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Entrevistas

Magela Demarco: “Mi hijo me hizo rever mis sueños y mis temas pendientes, y uno de ellos era ser escritora”

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Por Andrea Viveca Sanz

Enredada en la rueda de la vida, Magela Demarco se deja llevar por el oleaje de cada día y se entrega a escuchar el susurro de las aguas cotidianas, cargadas de mensajes.

Con certeza, se abraza a la espuma de sus sueños, que burbujean en su interior para convertirse en proyectos.

Sus letras se expanden en palabras que dan vida a historias que la conducen y la incluyen, para luego convertirse en mar, que lleva y trae la fertilidad de las emociones compartidas.

Inmersa en la realidad que la cuestiona, la escritora logra recortar con destreza situaciones que atrapa para transformarlas en ficciones.

En diálogo con ContArte Cultura, la autora comparte sus vivencias en el mundo de los cuentos y presenta su último libro Un papá con delantal, publicado recientemente en España.

—Para presentarte, tres palabras que te definan.
—Solidaria, sensible y cabrona. Si bien no se puede abarcar en tres palabras como uno es, creo que estas tres me definen bastante. Por eso, en estos momentos que estamos atravesando en el país, la paso bastante mal al ver cada vez más gente durmiendo en las calles, cada vez más personas desesperadas porque perdieron el trabajo o porque no pueden pagar los impuestos. Vivo en Caballito, y ver que cada día van cerrando más negocios, que cada día hay una persona más en alguna esquina… Me angustia. Y ayudo, en lo que puedo. Claro que no puedo ayudar todos los días a todas las personas con las que me cruzo, porque no hay dinero ni ánimo que aguante. Y me angustia más ver que las políticas del Gobierno actual no solo generan esto, sino que buscan acentuarlo. No es un Gobierno que se preocupe por el otro, ni tenga empatía con el otro, con el pueblo trabajador. Sino todo lo contrario. De ahí que sea tan importante generar lazos de ayuda, de solidaridad, de unión frente a esta realidad salvaje. Y sí, soy cabrona. La realidad actual me angustia y me encabrona. La mentira, me enfurece, el individualismo también. El cagarse en el otro, me saca. Soy de esas que cuando ven a un hombre o a una mujer dejar la caquita de su perro/a en la vereda, salto como leche hervida y me pongo a gritarle que lo levante en medio de la calle. No tolero la falta de respeto.

—¿En qué momento sentiste que había en vos una semilla capaz de convertirte en escritora?
—Lo que siempre sentí es una felicidad inmensa al escribir historias. Eso lo traigo desde adolescente. Hay personas que disfrutan mirando fútbol, otras jugando al tenis, otras bailando, pintando, durmiendo. Yo disfruto escribiendo. Me pone alegre, me río de solo pensar en algunas ideas para mis cuentos. También escribo cuentos para grandes, y esos me divierten mucho porque son más ácidos, más de humor negro, más feministas. Creo que hay situaciones en la vida real que si no le das un toque de humor, son muy patéticas, muy incomprensibles. Los seres humanos somos bichos muy raros de comprender. Luego, cuando nació mi niño Tobías, dije: “Si lo que más me gusta es escribir cuentos, allá voy”. Tener un hijo me hizo tomar más en serio todavía esto de ser y hacer, es decir, que uno esté relacionado con el otro. Y yo quería ser ejemplo para Tobías. Paso de esas personas que se la pasan diciéndole al otro lo que tienen que hacer, pero en su vida ellas no lo hacen. A mí, mi hijo me hizo rever mis sueños y mis temas pendientes, y uno de ellos era ser escritora o publicar mis cuentos. De hecho, seguí periodismo porque me gustaba escribir –dentro de otras cosas por las que elegí esa profesión–. Porque en el momento que elegí la carrera, ser escritora no estaba dentro de las opciones que manejaba. No tomaba muy en serio mis “aptitudes” o no era muy consciente de todo lo que se movía dentro de mí cuando escribía. Lo hacía porque me encantaba y lo necesitaba hacer. La llegada de mi hijo me dio la palmadita en la espalda que me faltaba para dar ese salto e ir hacia lo que quería. Porque además, aprendemos con el ejemplo, no con las palabras. Y yo quería ser ejemplo para mi hijo. Quería que él tuviera una madre que se animaba a ir tras sus sueños. Y acá estoy. Y me considero escritora, porque me gusta escribir. Desde ese lugar relajado y accesible para todas y todos.

