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Entrevistas

Sucari: “El estereotipo es la cáscara, y cuando una empieza a ver qué hay más allá se acaban los lugares comunes”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini /
Foto de portada: Manuel Iniesta //

Algo se mueve, es un latido, una vibración imperceptible, una voz que se corre de lugar, rompe el silencio. Es un eco que se refleja, se escapa en letras, se busca, es un hilo que arrastra más voces, sonidos que resbalan de las manos, todo es fugaz, efímero, como si adentro no hubiera luz, como si el viento pudiera hablar por encima de las palabras.

La escritora Leila Sucari, autora de las novelas “Adentro tampoco hay luz” y “Fugaz” y de numerosos cuentos, poemas y crónicas que fueron marcando su camino, está atenta a las voces, escucha, se deja arrastrar por las palabras y se entrega a las historias que escribe, como si ella misma fuera una palabra en movimiento.

ContArte Cultura charló con ella para entrar en su mundo creativo y conocer los detalles o vivencias cotidianas que la llevan a escribir.

—Comencemos esta charla con un juego de presentación. Para eso vamos a detenernos en una imagen simbólica y misteriosa que aparece en tu segunda novela: una ballena encallada. ¿Cuál es la primera palabra que ves salir de la boca de esa ballena quieta en las arenas de tu imaginación? ¿Qué nos pueden contar de vos esa palabra y esa imagen?

PH: Roberta Ríos

—Sueño con ballenas desde los 15 años, desde muy chica y todo el tiempo. Es mi sueño recurrente. La ballena es un animal que me habita y me acompaña. Y me interesa trabajar con las apariciones que ocurren a nivel inconsciente, con las imágenes y las palabras que llegan y que no dependen de una voluntad, de una conciencia, sino que aparecen, y bucear un poco ahí, en esos lenguajes más del orden del misterio. También me atrae lo desmesurado o lo mínimo. Los extremos que no encajan en la supuesta normalidad, en el tamaño de la vida cotidiana. Eso que pasa desapercibido o que impacta por el desborde. Y la ballena fue un poco un disparador para ahondar en eso y en las fuerzas de las atracciones sin lógica, de lo que irrumpe. Es un animal que está muy presente en mí. Nunca me puse a tratar de desentrañar por qué pero sí me resuena, me conmueve, y por eso llevé la ballena a la escritura.

—¿Recordás en qué momento de tu historia personal descubriste tu gusto por la escritura?

—Escribo desde muy chica, desde los 7 años. Apenas aprendí a leer y escribir… Recuerdo cuando terminé de leer una primera novela, un libro para niños, que fue una emoción tremenda y me puse a llorar porque me dije “este universo en donde estuve habitando todos estos días ya se terminó” y no lo podía comprender. Ahí fue que comencé a escribir. La lectura y la escritura juntas. Y tengo cuadernos “Rivadavia” con cuentos de animales que se pierden. Era mi temática de niña. Y mi escritura fue mutando, de cuentos a poemas, de poemas a cuentos, después pasé por la crónica narrativa, después por la ficción. Fue un verdadero camino de búsqueda a través de los distintos géneros.

—¿Qué es lo primero que percibís cuando una historia comienza a moverse en tu interior?

—Depende de la historia. No hay una forma o una manera de aparecer siempre igual, entiendo que cada vez es distinta. Pero sí es como una suerte de presencia difusa. No es una imagen concreta, mucho menos una idea o un proyecto. Sino una presencia, una voz, un clima, una sensación, una forma de decir particular. Algo que está, que empieza a aparecer, como un modo de ver, y a partir de ahí está el trabajo de sentarse, buscar, indagar.

—Una vez que encontraste la voz o las voces de tus personajes, ¿cómo sigue el proceso creativo de eso que querés contar?

