Paula Tomassoni: “Me gusta trabajar el silencio; es, probablemente, lo que justifica todo lo que está escrito”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Existen silencios que revelan, palabras sumergidas incapaces de manifestarse, voces dormidas, un mutismo incómodo, que se deja arrastrar por mandatos arraigados, como si fueran una mancha imposible de borrar.

Paula Tomassoni es una artesana de los silencios, trabaja en esos huecos sin palabras para amasar un vacío que se expande y define, para mostrar las sombras y las fisuras, por las que ascienden lentamente sus historias, hechas de fragmentos cotidianos.

La escritora platense dialogó con ContArte Cultura para compartir sus vivencias en el mundo de la literatura.

—Si pudieras elegir la fotografía o la imagen indeleble que te represente, ¿cuál sería y por qué?
—El río Epuyén. Voy a ese rincón exacto del río al menos dos veces al año. Vivo casi a mil ochocientos kilómetros y cada vez que llego me acerco a mirarlo a modo de saludo. Y busco marcas de su transformación en el tiempo que estuve lejos: que la última crecida se llevó el árbol de enfrente, o que trajo uno de más arriba que quedó enganchado entre las ramas de un laurel. El agua se va abriendo camino entre la tierra y la va cambiando de forma. Roba un poco de acá, un poco de allá. Descubro los nuevos contornos. Pero vuelvo ahí año a año, desde hace muchos, y es el río de siempre. Guarda los chapuzones del verano, su capacidad de enfriar una botella de vino (y de llevársela si te descuidás), su transparencia infinita, su arrullo. Tiene un modo muy eficaz, agitando las aguas traslúcidas, de esconder sus secretos. Puedo quedarme horas tratando de descubrirlos entre remolinos. Hay un martín pescador que llega todos los días cuando empieza a salir el sol. Calculo que no siempre es el mismo, así que debería decir “siempre hay algún martín pescador que aparece cuando cae el sol”. Son muchos, pero parecen el mismo. Todo lo que cambia en ese rincón del río para mí es indeleble, porque lo que cambia no es más que una muestra visible de lo que permanece.

El río Epuyén

—¿De qué manera se despertó tu interés por la palabra?
—Tengo una relación muy particular con las palabras. Tengo recuerdos de cuando era muy chica, de palabras que me llamaron la atención. Siempre fui muy distraída y sin embargo recuerdo palabras que me daban curiosidad. Palabras cualquiera. Me acuerdo por ejemplo una vez que estaba jugando con mis primos en el patio. Hacía rato era de noche, había bajado la temperatura, pero corríamos y saltábamos y no queríamos saber nada de meternos a la casa. En un momento salió mi mamá y nos dijo que entráramos, que hacía frío. Yo me acordé de una frase que había escuchado decir a los grandes y que me encantaba. Listo, era el momento de usarla: “Al contrario”. Mi mamá y mi tía se empezaron a reír, nos abrigaron a de prepo diciendo “¡que al contrario ni al contrario!”, y, divertidas por la ocurrencia, nos metieron a la casa. Me dio mucha bronca entonces, pero tengo imágenes muy vívidas de ese momento, de esas personas, en torno a esas palabras mal usadas. Recuerdo también palabras y frases que me quedaron de lecturas. De chica yo leía vorazmente. Horas y horas. Historietas de Mafalda y el Pato Donald. Me las compraban y las leía enseguida, así que no me quedaba otra que releerlas hasta que me compraran la siguiente. Mil veces. Con algunos libros me pasaba lo mismo. Entonces, una vez corrido el apuro de saber la historia, me detenía en las palabras, en los modos. Algunas frases las recuerdo todavía de memoria.

—¿Cuáles son los posibles disparadores de una historia?
—Cualquier cosa puede disparar una historia. Una palabra, una persona, un olor. No sabría explicarlo exactamente. Muchas veces se acerca alguien a decirme “tengo una historia para vos”, y me cuenta algo increíble, pero a mí no me pasa nada con eso. Se parece un poco al amor, es como una atracción inexplicable. Pueden venir con el cuento de la historia perfecta y resulta que no, pero cuando escuchás o ves o leés eso que sí, el relato está ahí, aparece, casi que se impone.

Leche merengada

—¿Cómo surgió la idea de tu primera novela “Leche merengada”? ¿Qué fue lo que más disfrutaste durante su proceso creativo?
Leche merengada es mi primera novela, no solo publicada, sino escrita. Su proceso total, desde la primera idea hasta su última versión, duró tantos años que ni yo puedo creerlo. Por supuesto no fueron años de trabajo regular, pero la novela siempre estuvo ahí, agazapada. La primera escena que recuerdo haber escrito era en la casa de uno de los tíos muertos, Mariana era más joven y escuchaba el ruido de dos tortugas apareándose. Creo que ese había sido el disparador: haberme enterado que las tortugas son amantes ruidosas. Desde allí fue tirar y tirar y tirar del hilo, por un laberinto inexplicable que resultó la novela que terminé finalmente escribiendo, sin tortugas ni coitos. En el caso de Leche merengada, lo que más disfruté del proyecto creativo fue estarla escribiendo, porque fue un texto que abandoné muchas veces, y con él a la idea de escribir ficción, por muchas causas. Por eso cada vez que volvía y avanzaba, aun cuando avanzar era tachar todo lo que había hecho la última vez, me sentía en proceso, por un lado, de la novela, pero también de mi formación como escritora. Y eso me daba felicidad. En los últimos años, cuando el texto tomó forma, o más precisamente la forma que tiene ahora, la trabajé en el taller de Selva Almada y Julián López. Esa cosa que tienen los talleres. El ida y vuelta a la novela bajo la mirada de Selva y Julián, pero también de escritoras y escritores que admiro como Marcelo Carnero, Vanina Colagiovanni y Luciana Czudnovski. Esos recuerdos me dan nostalgia. Ya sobre el final, fue hermoso el trabajo de edición con Ana Rocío Jouli. Algunos de sus consejos los sigo usando, diría sin temor a exagerar, todo el tiempo.