—¿Contanos qué mensaje te trajeron las olas para dar vida a tu primer libro infantil “Mi amigo el mar”?
—Amo el mar. Su olor, su vaivén, su fuerza. Me parece el mejor lugar para estar, descansar, equilibrarme y reponer energías. Hay personas a las que les ocurre esto cuando van a la montaña. Bueno, a mí esto me lo da el mar, y nada más que el mar. Yo siento que va limpiando el alma con sus olas, su olor, su murmullo constante y su vaivén. Casi todos los veranos voy a Villa Gesell. Junto con mi gordo, esperamos ansiosos que llegue el verano. Y hubo un verano (Tobías tenía tres años) en que el mar se le llevó un autito No lo pudimos rescatar. Desapareció. Y él rompió en llanto. Con mucha angustia. Entonces, se me ocurrió decirle que seguro había pasado porque el mar se lo iba a llevar a algún chico a quien su mamá no podía comprarle ninguno. Que él tenía muchos, y que después a la tarde íbamos al centro y comprábamos uno igual. Costó, pero finalmente paró de llorar y se tranquilizó. Internamente, creo que esa explicación era mi intento para que él pudiera entender antes que yo ciertas cuestiones del desapego, de no aferrarse estáticamente a las cosas, porque la vida es movimiento, es cambio. Es un fluir constante. Y hay que aprender a ser más flexibles y a fluir con la vida. Ese mismo ejercicio lo hicimos con los castillos de arena que construíamos y que el mar, a veces, se encargaba de derrumbar. Al principio se enojaba, pataleaba y decía que no iba a hacer “ningún castillo nunca más”. Hasta que al final entendió que los castillos de arena están para romperse. Y cuando terminó el verano dejó de encabronarse con el mar, y en cambio le gritaba sonriendo: “Chau mar” o “No importa, total hago otro”. Y también porque quería que desde pequeño aprendiera esto del compartir. Con el que menos tiene, con el que necesita ayuda. Porque siempre pienso que uno podría estar en ese otro lugar. Es fortuito el lugar donde nacemos. Y tranquilamente, nos podría haber tocado a nosotros estar en un lugar de mayor necesidad. Es más, la vida es una rueda, y por lo tanto, cambio constante.

—¿Qué te inspira a la hora de ponerte a escribir?
—Las vivencias de mi hijo, sus experiencias, sus inquietudes, sus alegrías, sus miedos, que muchas veces se los traspaso yo, aunque no quiera, como el miedo a la oscuridad, por ejemplo (vieron, tan grande y con miedo a la oscuridad, jajaja) … Pero también leer algunas noticias, escuchar algunas opiniones (a veces increíbles), ver alguna situación en la calle…

—Acaba de publicarse en España tu segundo libro “Un papá con delantal”, ¿qué nos podés contar acerca de esa nueva obra?
—Se podría resumir así: una madre casada o en pareja, con dos hijos (una niña y un niño) contrata a un señor para que la ayuda en los quehaceres del hogar. En principio, me gustó esto de jugar con la idea de que sea un señor (que se llama Amador y en catalán es Salvador) a quien la mamá contrata para hacer las tareas del hogar, porque es algo que no pasa en la realidad, o al menos en Argentina, todas las personas que uno contrata para trabajar son mujeres. Y, a decir verdad, no son muchos los hombres que barren, pasan el trapo, hacen las camas, limpian los vidrios, lavan la ropa, ordenan la casa, hacen las tareas con las hijas y los hijos, los llevan al médico… A lo sumo hacen una cosa o dos cosas de todas esas, pero la mayoría las seguimos haciendo las mujeres, además de salir a trabajar, claro. Y elegí que fuera –y se llamara– Amador, porque se precisa de mucha entrega y amor diarios para realizar las tareas del hogar que permiten un mejor funcionamiento y organización de la familia. La historia, en clave de humor, está contada a través de los ojos de una niña, que nos invita a cuestionarnos la división de algunos roles arcaicos que todavía existen entre hombres y mujeres. Y a poder ver las diferentes formas en que las mujeres criamos a nuestros niños de nuestras niñas (y después nos quejamos). El hecho de que un hombre “se ponga el delantal” simboliza la distribución equitativa de las tareas del hogar, que son abundantes, llevan mucho tiempo y siempre quedan a cargo de nosotras. Los hombres no tienen que “ayudarnos” a las mujeres con las cosas de la casa. Es un error este concepto de la “ayuda”. ¡Ellos deben hacer su parte!, es decir la mitad: 50 y 50.