—Como venía diciendo, la voz es para mí lo primero y encontrarla, poder abrir un primer párrafo que sea potente, es abrir la ventana hacia ese mundo. Luego escribo mucho en escritura automática, que quiere decir que escribo mucho en mi cabeza. No tanto el armado de la estructura, sino estar habitando ese mundo. Cuando escribía Fugaz estaba con las ballenas, con los mares, con ese pueblo y la voz de esa narradora todo el tiempo presente. Cuando salía a caminar, cuando iba a hacer las compras, cuando me daba una ducha o cocinaba, siempre había algo ahí macerándose dentro de mí. Por eso es que siempre tengo algún cuadernito para tomar notas, tal vez una palabra, una frase. Voy armando una suerte de collage, constelación de ideas, sensaciones, miradas. Es como estar muy alerta a cómo mira esa voz. También uso mucho de mi experiencia, pero deformada: empiezo a mirar mi realidad y mi cotidiano atravesado por esa voz con la que estoy trabajando.

—¿Cuáles son las cosas que no pueden faltar en un personaje de Leila Sucari?

—En realidad los personajes son voces que aparecen, aunque sí encuentro ciertas cuestiones que me interesan y que insisten. Pero hablar de personajes me resulta medio acartonado, raro, me gusta más llamarlos voces que tienen que ver con búsquedas, con salirse de situaciones o lugares de confort e ir a buscar algo más. Cierta insatisfacción con lo dado, cierto impulso hacia el deseo que siempre está en otro lado y mucha presencia de la naturaleza, los animales, el movimiento en la palabra.

—En tu primera novela “Adentro tampoco hay luz” (Tusquets) es la voz de una niña la que conduce la historia, pero existen otras voces que enredan la trama. ¿Cómo construiste a esos otros personajes que interactúan con la niña?

—Los otros personajes fueron apareciendo. En un principio estaba la nena con la abuela y fue un trabajo de ir hacia adelante. De pronto una frase me llevó a otra, un párrafo a otro, y el mismo texto, el mismo material, la misma palabra y la misma historia iban pidiendo. Nunca trabajo con proyecto o plan, con ideas definidas o preconcebidas, sino que es escuchar lo que se está escribiendo, y si uno escucha lo que está escribiendo va apareciendo la necesidad. El tema es estar alerta ahí.

—¿Por qué elegiste el campo como escenario de esta novela?

—Al campo no lo pienso como escenario, sino que también es parte. El paisaje no es un escenario, es un personaje, un componente más y es clave. La novela no podría ser esa novela en otro lugar, esa niña no podría ser esa niña si estuviera en el mar o en la ciudad. El espacio me resulta clave en la construcción, y así era esa niña en el campo con la abuela, la relación con los animales, ese límite entre lo salvaje y lo civilizado. Todo el tiempo buscando esa frontera que el campo presentaba como posibilidad de ahondar, investigar y meter los pies en el barro.

—“Fugaz” (Tusquets), tu segunda novela, también es una historia de vínculos, de ausencias y presencias, de movimientos como búsquedas, ¿qué fue lo primero que sentiste que necesitabas contar de la protagonista? ¿Cómo viviste ese proceso de contar los vínculos fuera de todo estereotipo?

—Los vínculos, presencias y ausencias, los movimientos, creo que están siempre presentes en mi escritura. Eso de movimientos como búsquedas me parece está en todo lo que escribo. Cuando una rasga la superficie los estereotipos se caen muy fácilmente. El estereotipo es la cáscara y cuando una empieza a ver qué hay más allá de la cáscara se acaban los lugares comunes, porque cada persona tiene un universo propio y único. Particularmente, en Adentro tampoco hay luz me interesaba salir de la idea de “la abuela”, “la madre”, “lo que se supone que”, salir de los roles estáticos. Busqué permitir ver cómo es esa relación en particular. Salir de la idea y de lo general e ir hacia lo particular, a lo chiquito, al gesto. En el caso de Fugaz necesitaba contar esa fuerza del deseo de la protagonista que la empujaba a moverse todo el tiempo, a ir, a salir, esa intuición como una fuerza arrasadora que primero la saca de su lugar, de su pueblo, de su pareja, y la lleva a la ciudad en una suerte de deriva que no sabe bien hacia dónde va ni dónde va a terminar, pero ella sigue porque siente ese deseo, esa intuición, y la atracción de las ballenas como una fuerza que la desterritorializa todo el tiempo. Nunca encontrar un lugar de comodidad, un lugar fijo y estático, sino pensar el deseo, el movimiento y lo vital como algo que está todo el tiempo transformándose. También quería cuestionar ese lugar de madre, esa maternidad edulcorada y de revista Para Ti, y poder así indagar e interiorizar y ver cómo es. Mostrar qué compleja y salvaje puede ser la relación entre una madre y un hijo, entre una mujer que materna y a la vez tiene deseo. Busqué poner ahí, sobre el papel, todas esas tensiones.

