Patricia Lobos: “Soy una pampeana privilegiada de haber logrado interpretar en versos lo que por años se reclamó”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Hay palabras que viajan en el agua, el río arrastra los deseos del paisaje y es testigo de su historia. El paisaje sumerge sus formas, como si se alargaran por debajo para recuperar las voces, para sostener la memoria de aquello que permanece escondidos entre las piedras del cauce seco.

Patricia Lobos, docente, escritora y narradora, tuvo una infancia cargada de voces, un viento fértil que la condujo por el camino de narración. Tal vez por eso, pudo escuchar lo que el paisaje tenía para contar. Quizás por eso atravesó sus dolores y dio vida a una historia en la cual se refleja la problemática de un río como el Atuel, que se quedó sin palabras.

En diálogo con ContArte Cultura la autora pampeana cuenta sus vivencias en los senderos de la narración y el compromiso.

—La imaginación nos permite jugar, por eso te proponemos que, en esta primera parte de nuestro encuentro virtual, recibas en tus manos una carta imaginaria. Dentro del sobre las palabras se mueven inquietas sosteniendo un recuerdo de tu infancia que te representa, ¿cuál sería? ¿Hay en esas palabras de infancia un comienzo en tu camino de escritora?

—Precisar un solo recuerdo resulta difícil, esta invitación me arrimó al terreno del fondo de mi infancia y me encontré hamacándome en el único parquecito de mi pueblo, inventando alas que “de cuenta” me hacían tocar el cielo, tapando mis muñecas, antes de ir a dormir, para protegerlas del frío. Pedaleando por el camino de la panadería vieja, intentando tragarme todo el viento con mi bicicleta verde, esquivando los bichos bolita y asustando las mariposas en las esquinas de esa siesta, donde se formaban charcos interminables. Sentí el ruidito de las gotas que me empapaban aquella tarde, con la última lluvia de verano y esa noche en que, desvelada, fantaseé imposibles que nunca se cumplieron, pero me ayudaron a seguir, me parece, hasta escuchar bailar mis sueños mientras todo se movía lentamente. Seguramente todas esas vivencias pusieron letra a mi camino de escritora, como también los cantos que me invitaban a dormir, cantos que tenían que ver con mis orígenes, que me llevaban a viajar a lugares remotos, en busca de vaya a saber qué. Haber nacido en un pueblo tan chiquito de La Pampa significaba para mí hallar, enseguida, un puerto de partida y de regreso de la mano de los cuentos, leyendas, poesías, pequeños versitos. Tuve una niñez rodeada de voces, giros idiomáticos y costumbrismos que pusieron la literatura ahí, en los modestos hechos cotidianos. Mis abuelos, con sus vivencias, me abrieron un agujerito al mundo de la fantasía para mí, de recuerdos para ellos. Y mi papá también. Creo que él nunca supo cuánto me regalaba con su manera particular de decir, de contar.

—¿Quiénes fueron las personas que abrieron tus caminos de letras?
—Como decía, mis abuelos, mis padres, mis tíos, mis primeros docentes, mis mejores amigas, los amores, mis hijos, mis alumnos, que tienen identidad claro. Pero hubo alguien que me abrió la ventana al universo de las letras, me puso adelante la maravilla de las metáforas, de los recursos literarios, de la importancia de la diferencia entre la palabra dicha a la escrita. Ese, mejor dicho, esa alguien, ya no está sino dentro mío, en mucho de mi esencia como escritora, se llama Irma Zanardi.

—¿Cuándo sentiste que era el momento de empezar a escribir lo que vibraba a tu alrededor o dentro tuyo?
—No puedo determinar un momento concreto, sí tengo el recuerdo de inicios a partir de ciertas rebeldías y sueños, utópicos, de querer cambiar algo de la realidad. El disparador pudo haber estado relacionado a mis ganas, aún latentes, de pretender hacer del mundo un lugar más agradable, posible, primero para uno y luego para todos, de hecho, siempre refiero que “escribo para salvarme”.

—Hay muchas maneras de contar una historia, vos elegiste la palabra escrita pero también los títeres para acompañar tu narrativa, contamos cómo nacieron y cuál es tu vínculo con ellos.
—La elección no fue exclusiva de la palabra escrita, lo mío es abarcativo a lo sensorial o lo sensoperceptivo. Yo me nutro de lo que encuentro a mi alrededor, ese es mi insumo básico para contar. Los títeres fueron un recurso que descubrí a partir de mi profesión como docente de apoyo a la inclusión, un vaso comunicante que encontré para acercar la literatura a los niños. Con los títeres me retroalimento, ellos mismos dicen cosas y me posibilitan descubrir nuevas y sorprendentes sensaciones que me terminan alimentando de ese “algo más” o “bonus” que, creo, tenemos todos los que nos identificamos como narradores.