—¿Cómo es el proceso de atravesar tus libros infantiles con temáticas que se asocian más al mundo de los adultos?
—Creo que todo libro “infantil” es para niñas, niños y grandes. Y todo adulto es una niña o un niño que ha acumulado muchos años. Con esto quiero decir que, todas y todos conservamos esa mirada, esas sensaciones, esas reacciones de cuando éramos pequeñas y pequeños. La famosa y el famoso niño y niña interior. Y por el otro lado (y con esto muchas y muchos me van a querer matar), creo que hay ciertos mensajes que vale la pena transmitir a las niñas y a los niños. Frente a la crisis de valores, de compromiso, de empatía, de solidaridad… en definitiva, frente a la falta de amor que estamos viviendo como sociedad y como humanidad, creo que hay mensajes para susurrar, soplar, “barriletear”, hacer volar y esparcir por los aires.

—¿Hay algún nuevo proyecto en el que estés trabajando?
—Sí, siempre hay proyectos nuevos, porque siempre están las ganas de escribir. Hay algunos que están buscando la editorial que los acoja.

—¿Cuál sería el sueño que te gustaría ver hecho realidad entre las páginas de un libro?
—Hay uno que todavía no comencé a escribir, pero que tengo muchísimas ganas de que se concrete. Tiene que ver con esto que hablaba antes, de poder ver al otro. Si se concreta, les cuento. =)


Magela Demarco

Tobías y Magela

Nació en el año 1976. Su infancia transcurrió entre las ciudades de Zárate, Campana y Buenos Aires. Creció escuchando cuentos e historias narradas que alimentaron su amor por los libros. Estudió Periodismo en la UCES. Trabajó nueve años para el diario Clarin.com. Luego en IntraMed, un portal de salud, realizando entrevistas a médicos. También para Unicef, como asistente de comunicación. Colaboró en revistas como G7 y Factor S, de Uruguay. Y más tarde fue encargada de prensa en Green Drinks Buenos Aires, una ONG que organiza charlas sobre sustentabilidad.

Escribe cuentos para manuales escolares. Obtuvo numerosas menciones en diferentes concursos y algunos de sus relatos para adultos fueron publicados en antologías.

Cuando nació su hijo Tobías empezó a escribir también para los más chicos.

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Gabriela Exilart presenta ‘Pulsión’: “Me gustaría que esta novela sirva para mirar más a nuestros chicos”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Algo se apaga, es un latido encima del otro, el pulso muerto en la boca, un silencio que crece, se hace cuerpo en los cuerpos. Después, en los límites de la verdad, un hilo de sangre corre y desborda como una mancha repetida.

“Pulsión”, la nueva novela de Gabriela Exilart, se sumerge en las profundidades de una realidad que nos desborda para recortar una historia que late por debajo, justo ahí donde brotan las verdades reveladas a medias.

Con un ritmo que marca las pulsaciones de cada lector, esta nueva obra de la escritora marplatense invita a reflexionar sobre la vida y la muerte, tan cercanas en su lejanía.

En diálogo con Contarte Cultura, la autora cuenta acerca de sus vivencias en la escritura de este libro.

—Comencemos esta charla deteniéndonos en la palabra que te sirvió para dar nombre a tu nueva novela: Pulsión. Si pudieras volver hacia atrás, al punto donde todavía ni siquiera era una idea, ¿cuál o cuáles fueron los primeros latidos que movilizaron la escritura de la historia?

—Esta novela se disparó por la angustia, por el miedo, por el dolor que generó en mí un nuevo caso de violencia colectiva. No empecé a escribir pensando en una novela, empecé a escribir porque fue una necesidad. No podía acercarme a ese tipo de noticias sin romperme, me enojaba con los miembros de mi familia que hablaban de “eso” que yo no podía ver. Y como yo sano escribiendo, empecé a escribir, sin un rumbo definido, sin formato de novela, sólo tenía la voz de una madre. La otra madre.

—Seguramente tuviste que recortar imágenes y sensaciones de la vida misma para comenzar el proceso de contar. Y para eso elegiste ponerte en la piel de Ada y de Magda, dos narradoras de un mismo hecho, dos puntos de vista que completan la trama. ¿Qué fue lo que te llevó a elegir contar desde esos cuerpos y esas almas y cómo viviste la experiencia de ser a la vez dos voces tan particulares y necesarias?

