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Historias Reflejadas

“Sin nombre”

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Sin nombre

Una gran boca deglutía su nombre, sus letras eran arrastradas por aquella corriente de silencios que se llevaba los fragmentos. A lo lejos, los espacios conocidos conservaban la forma y las líneas que los contenían delimitaban el estrecho espacio de aquello que les pertenecía. Era en esa fragilidad de su lenguaje, en ese deslizarse sobre el barro de la incertidumbre, donde las palabras adquirían sentido, como si en ese revés de las circunstancias encontrara las respuestas.

Una boca masticaba los pedazos de una historia conocida y los aglutinaba en el centro, como una bola inconsistente, blanda, capaz de rodar por encima de las huellas para liberar el silencio que dejaban las muertes, el vacío de los cuerpos, que aún flotaban en la superficie y se paseaban como fantasmas delante de sus ojos ciegos.

Los sueños estaban allí, encerrados en los múltiples estratos de la memoria, fosilizados por el tiempo, vivos en el subsuelo de la existencia.

El agua arrastraba las partes de su nombre, las mecía en su boca líquida y las depositaba en un remanso del camino, en un hueco en el que confluían los verbos que le daban volumen y lo volvían nuevo, como si allí, entre sus letras inventadas, se deslizara la conjugación de otra vida posible.

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia los siguientes textos: “Volver para mí”, de Julieta Novelli; “Hiper”, de Alejandro De Angelis; “La máquina de los sueños vs la máquina global”, de José Luis Cavalieri; y “Confluencia”, de Inés Kreplak.

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“Despedida”

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Despedida

Dialogás con la muerte. Las palabras viajan por las venas, una tras otra se disuelven en la sangre. Como si pudieran anidar en tu cuerpo y en nuestras conversaciones, se animan a instalar un silencio. El espacio se contrae. Te acomodás en ese intervalo de vida, aferrándote a las sábanas y a la historia. Ella pronuncia tu nombre y nos quiebra, es una mancha que avanza y retrocede para ramificarse en pasillos sin aire, en rincones donde los recuerdos forman colinas de sedimentos.

Te aferrás a los sedimentos apilados. Tus ojos revuelven muebles y objetos, perciben el vacío futuro, las ausencias a uno y otro lado, cuando las palabras se desintegren y caigan de tu boca como restos imposibles de juntar.

Vas y venís. Oscilamos. Nos vemos obligados a revolver los escombros que por momentos nos cubren con olores conocidos. Pero la incertidumbre es inolora.

¿A qué huele la muerte?

Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia las siguientes novelas: “Vos”, de Natalia Zito (Emecé); “Acá todavía”, de Romina Paula (Entropía); “Papá”, de Federico Jeanmaire (Edhasa); y “Las gratitudes”, de Delphine de Vigan (Anagrama).

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“Sombras”

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Sombras

Alguien apaga la luz. La calle se contrae, un manto oscuro cubre el laberinto de voces. Ruedan palabras sin sentido, desnudas. En cada esquina, la vida recortada, un pedazo de tiempo troquelado. Aun así, en esa bruma donde no se llega a ver, en el territorio de la muerte, algo permanece y se multiplica. Piel adentro, el cuerpo recuerda. Claro que recuerda; una vez, muchas veces, se abren memorias antiguas, despellejándose sobre las veredas, justo cuando los fantasmas sobrevuelan los espacios vacíos. Son vampiros sedientos en la noche, clavan sus dientes en el hueco. Lo abren. Las heridas vuelven a sangrar. Todo es silencio en los gritos, lenta esclavitud sin palabras.

Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca)

Se reflejan en esta historia las siguientes novelas: “Nada que corte”, de Gloria Vaccarezza; “Dark”, de Edgardo Cozarinsky; “La sed”, de Marina Yuszczuk; y “Carne de cañón”, de Victoria Herrera.

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“Unidad”

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Unidad

Más allá del sol, una botella y un mensaje. Adentro viaja un grito. Y otro grito. Y otro más. Dan vueltas los deseos. Gira el planeta en anhelos compartidos. Todo el mundo es el Mundo. Las partes se separan, se buscan, se encuentran. En las diferencias se tocan. Las palabras saltan páginas imaginarias, recorren paisajes, construyen casas y más casas, como mundos propios apilados en la alfombra de los sueños, donde lo imposible se vuelve posible.

Más allá del sol nacen deseos de gigantes, laten dentro de una botella y recorren un planeta interminable, como si fuera una casa donde nadie se aburre.

Andrea Viveca Sanz
(@andreaviveca)

Se reflejan en esta historia los siguientes libros: “Más allá del sol”, de María Inés Balbín con ilustraciones de Bruno Fernández; “Una familia gigante”, de Daniela Feoli con ilustraciones de Paula Schenone; “La casa interminable”, de Martín Blasco y Mima Castro; y “La increíble familia de Camilo, el niño que se aburría”, de Felicitas Arrieta y Juan Chavetta.

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