Márgara Averbach: “El arte es un arma más para pelear por un mundo que no se destruya a sí mismo”

Por Andrea Viveca Sanz

Las letras ruedan verdades, crecen, se expanden y se convierten en palabras que Márgara Averbach es capaz de atrapar con sus manos para sembrarlas en historias o, tal vez, son las propias historias las que se siembran sobre ellas. Es en esa alquimia donde las fronteras se desdibujan, las imágenes se funden con las ideas y la magia es posible.

Habitada por los fragmentos que la vida le regala en detalles, la escritora se atreve a unir aquello que antes estuvo dividido para resignificarlo.

En diálogo con ContArte Cultura, la autora abre las ventanas de su vida y comparte sus vivencias en el camino de los libros.

—¿En qué momento sentiste que las letras serían parte de tu camino?
—Desde siempre. Creo que desde que mi vieja empezó a leerme en voz alta para calmar mis dolores de oído (terribles en la infancia y con un padre médico que no quería darme muchos calmantes). Ella me leía y para mí eso era un consuelo enorme, la salvación. Tengo un cuento al respecto: “Ujujá y los cuentos”, se llama. Desde ese momento, las historias fueron lo más importante para mí. En una familia de científicos, yo no quise nada con eso, es más, odié desde el principio todas las materias de ese lado, matemáticas, física, todo eso… Aprendí a leer como se hacía en mis tiempos: en primer grado (inferior, se llamaba). Y ese mismo año, con faltas de ortografía y demás, escribí un cuento para regalárselo a mi viejo, que cumplía años en septiembre. Un cuento horrible…, claro, imaginate… Creo que todavía lo tengo en alguna parte. Desde entonces, siempre, siempre escribí. Yo intercambiaba deberes con compañeros en la primaria. Hacía las composiciones de varios si alguien me hacía las cuentas… No tuve problemas de “vocación”, sabía que quería estudiar Letras desde sexto grado, o antes. Pero tardé años en publicar. Fue terriblemente difícil para mí. No sabía cómo hacerlo y hasta renuncié en un momento, no a escribir, pero sí a publicar. Después, escribí para chicos y a los treinta y pico gané el concurso de cuentos para chicos de las Madres de Plaza de Mayo… y ahí empecé. Seguí escribiendo para adultos también, pero me sigue costando publicar. Todo lo que publiqué para adultos fue porque gané algún concurso.

—¿Qué cosas de la vida cotidiana pueden convertirse en fermentos capaces de levar las palabras, con las que luego amasás cada una de tus historias?
—Todo. Yo creo que todo importa y todo es útil. Hay una obra de teatro de George Bernard Shaw en la que se burla de Shakespeare (no lo quería nada) y lo pinta con una libreta en la mano copiando las frases que dicen otros: “ser o no ser”, por ejemplo. Para mí, es una visión bastante exacta de lo que hace un escritor o una escritora de mi estilo. Estar siempre atentos, anotarlo todo, sacar ideas de todo, robar constantemente. Igualmente, creo que hay dos tipos de escritores en ese sentido: los que sacan temas e historias de los libros que leen (digamos, en otro nivel, Borges y los posmodernos) y los que, como yo, sacamos temas, ideas, historias de la vida, de los diarios, de lo que cuentan otros. Yo de los libros saco mucho, pero a nivel de recursos, de técnicas literarias. No me gusta la literatura que está basada en otro libro, que es el final de otro libro como el cuento “El final” de Borges que “termina” Martín Fierro. No me gusta eso como lectora. Me molesta en muchos sentidos y los autores que yo daba (y sigo tratando de dar cuando puedo) como profesora eran los que hacían lo que yo hago. También es una cuestión ideológica. No me gustan los libros que exigen lecturas previas para poder entenderse. Pero dentro de la vida, saco las cosas de muchos lados. Según qué cuento o qué novela, sé de dónde saqué cada cosa. Un ejemplo cualquiera: yo leí una noticia sobre la forma en que en Francia habían salvado a una especie de sapo en extinción haciendo un túnel para que cruzaran por debajo de una ruta (donde los aplastaban los autos) y pudieran pasar de una a otra laguna cuando iban a reproducirse (se reproducen siempre en una laguna distinta de la que conocen desde que son renacuajos. Con esa noticia, pero ambientada en Argentina, escribí un cuento que se llama “El camino es por abajo”. Y la historia tiene una vuelta de tuerca porque años después, mi hijo ya adulto, me mandó una foto de Australia con el título “El camino es por arriba” y el comentario “Mirá, mamá, como en tu cuento”. En la foto, se había construido un puente para que pasaran por ahí los cangrejos esquivando por arriba una ruta llena de autos. “Los que volvieron” viene de una noticia sobre desaparecidos en Melincué, no la cuento pero es muy conocida.