—Si tuvieras que elegir una palabra o una imagen que resuma la esencia de tu libro de poemas “Baldío”, ¿cuál sería y por qué?

Baldío habla sobre lo roto, sobre la herida. También tiene bastante erotismo, como un modo de sanar y de salvarse de esos lugares rotos. El mismo título lo muestra. Es un terreno abandonado, pero en ese abandono y salvajismo empiezan a crecer plantas, frutos inesperados, esa potencia de lo que es y lo que continúa más allá de los escombros.

—Para terminar, ¿qué nos podés adelantar de “Te hablaría del viento” (Editorial Excursiones), tu última obra publicada?

Te hablaría del viento es un libro en el que cruzo muchos géneros. Son crónicas, relatos autobiográficos, mezcla de prosa poética en donde hay muchos textos muy cortitos, otros más largos. Es un libro que estuve trabajando durante los últimos cincos años y en el que me interesaba rescatar la poesía en el medio del caos cotidiano, cómo se puede encontrar en medio del devenir, del día a día, un destello que abra la poesía en ese sentido, aquello que genera una grieta, una fisura en el lugar común, que abre, que irrumpe y que nos muestra un poco de belleza. También hay muchas lecturas, sueños, pensamientos. Es difícil de definir porque justamente es un cruce a lo que me interesa cada vez más trabajar. Entre los géneros y también las disciplinas. Estoy muy contenta con el libro, entiendo que hicimos un gran trabajo de estructura, de qué pasa con el tiempo, con esos fragmentos en donde no hay un orden cronológico sino que existe una suerte de convivencia temporal, casi como si fuera una pintura donde no existe un tiempo lineal. Ahora es el tiempo de esperar que se lea y que abra también nuevos sentidos.

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Artes Plásticas

Carlos Bivachi: “Soy de tener abiertas distintas obras que dialogan entre ellas sin que nos enteremos”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Sucede una búsqueda. Las líneas se cruzan, se encuentran, son puntos suspendidos en el aire de una página, entrelazan aromas, se vuelven formas en movimiento, sonidos imperceptibles, historias enredadas en las palabras. ¿Quién cuenta a quién? ¿Dónde es el principio?

El arquitecto y artista plástico Carlos Bivachi acaba de publicar, junto con el escritor Sergio Coscia el objeto-libro “Algunas cuestiones”, una obra donde convergen las artes plásticas con la literatura, donde las líneas y las palabras se cruzan para contar una historia.

ContArte Cultura charló con él y se adentró en las páginas de sus creaciones para acercarnos a ese mundo convergente del arte.

—Un libro es un universo dentro de otros, un espacio a explorar con todos los sentidos. Desde ese lugar vamos a comenzar esta charla, deteniéndonos justamente en la puerta de entrada de “Algunas cuestiones”. Si pudieras elegir un color, un sabor y un aroma que se desprendan de las páginas de este libro, ¿cuáles serían y qué tienen que ver con vos y con tu arte?

—En realidad me sería difícil elegir un color que se desprenda de este libro, creo que sería una paleta variable según la mirada de cada momento y estado de ánimo. Si tuviese que elegir un sabor, seguramente sería un buen Malbec. Ahora, tu pregunta de los aromas me llevó a pensar que al deambular por este libro me gustaría que huela a jazmín. 

