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Entrevistas

Karina Sacerdote: “Cuando la vida pende de un hilo, se ven los verdaderos ojos de los ojos conocidos”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Las teclas bailan palabras, una danza de imágenes recorre la pantalla de su mente. Los personajes toman vida, la tinta se vuelve sangre en cuerpos hechos de letras, entonces son ellos los que escriben por encima del teclado, dejando en cada renglón los rastros de su historia.

Karina Sacerdote es poeta y narradora, sabe de imágenes y de palabras, las percibe, las recorre y se deja llevar por esa danza que proponen, por ese movimiento que despierta emociones y las condensa hasta tocar el cuerpo de cada lector con el ritmo de sus letras.

En diálogo virtual con ContArte Cultura la autora nos introduce en su espacio creativo y nos cuenta intimidades de sus obras.

—En este comienzo te proponemos abrir una puerta imaginaria que conduzca a ese espacio interior en el que nacen tus historias, como si pudieras recorrer el departamento creativo dentro del edificio de tu mente, ¿qué cosas podrías destacar de ese lugar íntimo reservado a la creatividad?
—Por fuera mi mente es un edificio. Un edificio ordenado, limpio y amigable porque siempre tiene las puertas y las ventanas abiertas. Una vez que se entra, el alto se ensancha, las paredes se caen, se expanden, y todo es una casona enorme, con amplios salones y jardines, lo único que no cambia es la falta de cerrojos en las aberturas. Mi creatividad pasea por todos los lugares de la casa, rejunta de cada salón recuerdos, vivencias, los ruidos del afuera, las voces extrañas. Con todo eso se refugia en su lugar favorito: un patio con techo rebatible para elegir si quiero sol o penumbras, con paredes regulables por si quiero agrandarlo y expandirme a otros mundos o si, en cambio, necesito achicarlo para meterme bien adentro de mí.

—Abramos ahora una ventana hacia el pasado, ¿qué imagen representaría tus comienzos en el arte de escribir?
—Estoy en la cocina del departamento en el que crecí, tengo seis años. Mamá saca la pava de la hornalla y vierte el agua caliente en el mate. Mi abuela Mafalda está sentada junto a la pequeña mesa de color beige, tan pequeña que solo tiene espacio para dos banquetas. Espera a que mamá se siente para matear juntas. Yo estoy ahí, mirándolas, en silencio. Ellas hablan de sus cosas. No presto atención a lo que dicen, miro la escena en sí, el vapor que sale del agua, el perfil de mi madre proyectándose a futuro en el perfil de mi abuela. Mamá mueve la cabeza, gesticula, bailan sus manos. De pronto, mi abuela, dice:

Hombres necios que acusáis

a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión

de lo mismo que culpáis.

Hace una pausa, frunce su entrecejo, como si intentara recordar qué sigue. Me paro junto a ella. Mamá y yo estamos en silencio, esperando. Respira y continúa. Mueve las manos, me pierdo en el ritmo de las palabras más que en las palabras mismas, no entiendo bien de qué habla, pero me gusta cómo lo habla.

Queredlas cual las hacéis

o hacedlas cual las buscáis.

Termina y me sonríe. Y yo sé que quiero hacer música con palabras.

—¿En qué situaciones pueden despertarse las palabras con la que das vida a tus poemas?
—Puede ser una sensación adentro. Algo que siento y que urge salir. Entonces busco una imagen que se condiga con esa emoción. Después es dejarse llevar. También puede ser algo que veo lo que me despierte y haga fluir las palabras. En cualquiera de los casos, la necesidad de decir es lo que sucede.

—¿Cuál fue el punto de partida de tu libro de poemas “Terapia intensiva”?
Terapia intensiva surge después de haber estado largo tiempo internada. Fue un tiempo de aprendizaje, de contemplación. Cuando la vida pende de un hilo, se ven los verdaderos ojos de los ojos conocidos y también más claramente los propios. Salir de vos, querer escapar de esa situación, pensar en todo lo que hiciste mal, en lo que hiciste bien, en lo que vale de verdad. Con terapia intensiva quise significar el durante y el después de ese momento de mi vida. Se publicó en 2009 por E. Muestrario, en papel. Ahora en 2020, una nueva versión, con poemas que reemplazaron a otros y algunas correcciones, está disponible en Amazon Kindle y en papel. También traducido al inglés.