—Como mamá, me puse a pensar qué me pasaría si un día me levanto y me avisan que uno de mis hijos está detenido por ser sospechoso de matar a otro chico. Siempre había pensado la situación desde el punto de vista de la madre de la víctima, un lugar desgarrador que te rompe de solo esbozar la idea. Pero nadie piensa en la otra madre, y traté de ponerme en esos zapatos. Así nació el personaje de Ada, y fue durísimo escribir desde ese sitio, porque ella repasa todo el tiempo qué hizo como mamá y hace lo imposible para defender a su hijo. Y como no quería quedarme sólo con esa parte del relato, quise contar también qué pasa con los jóvenes, cómo viven ellos la experiencia de la noche, el amor en la adolescencia, los pactos de silencio, entonces imaginé a una chica, una amiga, alguien con otra mirada que tiene que ver con lo generacional.

—¿Cuáles fueron tus fuentes de inspiración a la hora de ponerle voz a esa madre que necesita creer a pesar de sus contradicciones?

—Me miré como madre, pensé qué haría yo, qué no haría yo para creer en mi hijo y salvarlo. También tomé partes de relatos de otras mujeres cercanas a mí, de cosas que les pasaron en momentos difíciles de la vida, cómo los demás te van apartando como si tuvieras una peste y te vas quedando sola.

—¿Y cómo viviste el encuentro con la voz adolescente?

—Por suerte tengo tres en mi casa… o dos, porque uno ya es más adulto que adolescente, y los indagué bastante, sobre los boliches, la noche, el vocabulario y la lealtad entre ellos. Quería saber cuál es el límite del silencio.

—¿Sentís que tus protagonistas te contaron más de lo que esperabas a través de las páginas escritas? 

—No sé si me contaron más, yo los escribí a ellos, pero sí tengo que admitir que fue todo un ejercicio y que, como madre, me hizo dar cuenta de que uno no conoce a fondo a sus hijos, así como yo he sentido que mis padres no me conocen. Y eso cambió la perspectiva de abordaje hacia ellos, un cierto afán de llegar desde otro lado, porque sabemos que, por lo general, los adolescentes son cerrados a sus padres, ellos se comunican más con sus pares, y uno tiene que estar ahí, alerta y dispuesto.

—La falta de libertad es uno de los temas que ruedan de una página a la otra, un latido encima del otro, la pulsión en nuestras propias cárceles. ¿Qué te dejó a vos, como madre y como escritora, ese recorrido por las cárceles reales y las simbólicas? 

—Me dejó sensible, atenta, reflexiva. Pero también me abrió la mente en el sentido de otro diálogo y otro abordaje con mis hijos.

—Si hiciéramos foco en un detalle de la escena que más te costó escribir, ¿qué veríamos?

—La escena que más me costó fue la de la salida del boliche, cuando se produce el ataque en manada. Veríamos violencia grupal, deshumanización, desprecio por la vida, encubrimiento.

—Si este libro fuera un puente, ¿qué te gustaría encontrar al otro lado, una vez que los lectores y lectoras crucen tus letras?

—Me gustaría que esta novela sirva para mirar más a nuestros chicos, para generar diálogos constructivos, para desterrar para siempre esa frase aplicable a todo que es “algo habrá hecho”, “habrá provocado”. Me gustaría encontrar empatía, respeto por las diferencias, amor.

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Ivo Ferrer: “Siento en la música algo que me mueve mucho y también una excusa de encuentro”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Sucede un movimiento sutil, una danza imperceptible, vientos como preguntas, un reflejo; las flores se abren, el centro disponible, una polinización de notas nuevas, fecundas, dan vida a las canciones; se mueven los sonidos, son rituales perfumados. Los pétalos caen, todo se transforma: nace un fruto, nace un disco, como otra transformación.

“Las flores y los frutos”, el nuevo álbum del músico y gestor cultural Ivo Ferrer es el fruto visible de un proceso de búsquedas y encuentros. Rodeado de un halo místico donde la exploración y la experiencia sonora se manifiestan en cada uno de los temas, este disco ya está preparado para dispersar sus primeras semillas.

En diálogo con ContArte Cultura, el ex líder de la banda “Los Tremendos” cuenta cómo fueron los pasos en el camino de su propia transformación.