—¿Podrías contarnos cómo es tu espacio creativo?
—Creo que no, porque no tengo uno solo. Lo que tengo es uno preferido. La explicación está en que yo escribo la primera versión a mano, en cuadernos. Después la paso a la computadora, pero no puedo escribir de entrada en la compu, no me sale nada con el teclado. Necesito dibujar las letras, hacerlas a mano, en birome, si no, no me sale. Así que cuando me pongo a escribir (empecé lo que estoy haciendo ahora hace dos días, el 1 de enero, voy por la página 5, como mucho), escribo en todas partes: en el tren, en el colectivo, en la mesa de la computadora en mi balcón vidriado donde en general traduzco (uso solamente compu de escritorio, no tengo laptop, no las tolero, necesito el teclado ergonómico y grande para estar cómoda y tipear como tipeo durante horas cuando traduzco, porque traduzco novelas, libros enteros), en un café, en un escritorio antes cuando tenía que esperar que los alumnos hicieran un parcial en la Facultad o en Lenguas, etc. El mejor lugar, mi preferido, es en verano, la época del año que más amo, en malla, bajo los árboles, en una reposera, en la quinta que tenían mis viejos en Ezeiza, mirando el verde. Pero puedo escribir en cualquier parte. El cuaderno va conmigo a todos lados.

—¿Cuáles son los ingredientes que no pueden faltar en la cocina de un cuento?
—No sé, no lo pienso así, en esos términos. Pero digamos, con ese lenguaje, yo no los siento como “ingredientes” ni como “cocina”, por ahí porque no cocino nunca, cocina mi marido. La cosa es que yo escribo historias (no todos los escritores hacen eso). Para mí, tiene que haber una historia. Y lo segundo es que tiene que haber un lenguaje con densidad literaria. Para mí, hacer literatura es hacer literatura, es decir que no es contar solamente. Hay literatura y sobre todo literatura infantil que es historia y nada más, sin ningún trabajo linguístico. Para mí eso no es literatura. Así que tiene que haber historia y lenguaje literario. Cada cuento, cuando lo empiezo, gira alrededor de una idea en particular y la historia se me ocurre mientras lo escribo a mano, no antes (como hacía Liliana Bodoc). Yo no planifico ni los cuentos ni las novelas. Me va saliendo (si escribo a mano) una historia que habla del tema que yo tenía en mente. Y si me sale bien (tiré bastantes cosas porque no me gustó cómo quedaron), tiene que ser al final una buena historia en un lenguaje trabajado que grite el tema que yo quería describir.

—¿Cuáles son las fuentes de las que te nutrís para alimentar tus creaciones literarias?
—Creo que esto ya lo contesté. Yo tengo fuentes literarias para los recursos y fuentes de la “realidad” para los argumentos. Las de la literatura son de literatura de adultos (que estudié siempre como docente y que leo como lectora; casi no leo literatura infantil) y generalmente, son fuentes de literatura de los EEUU, que es la que me gusta. Y dentro de esa literatura, las de minorías, sobre todo la de los negros descendientes de esclavos y las de los descendientes de los habitantes originarios (lakotas, navajos, chippewas, inuits, y demás). Las historias las saco de la “realidad”, digamos diarios, experiencias que yo pasé, cosas que me cuentan otros, noticias en la radio, todo eso.

