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Literatura

Llega la edición 21º de la Maratón Nacional de Lectura

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Bajo el lema “De lo asombroso a lo imposible: cuando las puertas de lo fantástico se abren” y con una propuesta que incluye más de 200 libros gratuitos digitales, juegos y actividades en instituciones de todo el país, se realizará el próximo 29 de septiembre una nueva edición de la Maratón Nacional de Lectura, la campaña que convoca a chicos y chicas de todas las edades a explorar el placer de leer.

Este año, la Maratón de la Fundación Leer propone experimentar la lectura como una oportunidad para ver el mundo con nuevos ojos, despertar la creatividad y seguir en la labor de formar nuevos lectores. De esta manera, se invita a que los personajes y los mundos fantásticos de la literatura “invadan” las escuelas, las calles y los barrios con lecturas, juegos y momentos compartidos.

A través de la plataforma desafioelclub.leer.org, se ofrecerán propuestas digitales (incluidos más de 200 libros gratuitos de los mejores autores y editoriales) y también actividades organizadas por instituciones de todo el país donde los libros, las narraciones y los juegos en torno a la lectura serán protagonistas.

La Maratón Nacional de Lectura se trata de una iniciativa de la que participan personas de todos los rincones de la Argentina y en la que escritores e ilustradores comparten su pasión por la lectura y cuentan cómo crear mundos fantásticos.

Habrá Ferias del Lector en diferentes puntos del país donde los participantes compartirán sus experiencias en un clima festivo junto con docentes y otros integrantes de la comunidad. A los chicos y chicas de las escuelas que participen, se les entregará libros.

También se entregarán 40.000 ejemplares de textos bilingües a 30 escuelas de la Ciudad de Buenos Aires y 100 escuelas de la provincia de Tucumán. En Casa del Niño “Padre Jose Kentenich” de Florencio Varela los referentes y los niños y niñas que allí asisten recibirán libros y mobiliario nuevo para la creación de su “Rincón de Lectura”. Este nuevo espacio contará con 300 libros nuevos de literatura infantil y juvenil especialmente seleccionado para esta comunidad.

Además, habrá juegos y actividades descargables, booktrailers y variado material audiovisual para disfrutar en el espacio conectadosporlalectura.leer.org y allí también se compartirá cómo celebran las escuelas la Maratón.

En la virtualidad también habrá vivos en Instagram con escritores, ilustradores e influencers. En uno, el autor Luciano Saracino conversará con Ezequiel Dellutri, escritor e ilustrador de literatura infantil y juvenil el viernes 29/9 a las 14.00 por la cuenta @fundleer. Después, bajo el título “El mundo de los libros en las redes sociales”, la escritora de fantasy Victoria Bayona conversará con @endlessBooks (Manu Spinetti, bookfluencer fan de la literatura fantástica) el viernes 29/9 a las 18.00, también por @fundleer-

Las instituciones que quieran ser parte de esta gran celebración pueden registrarse en conectadosporlalectura.leer.org. Las instituciones educativas que se registren podrán descargar una Guía de Actividades para organizar la Maratón y al finalizar participan en sorteos por libros para sus estudiantes.

Con un recorrido de 21 ediciones, la Maratón Nacional de Lectura tuvo en 2022 cuatro millones de niños, jóvenes y adultos junto a más de 13.000 instituciones en todas las regiones de la Argentina que participaron.

Textos para escuchar

El tiempo que nos une – Alejandro Palomas

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Alejandro Palomas lee un fragmento de su novela El tiempo que nos une