PH: Sofía Roatta

—Vamos a comenzar esta charla adentrándonos en una imagen, la de una flor que se entrega al fruto, lentamente, como una continuidad de la vida. A partir de esa foto imaginaria donde sucede un movimiento imperceptible, ¿qué palabra elegirías para definir ese proceso de cambios en tu carrera de músico? 

—Al pensar en esa imagen y en mi quehacer musical, se me viene no una sino dos palabras: “mutación constante”. Si bien mis contactos con la música se fueron dando desde antes de nacer, siento que hay un gran nuevo comienzo hace diez años, con mis primeras canciones. Cada tanda de temas (algunas se convirtieron en EPs, alguna en disco de Los Tremendos) me llevó a querer, por un lado, hacer algo distinto y, por otro e ineludiblemente, ir integrando cosas aprendidas en procesos anteriores. Siempre con el movimiento y cambio como parte consciente y también natural.

—Sin dudas, en ese camino de transformaciones, hubo una semilla donde se gestó tu gusto por la música y el arte. ¿Cómo, cuándo y en qué tierras comenzó tu vínculo con las melodías y los ritmos?

—Crecí escuchando música y viendo música ejecutarse por ser hijo de músicos. Desde chico estuve en situaciones musicales. Hubo sí algunas situaciones de chico que me llevaron a los ritmos. Recuerdo un cumpleaños de 80 de una amiga de mi madre. Se festejaba en un salón de un club de Adrogué en el que por esos tiempos hacía artes marciales e iba a jugar al pool con compañeros de colegio. Yo tenía alrededor de 10 años o menos. En el cumpleaños, había varias guitarras sonando, canción folklórica tras canción folklórica. Muchas las conocía. No se cómo fue, pero me terminaron invitando a tocar el legüero. Iba siguiendo la música. Estuve horas seguidas sin parar de tocar y a cada momento se iba ablandando más. Unos días después, de visita en la casa de mi abuelo paterno, él me enseñó algunos toques básicos de bombo. Años después, mi padre (contrabajista) pegó un acordeón y estaba aprendiendo a tocarlo, y me regaló un redoblante para que lo acompañe. Tocamos eso un tiempo. Luego, a los 15, pedí una batería. Me la regalaron y me mandaron a profes. Ahí empecé a estudiar ritmos. Contemporáneo, anterior y posterior a todo esto, el ritmo siempre me movió. Los ritmos me provocan cosas y no dejan de conmoverme.

—¿Quiénes formaron parte de ese recorrido, de la siembra y de las primeras cosechas?

—De este recorrido forman parte un poco todas las personas que me voy encontrando en el camino. Estoy cumpliendo una década de estar compartiendo música compuesta o improvisada por mí. Pasan los años y mi vínculo para con el tocar y para con el crear va mutando y se va enriqueciendo. Hasta hace unos tres años toqué ritmos en varios proyectos de canciones de otras personas y bandas. Siento que todo eso fue súper enriquecedor. Y siento que también lo es cada encuentro a tocar. Siento en la música algo que me mueve mucho y siento también ahí una excusa de encuentro, de compartir. Del recorrido forman parte todas las personas con las que tengo oportunidad de tocar. Escucho mucha música y eso también me marca y siento que esas personas que hacen la música que escucho e me inspira también es parte. Y ya que la nombro, siento que la inspiración es de las cosas más lindas que puede dejar el arte a su paso. Y agradezco a músicas y músicos con quienes he tocado y toco.

—Justamente, por estos días estás presentando tu nuevo álbum “Las flores y los frutos”, ¿de qué manera se fueron encadenando los temas que forman parte de este disco y qué hilos temáticos o sonoros los unen?

Las flores y los frutos es un disco que temáticamente, desde las letras, tienen mucho que ver con el sentir. Y con el sentir a veces intenso. Creo que el disco logra un balance de ese sentir intenso con el ritmo, que hace que uno no piense demasiado y hace todo un poco más liviano. Un sentir bailado. En lo sonoro creo que se filtraron muchos tintes de músicas que fui descubriendo, me fueron presentando y con las que estuve en contacto en los tiempos de estar componiendo y grabando el disco. Estuve muy copado con músicas de África, distintas músicas latinoamericanas, músicas rituales, músicas gitanas y también música de ahora que incorpora elementos electrónicos y me gusta mucho. Creo que en el disco hay cositas que llevan a eso, y a la vez no lo siento súper explícito. 

—¿Cuáles son los instrumentos que ayudan a crear la trama de esta obra?

