Karina Sacerdote: “Cuando la vida pende de un hilo, se ven los verdaderos ojos de los ojos conocidos”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Las teclas bailan palabras, una danza de imágenes recorre la pantalla de su mente. Los personajes toman vida, la tinta se vuelve sangre en cuerpos hechos de letras, entonces son ellos los que escriben por encima del teclado, dejando en cada renglón los rastros de su historia.

Karina Sacerdote es poeta y narradora, sabe de imágenes y de palabras, las percibe, las recorre y se deja llevar por esa danza que proponen, por ese movimiento que despierta emociones y las condensa hasta tocar el cuerpo de cada lector con el ritmo de sus letras.

En diálogo virtual con ContArte Cultura la autora nos introduce en su espacio creativo y nos cuenta intimidades de sus obras.

—En este comienzo te proponemos abrir una puerta imaginaria que conduzca a ese espacio interior en el que nacen tus historias, como si pudieras recorrer el departamento creativo dentro del edificio de tu mente, ¿qué cosas podrías destacar de ese lugar íntimo reservado a la creatividad?
—Por fuera mi mente es un edificio. Un edificio ordenado, limpio y amigable porque siempre tiene las puertas y las ventanas abiertas. Una vez que se entra, el alto se ensancha, las paredes se caen, se expanden, y todo es una casona enorme, con amplios salones y jardines, lo único que no cambia es la falta de cerrojos en las aberturas. Mi creatividad pasea por todos los lugares de la casa, rejunta de cada salón recuerdos, vivencias, los ruidos del afuera, las voces extrañas. Con todo eso se refugia en su lugar favorito: un patio con techo rebatible para elegir si quiero sol o penumbras, con paredes regulables por si quiero agrandarlo y expandirme a otros mundos o si, en cambio, necesito achicarlo para meterme bien adentro de mí.

—Abramos ahora una ventana hacia el pasado, ¿qué imagen representaría tus comienzos en el arte de escribir?
—Estoy en la cocina del departamento en el que crecí, tengo seis años. Mamá saca la pava de la hornalla y vierte el agua caliente en el mate. Mi abuela Mafalda está sentada junto a la pequeña mesa de color beige, tan pequeña que solo tiene espacio para dos banquetas. Espera a que mamá se siente para matear juntas. Yo estoy ahí, mirándolas, en silencio. Ellas hablan de sus cosas. No presto atención a lo que dicen, miro la escena en sí, el vapor que sale del agua, el perfil de mi madre proyectándose a futuro en el perfil de mi abuela. Mamá mueve la cabeza, gesticula, bailan sus manos. De pronto, mi abuela, dice:

Hombres necios que acusáis

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis.

Hace una pausa, frunce su entrecejo, como si intentara recordar qué sigue. Me paro junto a ella. Mamá y yo estamos en silencio, esperando. Respira y continúa. Mueve las manos, me pierdo en el ritmo de las palabras más que en las palabras mismas, no entiendo bien de qué habla, pero me gusta cómo lo habla.

Queredlas cual las hacéis

o hacedlas cual las buscáis.

Termina y me sonríe. Y yo sé que quiero hacer música con palabras.

—¿En qué situaciones pueden despertarse las palabras con la que das vida a tus poemas?
—Puede ser una sensación adentro. Algo que siento y que urge salir. Entonces busco una imagen que se condiga con esa emoción. Después es dejarse llevar. También puede ser algo que veo lo que me despierte y haga fluir las palabras. En cualquiera de los casos, la necesidad de decir es lo que sucede.

—¿Cuál fue el punto de partida de tu libro de poemas “Terapia intensiva”?
Terapia intensiva surge después de haber estado largo tiempo internada. Fue un tiempo de aprendizaje, de contemplación. Cuando la vida pende de un hilo, se ven los verdaderos ojos de los ojos conocidos y también más claramente los propios. Salir de vos, querer escapar de esa situación, pensar en todo lo que hiciste mal, en lo que hiciste bien, en lo que vale de verdad. Con terapia intensiva quise significar el durante y el después de ese momento de mi vida. Se publicó en 2009 por E. Muestrario, en papel. Ahora en 2020, una nueva versión, con poemas que reemplazaron a otros y algunas correcciones, está disponible en Amazon Kindle y en papel. También traducido al inglés.

—¿De qué manera se gestó la idea de tu novela “Monoblock”?
—Quería escribir un libro de cuentos. Un edificio y en cada departamento una historia independiente. La sensación de derrota me interesaba mucho. Empecé con el cuento de alguien, que resultó llamarse Germán, volviendo, con esa sensación de fracaso, al lugar del que había escapado veinte años atrás. El personaje fue moldeando la historia, al edificio lo metió en un barrio de monoblocks, originó a los demás personajes. Terminó siendo una novela, con una historia consistente de seres marginados que intentan sobrevivir en ese mundo aparte que no los deja escapar, que los chupa.

—¿Cómo trabajaste para crear ese escenario de cemento en el que está “encerrada” la vida de tus personajes?
—Parte de mi infancia y mi adolescencia viví en un barrio de monoblocks. Las cosas que vi, las historias que escuché, esa sensación de querer salir de ahí, la vida del afuera, el cómo se mira a los que viven en barrios así, esas cosas, fueron creando el entorno. Tuve que adaptar mucho a los tiempos que corren. Los personajes y sus historias terminaron de montar el escenario y hacerlo real.

—Y hablando de los personajes, contanos quiénes son y cómo fueron revelándote sus historias.
—Bueno, voy a dar un paneo general para no “spoilear” la novela a quienes todavía no la leyeron. En la teoría del Big Bang, Germán sería esa explosión que generó a todo lo demás. Se conoce con el Polaquito cuando son chicos y, a partir de eso, sus historias personales van moldeando sus temperamentos y relaciones con otros personajes. Marianela es la chica linda e inalcanzable que, aun viviendo en el barrio, tiene futuro. También está el Bola Flores, enemigo del Polaco, quien aunque tiene poder y mueve la droga en gran parte, es discriminado por ser boliviano. Hay muchos otros personajes que acompañan a estos cuatro y que, como ellos, viven una realidad ajena a lo que ocurre fuera de los límites de los monoblocks. Es una novela de marginalidad. La editorial También el Caracol la escogió como primer libro de su colección de literatura argentina contemporánea porque quería empezar con una historia fuerte y movilizadora. Yo estoy eternamente agradecida por su confianza y edición. Para quien quiera leerla, en Argentina se consigue en librerías o a través de la editorial. En el resto del mundo en formato ebook por las principales plataformas digitales.

—Si pudieras elegir una palabra que logre reunir a los habitantes de tus monoblocks, ¿cuál sería y por qué?
—Resistencia. Todos se empeñan en sobrevivir en medio de la violencia, la derrota y el desamparo.  

—¿Qué historias danzan por estos días sobre el teclado de tu computadora?
—Escribí la novela Matar al monstruo. Terminé de hacerlo, cerró bien la historia, pulí y ahora voy por la última etapa de corrección. También terminé dos poemarios: La niña que no sabía jugar y Hacer ruido. Ya pensaré qué hacer con todo esto. Nada disfruto más. Me doy maña para casi todo, amo el arte en todas sus formas, pero si nací para algo en especial fue para escribir.

—Volviendo a la imagen del comienzo, ¿qué deseo te gustaría dejar en el aire de tu rincón creativo?
—Que no se canse de evolucionar, que siga abierto a todo. Suelo escribir sobre todas esas cosas que me duelen del mundo y sus humanos, que siga saliendo para afuera todo ese dolor, que sane, que llegue, que transforme.

4 comentarios

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*