Mauricio Koch: “Cuando se rompen los planes, cuando el libro hace su voluntad, es maravilloso”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Existen silencios que lo abarcan todo, como si las palabras calladas vibraran por debajo de la superficie, del otro lado de las circunstancias, y pudieran nombrar lo que no se nombra y resonar sobre las emociones guardadas.

El escritor Mauricio Koch desliza su pluma por encima de esos silencios, deja que la tinta se precipite en palabras capaces de romperlo; con su voz llega a los espacios vacíos, se introduce en la monotonía de los paisajes y deja escapar a los fantasmas, tan sólo para que cuenten su historia.

En diálogo virtual con ContArte Cultura, el autor abre las puertas de su mundo creativo y adelanta algo de su última novela publicada por Obloshka: “Baltazar contra el olvido”.

—Para comenzar y como hacemos habitualmente para poner en movimiento la charla, vamos a poner en tus manos un objeto imaginario. En tu caso será un anillo cuyas características se despiertan en tu imaginación; en su interior gira una palabra circular. ¿Cómo percibís ese anillo, qué cosas podría decir de vos la palabra que contiene?
—Imagino un anillo muy modesto, hecho de madera de coco, pero que a mí me encanta porque me lo regaló la chica que los hacía, en una playa de Uruguay, hace muchos años. Adentro tiene pirograbada la palabra “arropar”, una palabra que en principio me sorprende, aunque me atrae por su sonoridad, y después empiezo a entender las claves que encierra. El gesto de arropar es de una enorme ternura. Creo que me enamoré de esa chica inexistente.

—¿Recordás cuál fue el primer cuento que escribiste y qué te llevó a esa explosión de palabras?
—No recuerdo cuál fue el primero, probablemente porque era muy malo y prefiero olvidarlo, pero sí recuerdo muy bien cuál fue el primero de mis cuentos con el que sentí que había logrado algo. Está en mi primer libro, El lugar de las despedidas, y habla de un suicida fracasado, un tipo que no quiere vivir más e intenta por todos los medios liquidarse, pero todo le sale mal. Tanto insiste, que termina perturbando la vida de la gente del pueblo, quienes finalmente se confabulan y arman un plan para ayudarlo a morir. Es un cuento de humor negro. Yo iba al taller de Liliana Heker y llevaba unos cuentos que mis compañeros criticaban mucho y volvía a mi casa muy bajoneado, pero cuando llevé ese la reacción fue muy distinta: no sólo se rieron –recuerdo que Liliana se reía a carcajadas–, sino que me elogiaron muchas cosas y me dijeron que siguiera explorando en esa línea. Con ese cuento algo se destrabó; a partir de entonces no digo que aprendí la técnica del cuento ni que me convertí en escritor, pero sí que empecé a escribir con otra soltura y a no buscar temas ajenos a mí, sino a profundizar en lo que conocía.

—¿Cómo lográs percibir la voz de un personaje de novela? ¿Qué rasgos de personalidad te resultan interesantes a la hora de elegir a los protagonistas de tus historias?
—La única forma que conozco de lograr la voz de un personaje es conviviendo con él. Quizá suene un poco absurdo, pero lo que quiero decir es que no hay que pensar en los personajes solo en el momento de sentarse a escribir sino en todo momento: pensar cómo reaccionarían frente a determinada situación, qué dirían, qué gestos harían. Me refiero a situaciones cotidianas, nada extraordinario. A los personajes hay que visualizarlos, imaginar sus hábitos, desde su manera de rascarse hasta su posición preferida al momento de dormir, aunque después nada de eso esté en el texto. Esas cosas ayudan (o, para no exagerar, me ayudan a mí) a darle dimensión al personaje, profundidad, matices. La vida de los textos está en los detalles, decía Nabokov. Y esos detalles solo se revelan cuando convivimos con nuestros personajes y, sobre todo, cuando no los manipulamos. En mi última novela, Baltasar contra el olvido, había dos características del personaje que desde el primer momento supe que iban a estar, que tenían que estar: el resentimiento y el trabajo con la memoria. El protagonista es un adolescente que está solo porque mataron a su madre, vive en un pueblo chico, se sabe con certeza quiénes fueron los asesinos pero la justicia no actúa. Mi personaje, Baltasar, tenía que estar rabioso, enojado con todo, desesperanzado, sin idea de cómo ir hacia adelante, por eso repasa lo vivido y, además, intenta preservar la memoria de su madre. Con esas características empecé a trabajar. Luego, durante el proceso de escritura, surgieron otros rasgos que me sorprendieron. El personaje terminó teniendo una sensibilidad que yo no sospechaba cuando empecé a escribir la novela. Cuando el personaje empieza a tomar decisiones, a tener vida, es cuando hay que dejarlo ser y es también lo que más se disfruta del oficio de escribir. Cuando se rompen los planes, cuando el libro hace su voluntad, es maravilloso.

—Tres cosas que sean fundamentales en tu lugar de escritura.
—Cierto desorden controlado, silencio, mate.

—¿Cuál es el hilo conductor de los cuentos reunidos en tu libro “El lugar de las despedidas?
—Hay varios, pero creo que predominan dos: por un lado, están los cuentos del descubrimiento de la ciudad, el joven del interior que se ve forzado, casi siempre por cuestiones económicas, a emigrar a Buenos Aires, con todo lo que eso implica en términos de incertidumbre, temores, búsqueda de posibilidades que no llegan. Hay en esa línea varios cuentos, La llegada, El presagio, En compañía de Brenda, donde narro la impresión que causa el primer día en la ciudad, los primeros viajes en colectivo, las falsas amistades, el desempleo, la distancia de los afectos. Y hay otra línea que son los cuentos del pueblo, muchos de ellos protagonizados por chicos, que narran los vínculos de familia, sobre todo la relación de esos chicos con sus tíos y tías; la figura del tío es muy importante en mi familia y en ese libro está muy presente. En esa línea están A la hora de las iguanas, Gregorio el indeciso, El suicida, El plan de Tomás. Esta línea y el pueblo como escenario es lo que predomina en lo que vino después.

