“Sola en el bosque”, un libro de Magela Demarco que nos ayuda a enfrentar los miedos

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini

Hay árboles que se convierten en fantasmas, en monstruos imposibles de evitar, voces que se apagan en la densidad de un bosque oscuro.

Hay silencios detrás de los árboles, en el sitio donde habitan los fantasmas, en el lugar de los recuerdos, en las voces que se despiertan sobre el silencio y son lágrimas que se pierden entre los aullidos del lobo.

Hay lobos en el bosque y las palabras los ahuyentan, por encima de las lágrimas.

Magela Demarco ha atravesado el bosque y sus silencios, ha recorrido los caminos del miedo para dar vida a una historia en la que las palabras y las imágenes se atreven a vencer al lobo feroz.

En diálogo con ContArte Cultura, la escritora comparte sus vivencias en la escritura de su tercer libro “Sola en el bosque” de la editorial Brujita de papel.

—Hay imágenes que hablan, que desprenden palabras escondidas, calladas, ¿cuál sería la imagen que elegirías para presentar “Sola en el bosque”, tu último libro?
—Todas las ilustraciones que hizo Caru son muy impactantes y reflejan muy bien las sensaciones de esta situación, pero hay una que muestra la sombra de una persona con cuerpo humano y rostro de lobo que se asoma a la puerta de una habitación en penumbras adonde está la niña protagonista del cuento. Este hombre/lobo tiene atrapado por las orejas, colgando de una de sus manos, al conejito de peluche de la niña. Esa imagen podría resumir el libro entero.

—¿Cuándo surgió la idea de escribir esta historia?
—Con Caru nos conocimos hace alrededor de cinco años cuando la contacté para que ilustrara mi libro Mi amigo el mar. Con el tiempo nos hicimos amigas y nos dimos cuenta que no había sido casual ese encuentro. A medida que nos íbamos relacionando más, fuimos viendo que teníamos vivencias en común. Como dice Enric Corbera, “resonábamos” juntas. Y una de las cosas en las que resonamos fue en esto de haber vivido ambas situaciones de abuso sexual. Al tiempo, comencé a cruzarme con varias compañeras que habían sufrido lo mismo, o mucho peor. Una de ellas es muy amiga en la actualidad, a quien quiero y admiro mucho por su fuerza, su coraje, su valentía y el inmenso trabajo interno que hizo para poder reponerse de las situaciones terribles que vivió, y que te llevan una vida. De hecho, hay mujeres que se llegan a suicidar por no poder soportar ese pasado que te vuelve y te azota mentalmente, una y otra y otra vez. Las secuelas psíquicas de un abuso son devastadoras. Por eso la quiero nombrar, porque fue, y lo sigue siendo, una gran maestra en mi vida y una gran amiga. Toda mi admiración y mi amor para vos Yani. Además, es pintora, artista y hace unos murales geniales y, aunque hace ya más de dos años que vive en Colombia, adonde está embelleciendo y transformando las calles con su arte, todavía hay varias paredes de Buenos Aires que albergan sus dibujos. 

—Hablanos un poco más sobre lo que une las páginas de este libro.
—La historia toca la temática del abuso sexual infantil y la violencia familiar, esta última para mí también es un tipo de abuso. Porque las niñas y niños a su corta edad no se pueden defender de padres, madres, familiares o adultos cercanos maltratadores. No tienen herramientas. Son pequeñas y pequeños indefensos. Por eso, ahora que existe la Ley de Educación Sexual Integral y que es obligatorio aplicarla en los colegios, es sumamente necesario que se comience a trabajar en ese ámbito sobre estas problemáticas; articulándolo con el Estado para detectar y también para prevenir estos abusos que les terminan costando tan caro a la psiquis de chicas y chicos, y brindando herramientas concretas legales, de atención y contención psicológica y emocional a las niñas y niños que padecen estos abusos.

—¿Cómo llevaste adelante, junto con Caru Grossi, el proceso creativo en el que las imágenes y las palabras dialogan para abordar un tema que nos atraviesa como sociedad?
—Uno de los tantos dones de Caru es su inmensa capacidad de transformar en imágenes poéticas las palabras. Así que yo no intervine para nada en sus creaciones. Lo que sí habíamos tenido fueron muchas charlas previas sobre nuestras experiencias vividas en torno al abuso que luego, de una u otra forma, se van repitiendo a lo largo de la vida. Tal vez no necesariamente con tinte sexual –o sí–, pero que se siguen arrastrando en distintas formas de abuso. Y esto es algo con lo que toda persona abusada tiene que seguir trabajando durante toda la vida para poder modificar. Porque esa situación deja una huella, una estela, un camino pre marcado que hay que aprender a desandar para poder crear nuevos caminos, nuevos rumbos, libres de todo tipo de abusos. Quien sí nos asesoró fue el equipo de profesionales del Servicio de Salud Mental del Hospital Materno Infantil San Roque de la ciudad de Paraná, Entre Ríos. Específicamente la licenciada en Psicología Luciana Andrés y el licenciado Emanuel Nesa,  jefe del Servicio de Salud Mental de ese hospital. Lamentablemente, ellos tratan con estas problemáticas todos los días. En mi caso, trabajé codo a codo con ellos cuidando las palabras y teniendo en cuenta las personas que debían estar presentes en el cuento. Así, en lugar de ser la mamá a quien la niña recurría a pedirle ayuda en mi cuento original, se modificó por algo más general y que permitiera más opciones de acción para las chicas y chicos que leyeran el cuento, ya que no siempre existe una madre a quien poder acudir o si bien existe no es la persona más indicada para pedirle auxilio.