—¿De qué manera se gestó la idea de tu novela “Monoblock”?
—Quería escribir un libro de cuentos. Un edificio y en cada departamento una historia independiente. La sensación de derrota me interesaba mucho. Empecé con el cuento de alguien, que resultó llamarse Germán, volviendo, con esa sensación de fracaso, al lugar del que había escapado veinte años atrás. El personaje fue moldeando la historia, al edificio lo metió en un barrio de monoblocks, originó a los demás personajes. Terminó siendo una novela, con una historia consistente de seres marginados que intentan sobrevivir en ese mundo aparte que no los deja escapar, que los chupa.

—¿Cómo trabajaste para crear ese escenario de cemento en el que está “encerrada” la vida de tus personajes?
—Parte de mi infancia y mi adolescencia viví en un barrio de monoblocks. Las cosas que vi, las historias que escuché, esa sensación de querer salir de ahí, la vida del afuera, el cómo se mira a los que viven en barrios así, esas cosas, fueron creando el entorno. Tuve que adaptar mucho a los tiempos que corren. Los personajes y sus historias terminaron de montar el escenario y hacerlo real.

—Y hablando de los personajes, contanos quiénes son y cómo fueron revelándote sus historias.
—Bueno, voy a dar un paneo general para no “spoilear” la novela a quienes todavía no la leyeron. En la teoría del Big Bang, Germán sería esa explosión que generó a todo lo demás. Se conoce con el Polaquito cuando son chicos y, a partir de eso, sus historias personales van moldeando sus temperamentos y relaciones con otros personajes. Marianela es la chica linda e inalcanzable que, aun viviendo en el barrio, tiene futuro. También está el Bola Flores, enemigo del Polaco, quien aunque tiene poder y mueve la droga en gran parte, es discriminado por ser boliviano. Hay muchos otros personajes que acompañan a estos cuatro y que, como ellos, viven una realidad ajena a lo que ocurre fuera de los límites de los monoblocks. Es una novela de marginalidad. La editorial También el Caracol la escogió como primer libro de su colección de literatura argentina contemporánea porque quería empezar con una historia fuerte y movilizadora. Yo estoy eternamente agradecida por su confianza y edición. Para quien quiera leerla, en Argentina se consigue en librerías o a través de la editorial. En el resto del mundo en formato ebook por las principales plataformas digitales.

—Si pudieras elegir una palabra que logre reunir a los habitantes de tus monoblocks, ¿cuál sería y por qué?
—Resistencia. Todos se empeñan en sobrevivir en medio de la violencia, la derrota y el desamparo.  

—¿Qué historias danzan por estos días sobre el teclado de tu computadora?
—Escribí la novela Matar al monstruo. Terminé de hacerlo, cerró bien la historia, pulí y ahora voy por la última etapa de corrección. También terminé dos poemarios: La niña que no sabía jugar y Hacer ruido. Ya pensaré qué hacer con todo esto. Nada disfruto más. Me doy maña para casi todo, amo el arte en todas sus formas, pero si nací para algo en especial fue para escribir.

—Volviendo a la imagen del comienzo, ¿qué deseo te gustaría dejar en el aire de tu rincón creativo?
—Que no se canse de evolucionar, que siga abierto a todo. Suelo escribir sobre todas esas cosas que me duelen del mundo y sus humanos, que siga saliendo para afuera todo ese dolor, que sane, que llegue, que transforme.

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4 Comentarios

4 Comments

  1. Laura

    29/09/2020 a 17:05

    Sus obras son su reflejo: una mezcla de simpleza y complejidad con toques de luz y sombra. Todo esto la hace única y especial como escritora y persona.

  2. Alex

    30/09/2020 a 03:24

    Gran entrevista. Me encantó monoblock, me dejó el alma revuelta. Esperando más novelas de la autora.

  3. Guillermo

    30/09/2020 a 10:46

    Excelente libro !!! Monoblock es una novela que te atrapa y no podes dejar de leer.