Es un vacío, un tropezón de aire que se te atraganta en los pulmones cada vez que respiras. Como un pellizco, a veces suave, a veces agudo y a traición. No es ni un antes ni un después. Es lo que no habrá de llegar. Sueños no articulados por falta de tiempo, no de imaginación. Es un crujido en el alma, eso es exactamente: el momento en que sabemos que tenemos alma porque la hemos oído crujir.
Es la muerte.
Es la muerte de una hija.
Es la muerte de una hija cuyo cadáver nunca apareció, empotrándome contra la peor de las preguntas: «¿Y si no? ¿Y si no fue? ¿Y si no fue y sigue viva en alguna parte?».
Es invocarla en secreto.
Es no bajar nunca al mar por miedo a ver entre las rocas alguna señal, algún rastro de ella.
Es seguir nadando de espaldas contra las olas, a ciegas, sin miedo a tocar lo intocable. Aprender a vivir con un jadeo de angustia al despertar por la mañana. No está. Mi hija no está. Salió a navegar y desde entonces no existe. ¿Qué madre se conforma con eso? Helena y su ausencia. Yo no sé hablar de muerte. Helena no está.
Está ida.  Literalmente. Exactamente.
Me dijeron que era más fácil así. Que si hay que perder a un hijo, más vale que sea de golpe, desde lo inesperado, que no haya tiempo para predecir, que el dolor no logre hacerse hueco entre él y tú por la puerta de la enfermedad. La muerte de un hijo es inexplicable. Ningún padre es capaz de imaginarla, por mucho que te la cuenten, por mucho testimonio y mucha confesión en primera persona que intenten hacerte llegar. No es posible. No es pensable. Incapacita la mente.
Si es accidente, el tiempo se paraliza y la vida se te cae de las manos como una hucha medio llena, estampándose contra el suelo, hecha añicos. Dedicas el resto de tu tiempo a pegar trozos, montando un rompecabezas inmenso sobre la mesa del salón mientras lo que queda va devolviéndote poco a poco una cara que no reconoces, que no te interesa.
Si es enfermedad, el tiempo gasta y mancha, matando a contrarreloj.
Pero si es accidente y no hay cuerpo que velar, queda siempre la imaginación. Sólo una madre de un hijo ausente lo sabe: la combinación trenzada de duelo, ausencia e imaginación crea monstruos.
Un día, hace un par de años, después de oírme hablar por teléfono con Helena, Flavia me dijo que lo que más envidiaba de mí era la relación que tenía —y que tengo aún— con mis hijas.
—Sobre todo con Helena —añadió, un poco a disgusto, torciendo la mirada para que no pudiera verle los ojos.
Sonreí al oírla hablar así. Quién me iba a decir a mí veinte años antes que mi niña mayor, ese iceberg de ojos blancos y manos de alambre que durante tanto tiempo me había convertido en el espejo de la peor de sus sombras, era, desde las dos semanas que habíamos pasado juntas en Berlín, mi mejor amiga.
—Qué extraño, ¿no? Con lo mal que os habíais llevado siempre —continuó Flavia, como no hablándole a nadie—. Y de repente, así, sin más…
Sin más. Claro. Cómo no.
Sin más no, Flavia.
Helena nunca me perdonó como madre. Probablemente, a su edad era ya consciente de que nunca aprendería a hacerlo. La madrugada en que la llamé a Berlín y me dijo que estaba embarazada, no supe oír lo que no me estaba diciendo. «Lía», eso fue lo que dijo. Lía. Mi hija decidió entonces rebautizarme con mi propio nombre y despojarme del papel que no había sabido representar para ella. Incapaz de dejar de odiar a su madre, tenía que cambiarla por otra, había que matarla para dejar entrar a Lía, para dejarme entrar.
Porque no hay hija capaz de pedirle a una madre que la ayude a deshacerse de su bebé. Ni siquiera cuando corre peligro su vida.
A una amiga sí. A Lía sí.
Sin más no, Flavia.
La ayudé, claro.
Muerta la madre, llegó la amiga. No hubo nada que perdonar. Ningún reproche. Lía y Helena. Nos reinventamos. Supimos hacerlo y funcionó. Nadie lo entendió.
Y Martín empezó a odiarme.
Desde hace meses vivo convencida de que es imposible entender la muerte de alguien como Helena. Imposible concebir la existencia de un ser como ella. Hay personas así, es cierto. Son pocas y parecen demasiado humanas, de vida demasiado grande para la pequeñez de lo vivido. Ésa era Helena. Cuando hablabas con ella, tenías la sensación de estar compartiendo unos minutos preciosos con alguien que había llegado a la vida aprendida, con las cartas marcadas, siempre dispuesta a darte una lección con esa alegría que a mí me robaba el aliento y con esas verdades generosas y a bocajarro que te arrugaban el corazón y de las que ella ni siquiera era consciente.
Desde que se fue, ya nadie me llama Lía. No con su voz. No desde un aeropuerto entre el rebote de voces aburridas de las azafatas de tierra anunciando vuelos. Desde que se fue, no consigo encontrarme la mía. Mi voz. La de la amiga.
“Mala mar. Hija de puta”, me oigo pensar con una sonrisa de vergüenza, apartando en seguida los ojos de una enorme vela blanca que cruza el horizonte más cercano y que no tarda en perderse cielo adentro. Una vela. Ocultándose tras el faro.
—Mala mar. Hija de puta —susurro sin darme cuenta mientras partimos y vamos alejándonos poco a poco desde el pequeño embarcadero rumbo a la isla.

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Historias Reflejadas

“Soledades”

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Soledades

Caminan sobre la cornisa, sus pies resbalan, buscan un punto de equilibrio.
Todo es gris.  
El paisaje se mueve fuera de sus cuerpos, se asoman por un hueco inventado. Necesitan aire, los cubren capas de silencio.
Esconden secretos, se ocultan. Dudan.
La decisión está tomada.
Viajan.
Avanzan y retroceden.
Se proyectan en las sombras de otros cuerpos.
Son sombras. Se hunden en olas de miedo, en laberintos de hojas. Hunden sus ojos en trenes vacíos, como líneas en movimiento.
Se pierden en la geometría de un pueblo fantasma, entre los fantasmas del pueblo.
Buscan. Se buscan. Escapan.
Pasan las páginas que contienen su nombre.
Escriben en líneas torcidas. Son líneas en las páginas que dibujan.
Se arriesgan.
Saltan al vacío, los deglute el abismo, la soledad del abismo.
Todo es silencio en la verdad revelada.

Por Andrea Viveca Sanz

Se reflejan en esta historia los siguientes textos: “La buena suerte”, de Rosa Montero; “La última felicidad de Bruno Fólner”, de Mempo Giardinelli; “Los abismos”, de Pilar Quintana; y “Dejen todo en mis manos”, de Mario Levrero.

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Textos para escuchar

Una lluvia de pájaros – Gustavo Roldán por Laura Roldán Devetach

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Laura Roldán Devetach lee el cuento Una lluvia de pájaros, de Gustavo Roldán.


Un pájaro puede volar muy alto. Dos pájaros pueden enamorarse. Pueden hacer un nido para poner tres huevitos blancos que cuidarán todos los días, de donde saldrán tres pichones que crecerán y crecerán. Que aprenderán a volar y recorrerán distancias y conocerán miles de pájaros. Y cada uno volará muy alto, casi hasta la esquina del sol, y se encontrará con una pajarita y volarán juntos. Porque dos pájaros pueden enamorarse para hacer una lluvia de pájaros.

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