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Entrevistas

Mauricio Koch: “Cuando se rompen los planes, cuando el libro hace su voluntad, es maravilloso”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Existen silencios que lo abarcan todo, como si las palabras calladas vibraran por debajo de la superficie, del otro lado de las circunstancias, y pudieran nombrar lo que no se nombra y resonar sobre las emociones guardadas.

El escritor Mauricio Koch desliza su pluma por encima de esos silencios, deja que la tinta se precipite en palabras capaces de romperlo; con su voz llega a los espacios vacíos, se introduce en la monotonía de los paisajes y deja escapar a los fantasmas, tan sólo para que cuenten su historia.

En diálogo virtual con ContArte Cultura, el autor abre las puertas de su mundo creativo y adelanta algo de su última novela publicada por Obloshka: “Baltazar contra el olvido”.

—Para comenzar y como hacemos habitualmente para poner en movimiento la charla, vamos a poner en tus manos un objeto imaginario. En tu caso será un anillo cuyas características se despiertan en tu imaginación; en su interior gira una palabra circular. ¿Cómo percibís ese anillo, qué cosas podría decir de vos la palabra que contiene?
—Imagino un anillo muy modesto, hecho de madera de coco, pero que a mí me encanta porque me lo regaló la chica que los hacía, en una playa de Uruguay, hace muchos años. Adentro tiene pirograbada la palabra “arropar”, una palabra que en principio me sorprende, aunque me atrae por su sonoridad, y después empiezo a entender las claves que encierra. El gesto de arropar es de una enorme ternura. Creo que me enamoré de esa chica inexistente.

—¿Recordás cuál fue el primer cuento que escribiste y qué te llevó a esa explosión de palabras?
—No recuerdo cuál fue el primero, probablemente porque era muy malo y prefiero olvidarlo, pero sí recuerdo muy bien cuál fue el primero de mis cuentos con el que sentí que había logrado algo. Está en mi primer libro, El lugar de las despedidas, y habla de un suicida fracasado, un tipo que no quiere vivir más e intenta por todos los medios liquidarse, pero todo le sale mal. Tanto insiste, que termina perturbando la vida de la gente del pueblo, quienes finalmente se confabulan y arman un plan para ayudarlo a morir. Es un cuento de humor negro. Yo iba al taller de Liliana Heker y llevaba unos cuentos que mis compañeros criticaban mucho y volvía a mi casa muy bajoneado, pero cuando llevé ese la reacción fue muy distinta: no sólo se rieron –recuerdo que Liliana se reía a carcajadas–, sino que me elogiaron muchas cosas y me dijeron que siguiera explorando en esa línea. Con ese cuento algo se destrabó; a partir de entonces no digo que aprendí la técnica del cuento ni que me convertí en escritor, pero sí que empecé a escribir con otra soltura y a no buscar temas ajenos a mí, sino a profundizar en lo que conocía.

—¿Cómo lográs percibir la voz de un personaje de novela? ¿Qué rasgos de personalidad te resultan interesantes a la hora de elegir a los protagonistas de tus historias?
—La única forma que conozco de lograr la voz de un personaje es conviviendo con él. Quizá suene un poco absurdo, pero lo que quiero decir es que no hay que pensar en los personajes solo en el momento de sentarse a escribir sino en todo momento: pensar cómo reaccionarían frente a determinada situación, qué dirían, qué gestos harían. Me refiero a situaciones cotidianas, nada extraordinario. A los personajes hay que visualizarlos, imaginar sus hábitos, desde su manera de rascarse hasta su posición preferida al momento de dormir, aunque después nada de eso esté en el texto. Esas cosas ayudan (o, para no exagerar, me ayudan a mí) a darle dimensión al personaje, profundidad, matices. La vida de los textos está en los detalles, decía Nabokov. Y esos detalles solo se revelan cuando convivimos con nuestros personajes y, sobre todo, cuando no los manipulamos. En mi última novela, Baltasar contra el olvido, había dos características del personaje que desde el primer momento supe que iban a estar, que tenían que estar: el resentimiento y el trabajo con la memoria. El protagonista es un adolescente que está solo porque mataron a su madre, vive en un pueblo chico, se sabe con certeza quiénes fueron los asesinos pero la justicia no actúa. Mi personaje, Baltasar, tenía que estar rabioso, enojado con todo, desesperanzado, sin idea de cómo ir hacia adelante, por eso repasa lo vivido y, además, intenta preservar la memoria de su madre. Con esas características empecé a trabajar. Luego, durante el proceso de escritura, surgieron otros rasgos que me sorprendieron. El personaje terminó teniendo una sensibilidad que yo no sospechaba cuando empecé a escribir la novela. Cuando el personaje empieza a tomar decisiones, a tener vida, es cuando hay que dejarlo ser y es también lo que más se disfruta del oficio de escribir. Cuando se rompen los planes, cuando el libro hace su voluntad, es maravilloso.