—En muchos de tus libros la naturaleza es la gran protagonista, ¿qué vivencias personales te llevaron a escribir sobre esa temática?
—Yo tengo dos temáticas principales (creo): una política (el poder, y la historia, la dictadura, que viví en carne propia; el 2001, etc) y una que tiene que ver con la relación seres humanos-naturaleza. Ese segundo tema me lleva muchas veces (no siempre, no fue así en “El agua quieta” ni en “El bosque del primer piso”) a escribir fantasía, escribir sobre un mundo que yo invento con mapa y leyes propias, un mundo donde hay magia. Creo que fue porque entre los dos y los cinco años, viví con mis abuelos en el campo profundo (sin luz eléctrica ni agua corriente, digo, campo campo) del norte de Santa Fe, cerca de Tostado. Amé ese lugar que para mis abuelos era bastante terrible porque era una tierra mala que costaba mucho trabajar. Pero a mí y a mi hermano nos mantenían a un costado y para mí fue el paraíso más absoluto. Aprendí a andar a caballo a los cuatro años. Después, a la edad de la escuela, vine a vivir a Banfield (seis cuadras de donde vivo ahora) con mis viejos (que antes me visitaban muy seguido en la casa de mis abuelos, cuando trabajaban los dos por eso me dejaban ahí y yo lo agradezco) pero volvía todos los veranos a Santa Fe, hasta que cuando tenía diez u once años, mi abuelo se enfermó y no volvimos más y el campo se vendió o se perdió, no sé muy bien. Yo amé todo ahí: los caballos, los perros, los sembradíos, hasta las serpientes que veíamos. Y ahora vivo en una casa y no en un departamento, porque no puedo vivir sin animales. He tenido muchos más que ahora, que tengo dos, una gata y un perro, y un hijo que estudia zoología. Para mí, la cuestión de nuestra convivencia con la Naturaleza es central para todos. Debería serlo porque nos estamos suicidando como especie. Y después, cuando estudié literatura amerindia estadounidense, vi que la visión del mundo de los amerindios (todos, también los de Sudamérica) tenía la solución de esa convivencia: no pensar que el ser humano vale más que todo lo que lo rodea, no pensar que es el único hecho a imagen y semejanza de Dios, sino que somos del mismo valor que cualquier animal, que cualquier árbol, planta, piedra, que el agua, que el planeta, que es el único dios en el que yo puedo creer. Valemos todos lo mismo y por eso no tenemos derecho a destruir la naturaleza. No estamos por encima de ella. Es ese tipo de visión del mundo el que trato de reflejar en mis libros de fantasía.

