
Textos para escuchar
Flaco – Carlos Donatucci
Fernando Bravo lee Flaco, un cuento de Carlos Donatucci
¿Qué viento borró tus manos dejando tantas guitarras huérfanas de caricias, de acordes sólo imaginados por tu mente incansable, por tus dedos sedientos de armonías imposibles?
Ana no dormirá nunca más, desvelada, esperando que tus pasos resuenen augurando tu llegada. Maribel caerá en un profundo sueño, ya que la vida carecerá de sentido para ella. Las manos de Fermín quedarán vacías para siempre, extendidas en una súplica infructuosa. Laura no irá a ninguna parte. Guardará su valija gris y la sed de su espera no podrá ser saciada por las aguas de todos los ríos del mundo.
Los ojos de papel de aquella muchacha serán cegados por un mar de llanto para nunca volver a ver, incapaces de retener tu imagen a través del velo del olvido. Las golondrinas de Plaza de Mayo no volarán por un tiempo, guardando un respetuoso luto.
¿Quién elevará ahora una plegaria para todos los niños dormidos en tantas calles frías, solitarias? por los niños condenados, por los niños que escriben en el cielo, niños que nacerán sin conocerte, sin entenderte. El viento se llevará todas las hojas consigo, dejando los árboles desnudos, desprovistos de todo verdor.
Tu espíritu se fue, tu alma de diamante ya no brilla más. Tu corazón, cual durazno sangrante, será ahora capaz de cantar con el lenguaje del cielo.

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El origen de la risa – Andrea Viveca Sanz

Andrea Viveca Sanz lee su texto El origen de la risa
Una tarde de lluvia, de marea alta, de peces lejanos, de espuma furiosa y vientos helados la luna fue testigo de un acontecimiento especial. Ella guardó entre sus cráteres el secreto que mucho tiempo después revelaría.
Un pez pequeño, de color amarillo intenso, logró ingresar al mundo de una ostra y ambos disfrutaron de ese encuentro casual. Tan contenta estaba la ostra que sus valvas se abrieron deseosas de emitir palabras. Lo que no fueron palabras fueron gestos y entre esos gestos se gestó la risa que con los días fue tomando forma de perla, brillante y nacarada.
Desde entonces, acunada por las aguas y escondida entre las rocas, la risa habita en un grupo de ostras perlíferas.
Fue así que se convirtió en la gran sanadora de los mares. Las ostras abrían sus bocas para mostrar su presencia. Había que estar atentos para verla y tomarla.
Cierto día, la risa quiso salir del agua. Un hombre, primitivo y sereno, la tomó prestada y la guardó en su boca. Desde ese momento anda escondida en los dientes humanos buscando aflorar.
Cuando los labios se abren para dejarla salir ocurre el milagro. Otras bocas imitan el gesto y todas dejan salir a la risa que todo lo cura, que todo lo perdona, que es sabia, fresca y eterna.
La risa se esconde en nuestras almas, se duerme en nuestras bocas, se hermana con las palabras y los gestos y, si nosotros la dejamos, fluye como una luz que todo lo ilumina.
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El Atajo – Adolfo Bioy Casares

El atajo de Adolfo Bioy Casares, leído por Osvaldo Bazán
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Arañas – Eduardo Galeano

Eduardo Galeano lee su texto Arañas
Pasito a paso, hilo tras hilo, el araño se acerca a la araña. Le ofrece música, convirtiendo la telaraña en arpa, y danza para ella, mientras poquito a poco va acariciando, hasta el desmayo, su cuerpo de terciopelo.
Entonces, antes de abrazarla con sus ocho brazos, el araño envuelve a la araña en la telaraña y la ata bien atada. Si no la ata, ella lo devora después del amor.
Al araño no le gusta nada esta costumbre de la araña, de modo que ama y huye antes de que la prisionera se despierte y exija el servicio completo de cama y comida.
¿Quién entiende al araño? Ha podido amar sin morir, se ha dado maña para cumplir esa hazaña, y ahora que está a salvo de su saña, extraña a la araña.





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