  4. anita

    03/10/2020 a 15:55

    Buenisima la entrevista!!!! que sigan los éxitos!!!!!

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Artes Visuales

Andrea Suárez Córica: “Mi práctica artística está ligada a mirar con todos los sentidos”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Todo se transforma, las calles se ensanchan en los pasillos de la memoria, son senderos nuevos, territorios escondidos, universos invisibles, palabras que mutan sobre la superficie de una hoja, voces texturadas, sonidos que nos habitan en el espacio cotidiano.

A veces, sólo basta mirar. Detenerse en el instante, retenerlo entre las pestañas, palpar sus formas, oler sus límites, percibir los fragmentos que descansan sobre las baldosas, degustar sus texturas. Sólo para preservarlos en los pasillos de la memoria, sólo para que logren transformarse en el interior de los ojos que aún no han visto la eternidad del instante.

Andrea Suárez Córica es artista visual y naturalista autodidacta. El espacio urbano es el territorio donde su arte logra transformar los pequeños retazos de cada día en verdaderos tesoros que atraviesan sus obras.

En diálogo virtual con ContArte Cultura invita a recorrer las calles, a sumergirse en el paisaje arbóreo y a detenerse para mirar más allá de lo evidente.

—¿En qué ramificaciones de tu vida descubriste tu vocación por el arte?
—Durante muchos años llevé a cabo una serie de actividades que no sabía que tenían que ver con el mundo del arte, esto es, recolectaba objetos que encontraba en la calle y formaba colecciones. No cualquier objeto, sino aquellos rotos, desgastados, incompletos, de algún modo con cierta orfandad e intemperie. Y, claro, también inutilidad. Incluso, dentro de ese universo, tenía una predilección especial por los metales oxidados, descubrí esa poética del óxido y de lo que hace el paso del tiempo con las cosas. Hasta que realicé un seminario con Roger Colom, artista y curador, en La Fabriquera y todo cambió. Su mirada sobre ese corpus, la basura, el detritus o “lo que queda”, como prefiero llamarlo, como materia del arte contemporáneo y la inscripción del mismo en un circuito por fuera de mi casa y dentro de los espacios de arte, me posibilitó descubrirme o, mejor dicho, reconocerme como artista. Su propuesta para realizar mi primera muestra y mi aceptación para involucrarme en eso, me fundó como artista visual.

Andrea con el libro de poemas de su madre Luisa Marta Córica

—¿Cuál es la importancia de la observación para un artista visual? ¿Creés que es posible “mirar” con todos los sentidos?
—Diría que mi práctica artística está ligada a mirar con todos los sentidos desde el mismo momento en que mis trabajos tienen mucho que ver con lo urbano, con las recolecciones, los recorridos por la ciudad. La presencia del cuerpo implicado en sus ritmos, direcciones, sensaciones, cambios de velocidad. Y cuando hablo de recolección, no me refiero solo a lo material, sino a la recolección de ideas, pensamientos, incipientes poemas, imágenes. Me gusta llamarme espigadora urbana, en homenaje a Agnés Varda. Mi amiga Leonor Arnao, artista plástica, me recomendó sus películas, en especial, Los espigadores y la espigadora. Antes de Varda me consideraba ciruja, que en definitiva es lo mismo, es ir detrás de los restos.

—Si la memoria fuera un baúl donde pudieras guardar tus tesoros, ¿qué objetos, espacios, territorios o sensaciones formarían parte de esa colección imaginaria?
—La memoria es una construcción y por lo tanto está en permanente movimiento. Esos tesoros, por ende, cambian, se transforman. Pero dentro de esas variaciones, guardo mi infancia junto a mi madre, mi infancia ya sin ella, pero con abuelos, mis vagabundeos con mis hermanos y la bandita del barrio por el centro de la ciudad, luego, con mis hijos, esos paseos donde descubríamos el barrio, sus casas, sus jardines, los perros, en definitiva, donde ejercíamos el bautismo pagano de nuestro propio universo. También atesoro mi colección de cuadernos y libretas y el herbario con unas 1000 hojas de árboles.