—¿En qué momento de tu vida te descubriste artista?

—Al ser arquitecto siempre mi vida estuvo atravesada además por el arte. Quizás haberme instalado en el interior del país, en Merlo (San Luis), aportó los tiempos, los colores, los estados necesarios para poder desarrollar mi obra. 

—¿Qué cosas disparan tu creatividad y ponen en movimiento una posible obra?

—Los disparadores de las obras pueden ser formales, sociales, cromáticos, tecnológicos. En realidad pueden ser cada uno de ellos o todos a la vez. Soy de tener abiertas distintas obras que dialogan entre ellas sin que nos enteremos, como sucede en este libro.

—¿Cuáles son los materiales y soportes con los que trabajás habitualmente?

—He trabajado con diversos soportes como maderas, vidrios, hierros, cartones, impresión 3D (un mundo inimaginable). Y en los últimos tiempos, además, incorporé la fotografía y la edición digital.  

—¿Cómo y cuándo percibiste el germen del libro que acaban de publicar con Sergio Coscia?

—En realidad me pasó que la pandemia generó otras instancias de pensamientos, de no poder mostrar mi obra en forma física, por lo tanto surgió la idea de hacer un objeto-libro que llevara mi arte a cada biblioteca de las casas.

Carlos Bivachi junto a Sergio Coscia

—Contanos acerca del proceso de selección de las distintas obras que forman parte de las páginas de “Algunas cuestiones”.

—Soy una mezcla de anarco-cartesiano, por lo tanto me llevó primero a elegir 74 fotos entre cientos. ¿Porqué 74? No lo sé aun por suerte. Luego esas 74 imágenes adquirieron un orden irrenunciable.

—Tus obras se ensamblan y completan con las palabras de Sergio, ¿de qué manera trabajaron para lograr esa fusión de los textos con las imágenes?

—Con Sergio nos unen pasiones, miradas, tristezas, músicas, risas, silencios. Establecimos una manera de trabajo que fue la siguiente: libertad absoluta de articular sus letras con mis imágenes.

—¿Qué fue lo más gratificante en la construcción de esta obra donde convergen las artes plásticas con el arte de la palabra?

—Como lo marco en el prólogo del libro, sentí que la obra debía cerrarla con palabras y no dudé un instante que debería ser Sergio Coscia mi amigo para tal tarea. Y el porqué de esto se complementa con la respuesta anterior.

—¿Qué te gustaría que suceda cuando “Algunas cuestiones” esté en manos de los lectores?

—Provocar un encuentro con el arte, con las palabras, la reflexión, la risa, el asombro. Que se convierta en un objeto que pueda observarse, escribirse, dibujarse, algo que sea un objeto vivible. 

—Para terminar, si dentro de sus páginas sonara una canción que represente la esencia de este libro de arte, ¿cuál sería y por qué?

—No me es una respuesta sencilla, pero creo que elegiría “Islands” de King Crimson. El porqué, quizás te lo responda en algún próximo libro.

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Entrevistas

“En un mundo distorsionado, el arte emerge como una flor chiquitita, revolucionaria, bella porque sí”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini / Fotos: David Lescano y Pablo Martínez //

Hay canciones que se nutren del paisaje, son sonidos arraigados al vientre de la tierra, voces del aire, palabras del agua, suaves aleteos entre las hojas. Hay música que cruza los márgenes, va y viene en un oleaje de tiempos sucesivos, se desparrama, habita las costas, es de arena y de sombras, es de viento y de barro, de polen que fecunda, crece, se transforma, deja huellas que evaporan, caen, son frutos, como si fueran una ofrenda a la vida, como si las canciones también nutrieran al paisaje.

La banda santafesina Barro nace en esas costas donde viven las canciones, donde el agua va y viene, deja huellas en la tierra mojada y es justamente en ese barro, la materia prima del arte, donde sus integrantes modelan las letras de sus temas.

