivo para mí. Buscar lo poético en el teatro, pero también lo teatral en la poesía.

—¿Pasa por tu cabeza dedicarte sólo a la literatura?
—La verdad es que sí, está ahí todo el tiempo. Aunque tengo mis pensamientos acerca de lo que es el mercado y la obra de arte. Es muy contradictorio muchas veces el tema del valor. Yo veo mucho valor en una obra de Sebastian Bach, pero si hoy se editara algo de Bach seguramente mucho no vendería. Entonces, ¿dónde está realmente el valor? Me dedico todo lo que puedo a la literatura y lo valorizo en función de eso. Cuando siento que la obra está y tiene cierta calidad no necesito mucho más.

—Entonces te conformás sólo con que te guste a vos…
—Para ciertas decisiones, con que me guste a mi o sienta que llegué a un estado en el que alcancé armonía, ya no consulto mucho. Soy más mandado y es una forma de evitar las dudas. Una vez que la obra se publicó, obviamente que escucho las críticas, pero rara vez lo hago en la previa.

—¿Qué podés contarnos de tus dos libros publicados?
—El primero, El despertar de los ojos glaucos, es un libro mítico, que tiene que ver más con la poesía lírica y es bastante oscuro. Ahonda en el mito de Glauco, quien era el hijo de Poseidón, y es una odisea acuática hacia la muerte. Y al hablar y nombrar a la muerte, hay gente que encontró cierto alivio, pero hay muchos, que me conocían de otros ámbitos, que no se lo esperaban y se sorprendieron. Lágrimas de un pájaro, el segundo libro, es más de contemplación, donde los símbolos de la naturaleza aparecen por sí mismos. Se corre el “yo poético” que había utilizado en la primera obra para dejar el papel a la naturaleza. Es más lumínico.

—¿Ese cambio fue algo buscado o se dio espontáneamente?
—Fue buscado el cambio, no sé si el resultado. Lágrimas de un pájaro lo escribí intentando una estética no sé si contraria, pero sí distinta. Utilicé algunos términos de la poesía oriental, corriéndome del occidente de haber trabajado con un mito griego, y así encontré respuestas en función de la utilización del silencio, la economía de la palabra, como evocar ciertos estados de ánimo a través de la naturaleza. Lo fui encontrando también en algunas mitologías andinas, en los Aimaras de Bolivia y su concepción del tiempo circular y en ese caminar hacia el pasado. Todos esos elementos nuevos me sirvieron para crear una distancia con el primer libro.

—¿Leés en función de lo que escribís o tu escritura es producto de tus lecturas pasadas?
—Hay determinadas búsquedas que nacen a partir de mis lecturas. Estoy leyendo “El farmer”, de Andrés Rivera, que habla sobre la vida de Juan Manuel de Rosas, y eso despertó mi interés de investigar sobre la vida de Mariano Rosas, lo que lo hace una exploración que claramente nace de la lectura. Algo parecido me pasó con la obra de Antonio Di Benedetto, con Zama, o determinadas estéticas de Juan José Saer, más realistas, que llevaron luego a mi subjetividad a explorar otros terrenos. Me gusta mucho hacer dialogar a estéticas poéticas opuestas, como la propia poética de Saer con la de Roberto Arlt. Así, en la novela que escribo actualmente estoy experimentando un cambio de lo rural (Saer) a algo más citadino (Arlt). Y todo eso es generado por las lecturas previas que me llevan a proponer nuevas estéticas. En definitiva, tengo disparadores, pero estoy siempre buscando realizar algo nuevo.

—¿Por qué estudiar Medicina?
—Tiene que ver con una búsqueda del alivio del dolor, de la comprensión del otro, además de haber leído con mucho interés la obra de René Favaloro, particularmente su libro “De La Pampa a los Estados Unidos”, lo que me permitió ir descubriendo una vocación.

—¿Y dentro de esa carrera, que camino elegís?
—Estoy realizando una pasantía en salud mental, en un centro de día en donde además coordino un taller literario con gente que estuvo internada en el manicomio. Es una experiencia muy interesante, en donde vuelve a aparecer el lenguaje dominante del encierro, que se ve en los hábitos, en la escritura, en las mismas formas. Desandar esos caminos me resultan un trabajo interesante. Pero fundamentalmente desde la perspectiva de “qué es la salud”.

—El taller de escritura sin duda te ha aportado interesantes experiencias.
—Suceden cosas maravillosas, sobre todo cuando trabajamos con determinadas lecturas. Me nutro mucho de llevar textos y analizarlos entre todos. Así nacen metáforas, simbologías, formas de ver la vida misma que de no ser en ese espacio nunca se me ocurrirían.

—Habiendo comenzado a escribir tan joven, ¿fuiste acompañado en esa aventura por tus compañeros, tus amigos?
—Sí, pero más desde el silencio y el respeto. Algo que cuesta cuando se dan los primeros pasos. Muchas veces la familia no enfoca igual que uno y ahí es donde nos refugiamos en nuestros amigos. Cuando tuviste una mala racha y estás angustiado, te enfrentás a la hoja en blanco y no escribís por un par de meses. En esos espacios de silencio de mis amigos muchas veces encontré la cobija que necesitaba.

—La presentación de “Lágrimas de un pájaro fue algo especial, novedoso…
—Lo sentí como algo explosivo. Se realizó en el Centro Cultural Islas Malvinas de La Plata y fue realmente convocante y a la vez muy emotivo ver tanta gente alrededor de la poesía, que es algo no tan popular. Ya en el primer libro habíamos hecho como un esbozo de lo que finalmente sucedió con este. En ese momento hicimos la prueba de ver cuánto de cierto hay en eso de que todo el arte habla de lo mismo y presentamos junto al libro algunos cuadros y una muestra fotográfica. Como notamos que se entendió lo que buscábamos -que en realidad ese era nuestro gran miedo, que no se entendiera- y hubo cierta aceptación, esta vez fuimos un poco más profundo y a los cuadros y la muestra le sumamos el cuerpo de un bailarín, el de un actor, una guitarra clásica, alguna escultura y una ambientación. Y la gente lo entendió. Entendió esa contradicción entre libertad y encierro, el símbolo de un pájaro volando y en la piedra, la angustia… eso se leyó. Puedo decir que hubo magia.

—¿Cuál es tu relación con el mundo de los escritores?
—Me cuesta vincularme con círculos porque percibo que son muy cerrados ideológicamente. Sí me han contactado para pequeñas convocatorias, algunas lecturas, algunos encuentros, pero trato de estar siempre con un pie adentro y otro afuera. Creo que si no uno corre el riesgo de perderse. Perderse uno mismo y todo lo que quiere decir. Y es por eso que en ese aspecto trato de tener cuidado. Sí me nutro, charlo, tengo contacto con diversos escritores que me interesan. Ahora, con mi incursión en el teatro estoy encontrando algunos referentes, como Mauricio Kartun, de quién estoy leyendo toda su obra y la idea es el año que viene poder empezar a estudiar con él. Creo que esa sería una buena oportunidad de relacionarme con otra gente del teatro que tienen una mirada de la poesía distinta a la mía. Porque en lo distinto encuentro un potencial aprendizaje.

—¿Hay algo que podés decir que buscaste en la literatura?
—Mi propósito fue tratar de ser yo mismo, y creo que por ahí pasa la pregunta que uno debe hacerse: “¿Soy yo mismo o no?”. Muchas veces, el arte se convierte en un espejismo que es peligroso. Hay artistas que terminan componiendo un personaje en el cual se pierden ellos mismos.

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