Gramática del Embalaje

—¿Cuáles son los materiales con los que trabajás habitualmente? ¿Qué elementos del espacio urbano se convierten en disparadores de tus obras?
—Se me hace difícil poder describir todos mis procesos de producción y los materiales que llaman mi atención, por su gran diversidad. Mis intereses son múltiples, me dejo llevar por lo que me atrae, sin prejuicios sobre qué tipo de artista soy. Tengo cuadernos donde voy anotando los proyectos que van surgiendo: con las colecciones de hojas de árboles, de aerosoles aplastados o de patas de madera de muebles viejos. También reflexiono sobre mí hacer, me interesa conceptualizar sobre las prácticas, su devenir, sus cruces. Escribir manifiestos como “Los siete pecados de un artista” “O decir después en el arte es el suicidio de la oportunidad (kairós)”.  Escribo poesía, he publicado Alas del alma (1993) e Imágenes rotas (1994). Realizo inventarios de las cosas que encuentro, desplegando ahí una maquinaria administrativa. Construyo cuadernos de artista como La gramática del embalaje, de 50 por 70 cm, y con 490 íconos de cartón pegados, es decir, enorme, y también El libro rojo del peronismo, de tamaño estándar, con una temática bien específica, el peronismo. Libro que después se publicó en formato fanzine, a pedido del público.  Los dos libros tienen la técnica del collage, del “busco, recorto y pego” de la escuela primaria. Organizo archivos que luego devienen obras o performances como La niña y el archivo (2019). Realizo instalaciones, como Modos de nombrar y no nombrar (2016), trabajo vinculado a la memoria de nuestro pasado reciente y al lenguaje. Colecciono relatos oníricos desde 1987, sobre mis propios sueños. De hecho, en 1996 publiqué el libro Atravesando la noche, 79 sueños y testimonio acerca del genocidio. Volviendo a la pregunta, pienso que la ciudad es generosa conmigo, tenemos un muy buen diálogo cotidiano. Transitarla es para mí una fiesta, mantengo una especie de atención visual flotante que me permite mantener renovado el asombro propio de la niñez.

Proyecto Arbórea

—¿En qué consiste el Proyecto Arbórea?
—Es una investigación poética sobre los árboles de la ciudad. Es descubrir la ciudad desde sus árboles, en una mirada que cruza arte, ciencia y ambientalismo. Propone el goce estético de su contemplación, el conocimiento de los ejemplares desde la botánica y su importancia para la vida, para la ciudad, el ambiente y los seres vivos. Empezó en 2008 junto a mi hijo Juan Manuel de siete años, en ese entonces lo llamamos Bosque Ambulante porque llevaba a las escuelas una valija con frutos, hojas y fotografías. Luego, se sumaron mapeos, registros fotográficos en diversas escalas, los herbarios y carpotecas más sistematizados, cuadernos de artista, “cuadros de apoyo” para las muestras en espacios de arte y también las caminatas, observando los árboles de las veredas, que son los que más me interesan en tanto son los que vemos a diario, los que tenemos a mano en nuestro andar cotidiano. Se trata de entrenar la mirada, entrando en el detalle de cada ejemplar para luego llegar al nombre de la especie. Creo que cuanto más conocemos, mejor podemos cuidar nuestro patrimonio vivo. De hecho, el Proyecto Arbórea integra el Foro en Defensa del Árbol de La Plata, que se propone visibilizar el arbolado público, su importancia y su preservación. Y además, acaba de ser declarado de interés municipal por unanimidad. Enorme alegría.