Contarte Cultura charló con ellos para conocer el universo de sus creaciones y para acompañarlos en la presentación de su nuevo disco: “Canciones como flores”.

Agustina Cortés, Cintia Amorela Bertolino, Franco Bongioanni y Gonzalo Díaz

—Para comenzar esta charla vamos a poner en sus manos un elemento simbólico, que en este caso será una flor. Si pudieran elegir una parte de esa flor que represente el espíritu de Barro, ¿cuál sería y por qué?

—El espíritu de Barro estaría en el polen, esa partícula casi invisible que contiene información, un mensaje que es posibilidad: de otra flor, otra planta, otro fruto. Ese mensaje es antiguo, cargado de belleza milenaria, tradición. Y esa información puede combinarse con otra y engendrar un nuevo ser. Nosotros seríamos las obreras abejitas llevando y trayendo, combinando, esparciendo los mensajes. Así, nuestra música viaja por el aire con la posibilidad de polinizar oídos de seres sensibles para que crezcan nuevas flores en sus corazones.

—¿De qué manera surge el nombre que da vida a esta agrupación musical?

—Acá, en Santa Fe, luego de la gran inundación de 2003, provocada por la fuerza de la naturaleza y agravada por la acción (o inacción) gubernamental, nos quedó una marca muy fuerte. El agua tapando un tercio de ciudad y cuando se retira queda el barro dónde todo se pierde, se pudre; pero también dónde surge la vida nueva y la organización espontánea del tejido social para hacer frente al desastre. A partir del barro como materia prima ancestral, noble, moldeable, entablamos una relación entre naturaleza y cultura, entre lo dado por la tradición y las nuevas formas y, como artesanos, podemos darle forma a esa materia.

—¿Cuándo y cómo nace Barro y quiénes forman parte de este grupo?

—Los inicios de Barro se remontan al 2006, año en que tuvo su primera aparición en la Bienal de Arte Joven, en la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe, dónde obtuvo una mención. En esa primera etapa estaba Franco Bongioanni. A partir de 2007 se incorporó Cintia Amorela Bertolino y desde 2009 Gonzalo Díaz. En todos estos años la agrupación fue teniendo diversas formaciones y desde 2018 se afianzó como cuarteto con la incorporación de Agustina Cortés. Desde siempre Barro fue un espacio para encontrarnos en la creación de canciones que hablen del lugar y el tiempo que habitamos, por ello es difícil definir un género específico de lo que hacemos. Usamos lo que llevamos en nuestras mochilas culturales: los folclores afro-latinoamericanos, el jazz, el rock, la música de cámara.

—Sus canciones son verdaderos poemas evaporados del paisaje que los rodea, crecidos en los bordes de lo cotidiano. ¿Qué es lo primero que despierta esos temas? ¿Son las letras, es la música o ambas se dan de manera sincrónica?

—La creación se da de maneras diversas y misteriosas, a veces una poesía que encuentra su forma cantada, otras veces un motivo de guitarra funciona como disparador de una historia para contar, y también hay casos en que surgen al mismo tiempo la voz cantada con una letra que pareciera venir de algún lugar preexistente. Esa inspiración está relacionada con momentos significativos de nuestras vidas: las sensaciones que nos deja un paisaje, un ser querido. El estado de contemplación propicia el descubrimiento de algo cotidiano que se vuelve singular. Y el juego que, con goce y tropiezo inesperado, es el gran motor de la creatividad.

—¿Cuáles son los instrumentos que habitualmente acompañan el encuentro de palabras y música en sus canciones?

—Dependiendo de lo que invoque ese encuentro vamos usando los instrumentos que tenemos a mano y que son muchos: las guitarras, los teclados (piano, sintes), el saxo, también las voces a veces como “instrumentos” que aportan a la textura, la batería, y las percusiones con toda una gran colección de “cotidiáfonos”, ollitas, campanas, sonajas, juguetes… Todos elementos muy importantes en la construcción de los paisajes sonoros. Y ese entramado no sólo acompaña a la voz cantante sino que aporta sentido y potencia su mensaje.