—Tres cosas que sean fundamentales en tu lugar de escritura.
—Cierto desorden controlado, silencio, mate.

—¿Cuál es el hilo conductor de los cuentos reunidos en tu libro “El lugar de las despedidas?
—Hay varios, pero creo que predominan dos: por un lado, están los cuentos del descubrimiento de la ciudad, el joven del interior que se ve forzado, casi siempre por cuestiones económicas, a emigrar a Buenos Aires, con todo lo que eso implica en términos de incertidumbre, temores, búsqueda de posibilidades que no llegan. Hay en esa línea varios cuentos, La llegada, El presagio, En compañía de Brenda, donde narro la impresión que causa el primer día en la ciudad, los primeros viajes en colectivo, las falsas amistades, el desempleo, la distancia de los afectos. Y hay otra línea que son los cuentos del pueblo, muchos de ellos protagonizados por chicos, que narran los vínculos de familia, sobre todo la relación de esos chicos con sus tíos y tías; la figura del tío es muy importante en mi familia y en ese libro está muy presente. En esa línea están A la hora de las iguanas, Gregorio el indeciso, El suicida, El plan de Tomás. Esta línea y el pueblo como escenario es lo que predomina en lo que vino después.

—¿Cómo llegás a tu obra “Cuadernos de crianza” y de qué manera lograste poner en palabras tus vivencias como padre?
—No fue algo premeditado. El día que salimos de la maternidad y llegamos a casa con Gretel, escribí el primer texto. Un apunte breve que hablaba de esa sensación tan poderosa de tener a nuestra hija en casa. La acostamos en el catre, se quedó dormida y nosotros nos sentamos en la cama, a su lado, a mirarla en silencio. No nos dijimos nada, pero creo que tanto Karina, mi compañera, como yo pensamos lo mismo: que lo que estábamos viendo, si no lo era, se parecía mucho a un milagro y que era una responsabilidad de la que no teníamos idea aún. Una mezcla de felicidad y miedo muy grande. Después seguí escribiendo y me entusiasmé con la idea. Hacía poco había terminado el libro de cuentos y estaba trabajando en el primer borrador de Los silencios, y sabía que en esos primeros meses me iba a costar mucho escribir. Además, quería entregarme de lleno a la paternidad, era algo que habíamos deseado durante largo tiempo, así que decidí dejar la novela de lado y llevar un diario del primer año de crianza de Gretel, a modo de juego y para mantener cierto hábito de escritura. Después, ese diario se extendió hasta los tres años de nuestra hija y terminó siendo Cuadernos de crianza. Paradójicamente, creo que nunca escribí tanto ni con tanta disciplina como ese primer año.