—Contanos acerca de la muestra “El abrazo de los objetos, ejercicios de memoria”, que se puede visitar en el Centro de Arte de la UNLP.
—La muestra indaga, por un lado, en la poética de los objetos (libros, ropa, adornos, discos, fotos) que pertenecían a mi madre, Luisa Marta Córica -víctima del Genocidio en 1975-, y por otro, en la posibilidad del arte de aportar a la construcción de la memoria de nuestro pasado reciente. Se pregunta por el tipo de sentidos a los que abre, si posibilitan o clausuran la reflexión sobre el Genocidio. Sabemos que las políticas en torno a la memoria generan determinadas condiciones de posibilidad en cada contexto. Lo que se puede decir, lo que se debe callar, lo que se puede o no nombrar. El Nunca Más, por ejemplo, constituyó un gran aporte en su momento, pero la memoria que aporta está vinculada principalmente a lo que nos hicieron, al horror de la tortura, de los centros clandestinos de detención, a los operativos de los grupos de tarea. Su lectura es insoportable. Uno espera cerrar el libro definitivamente. Esta muestra, si bien nos está hablando de una ausencia, la de Luisa, nos habla principalmente de una vida, de sus sueños y su lucha, sus gustos e intereses, alegrías y tristezas. Del amor, de los hijos y de la militancia. Humaniza la cifra 30.000. Le pone nombre, rostro, identidad política, un modo concreto de habitar este mundo. En este sentido, los objetos operan como poleas de transmisión entre las distintas generaciones, la de los compañeros de Luisa, sus hijos y sus nietos. Contrario a lo que impuso el Proceso de Reorganización Nacional, como el aislamiento, la muerte, el silencio, la diáspora, esta muestra nos permite juntarnos, ejercer la palabra y el disenso y construir de manera colectiva nuestra historia reciente.

El abrazo de los objetos

—¿En qué nuevos proyectos estás trabajando por estos días?
—La pandemia trastocó cualquier plan que tuvimos pero, a su vez, permitió que afloraran cosas quizá impensadas. El año pasado, en condiciones similares, fui haciendo un libro de artista que se llama Carne. Contiene imágenes y textos sobre artistas y escritores que influyen en mi trabajo, como Marcel Duchamp, Edgardo Vigo, Agnés Varda, Mark Dion, Joseph Cornell, Guillermo Hudson y también reflexiones y digresiones en torno a mi propia producción.  La incertidumbre hoy por hoy continúa, al igual que el confinamiento, así que ese es el marco desde donde pensar y producir. La virtualidad gana terreno y repliega los cuerpos. Todas las expediciones urbanas quedaron en suspenso, por lo que me gustaría poder organizar un taller para transmitir el “método Arbórea”, si es que podemos llamarlo así, en todo caso un método inacabado en permanente construcción y transformación. También estoy con un proyecto editorial, trabajando con una ilustradora platense de lujo, pero no quiero adelantar mucho sobre esto. Y, además, estoy con la re-edición de Atravesando la noche, un libro fundante de mi propia existencia y que jamás ha perdido su vigencia en estos 25 años, que es permanentemente solicitado. Respecto a las caminatas, tal vez organice recorridos personalizados que podrían ser una buena opción tanto para evitar aglomeraciones como para no extrañar el caminar y conversar con otros por los distintos barrios de la ciudad.

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Entrevistas

“Secretos al alba”, la nueva novela de Gabriela Exilart: “Es un enorme rompecabezas que se completa en las últimas páginas”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Resuenan. Vibran las voces de la guerra como un eco lejano. Son palabras deshabitadas, fragmentos de un mundo quieto, restos sobre restos, letras sin nombres, nombres enterrados en papeles arrugados, murmullos del más allá que viajan en hilos de tinta.

Y derraman la sangre derramada.

Una grieta de silencio.

Las palabras ascienden lentamente por las laderas del tiempo y del espacio.

Aún resuenan las balas y los gritos.

Aún resuenan los huecos de la guerra.

Aún resuenan, como “Secretos al alba”.

La escritora marplatense Gabriela Exilart vuelve a España, al escenario de su anterior novela, para completar una historia. Esta vez el mar no es escenario, pero con una escritura fluida y manteniendo el ritmo del oleaje que pone en movimiento las páginas, la historia corre sobre las letras y revela. Sólo basta sumergirse en la textura del papel para vivirla y conocer los “Secretos al alba” que dan nombre a su nueva novela.

—Para comenzar esta charla vamos a detenernos en la palabra que abre las puertas de esta historia: secreto. Si pudieras elegir un objeto o un lugar donde se esconde el gran secreto de esta novela, ¿cuál sería?
—La novela tiene varios secretos, pero podría decir que los principales los tienen escondidos las mujeres, y una de ellas está recluida en un convento perdido entre las montañas.