—Los instrumentos que llevan a crear esta obra son: la voz, considerada un instrumento cada vez para conmigo mismo más libre y siendo usada no sólo para cantar palabras, sino también como instrumento multitímbrico, la Nord Drum 3p, que es un sintetizador que se toca con palos y me permitió conjugar lo rítmico con notas, y después usamos mucho también un djembe tremendo y en algunos temas elementos de Ableton Live, algún que otro sample pero no mucho.

PH: Sofía Roatta

—Y ya que nombraste el Nord Drum 3p, contanos cómo llegaste a incorporarlo y qué pétalos musicales se abrieron a partir de él.

—Mi encuentro con ese instrumento fue mágico. Como recién contaba, me permitió conjugar lo rítmico con notas, y fue un gran disparador. Cinco de las siete canciones del disco fueron compuestas con ese instrumento. Nico Pestarino, con quien grabamos el disco, una vez me prestó la suya y en unos días que la tuve compuse Regar. Luego la necesité. Ahorré y pude comprarme una. Y siento que me abrió muchos mundos posibles. Hoy por hoy toco con la Nord, con un bombo de batería en el pie derecho y estoy incorporando una parte de live set. Me encanta la búsqueda desde el set. Siento también que tiene aún jugo y partes que explorar, y luego también, por eso de los cambios constantes y mis ganas de ir haciendo cosas distintas, el set también seguirá mutando. Muy divertido todo.

—Este disco atraviesa las distintas emociones e invita a sentir con el cuerpo desde la danza. ¿Creés que nuestra imagen inicial resume esa danza, el movimiento y la contemplación que propone el disco?

—¡Re! Y lo siento un movimiento orgánico. La verdad es que me encanta el balance que encontramos entre el movimiento y las palabras, que en algunas canciones son pocas y también permiten ese movimiento.

—Y deteniéndonos en esa imagen hablemos del arte de tapa: ¿Quién o quiénes formaron parte de ese proceso creativo?

—El arte de tapa fue fruto de un montón de intentos y búsquedas, y de tapas anteriores. En ese proceso creativo participaron la artista Sofia Roatta, a quien le voy mostrando cosas que voy haciendo y opina y me gusta su gusto. Formaron parte del proceso también varias fotos que sacamos con ella y con Savia Flor, artista visual y conceptual (ahora también musical) de Olavarría radicada en La Plata, y también el pintor y músico Alejandro Sordi. Antes de hacer la tapa del disco hice algunas tapas que iban a ser para algunos temas que saldrían sueltos o como “adelanto” de disco. Finalmente tomé la decisión de sacar el disco entero y esas tapas no las usamos. En la portada usé una foto movida sacada con un rollo vencido de un malvón de mi tía, en el delta del Tigre. La encontré buscando en mi archivo de fotos analógicas (en la medida en que puedo tener rollos de foto me gusta siempre tener uno andando). Sobre la foto probé dibujar el título en un iPad, apareció el guiño oriental que había aparecido en otro trabajo creativo, y luego Sordi me ayudó entre mates a disponer los tamaños y disposiciones.

PH: Savia Flor

—¿Cuándo y dónde será la presentación de “Las flores y los frutos”?

—Ahora, el 17 de este mes, vamos a hacer una presentación en El Club Secreto, por Chacarita. Va a ser una puesta 360 en un lugar que nos permite proponer desde los olores hasta la decoración y la comida y bebida (que será temática). Es una invitación a bailar en patas. Se reserva por privado y ya van quedando muy pocos lugares.

—Para terminar, si pudiéramos completar ese recorrido de transformaciones viendo los frutos que se abren, ¿en qué lugares te gustaría sembrar las semillas de este disco? —La verdad es que estoy con muchas ganas de viajar y compartir música para bailar por distintos lados. Me encantaría recorrer desde conurbanos, pueblos y ciudades de Argentina, ir a otras provincias, me gustaría también ir en invierno al verano europeo (ya que le damos rienda suelta al deseo), me encantaría conocer México por ejemplo y tocar ahí, conocer lugares de Latinoamérica en general… o sea, viajar y tocar y conocer y conocer gente de otros lados y también generar cruces con otras músicas y músicos.

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Artes Plásticas

Leo Frino: “No hay que forzar, sino simplemente hacer y estar atento a cómo todo se va desencadenando”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

No hay límites. Las páginas se abren en los márgenes de todas las posibilidades. Cada mirada se detiene en los detalles, atraviesa formas y colores, toca las diferencias que nos unen. Ahí, en ese punto de contacto, “si mirás con atención”, nacen las palabras.