—En “Los silencios”, tu primera novela, hay dos voces que se entrelazan, la de Andrés, el protagonista, y la del pueblo (Hernández) al que pertenece, ¿siempre supiste que ese pueblo sería un personaje más o sus palabras fueron creciendo durante el proceso de escritura y lo convirtieron en mucho más que un escenario?
—Tenía escrito un cuento que se llamaba Los silencios de la noche, estaba en segunda persona y empezaba cuando Andrés recibe un llamado telefónico de su padre en el que le dice que acaba de morir su madre, la madre de Andrés. Entonces Andrés viaja de urgencia al pueblo, al velorio, y cuando llega la noche se acuesta en la cama de su infancia y el silencio que lo rodea es muy distinto al de la noche anterior, y todo le parece una especie de sueño. El cuento narraba eso. Por otra parte, tenía un comienzo narrado en primera persona del plural, la voz de la gente del pueblo que una mañana se queda dormida porque el tren, su despertador de toda la vida, no pasó. Cuando entendí que esas dos historias eran en realidad una sola, nació Los silencios y se me dio la estructura, esa que alterna el punto de vista de Andrés con el punto de vista del pueblo. Y las características de éste, la estación del tren como núcleo, su fundación, la forma de las calles, las fiestas y los bailes, los personajes y los animales que orbitan y le dan vida a la estación, surgieron de esa confluencia.

—Estás presentando tu nueva novela “Baltasar contra el olvido”, también allí aparece la figura de un pueblo, con sus silencios y con sus murmullos, ¿qué nos podés adelantar de esta obra y de sus protagonistas? ¿Cuál fue el germen de esa historia?
—El germen es una historia real que ocurrió en Hernández, Entre Ríos, el pueblo donde crecí, hace 27 años. En septiembre de 1993 mataron, en circunstancias parecidas a las que cuento en la novela, a Flora Müller, un hecho que nunca se esclareció y por el que nunca hubo detenidos. Mi intención no fue hacer una crónica de ese hecho sino construir una ficción, con la voz del hijo mayor de Renata, que así se llama en la novela la mujer que matan, como protagonista. Me interesaba pensar cómo hace para seguir adelante un chico al que le pasa algo así, sobre todo cómo hace para convivir a diario con la injusticia, porque él sigue viviendo y cruzándose con los asesinos de su madre, que nunca son juzgados. Me interesaba la figura del hijo como víctima, de los que quedan vivos después de un femicidio, en este caso dos chicos, y analizar el comportamiento de la sociedad respecto a ese hecho. Una sociedad como suelen ser la de los pueblos chicos, que tienden a verse como sitios ideales para vivir, pacíficos, amables, solidarios, y al mismo tiempo uno lee los diarios y encuentra que la mayoría de los femicidios ocurren en lugares así. Ese contraste me interesaba poner en relieve. No quería señalar culpables sino analizar esos comportamientos y revisar las hipocresías.

—¿Hay nuevos proyectos en camino?
—Hasta ahora siempre hay, por suerte. Las ganas están intactas y nunca trabajo en un solo proyecto sino en varios a la vez que avanzan cada uno a su ritmo y según mis ganas y mis tiempos. Ahora no estoy escribiendo ficción sino tratando de sacar adelante unos ensayos sobre los signos de puntuación. Nada académico, sino con los signos como personajes y atravesados por el humor. Estoy probando, veremos si me sale.

—Para terminar, y volviendo a nuestro anillo del comienzo, ¿qué deseo te gustaría dejar girando en su interior?
—Mi deseo es que haya menos desigualdad social. Implica el compromiso de todos y sé que es un deseo que puede parecer un delirio, pero precisamente por eso, porque la brecha entre los que más y los que menos tienen es cada vez más grande, nos parece un delirio pedir algo que debería ser básico, vivir en un mundo menos injusto. Y que la vacuna contra el COVID sea eficaz y perdamos el miedo de abrazar a nuestros seres queridos.

2 Comentarios

1 comentario

  1. Yeyi lopez

    28/12/2020 a 16:28

    Hermoso Mauricio como todo lo qué escribes! Un abrazo fuerte. Felicidades my

  2. Grace

    29/12/2020 a 13:07

    Excelente reportaje. Gracias

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Gabriela Exilart sobre “Tierra herida”: “Me conmovió descubrir los niveles de deshumanización en que vivían los trabajadores”

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Por Andrea Viveca Sanz
Edición: Walter Omar Buffarini /

Situada en la Argentina de principios del siglo XX, “Tierra herida”, última novela de la escritora marplatense Gabriela Exilart, invita a recorrer los caminos de las piedras que servirían para adoquinar la Buenos Aires de aquellos tiempos.