—Hay una vieja nota, un papel que deja al descubierto algunas huellas del pasado, ¿son esas letras las que llevarán a la protagonista a reencontrarse con sus orígenes?
—Esa nota lleva a María de la Paz Noriega a una ciudad desconocida para ella, y de allí a un pueblito donde empezará a desovillar la historia de su padre y de su familia entera.

—Si pudieras marcar en un mapa imaginario los puntos geográficos donde suceden los acontecimientos de esta novela, ¿dónde se encontrarían? ¿De qué manera trabajaste para construir esos escenarios con tus palabras?
—La novela transcurre mayormente en la ciudad de Burgos y en algunos pueblos aledaños, como Covarrubias. También hay pasajes muy importantes en un convento. Para narrar sobre esos sitios miré fotos de paisajes de la zona, pueblos de Castilla y mapas, más que nada para ver las distancias.

—Tracemos ahora una línea de tiempo: ¿En qué años se desarrolla la trama de esta historia? ¿Hay saltos temporales que permiten superponer las “fotografías” de distintas épocas y armar el rompecabezas que une el pasado con el presente?
—La novela es un enorme rompecabezas que se logra completar en las últimas páginas. Comienza en 1956, que es el presente de la historia, y todo el tiempo viaja a 1936, a los tiempos de la guerra, y al 1900, que es cuando nació Bruno Noriega, cuya historia se termina de dilucidar.

—¿Cómo lograste representar el silencio que atraviesa a tus personajes, tan fragmentados por la guerra?
—Son los hijos de la guerra los que van a hablar y a descubrir esos silencios que rodean a sus padres, tan golpeados por la guerra civil española.

—¿Qué nos podés adelantar de los protagonistas de esta historia?
—Hay muchos personajes que fueron surgiendo a medida que escribía, pero los principales son María de la Paz Noriega, una joven que pretende conocer el origen de su padre y sueña con ser escritora, y Antón Navarro, un hombre que oscila entre la seducción y el misterio; un hombre que oculta un secreto que por momentos lo vuelve violento y hermético, y que a la vez puede desplegar una gran fascinación.

—¿Cuáles son los temas centrales que aborda esta historia?
Hay un tema muy fuerte de abuso infantil que, si bien no es el principal de la novela, es el que desencadena todo. La guerra, la posguerra y sus secuelas, los secretos familiares, la búsqueda de la identidad y la violencia. Además de los lazos familiares que se estiran y se contraen todo el tiempo.

—¿Las olas de ese mar en el que te sumergiste para dar vida a tus personajes seguirán en movimiento o ya se detuvieron en un punto final escondido en alguna roca?
—En esta novela el mar no es protagonista, sin embargo, hay un oleaje profundo y constante a lo largo de la historia que encuentra su final en una playa de Gijón.

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Entrevistas

“Germanicus”, un retorno al Imperio romano para que las historias encuentren su final

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Los caminos se bifurcan, cada pie en el sendero que le corresponde. La vida late. Hay un regreso al punto de partida, una distancia que quiebra las palabras. Una búsqueda. Todo está allí, en el origen de cada cosa. Entonces se escucha el latido. Y los caminos se tocan “Entre Marte y Venus” del otro lado de la guerra.

El abogado y escritor cordobés Luis Carranza Torres regresa con su pluma a Roma y vuelve a poner en movimiento a los protagonistas de “Germanicus”. Y ellos, empapados de tinta, aceptan el desafío de viajar entre las páginas. Sólo para descubrir cómo termina su historia.

—Regresaste a Roma, a un tiempo en el que tus personajes Publio Aquilio y Kendrya esperaban la continuación de su historia, ¿qué te llevó a regresar? ¿Sentías que sus vidas merecían nuevos capítulos?
—Es un mérito más de los lectores. Iba a ser un libro único, pero cuando empezaron a leerlo todos entendieron que había un después. Empecé a ver, frente a tanta opinión coincidente, y vi que tenían cierta razón. La historia tenía un posible camino para seguir. Una revancha de los protagonistas, una suerte de segundo tiempo, para decirlo en términos futbolísticos. Surgieron entonces diferentes escenas, imágenes de ese después que pronto se articularon en un hilo narrativo. En la novela estamos un poco después del año 90 de nuestra era, ya no en Roma, sino que además de esa ciudad de poco más de un millón de habitantes (el mundo no conocerá otra así hasta Londres en el siglo XIX), nos extendemos por el Imperio. Desde los bosques y aldeas de la Germania Magna, la parte bárbara y los puestos de frontera romanos, hasta las inmensas aguas del Nostrum Mare, como le decían por entonces al Mediterráneo.