—Por estos días están presentando su disco “Canciones como flores”, ¿de qué manera se fue dando el proceso creativo de este álbum?

—En principio la creación de cada canción se dio de manera individual y también colaborativa en algunos casos. Luego el minucioso trabajo colectivo de laboratorio en el armado de los arreglos, en elegir las tímbricas, explorar las texturas, las capas rítmicas. Entregarnos al juego y al goce para encontrar esa trama-paisaje sonoro que enfatizará cada canción. Así llegamos al momento de la realización de este álbum con un repertorio armado y que ya tenía un recorrido en vivo por escenarios.

—¿Hay algún hilo conductor que entrelaza las distintas canciones?

—En ese repertorio de canciones estaban muy presentes las aves, las canciones-ofrendas, los ciclos de la naturaleza, las estaciones, la vida; y claro, las flores. En ellas descubrimos una potencia simbólica integradora que hilvanaba esos conceptos.

—Como explican, la naturaleza está presente de diversas maneras en sus creaciones, pero también lo está lo urbano, lo que el hombre modifica del paisaje natural, ¿es en esa intersección donde nacen las canciones como flores?

—Sí, es con ese barro, como materia prima no exclusivamente humana: el hornero también la usa. Es ahí, parados en ese borde, donde nuestra música se nutre de esa relación y propone una convivencia, un diálogo permanente y en igualdad de condiciones entre naturaleza y cultura. Tejiendo con tradiciones propias, tradiciones impuestas por la cultura dominante y la búsqueda de nuevas formas, la multiplicidad de tramas de nuestra propia identidad.

—Para terminar, y volviendo a nuestra flor del comienzo, los invitamos a dejar en su interior un deseo, como una canción. —El deseo-mensaje que dejamos en esa flor, en ese polen, es que la belleza nos circunda y nos sorprende a cada paso, sólo hay que dejarla ser, dejarla aparecer y brindarse a ella en la certeza de su poder transformador. En un mundo distorsionado dónde toda acción debe ser calculada para algo, sobre todo por su rédito económico, el arte emerge como una flor chiquitita, revolucionaria, bella porque sí.

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Ansilta Grizas: “’Un temporal’ tuvo mucho trabajo de escritura, pero también de pensar y pensarme en esa escritura”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini /
Foto de Portada: Federico Peretti //

Algo se quiebra, los cuerpos se fracturan, el viento desparrama las formas conocidas, hay palabras que se desarman, son retazos, no pueden nombrar lo que nombran, son piezas sueltas en el agua que corre, se mojan, se alejan. Todo es oscuro en la memoria, el tiempo se detiene. ¿En qué lugares se funden nuestros pedazos desarmados?

Ansilta Grizas es licenciada en Artes Visuales y fotógrafa, profesión que la llevó a publicar “Diario de Navegación”. Por estos días está presentando su primera novela “Un temporal”, de Editorial Entropía.

Contarte Cultura charló con ella a la distancia para conocer los motivos que la llevaron a explorar el camino de las palabras y vivencias que dieron vida a su libro.

—Para comenzar esta charla vamos a detenernos en una imagen simbólica. Se trata de una pared, un muro que divide pero a la vez conecta, ¿cuál es la primera palabra que percibís escrita sobre esa superficie? ¿Qué nos pueden contar de vos la pared y la palabra?

PH: Catalina Bartolomé

—Supongo que si me encontrara con esa pared más que ver una palabra miraría primero de qué está hecha. Si es de barro, de cemento o de piedra. Si tiene textura, si la pintura se saltó, si parece que tiene muchos años ahí o es más bien nueva. Me interesaría más en su materialidad, en si es suave al tacto o tiene cositas de las que agarrarse, si es que se logra calentar con el sol o es más bien de esas tapias gruesas que conservan el fresco. Y creo que esto tiene que ver con que mi entrada a las palabras viene desde el registro de la fotografía. Me interesa mirar las cosas. Cómo son, cómo les pega el sol, el dibujo de la sombra. Y a partir de ahí escribo.