Un recorrido doloroso para quienes trabajaban en las canteras de Tandil, dejando cuerpo y alma cada día: los picapedreros. Pero en ese ir y venir de las cosas cotidianas, algo se desordena por debajo. Es el choque de una piedra contra la otra, las fracturas cotidianas frente al abuso de quienes tienen poder. Es la rebelión de los que tienen hambre y buscan justicia. A pesar de todo, en las canteras nace una esperanza y entre el polvo y las turbulencias también crece el amor.

Para comenzar vamos a detenernos en la gran protagonista de esta novela: la piedra. Esa piedra que viaja desde las canteras de Tandil hacia Buenos Aires para adoquinar sus calles. ¿Cómo llegaste al escenario de origen y a hilvanar ese recorrido que va desde su extracción como recurso hasta su transformación final?

—Llegué a la historia de los picapedreros de casualidad, cuando estaba investigando para mi novela anterior, “El secreto de Azucena”. Me prestaron un libro sobre la historia de Tandil, donde podría encontrar material para abordar la matanza de Tata Dios, pero en lugar de eso encontré el mundo de las canteras. Me pareció un escenario interesante, poco explorado, que me permitía a su vez continuar con la vida de los mismos personajes treinta años después, en un contexto totalmente diferente. Seguir el recorrido de esa piedra desde el esfuerzo y la dinamita en los cerros de Tandil hasta el suelo que pisaba la aristocracia porteña, dos realidades opuestas en una Argentina en plena configuración.

—Y la piedra sin dudas fue un hilo conductor en la historia de tus personajes. ¿Qué fue lo que más te conmovió de la vida en las canteras y que te parece que les pudiste transmitir a esos personajes para que lo reflejaran?

—Me conmovió, como siempre me sucede cuando indago en nuestra historia, descubrir los niveles de esclavitud y deshumanización en que vivían los trabajadores. Es una constante que ya narré en otras novelas (“Por la sangre derramada, Napalpí”) y que acá se repetía: hombres trabajando sin las más mínimas condiciones de seguridad, jornadas eternas que no respetaban horarios, imposibilidad física de salir de la cantera para comprar en el pueblo, y el pago mediante una moneda inventada (plecas) que solo servía en los almacenes del patrón.
Traté que mis personajes convivieran de igual a igual con las figuras de la historia real, aquellos pioneros que alzaron la voz y formaron el primer sindicato, como Luis Nelli y tantos otros compatriotas. Tenía que mostrar esa asfixia cotidiana, la lucha de esos hombres, mujeres y niños.

—Hay una realidad social y económica que se va moviendo alrededor de lo que sucede en la Argentina de principios del siglo XX. ¿De qué manera trabajaste para lograr que esa realidad atravesara a tus personajes de ficción?

—Trabajé con testimonios que extraje de los documentos consultados. También pude acceder a anécdotas y relatos que me contó mi amiga, la escritora Ana Caliyuri, que vive en Tandil. Narré a los personajes desde adentro, desde el detalle cotidiano. Intento que mis novelas no sean libros de historia, sino que el lector sienta, se emocione, viva esas vidas mientras lee. Acá había que hacer sentir el polvillo de la piedra metiéndose en los pulmones, las detonaciones, las manos agrietadas, y también el olor de las cocinas, de la leña, las risas de los niños, y también los llantos de las mujeres. Los personajes de ficción sufren las consecuencias directas de esa realidad: el hambre real cuando se declara la huelga, el miedo a la represión de la policía que sube a los cerros a caballo, y la incertidumbre de no saber si el hombre de la casa va a volver vivo de la jornada.

—En esta novela aparecen mujeres muy fuertes que también ponen en movimiento las estructuras y costumbres de aquellos tiempos. ¿En qué espejos de la realidad crees que se podrían haber mirado tus mujeres?

—Se miraron en las miles de mujeres anónimas de los campamentos de las canteras, que muchas veces la historia oficial invisibiliza. Esas mujeres, muchas de ellas inmigrantes que ni siquiera hablaban el mismo idioma, compartían el lavado de la ropa, el miedo a perder a sus esposos o hijos, los dolores y la crianza de los niños en ranchos miserables. Se miraron en las mujeres que se enfrentaron a los rompehuelgas, las que les tiraron agua hirviendo, o se acostaron sobre las vías para impedirles el paso.