—¿Cómo llegás a tu obra “Cuadernos de crianza” y de qué manera lograste poner en palabras tus vivencias como padre?
—No fue algo premeditado. El día que salimos de la maternidad y llegamos a casa con Gretel, escribí el primer texto. Un apunte breve que hablaba de esa sensación tan poderosa de tener a nuestra hija en casa. La acostamos en el catre, se quedó dormida y nosotros nos sentamos en la cama, a su lado, a mirarla en silencio. No nos dijimos nada, pero creo que tanto Karina, mi compañera, como yo pensamos lo mismo: que lo que estábamos viendo, si no lo era, se parecía mucho a un milagro y que era una responsabilidad de la que no teníamos idea aún. Una mezcla de felicidad y miedo muy grande. Después seguí escribiendo y me entusiasmé con la idea. Hacía poco había terminado el libro de cuentos y estaba trabajando en el primer borrador de Los silencios, y sabía que en esos primeros meses me iba a costar mucho escribir. Además, quería entregarme de lleno a la paternidad, era algo que habíamos deseado durante largo tiempo, así que decidí dejar la novela de lado y llevar un diario del primer año de crianza de Gretel, a modo de juego y para mantener cierto hábito de escritura. Después, ese diario se extendió hasta los tres años de nuestra hija y terminó siendo Cuadernos de crianza. Paradójicamente, creo que nunca escribí tanto ni con tanta disciplina como ese primer año.

—En “Los silencios”, tu primera novela, hay dos voces que se entrelazan, la de Andrés, el protagonista, y la del pueblo (Hernández) al que pertenece, ¿siempre supiste que ese pueblo sería un personaje más o sus palabras fueron creciendo durante el proceso de escritura y lo convirtieron en mucho más que un escenario?
—Tenía escrito un cuento que se llamaba Los silencios de la noche, estaba en segunda persona y empezaba cuando Andrés recibe un llamado telefónico de su padre en el que le dice que acaba de morir su madre, la madre de Andrés. Entonces Andrés viaja de urgencia al pueblo, al velorio, y cuando llega la noche se acuesta en la cama de su infancia y el silencio que lo rodea es muy distinto al de la noche anterior, y todo le parece una especie de sueño. El cuento narraba eso. Por otra parte, tenía un comienzo narrado en primera persona del plural, la voz de la gente del pueblo que una mañana se queda dormida porque el tren, su despertador de toda la vida, no pasó. Cuando entendí que esas dos historias eran en realidad una sola, nació Los silencios y se me dio la estructura, esa que alterna el punto de vista de Andrés con el punto de vista del pueblo. Y las características de éste, la estación del tren como núcleo, su fundación, la forma de las calles, las fiestas y los bailes, los personajes y los animales que orbitan y le dan vida a la estación, surgieron de esa confluencia.

—Estás presentando tu nueva novela “Baltasar contra el olvido”, también allí aparece la figura de un pueblo, con sus silencios y con sus murmullos, ¿qué nos podés adelantar de esta obra y de sus protagonistas? ¿Cuál fue el germen de esa historia?
—El germen es una historia real que ocurrió en Hernández, Entre Ríos, el pueblo donde crecí, hace 27 años. En septiembre de 1993 mataron, en circunstancias parecidas a las que cuento en la novela, a Flora Müller, un hecho que nunca se esclareció y por el que nunca hubo detenidos. Mi intención no fue hacer una crónica de ese hecho sino construir una ficción, con la voz del hijo mayor de Renata, que así se llama en la novela la mujer que matan, como protagonista. Me interesaba pensar cómo hace para seguir adelante un chico al que le pasa algo así, sobre todo cómo hace para convivir a diario con la injusticia, porque él sigue viviendo y cruzándose con los asesinos de su madre, que nunca son juzgados. Me interesaba la figura del hijo como víctima, de los que quedan vivos después de un femicidio, en este caso dos chicos, y analizar el comportamiento de la sociedad respecto a ese hecho. Una sociedad como suelen ser la de los pueblos chicos, que tienden a verse como sitios ideales para vivir, pacíficos, amables, solidarios, y al mismo tiempo uno lee los diarios y encuentra que la mayoría de los femicidios ocurren en lugares así. Ese contraste me interesaba poner en relieve. No quería señalar culpables sino analizar esos comportamientos y revisar las hipocresías.

—¿Hay nuevos proyectos en camino?
—Hasta ahora siempre hay, por suerte. Las ganas están intactas y nunca trabajo en un solo proyecto sino en varios a la vez que avanzan cada uno a su ritmo y según mis ganas y mis tiempos. Ahora no estoy escribiendo ficción sino tratando de sacar adelante unos ensayos sobre los signos de puntuación. Nada académico, sino con los signos como personajes y atravesados por el humor. Estoy probando, veremos si me sale.

—Para terminar, y volviendo a nuestro anillo del comienzo, ¿qué deseo te gustaría dejar girando en su interior?
—Mi deseo es que haya menos desigualdad social. Implica el compromiso de todos y sé que es un deseo que puede parecer un delirio, pero precisamente por eso, porque la brecha entre los que más y los que menos tienen es cada vez más grande, nos parece un delirio pedir algo que debería ser básico, vivir en un mundo menos injusto. Y que la vacuna contra el COVID sea eficaz y perdamos el miedo de abrazar a nuestros seres queridos.

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