—¿De qué manera creaste con tus palabras los escenarios necesarios para hablar de aquello que tantas veces se calla?
—La historia tiene pocas palabras. Porque todo lo demás está dicho en las imágenes. Y la temática está tocada de forma un tanto metafórica. Por eso hay un lobo y hay una casa que se transforma en “bosque oscuro y peligroso” cuando casi todas y todos se van a trabajar. El final de la historia tiene un anclaje que no voy a develar.

—¿Quiénes son los protagonistas y cómo trabajaste sus rasgos físicos y psicológicos?
—Elegimos que la protagonista sea una niña, porque decidimos hablar desde nuestra propia experiencia, desde lo que nos había ocurrido a nosotras en nuestra infancia y preadolescencia. Sufrir abuso deja marcas. Algunas son tangibles a primera vista y otras no, pero las secuelas se van a manifestando a lo largo de nuestras vidas. Y también, porque si bien los niños y adolescentes varones también son abusados, según un informe de septiembre de 2016 de la Organización Mundial de la Salud una de cada cinco mujeres y uno de cada trece varones han declarado haber sufrido abusos sexuales durante su infancia. Es decir, se da con más frecuencia en las niñas.

—El bosque y el lobo son dos figuras que invitan a recorrer el camino del miedo para trascenderlo, ¿cuáles fueron sus propios caminos para trascender el miedo y animarse a esta ficción que sin dudas puede ayudar a muchas personas?
—En mi caso mi camino fue el de hacer mucha terapia, muchas lecturas espirituales y literarias, muchos cursos de autoayuda, rezar mucho, ir a misa, soy una católica creyente del siglo XXI, con todas las amplitudes mentales que eso implica, o sea, he hecho registros akáshicos, talleres de chamanismo, meditación. Creo que una tiene que buscar su propio camino para la sanidad. Hay quienes lo encuentran respirando, otros haciendo ejercicio, natación, terapia, no hay una manera, el recorrido es personal. Y la llegada de mi hijo Tobías, mi gran maestro, que no tengo ninguna duda que me lo mandó Jesús, me ayudó a profundizar en este trabajo interno. En la autovaloración, este ir tras tus sueños, tus anhelos, en tratar de ser ejemplo y ser coherente en el decir y el hacer… En fin, mi gordo me vino a traer todo lo lindo a mi vida y más.

—¿Creés que la ficción en general puede despertar a las palabras o a las emociones dormidas en el silencio?
—Sí, los cuentos son disparadores. Las historias abren mundos a chicas, chicos y grandes. Uno puede resonar con ellas. Me gusta mucho la palabra resonar. En este caso, la historia habilita a que las niñas y los niños puedan hablar sobre estos temas que siguen siendo silenciados, que siguen siendo tabú, porque en su mayoría ocurren en su entorno familiar o en su círculo íntimo. Pero también habilita a hablar de las cosas que nos dan miedo, de las “personas lobo”, que no necesariamente son abusadoras, pero que sí generan temor por su tono de voz autoritario, por sus modos poco amorosos. El miedo es un sentimiento fundante que nace con nosotros. Hay miedos atávicos que vienen desde el comienzo de la historia, miedos que acarreamos de nuestros antepasados. Así que siempre es bueno poder hablarlo, ponerlo en palabras y trabajarlo.

—Para terminar, tomemos la imagen del bosque, qué deseo te gustaría dejar allí para tus lectores.
—Quiero decirles que cuando sientan que viven dentro o que están caminando por un bosque oscuro y tenebroso del que les parece que no van a poder salir, no paren de caminar. Sigan. Y van a ver que a lo lejos va a haber un claro en el bosque. Van a dejar de ver las copas de los árboles que tapan la luz y van a comenzar a vislumbrar un cielo celeste. Caminen. Caminen. No paren. Pidan ayuda. Traten de hablar con alguien a quien puedan confiarle sus miedos, sus angustias, sus problemas. Puede ser mamá, papá, una abuela, una amiga, alguna vecina, una maestra, la directora, la portera del colegio, alguien que ustedes sientan que los quiere bien y los va a escuchar y ayudar. Y si una persona a quien se lo contaron no pudo hacer nada, pídanle ayuda a otra, y así hasta encontrar a esa que los ayude. Los bosques espesos se desvanecen, busquen a alguien que los tome de la mano y los auxilie para llegar a ese claro del bosque, a esa casa calentita, con almohadones, llena de flores y mariposas.

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