Indeleble

—Hablemos de “Indeleble”, ¿recordás cuál fue el punto de partida?
—Indeleble surgió a partir de una noticia de España durante la crisis del 2011. El gobierno había informado que ejecutaría las propiedades con deudas hipotecarias. Un hombre, ante la desesperación de quedarse él y su esposa sin casa, se suicidó. Al día siguiente, a causa de la cantidad de personas que perderían sus viviendas si se ejecutase la medida, el gobierno la dejó sin efecto. Lo primero que pensé fue en la muerte innecesaria: si hubiera demorado un día su decisión, no se habría matado. Pero enseguida pensé en la mujer, y en el hombre dejándola sola en ese momento difícil. Y quise escribir ese relato. La ubicación en Argentina y el vínculo con la historia local surgieron de un modo un poco espontáneo. Como si hubiera sido exactamente esa, la de Maine en Buenos Aires en esa época, la historia que tenía que contar.

—¿Cómo construiste a los protagonistas y qué te gustaría destacar de ellos?
—Los personajes fueron apareciendo a medida que la historia se desarrollaba. En el caso de Maine y Ricardo, yo quería que no tuvieran características exageradas o muy particulares. De algún modo responden a un estereotipo, al lugar común del matrimonio. Son producto del marco social que es, en todo caso, el que los construye. Ricardo suele ser recibido con mucho rechazo entre lectoras y lectores: muchos lo odian. Yo no lo odio, creo que es el resultado y a la vez el exponente de un modo de ver la vida del que tenemos que hacernos cargo. Maine me genera por momentos empatía y por momentos un profundo rechazo. Pero tampoco me enoja. El personaje de Julia fue una alegría para mí, porque empezó casi como una necesidad narrativa, alguien de la familia que acompañara a Maine, y me terminó sorprendiendo. Me divertía mucho cada vez que Julia aparecía en escena.

—¿Qué elementos fueron fundamentales a la hora de dibujar con tus palabras los escenarios de la novela y el contexto socio político que elegiste para la historia?
—Recordar y también investigar un poco. Para la parte del relato que sucede a fines de los noventa traté de reconstruir recuerdos de lo cotidiano: la revistita del supermercado, el programa de Lita de Lazari, la pizzería en la ciudad balnearia, etc. Para diciembre del 2001 reconstruí los hechos históricos y también recopilé algunos testimonios de amigas y amigos, compañeras y compañeros que estuvieron en la calle ese día. Otra parte importante de la investigación fue tener algunas charlas con un familiar que trabaja en un banco para poder reconstruir la historia del dinero.

—Hay entre los renglones un silencio que revela, ¿buscaste ese efecto para invitar a los lectores a completar lo que se calla?
—Me gusta trabajar el silencio. Es, me parece, el momento de diálogo con quienes leen. Probablemente, lo que justifica todo lo que está escrito. Creo que escribir es también ocultar, y pienso que mucho de lo que se construye a partir de lo que no se dice es lo más potente de la novela.

—¿Estás trabajando en una nueva obra?
—En este momento estoy trabajando con una novela y un cuento. La novela ya lleva un tiempo, va creciendo y descreciendo -que en literatura, para mí, es parte del crecer- de a poco. Estoy entusiasmada con eso. El cuento lo empecé este verano y también avanza buscando su forma.

—Contanos acerca de tu ciclo de lecturas “Hasta que choque China con África”
Hasta que choque China con África es un ciclo de lectura de narrativa que empezó en marzo de 2016. Lo pensamos con Francisco Magallanes y Verónica Luna, del colectivo Malisia, para cubrir algo que creíamos una vacante en la ciudad de La Plata: lecturas con narradores. Hacemos un encuentro cada dos o tres meses, y desde hace algunos años, el final se da en el marco de la Feria Edita. Es un ciclo que quiero mucho. Me hace muy feliz ver el modo en que ha ido creciendo a lo largo de estos años y cómo se ha ido instalando y convertido en una propuesta seductora para los que nos gusta leer. Pasaron casi sesenta autoras y autores ya, leyendo sus textos. Que el escritor o la escritora que admirás se siente a leerte un relato de su autoría me sigue pareciendo una experiencia hermosa y desopilante.

—¿Un deseo que te gustaría compartir con nosotros?
—¿Un deseo? Que el abrazo que no podemos darnos se transforme en un campo de energía que proteja a los barrios populares de este virus que llegó en aviones que no pueden tomar. Que se reparta mejor la riqueza. Que sobrevivamos todas y todos y podamos abrazarnos, con las pibas y los pibes, las viejas y los viejos, en un gran pogo sudoroso y vencedor.

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