—”Tierra herida” invita a saltar en el tiempo a los personajes de tu anterior novela “El secreto de Azucena”. ¿Qué te llevó a invitarlos a dar ese salto para vivir el futuro treinta años después?

—Me había encariñado mucho con los chicos de “El secreto de Azucena”, y vi la posibilidad de continuar sus historias. Por eso también había hecho desaparecer a Prudencio, porque sabía que en esta novela iba a volver. Eran niños marcados por una infancia dura, cruel. Infancias de identidades robadas, padres asesinados. Infancias heridas. El salto temporal era un gran desafío, ¿en qué tipo de hombres y mujeres se habían convertido? ¿Cómo envejecían los que eran adultos? Era reconstruir sus vidas treinta años después.

—Y en ese futuro el amor se completa con la calma de otros tiempos. ¿Cómo fue el proceso de reconstruir esos vínculos que antes tuvieron otras formas?

—Fue un proceso de reencuentro muy profundo. Si bien los vínculos maduraron y tomaron formas diferentes con el paso del tiempo, en el fondo seguían conservando esa infancia común: los momentos compartidos en el pasado, los mismos miedos y las viejas soledades. El amor en “Tierra herida” se fue forjando de a poco, afianzando esos lazos sembrados años atrás, asentado en una base de confianza ciega. Me gustó muchísimo explorar y hacer crecer esos sentimientos que, con los años y los golpes de la vida se fueron desviando en algunos casos hacia el romance.

—Para concluir, si pudieras elegir una palabra que sintetice el espíritu de esta novela. ¿Cuál sería y por qué?

—Elegiría la palabra DIGNIDAD. Porque “Tierra herida” es, ante todo, un homenaje a los que no se arrodillaron. A pesar de la piedra, del aislamiento, del desamparo institucional y de la codicia de los patrones, lo que late debajo de la huelga y de las historias de amor de la novela es el reclamo universal de ser tratados como seres humanos, no como herramientas descartables. Es la dignidad del picapedrero que talla su propio destino con la misma fuerza con la que golpea la roca.

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“Vientos de libertad”, la gesta sanmartiniana en la nueva obra de Luis Carranza Torres

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Por Andrea Viveca Sanz /
Edición: Walter Omar Buffarini

Cruzar las fronteras del tiempo y del espacio, animarse, como si existiera una continuidad, un rumor de páginas que necesitaran volver a leerse.

Con una trama que pone la mirada en los detalles, en los paisajes interiores de los protagonistas, en el pasado, pero también en el presente y en el futuro, Luis Carranza Torres avanza, cruza sus propias montañas y da vida a una historia que se ramifica, un entramado donde las pasiones y el amor son protagonistas.

“Vientos de libertad” es la nueva novela del escritor cordobés, quien con sus letras lleva al lector a épocas de la gesta sanmartiniana, para adentrarse en algo más de lo que cuenta la historia.

— ¿Qué te llevó a elegir este renglón de la historia para invitar a tus personajes de ficción a vivir los hechos reales?

— Me gustan los momentos bisagra de la historia, y este período en que transcurre la novela lo fue para nosotros. Nunca es en vano recordar que la Independencia argentina se sancionó, a diferencia de muchas otras, en el peor momento posible. Sin recursos, derrotados nuestros ejércitos en el Alto Perú, amenazados por los cuatro costados por los españoles, los portugueses y los indios.  Nacimos, por tanto, en la esperanza, pero también por el coraje de no rendirse ante la adversidad. Eso es lo que busqué reflejar en la novela. Y es algo que sirve más allá del orgullo por nuestro pasado, en la vida diaria de cualquier persona. Se trata de la prehistoria, por así decirlo, de la Argentina que hoy conocemos. Cuando todavía ni nos llamábamos de esa forma.  A la par de la evolución de los personajes, existe también la de una sociedad que busca ser de otra forma, liberándose de muchas cosas. A partir de esa declaración de independencia, se produce un gran sinceramiento colectivo de lo que queríamos ser, y de lo que podíamos lograr solo con dos cosas: un liderazgo apropiado y la capacidad de esfuerzo que nos caracteriza individualmente, pero articulada en conjunto. La gesta del cruce de los Andes muestra a lo que podemos llegar cuando hacemos bien las cosas. 