—¿Recordás qué fue lo primero que escribiste?

—Escribir con la intención de la escritura, mi primer diario íntimo a los 8 años. Desde ahí nunca dejé de llevar un diario/cuaderno personal.

—¿Cuáles son las cosas o hechos que te invitan a contar?

—Tengo algunas obsesiones o temas frecuentes, supongo que siempre van desde la naturaleza a la relación del hombre con ella, los hijos y el tiempo. Es un montón, pero con esto quiero decir que nada extraordinario… me interesa más bien el registro de las cosas que nos rodean.

—Por estos días estás presentando “Un temporal”, tu primera novela publicada por Editorial Entropía. Si pudieras congelar en una foto el punto de partida de esa historia, ¿qué podríamos ver en esa imagen?

—Una libreta chiquita, medio arrugada, con una lapicera viajando en mi cartera, en unos días de mucho calor, mientras buscábamos geriátrico para internar a mi papá. Es el inicio de la novela y fue el puntapié de la escritura de esta historia, está todo ahí, en esa libreta.

—Seguramente, al igual que los protagonistas de “Un temporal”, tuviste que tomar decisiones, elegir qué contar y qué no, ¿cómo viviste el proceso de construcción de esta novela que atraviesa tu vida? ¿Cuáles fueron los ‘temporales” (si los hubo) que hicieron tambalear tu escritura?

—En el 2017 empecé a hacer taller con Romina Paula y Cynthia Edul, ahí llevé los primero capítulos cuando todavía no sabía bien qué era lo que estaba escribiendo. Y ellas me impulsaron a seguir y a seguir escribiendo. Ese año yo estaba embarazada de mi segundo hijo que nació en agosto, así que iba al taller cada lunes con material nuevo intentando avanzar lo más posible antes que naciera. ¡Como si fuera una carrera! Por supuesto que no es que terminé nada antes, y a los meses logré retomar esa escritura y seguir adelante. Después, en una instancia más de tutoría con ellas, la terminé de cerrar. Pero sí, al ser una novela que como decís “atraviesa mi vida” tuvo mucho trabajo de escritura, pero también de pensar y pensarme en esa escritura. No fue fácil escribir sobre algo que duele, escribir desde el dolor. Supongo que las dificultades que atravesé con Un temporal son también propias de la maduración de un dolor. Digo, para atravesar algo que duele, hay etapas donde uno se enoja, o duda, o se pierde, hasta que al fin vislumbra algo que se parece a una idea clara. Yo elegí contar una historia, una ficción, en donde una hija le habla a ese padre enfermo y reconstruye esa memoria de a dos. Pero en verdad es también la historia de mi propio papá y mía. Y en la novela ese padre muere, pero -en la vida real- mi papá no está muerto. Entonces ahí hubo una gran decisión a la hora de seguir escribiendo, porque si no tomaba ese camino no podía terminarla. Ese despegarme de la realidad, armar una ficción, fue una gran liberación para mí, porque pude seguir escribiendo sin sentirme atada a nada y poder ver la historia a un nivel novela. Y podría decir también que por ahí fue que descubrí que en realidad la historia no tiene que ver con que el padre muera o no, sino con la maduración de ese dolor, ese camino.

—¿Y entonces qué cambió en vos cuando se rompió ese dique y fluyeron las palabras?

—Encontrarme con la escritura y con mi voz.

—Para terminar, ¿qué te gustaría que suceda con esta novela una vez en manos de los lectores?

—A mí me gustaría que les pase lo que me pasa a mí cuando un libro me gusta, y es que alguna imagen se le quede pegada por un tiempo, esto de recordar escenas de un libro tan claras como si las hubiéramos visto. Y que les den ganas de escribir.

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Propietaria/Directora: Andrea Viveca Sanz
Domicilio Legal: 135 nº 1472 Dto 2, La Plata, Provincia de Buenos Aires
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