“Si mirás con atención” (Editorial El Ateneo), el nuevo libro del diseñador e ilustrador Leo Frino, llegó a nuestras manos y queremos compartirlo con nuestros lectores.

Con ilustraciones que ayudan a contar una historia de semejanzas y diferencias, de diversidades que nos hacen humanos, este proyecto integral atraviesa distintos escenarios y temáticas para hacer foco en los recursos que cada quien tiene a su alcance durante el proceso de la vida.

Contarte Cultura charló con el autor para conocer los detalles de su trabajo en la producción y diseño de esta obra.

—Mirar con atención es detenerse en los detalles, en las similitudes y en las diferencias que hacen al mundo abundante y diverso. Para comenzar esta charla hagamos foco en los protagonistas del libro “Si mirás con atención”, tu nuevo proyecto integral. ¿Qué hilos invisibles creés que conectan a todos tus personajes?

—La forma geométrica del triángulo debe ser el hilo que va conectando un poco todo. Luego, el hecho de que todos los personajes habitan y todas las situaciones (o casi todas) trascurren en este planeta.

—¿Cuál fue el disparador de la historia que reúne a estos “seres ilustrados” que se vinculan entre sí a través de las páginas de tu libro?
—El texto se fue dando un poco pensando y reflexionando sobre esta idea, que se puso de moda en el último tiempo, de la “meritocracia”. Esta falsa creencia de que si hacés mérito obtenés lo que te corresponde. Idea que no comparto pues, como trato de visualizar en el libro, no todas las personas parten desde el mismo lugar, ni tienen las mismas opciones o recursos. La vida es muy azarosa a veces y poco otras tantas, es decir, en muchas ocasiones damos por sentado cosas, pero es solo porque las vemos desde nuestra mirada. Deberíamos detenernos un poco y darnos cuenta de que, por ejemplo, alguien inventó la luz eléctrica y gracias a eso tenemos luz de noche apretando un botón que nos permite estudiar o trabajar cuando afuera hay oscuridad, o que tenemos fuego fácil con fósforos o en una hornalla y podemos cocinar más rápidamente. Son cosas que están desde que nacemos, pero que no siempre estuvieron ahí. Incluso, hoy en día hay lugares donde se dan situaciones o condiciones poco dignas. Y yendo un poco más, si visualizamos desde un lado económico o financiero, hoy en día una persona en Argentina tiene que hacer mucho más esfuerzo o dedicar más tiempo para obtener la misma plata (o recurso) que otra persona en, por ejemplo, Francia, Alemania o Canadá. Eso no parece pero condiciona, y ahí es donde critico esta idea de hacer mérito y ya, pues depende de donde hayas nacido, cómo, en qué condiciones te desarrollaste y que oportunidades te esperan. A veces no alcanza más allá del esfuerzo hecho y su posterior mérito correspondido. Ejemplos de esas distintas desigualdades invisibles hay miles, entonces, en torno a eso, fue saliendo la historia.

—¿Cómo fue el proceso de darles vida a esos personajes en los que se destacan los rasgos geométricos? 

—El proceso fue divertido porque inició como un juego. Tenía unos pájaros hechos con triángulos hace un tiempo, y un día volví a verlos y me dije “¿y si armo más?¿Cuántos podré armar?”, y así fui creando varios, cambiando un poco las formas, combinando colores, pero siempre como algo experimental, es decir, estaba en una búsqueda sin mayor ambición más que divertirme y jugar un poco. En un momento decidí que ya tenía muchas aves y empecé a armar personajes basados en animales terrestres. El desafío siempre fue el mismo, saliendo de un triángulo, hasta donde podía llegar con pocas formas, limitando un poco ese recurso y mayormente combinando colores. En un momento sentí que ya tenía bastantes y el proceso fue terminando en su primera instancia, que era la de explorar, abrir y recopilar.

—Los colores, las texturas y los tamaños también son protagonistas en esta historia, ¿creés que te ayudaron a contar?

—Sí, claro. Durante el proceso de crear fui armando varios personajes y casi sin darme cuenta tenía muchos, parecidos pero diferentes, y una historia para contar. Creo que debe haber habido un momento donde ambas cosas se cruzaron, es decir, tenía una historia sobre similitudes y diferencias y personajes parecidos, pero distintos entre sí. Me pareció que ambas cosas se potenciaban recíprocamente, desde el lenguaje, desde el concepto. Porque aparece esto que decía, a veces parece que tenemos ciertas libertades, pero también tenemos límites, parece que somos iguales, pero ves que somos distintos. Y esto lo veía en las ilustraciones y en el texto, era inevitable que se junten.