—¿Qué vivencias, en tu camino como docente, enriquecen tu voz como narradora?
—La práctica, impulsada del propio quehacer docente, me da la posibilidad de ser quien soy. La profesión es gran parte del bagaje que cargo en mis valijas. El otro aporte lo hacen los propios niños, ellos devuelven en mí el punto de partida a caminos que me retornan a mis inicios, donde afloró la creatividad y la sorpresa del descubrimiento de lo que acontece.

—¿Dónde nace el primer murmullo de tu libro “Cuento que suena a río”?
—Precisamente, de los títeres. Jugando y respondiendo a preguntas de los chicos apareció la historia, que para los pampeanos no tiene nada de cuento. Porque el libro, aunque sea un cuento, carga dentro suyo el reclamo histórico de una provincia que literalmente desaparecer un río y con él a miles de habitantes del agreste oeste pampeano. El libro fue, es y será un eslabón más en la larga cadena que clama por el regreso.

—¿Cómo llevaste adelante el proceso creativo de esa obra que toca el tema de la problemática hídrica del río Atuel?
—Yendo al propio lugar, hablar con la gente, nutrirme de la profusa información preexistente, pisar la tierra seca por donde antes pasó el río me permitió saber y describir a partir de allí poder describir. Pero hubo algo más, y estuvo en haber tenido el privilegio de llegar en el preciso momento que la vecina provincia que administra a su antojo el recurso, hizo una suelta que volvió a darle vida a la zona. Ver y escuchar a los pobladores relatar que donde hoy es un desierto antes hubo abundancia natural, resultó el gesto final para intentar traducir en palabras, y medio como jugando, la necesidad de continuar reclamando por nuestros derechos constitucionales. Es decir, soy una pampeana privilegiada de haber logrado interpretar en versos, poesías y cantos lo que por años se reclamó. Haber estado en el lugar donde se gestó tanta letra resultó, a mi modo de ver, el punto inicial de este libro.

—Y de qué manera lograste dibujar con tus palabras los escenarios del cuento.
—Escuchando relatos de los puesteros, de los trabajadores, de los encargados de los campos, de aquellos que cuidan en esa lejanía las tierras que son de terratenientes extranjeros. Ellos fueron, son y serán eternos transmisores orales de las circunstancias y penas, Percibiendo de ellos las sensaciones que emanan de la propia tierra, las voces acompasadas de sus decires, la tristeza de los paisajes, de la inmensidad y, por qué no, de la majestuosidad espacial, donde se escucha hasta el sonido lejano de una rama quebrando o el canto de la calandria.

—¿Cómo fue el trabajo conjunto que tuvieron que llevar adelante con la ilustradora Cecilia Molinuevo para lograr la síntesis de la obra terminada?
—No fue fácil, confieso, Duró casi un año, el desafío pasó porque Ceci lograra con su pensamiento y profesionalismo, interpretar el contorno de un caldén, percibir el ruido del agua al pasar, la astucia de los zorros, de las comadrejas. ¿Cómo hablarle y describirle eso a una porteña?, pero Ceci pudo, y eso habla de su compromiso y sabiduría. De allí al buen resultado hubo sólo un paso.

—¿Qué proyectos tuyos están en movimiento por estos días a pesar de las circunstancias que atravesamos?
—A veces de las circunstancias surgen huellas, como decimos en La Pampa. Retomé, por invitación de ellos, un hermoso contacto virtual con algunos países centroamericanos a los cuales visité en esta tríada literaria-narradora-cuentera. Conversatorios y narraciones online, festivales poéticos, todos con centros culturales y universidades. Además de seguir escribiendo, ya que tenemos con Ceci Molinuevo un proyecto a medio concretar.

—¿Cuál sería el sueño que te gustaría guardar en nuestra carta del comienzo?
—Quiero volver a subirme a la calesita del parque de mi infancia y sentarme en el asiento que tenía la chapita. Enfrente, mi amiga Roxana, para equilibrar el balanceo. En un costado Silvana, y en el otro Betina. Girar muy fuerte con ellas para caer en cualquier lado. Mientras nuestras carcajadas se enredan entre las hojas secas de un otoño de cielo rosado.

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