— ¿De qué manera trabajaste para poner en palabras los escenarios naturales que recreás en los distintos capítulos?

— Me esfuerzo por poner atención a los detalles, esos que le confieren autenticidad a la trama. Cuando se estructura la trama, uno también va buscando el escenario para plantear determinada escena. Aquí, en “Vientos de Libertad”, no las determinan tanto los actos exteriores sino la interioridad de los personajes, que el paisaje esté a tono con lo que le pasa por dentro a quién protagoniza la escena. Fue eso lo que busqué plasmar. Te diría que aun con la presencia de una referencia geográfica de tanto peso como los Andes, la cuestión pasa más por los lugares culturales o sociológicos de ese tiempo: los espacios de sociabilización como la Alameda o la Plaza Mayor, las conversaciones en el río de las lavanderas, las sala de recibir de las casas, el cuartel militar como preparación para el cruce. Es algo que no busqué, se dio naturalmente. La cordillera está, pero a la vez no está y hay otras todavía más inmensas que sortear. A veces los libros te llevan a eso. A pesar de que he estado en los Andes de norte a sur, desde la puna al estrecho y hecho andinismo en la zona del Tupungato cuando era jóven. O quizás por eso, la presencia no es tanto física como simbólica. Los lectores decidirán (risas).

— Además hay otros escenarios que muestran la vida doméstica de José de San Martín junto a Remedios de Escalada. ¿Por qué te interesó hacer foco en esas vivencias cotidianas?

— La relación entre José de San Martín y Remedios de Escalada ha sido muy bastardeada, por usar una palabra de la época. Con ella, sobre todo, siempre invisibilizada y desmerecida injustamente. Fue Remedios una mujer excepcional, tan valerosa, rebelde y libre como la sociedad de su época podía permitir, e incluso algo más. Asimismo, mostró un compromiso personal y propio con la causa emancipadora, aun desde antes de conocer al Libertador, con la misma firmeza de carácter que luego tuvo en el manejo de los asuntos patrimoniales de la pareja, ya que fue ella quien administró todo mientras San Martín hacía sus campañas, teniendo incluso la plena patria potestad de la hija de ambos. Por extraño y hasta paradójico que parezca, bien podemos decir que la Remedios histórica es muy diferente de aquella que la historiografía nos ha pintado. Por su parte, José de San Martín es bastante más de lo que usualmente tenemos en consideración. Era un hombre ilustrado, curioso de casi todo lo que se movía a su alrededor, que leía mucho, en inglés y francés además del castellano. Tocaba la guitarra, cantaba bastante bien, pintaba cuadros de paisajes, sobre todo de la cordillera, era un apasionado del ajedrez y gustaba de las nieves de limón -antecedente de nuestro actual helado de ese gusto-. Creo que la frase que el Libertador pone en la tumba de Remedios ilustra bastante respecto de la relación que tuvieron: “Esposa y amiga del general San Martín”. Recordemos que él valoraba la amistad en un grado superlativo dentro de su escala de valores. Tanto uno como otro fueron personas adelantadas a su tiempo. Y que se atraían por compartir esos valores, sintiendo admiración mutua. Es lo que quise reflejar en la historia en cuanto a ellos. La relación de igual a igual que, a juzgar por toda la documentación fidedigna, tuvieron en un gesto inaudito para la época. Parecen más un matrimonio de nuestros días que de aquellos de 1816. 

— ¿Cómo se manifestaron en vos Sebastiana y Justo, los protagonistas de “Vientos de libertad”?

