Pablo Di Marco: “El buen escritor debe aprender a confiar en su mejor socio: el buen lector”

(PH: Victoria Aguiar)
Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Siempre es posible escapar, saltar hacia el lado blando de las páginas, correrse de los renglones cotidianos, reconocer los ángulos y las costuras, buscar el orificio de huida, como un ojal, como una coma en los caminos de la realidad para mirar la vida desde el otro lado de las palabras.

Justamente, para el escritor Pablo Di Marco la palabra es ese orificio de escape, la coma que pausa la realidad para arribar a otros mundos, el espejo que le permite desdoblarse y crecer en universos inventados, ser y no ser sus personajes, y leerse para ser leído.

En diálogo virtual con ContArte Cultura, el autor cuenta sus vivencias en el camino de las palabras y nos habla de sus novelas.

—Abrimos la puerta de esta entrevista y, como hacemos habitualmente con nuestros invitados, vamos a entregarte un objeto imaginario, en este caso una máscara, ¿cómo la percibís? ¿Qué vínculo podría tener tu máscara con la escritura?
—Me encanta que me ofrezcas una máscara. Me resultan misteriosas, tenebrosamente atractivas. La literatura está vinculada a las máscaras pues todo buen escritor debiera ser un gran mentiroso. En El escritor y sus fantasmas, Ernesto Sabato escribió: “Y sólo con máscaras, en el carnaval o en la literatura, los hombres se atreven a decir sus (tremendas) verdades últimas”. Adoro esta frase, debió haber sido el epígrafe de Tríptico del desamparo, no sé por qué la dejé de lado, tal vez lo agregue en alguna próxima reedición. ¿Cómo percibo la máscara que me entregás? En primera instancia me viene a la mente una máscara veneciana, tan sensuales, refinadas y a su vez aterradoras. Pero me resulta indistinto, lo único que me estremecería es que esa máscara sea idéntica a mi cara. No se me ocurre pesadilla mayor, ya que eso significaría que perdí mi capacidad de decir aquellas “tremendas verdades últimas”.

—Ahora sin máscaras, ¿recordás el momento o el lugar en el que la escritura se manifestó como un camino posible?
—Desde muy chico (once, doce años) tuve una certeza: de grande sería escritor. Pero cuando rondando los veinte me encontré con la oportunidad de lanzarme de lleno a la escritura se me vinieron todas las inseguridades encima, no me creí capaz, me sentí presuntuoso por querer intentar recorrer ese camino. Así que todas aquellas certezas de la niñez quedaron olvidadas. Hasta que varios años más tarde me sucedió algo extraño. Mientras leía Sábado, de Ian McEwan, tuve, de un segundo al otro, una repentina convicción: “Yo puedo escribir una novela”. Y escuchar esa voz fue descubrir que aquella certeza de mi niñez seguía viva.

¿Creés que se escribe para no olvidar?
—Sí. Es más, en la solapa de la edición argentina de Las horas derramadas agregué unas líneas que dicen: “Escribo para recordar, para entender, para escapar”.

—¿Cómo nacen y se transforman los personajes en vos durante el proceso de escritura? ¿Cambia algo de tu vínculo con ellos una vez que son parte de los lectores y del mundo que les creaste?
—Cuando comienzo la escritura de un libro sé bien desde dónde parto e intuyo hacia dónde voy, pero suelo dejar espacios libres en el medio que voy descubriendo en el camino. Y es durante ese recorrido que los personajes ganan espesura, se enriquecen y adoptan una voz definida. Y por supuesto que todo esto que te digo se amalgama durante las revisiones posteriores. Eso sí, una vez que el libro se termina intento desprenderme de ellos. Es cierto que las entrevistas y las presentaciones te vuelven a conectar con la historia y los personajes, pero intento alejarme, o por lo menos mantenerlos a distancia. Escribir una novela me lleva varios años de trabajo, y durante esos años convivo con mis personajes con la misma intensidad con la que convivo con mi hijo. Por lo tanto, una vez que el libro se termina, preciso apartarme de ellos para poder conectarme con los personajes del libro que vendrá.  

—Contanos cómo surge tu novela “Las horas derramadas” y qué fragmentos cotidianos te ayudaron a tejer esa trama.
—Un sábado a la medianoche fui a ver una obra basada en la vida de Moliére, en una salita de teatro oculta en el sótano de la Iglesia de La Merced. Atravesé caminando la zona bancaria (que a esa hora se parece mucho a un planeta abandonado) y, tras golpear el portón de la iglesia, me recibió una monja. Cuando le respondí que venía por la obra de teatro, me respondió con voz crujiente: “Si quiere pasar, pase. Pero no creo que vengan más espectadores; es más, ni siquiera creo que vengan los actores”. Entré. Adentro de la iglesia hacía aún más frío que afuera, unos gatos negros maullaban de modo espantoso y la chica que me acompañaba me rogaba que por favor huyamos ya mismo de ahí. Y yo… yo estaba fascinado, quería que ese momento fuera eterno, todo lo que me rodeaba me parecía fantástico. Ahí mismo empecé a imaginar Las horas derramadas.

—Si pudieras elegir una imagen y una palabra que representen a tu libro “Tríptico del desamparo”, ¿cuáles serían y por qué?
—La palabra es “Venecia”. Y la imagen que me viene a la mente es la ciudad inundada, algún antiguo palazzo medieval con sus muros tan señoriales como carcomidos de moho, intentando vencer al tiempo. 

—¿Qué nos podés contar de tu novela “Cuando éramos tres”?
—La terminé de escribir hace seis meses. Sucede en Buenos Aires durante 1955, y gira en torno a dos chicas y un chico de veinte años que abandonan a sus padres y se van a vivir juntos. Una de las chicas es Alejandra Pizarnik. Es una novela que me entusiasma, parece que verá la luz en 2021.

—¿Después del punto final de cada trama hay realmente un final o preferís que cada lector complete la historia?
—Los finales abiertos no me parecen un recurso sino una carencia. El desenlace de un cuento o novela no es responsabilidad del lector sino del autor. Esto que te digo pareciera una obviedad, pero no está de más recordarlo en estos días de escritores medio vaguitos. De todos modos, el buen escritor debe aprender a confiar en su mejor socio: el buen lector. Y el buen lector sabe bien qué hacer con lo no dicho, con lo susurrado, con las insinuaciones e invitaciones sutiles que el escritor esparce entre las hojas del libro como migas de pan en el camino.

(PH: Gisela Lifchitz)

—¿En qué proyectos estás trabajando en este “tiempo quieto” que nos toca atravesar?
—Tras terminar Cuando éramos tres me tomé unos meses libres en los que me dediqué de lleno a revisarle textos a otros autores. Y ahora estoy comenzando a sentar las bases de lo que será la segunda parte de, precisamente, Cuando éramos tres.  

—Para terminar, te invitamos a tomar la máscara del comienzo para dejar sobre ella un deseo relacionado con las palabras.
—Volvería a aquella frase de Sabato que te dije al comienzo, a aquella posibilidad que nos otorgan las máscaras a los escritores de poder lanzar con impunidad tremendas verdades últimas. Supongo que miraría a la máscara (intentando disimular el miedo que me despiertan sus ojos huecos), y le pediría que no me abandone, que me regale la posibilidad de poder contar una historia más. Por favor, una última historia más.

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