—¿Sentís que el género fantástico te permite sumergirte en mundos en los que te gustaría vivir?
—No. No es eso. Yo siempre fui lectora de fantasía (fantasía, NO ciencia ficción, que me interesa menos, aunque escribí “La charla” dentro de ese otro género) pero no me animaba a escribirla. Era un poco como con el policial, pero sé que no puedo escribir policiales. Soy una amante del ese género, pero mi manera de escribir, sin planificar, sentándome y dejando que todo salga de la birome, es imposible para el policial, donde hay que tener la cosa planificada desde el comienzo. Con la fantasía, en cambio, fue un grave error no escribirla desde el principio. Yo no lo havcía porque de alguna forma había dejado que los escritores estadounidenses de fantasía (Ursula K. LeGuin, Barbara Hambly, Lois McMasters Bujold, no sé, los que más me interesan son mujeres; nunca me gustó Tolkien) me convencieran de que no se podía escribir fantasía en castellano, una actitud muy, muy de aceptar el colonialismo cultural. Y después, pasaron dos cosas. Primero, leí a Bodoc, mi mejor amiga hasta el último febrero (la sigo llorando). Y ella era argentina. Segundo, hice una visita a una reservación guaraní en Brasil, en la ciudad de Vitoria y vi ahí lo que significaba tener una visión del mundo igualitaria entre seres humanos y naturaleza. Lo vi en lugar de leerlo (ya lo conocía bien, había ido a hablar de literatura amerindia estadounidense a Vitoria, como académica). No es lo mismo ver que leer (yo siempre digo que los libros son maravillosos pero la vida es el centro de todo). Y lo terminé de descubrir cuando fuimos a ver al cacique en un gran galpón sin ventanas y tomamos mate con él, que era todo un políglota; hablaba en castellano argentino conmigo, en guaraní con los suyos y en portugués con mis amigos de Vitoria, los que me habían llevado; estábamos sentados ahí y entraban y salían enormes tucanes por las ventanas, pájaros del bosque; tanto que una de las que nos acompañaba se puso molesta -la verdad, daba miedo- y preguntó “¿Por qué no cierran las ventanas con mosquitero?”, y entonces el cacique dijo en muy, muy pocas palabras la base de la visión amerindia del mundo: “Si cerramos las paredes, ¿cómo entran los pájaros?” preguntó, porque ahí se quiere, se desea que no haya paredes entre humanidad y naturaleza, se desea una relación con el resto del mundo no humano, el contacto directo. Cuando lo vi, repito, supe que tenía que escribir sobre esa forma de entender el mundo. Pero no podía, no puedo ahora ni voy a poder nunca, hacerlo con una literatura “realista” sobre los guaraníes o los lakotas. Eso sería apropiación, yo soy blanca y la historia y la forma de ver de esos pueblos solamente pueden contarlas ellos mismos. Yo soy europea de origen, no puedo hacerlo. Así que me di cuenta de que tenía que inventar un mundo mío con reglas que yo inventara, que copiaran un poco esa forma de ver las cosas. Y así empecé a escribir la “Historia de los Cuatro Rumbos”, mi saga. Eso me dejó hacer la fantasía, contar una forma de vida que sí existe en este mundo, pero transportada a otro por respeto. Igualmente, para mí toda fantasía habla de la Tierra como es ahora. No conocemos otra cosa en realidad.

—¿Es posible exorcizar las oscuridades de la historia, ya sea colectiva o individual, a través de la ficción?
—Yo no quiero exorcizar nada. Yo quiero describir esas oscuridades y hablar de la lucha contra ellas. Para mí (como para los escritores amerindios que estudio), el arte es una herramienta de lucha, un arma más para pelear por un mundo que no se destruya a sí mismo y que no destruya a otros, a los diferentes que tal vez podrían salvarnos a todos. Eso quiero hacer. Y por eso, no creo en una literatura con finales absolutamente oscuros, desoladores, terribles. Porque si la literatura es política (y lo es para mí, siempre), tiene que dejar abierto un camino, una esperanza. Si no, no sirve. Porque si decimos que no hay esperanza, entonces no vale la pena hacer nada. Por eso, estoy en las antípodas de la literatura de mi amigo Esteban Valentino. Mis libros siempre terminan con alguna luz. Nunca en completa oscuridad. Yo respeto a quienes creen que contar una historia absolutamente trágica es una forma de pelear políticamente, pero creo, con Howard Zinn, el historiador, que esa no es la mejor manera. En cuanto a lo colectivo o individual, mi literatura trata de ser colectiva porque esa es la salida. Trato de hacer personajes enteros, comprensibles, queribles u odiables pero humanos, pero intento que ninguno sea el protagonista, excepto en los cuentos muy cortos, donde eso es difícil. Lo mío se da en grupos, es coral casi siempre.