— Ambos son seres literarios por demás interesantes. Complejos, intrincados por dentro y por fuera, y hasta queribles aun en sus defectos. Él ya no puede ser en lo físico lo que sigue siendo en mente y alma: un soldado. Ella, un ser tan castigado por la vida, que termina por volverse una resentida con casi todos. Y el amor como prenda de unión, que da segundas oportunidades para ser feliz, pero también implica renuncias costosas. Si Justo tiene un brazo inútil, Nazarena lleva esas mutilaciones por dentro. Cada cual lidia con ellas como mejor puede, en tanto no deja de advertir que al otro le pasa igual. Para peor, ambos son terriblemente pasionales. En lo bueno y en lo malo. Particularmente, en el orgullo propio. Ninguno cede nada, a pesar de la atracción, del deseo o los fuertes sentimientos que se prodigan.  Cada cual quiere lo mejor para el otro, pero a su modo. Y cuando se desilusionan, es en grande. Con todos estos ingredientes, creo que la historia de Nazarena y Justo termina siendo una de las más pasionales que he escrito. Pero también, de las más sufridas e implacables. 

— ¿Hay algún personaje secundario que te gustaría destacar?

— La familia Buteler. La historia es verídica en sus líneas generales. Un irlandés que viene con el ejército inglés y se aquerencia al punto de no querer volver a su tierra y plantar raíces aquí. Algunos de los descendientes del Buteler histórico eran vecinos de mi familia en el campo, y de chico escuché alguna de las cosas que aparecen en la novela y me sirvió para darle forma a esa peculiar familia literaria. En cierto modo, es un homenaje a aquellas historias y a las personas que me las contaron. Así como a unos vecinos muy cercanos que tengo como parte de mi historia personal y considero, incluso hoy, como parte de mi familia ampliada. Además, “Vientos de Libertad” se trata de una de las novelas con más personajes secundarios que he escrito. Por lo mismo, se puede leer en varias líneas narrativas. Todas cruzadas por distintos tipos de amor: el de Goya y Tadeo, los esclavos de Nazarena, el apegado a las normas de Isabel y Eulogio, el pasional de Nazarena con Justo, el amor a la distancia entre Mariana y Tulio o el cómplice entre Remedios y José. A la par de eso, hay historias personales muy ricas en matices, como la de Goya, el mismo Tadeo, Mariana en Santiago de Chile o Isabel en Mendoza. Cada una por sus propias y muy particulares razones. 

— Vemos que uno de los personajes, Eulogio, lleva un apellido conocido de otras obras tuyas: López de Madariaga. Y que Isabel es una devota lectora de Jane Austen, sin mencionar a la autora. ¿Qué podés contarnos sobre eso? ¿Hay otro texto, quizás implícito, detrás del texto impreso de la novela?

— Son guiños de complicidad para los lectores que me siguen desde siempre. Eulogio es mencionado, ya anciano, en “Palabras Silenciadas”. Es, en sus años mozos como se diría en la época de la novela, el antepasado de la familia que desarrollé en la saga de la Segunda Guerra Mundial que inició con “Mujeres de Invierno”. Antes de llevar a cabo todo por lo que su familia lo recuerda. En el caso de Isabel, sus lecturas son una suerte de homenaje a lo que he visto o me han contado que leen muchas de mis lectoras. Y para recordar que clásicos de Jane como “Orgullo y Prejuicio”, por los tabúes de la época en la sociedad inglesa, se publicaron de forma anónima, sin más datos que su escritora era una mujer. Cosas como estas encajan de maravilla para pintar con un detalle a la sociedad de entonces. 

— Mientras todos ellos se preparaban para cruzar una frontera geográfica, vos ibas cruzando las barreras del tiempo para revivir aquellas escenas. ¿Qué fue lo que más te impactó de ese cruce temporal?

— La magnitud de lo que se hizo con muy pocos medios, pero usados muy inteligentemente. La libertad siempre tiene un precio e impone sacrificios. Ellos no dudaron en pagarlo, y por eso es que somos argentinos hoy en día. Tenemos una deuda con esos compatriotas que ya no están, es lo que quise reflejar en la trama de la historia. Otra de las cuestiones que me llamó la atención, y quise rescatar para dar cuerpo a la historia de la novela, es la tremenda preparación logística que implicó. No solo fue un cruce. Debieron llevar consigo todo lo que necesitaban para sobrevivir, desde la leña hasta el agua. Y combatir para apoderarse de las fortificaciones realistas que guardaban los pasos. Pero el éxito de todo dependía de mantener al adversario sin saber por dónde cruzarían. Que se revelara ese detalle hubiera ocasionado el desastre de toda la expedición, y esa es la idea movilizadora que estructura la historia.