—Dos caminos, una distancia que separa, pero a la vez puede llegar a unir, ¿se cruzarán en algún punto las rutas de tus protagonistas?
—Cuando dos personas tienen cuentas pendientes, el destino tiende a reunirlos alguna vez para saldarlas. No siempre de la mejor manera. Esto es lo que les pasa a los protagonistas. Siempre me gustó el concepto de sincronicidad que postuló Carl Jung en sus estudios psicoanalíticos y traté de aplicarlo en la construcción de la novela. Publio, Kendrya, Valeria Aquilia, todos tienen algo por perder, algo que quieren ganar. Y van a ufanarse por conseguirlo.

—¿Qué sucede entre Venus y Marte? Hay una fusión o una escisión entre los “dioses/guerreros”?
—Me gustó oponer la guerra al amor en esta trama y para ello qué mejor que los dioses que lo representaban en la Antigua Roma. En la mitología romana Marte era el dios de la guerra, la virilidad masculina, la violencia, la pasión, la sexualidad, la valentía, del horror y victoria en las guerras. Venus era, por su parte, la diosa del amor, la belleza y la fertilidad. Viven, los personajes, entre el placer y el deber, entre perdonar o castigar, y, en el caso de Publio en particular, entre lo que deben ser y aquello que quieren ser.  

—¿Qué rutas de investigación te ayudaron a recrear los escenarios de esta novela?
—Intenté mantener la tensión de la trama sin alejarme de la verdad histórica en materia de hechos o costumbres, lo que implicó no pocos esfuerzos. Mucho de los que tenemos aceptado como parte de esa civilización, en realidad se trata de suposiciones basadas a partir de diversos hechos que sí han sido verificados. En esos casos, uno elige de las posibilidades, la que mejor se ajusta a donde se apuntaba con la historia. Además, la romana fue una sociedad en permanente evolución donde las costumbres variaban de época en época, pero no de forma brusca, sino que iban evolucionando, surgiendo y pereciendo de a poco, por lo que no fue muy sencillo respecto de determinadas prácticas, por caso el matrimonio, establecer que tanto regían en un momento determinado. Aun así, todo lo que sucede podría perfectamente haber pasado en la Roma de aquel tiempo. Traté de seleccionar los escenarios y costumbres sociales más representativas para articular los hechos que mueven la trama. Quise que el lector viviera todo eso con sus cinco sentidos. No sólo que viera la cotidianeidad de los romanos, sino que también la escuchara, la palpara, la sintiera en la piel de todas las formas posibles.  

—Si pudieras elegir un elemento simbólico que represente la esencia de esta historia, ¿cuál sería y por qué?
—El puggio, el puñal usado por los legionarios romanos un siglo antes y después de Cristo, que adoptaron de los pueblos hispanos. Bien puede resumir toda la historia, pero van a tener que leer la novela para entender el por qué.

—¿Cómo fue el proceso de escritura durante este tiempo tan particular que estamos viviendo?
—La escritura fue mi gran refugio en la pandemia. Un ámbito donde estaba a gusto. Tener un mundo interior en el cual soñar, imaginar, fue algo espectacular para mantener la cabeza y el ánimo en orden.

—¿Creés que los sucesos históricos se repiten una y otra vez en el tiempo, aunque muten las formas?
—Sí, definitivamente. Hay ciertos universales que son comunes a todas las culturas y los tiempos. Los que nos conectan como seres humanos sin importar lo distintos que podamos ser.

—¿Habrá un nuevo capítulo de estas vidas entrelazadas o ya pusiste el punto final a la historia de tus personajes?
—De mi parte, creo que estamos en el final de la historia. Pero si algo me ha enseñado este último tiempo es que no existen demasiadas verdades definitivas.

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