—¿Crees en la magia de las palabras que habitan en los libros?
—Sí, creo… Hay una batalla cultural que dar y yo trato de darla. Hay una autora amerindia estadounidense que yo amo, que amo profundamente. Se llama Leslie Marmon Silko y dijo en una entrevista que ella escribía porque era su mejor manera de hacer política. La literatura era una forma de defender su cultura (la cultura de los laguna pueblo) y el derecho de los laguna pueblo a la tierra que siempre fue de ellos, dijo, y explicó que ella no era buena para ser líder de un movimiento o terminar dirigiendo su comunidad. Solamente podía hacer política en la escritura. Yo hago eso también. Soy extremadamente política (es algo que me enseñaron mis viejos) pero no soy buena ni para militar ni para dirigir nada. Mi lugar para hacer política es la clase o la escritura. No me sale en ningún otro lado. Por supuesto, para que eso funcione, las palabras tienen que tener magia, tienen que ser literatura, no panfleto. Los autores que yo más amo leer (hablo de autores de adultos) hacen ese tipo de literatura y para mí, son mágicos. En ese tipo de magia, creo sí, sin duda.

—¿Hay alguna obra en camino por estos días?
—Sí, empecé hace dos días (al principio voy muy despacio porque no tengo más que una idea general, no sé quiénes son los personajes, no sé mucho sobre lo que viene y estoy muy insegura, tacho muchísimo). Es algo que tiene que ver con la defensa de las semillas no transgénicas del mundo. Digamos que algo contra las grandes compañías que creen que son dueñas de las semillas. No sé si va a llegar a alguna parte, pero surgió por algo que vi en las redes hace poco. Antes, terminé una novela (que presenté ahora a un concurso, pero creo que le faltaba un poco de corrección, lo hice sin tiempo, ya la corregiré después) que se llama “Menos miedo” y se refiere al bullying y a los diferentes, en este caso una nena que tiene dos madres en lugar de una madre y un padre. Veremos qué pasa con eso.

—Si tuvieras que sembrar un sueño, ¿en qué lugar lo harías y por qué?
—Yo trato de sembrar sueños míos cuando escribo (la convivencia pacífica y desjerarquizada entre humanidad y naturaleza, por ejemplo; la convivencia con igualdad entre seres humanos) y de sembrar sueños que comparto cuando enseño (los sueños de los autores que amo, digo, mayormente estadounidenses porque me dediqué a las minorías de ese país desde el doctorado, que terminé a los 33 años, más o menos; y a veces algunos latinoamericanos y africanos, a esos los metí en mis seminarios, no sé, Manuel Scorza, Adichie, Thomas King -que es canadiense-, Pauline Melville, de la Guyana…). Creo que eso es lo que hago, sembrar esos sueños en otras personas, alumnos o lectores.


Márgara Averbach

Nació en 1957 en la Ciudad de Buenos Aires. Es Doctora en Letras y Traductora Literaria. Enseña literatura de los Estados Unidos en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y traducción literaria en el Lenguas Vivas J. R. Fernández y en el Lenguas Vivas Spangenberg. Comenta libros en la revista Ñ y publica libros de ficción para chicos, jóvenes y adultos. Le gusta escribir libros que soñó y también reescribir en castellano los libros que otros escribieron en inglés, que es lo que hace un traductor. En ese rubro, ganó el Premio Conosur de Traducción de Unión Latina en 2007 y el Premio ALIJA a la traducción de literatura infantil en 2010 por “Erase una vez una vieja que tragó una mosca gris”. En 1992, ganó el Primer Premio del Concurso de Cuentos para Chicos de las Madres de Plaza de Mayo con “Jirafa azul, rinoceronte verde”, que fue así su primer libro; fue finalista del Premio Emecé en 2003 (así se publicó “Cuarto menguante”) y su novela “Una cuadra” ganó el premio Cambaceres de la Biblioteca Nacional 2007, publicada en Adriana Hidalgo en 2008. En 2011, recibió el premio “Maestra Latinoamericana de LIJ” del año de “La Hormiguita Viajera” de la CONABIP. Y en 2014, recibió el Diploma Kónex por literatura juvenil entre 2004 y 2014. Tres veces, recibió el Premio Destacados de ALIJA: por su novela juvenil, “El año de la Vaca” (2004), por su traducción de “Había una vez una vieja” (2010) y por su novela infantil “El agua quieta” (2016).

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