— Has dedicado esta novela “a ese soldado argentino, sólo conocido por Dios” ¿Qué razones te movieron a poner esas palabras?

— Es una frase conocida en el mundo castrense. Refiere a aquellos que han caído en combate y no han podido ser identificados sus restos. Solo Dios sabe quién es y cómo sacrificó su vida. A veces ni tumba tienen. Hubo muchos en las guerras de la independencia, por no decir que fueron la mayoría de los caídos en esa época. Son los seres más anónimos de las batallas y guerras. Desde chico, cuando veía la llama votiva por el soldado desconocido de la Independencia a la entrada de la catedral de Buenos Aires, era algo, y lo sigue siendo hoy, que me sobrecoge. Cuando terminé de escribir la novela, supe que era a ellos que debía dedicarlo, para reconocerlos, tal como se hace en cualquier país que cuida sus valores cívicos.

— El viento siempre mueve cosas, ¿qué movilizaron en Luis Carranza Torres los vientos de la escritura de esta novela?

— La gratitud a aquellos que se sacrificaron para tener la libertad que, muchas veces hoy, usamos mal o, peor aún, nos resulta indiferente. Poder decidir nuestro destino es una gran cosa. No solo en lo individual, sino también como sociedad. Quise rescatar eso, pero también lo que entiendo como una paradoja curiosa y hasta cruel respecto del deber: hacer lo que entendemos correcto, implica muchas veces sacrificios muy personales. Y en el caso de los personajes de la novela, como el mismo José de San Martín lo habla con Eulogio, cumplir con el deber es alejarse de los que uno quiere y poner en riesgo de mil formas la propia existencia. Somos lo que somos colectivamente, entre otras cosas, por esos esfuerzos que se cuentan en la novela. No debemos nunca olvidarlo. Eso busqué transmitir, más allá de contar una historia vibrante en lo épico e intrincada y de suspenso también en cuanto a lo amoroso. 

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En primera persona: Nair Libonatti, escritora

La artista uruguaya habla de ella misma, de cómo llegó a la escritura y de su obra

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Sobre sí misma y su arte

Soy Nair Libonatti, mujer uruguaya de 69 años. Toda mi vida supe que podía escribir, sin embargo, al plasmar mis ideas en una hoja, el resultado no me era grato y terminaba rompiendo.

En el año 2019 una amiga me invitó a “algo” literario y fui. Resultó ser un taller y fue ahí donde comencé a escribir.

Pocos meses después llegó la pandemia, entonces, buscando recursos para mi nuevo despertar, entré en un grupo argentino de Facebook. En él compartíamos textos y comentábamos.

Un buen día me invitaron a participar en el Mundial de Escritura, al principio me parecía inalcanzable hasta que me animé y la experiencia resultó maravillosa.

Sobre su obra

He escrito algunos libros: “Historias del Caldero”, en conjunto con dos amigas, “Constelaciones”, libro que va por su segunda edición y “El Pata de Bolsa y otros relatos”. Estos dos últimos están presentes en la 49a Feria del Libro de Buenos Aires, en el stand de Uruguay.

Sobre “Constelaciones” puedo decir que es un libro fuerte, con historias bastante movilizadoras, es un intento de visibilizar algunas circunstancias.El Pata de Bolsa” es en tono más humorístico, un poco más distendido y coloquial.

Son libros de cuentos cortos, escritos individualmente y luego seleccionados para cada uno de los libros.

Su actualidad

Actualmente integro el taller “Ratones de biblioteca”, que funciona en la Casa de la Cultura de Minas, Uruguay, y algunas compañeras me acompañaron a la Feria del Libro de Buenos Aires.


Nair Libonatti junto a Andrea Viveca Sanz, de Contarte Cultura, en la 49º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

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