—Y en ese proceso también había que hacer espacio a las palabras, ¿de qué manera lograste esa fusión?

—La fusión se dio de forma natural. Cuando visualicé que esas ilustraciones encajaban en el texto, todo se fue abriendo para que la historia tome forma de libro. Ahí apareció la parte de diseño y editorial, que fue ir partiendo el texto en el formato libro y, en base a eso, revisar las ilustraciones que tenía, ver si había que generar nuevas, ajustar o modificar alguna, etc. En esta etapa el juego es menos, porque aparece la parte del oficio, de ponerse el overol y trabajar y trabajar, aunque, esto es lo lindo que tiene esta profesión, siempre nos da la opción de que el trabajo se haga de una manera divertida, todo el tiempo da lugar, en alguna parte, a jugar. Así que las cosas van apareciendo en el hacer, es como que no hay que forzar sino simplemente hacer y estar atento a cómo todo se va desencadenando y hacia dónde va yendo o decantando todo lo logrado.

—¿Con qué técnicas trabajaste para llevar adelante este libro álbum?

—Trabajé con ilustraciones geométricas, y de forma vectorial. Soy fan del Illustrator.

—La mirada y la atención son los ejes que sostienen el libro, hay que “mirar con atención” para ver los detalles que nos rodean. ¿En qué escenarios de la vida cotidiana te inspiraste para recrear tus escenas de ficción?
—En situaciones de la vida diaria, o personas y sus vidas diarias. Pero traté de no personalizar tanto, sino pensar en figuras colectivas: la gente que trabaja, que estudia, la que hace deportes, la que no, etc. Me gusta escalar, veo que es un deporte que aprovecha mucho las capacidades de cada persona: si sos flaco, está bueno porque sos liviano; si sos grandote, tal vez tenés más fuerza o resistencia; si sos alta, llegás alto o lejos sin tanto esfuerzo, pero movimientos cortos te complican; y si sos más petisa, al revés. Es como que no hay un ideal para practicarlo, sino conocer tu cuerpo, con qué recursos contás, y luego cómo los usas. En base a eso, vas a ir moviéndote de una u otra forma. Eso lo tenía presente todo el tiempo. Ese concepto de que todas las formas están bien y te van a llevar a destino si te conocés y sabés moverte.

—¿Quiénes colaboraron en el nacimiento de este libro una vez que tuviste la idea terminada?

—Cuando armo algo, siempre se lo muestro a Luli, mi pareja, que es el primer filtro fuera de mis ojos. Luego, el texto lo compartí con mis amigas Bar, Maricel, Martina y Vero, que fueron aportando correcciones de redacción y opiniones o pareceres. Todo eso fue súper útil y bienvenido, y me ayudó para pulir y ajustar el texto. Por último, el toque final se lo dio Marina, editora de El Ateneo, que hizo los últimos ajustes junto a la gente de la editorial. También, no menor y en el medio entre tener la propuesta terminada y la publicación con la editorial, apareció ADA (Asociación Argentina de Dibujantes) que generó un catálogo de propuestas editoriales para mostrar a editoriales en la Feria del Libro de Buenos Aires. Gracias a eso, pude dar a conocer la propuesta que finalmente se editó.

—Si pudieras elegir una palabra que resuma el espíritu del libro, ¿cuál sería y por qué?

—Supongo que sería “respeto”, por todas las otras personas con quienes convivimos. Respeto por quienes son distintas a cada quien, por sus historias de vida, por sus devenires. Conocer distintas realidades nos va a permitir tener mayor empatía.

—Para terminar, contanos qué caminos te gustaría que tome tu libro. —Sería buenísimo que pueda ser bien recibido y trabajado en escuelas. La intención del libro es que sirva para eso, para generar reflexión, debate, empatía. También, al tenerme como autor integral, me gusta que pueda circular por la mayor cantidad de lugares posibles, ya que así me permite mostrar no sólo mi ilustración, sino cómo pienso y veo el mundo.

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Propietaria/Directora: Andrea Viveca Sanz
Domicilio Legal: 135 nº 1472 Dto 2, La Plata, Provincia de Buenos Aires
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