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Literatura

Una mujer en sus propios términos

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Por Luis Carranza Torres (*)

Brigitte Anne-Marie Bardot definió una época, un estilo de mujer. Desafió convenciones establecidas. Erró, acertó, cambió modas y estilos. Con ideas propias, se compartieran o no, le dio la espalda a ese mundo que la había encumbrado como ícono para vivir en sus propios términos.

Su belleza abrumadora, que la llevó a la fama del cine y los medios, también la condenó a muchas cosas. Pero nunca pudo quebrar su férrea voluntad de vivir en sus propios términos.

Nació en París el 28 de septiembre de 1934 en el seno de una familia acomodada,  creció bajo una educación estricta. Su formación inicial fue como bailarina en el Conservatorio Nacional de Danza. Allí heredó la postura, la gracia y ese movimiento desinhibido que más tarde cautivaría a la cámara. Se inició como modelo, siendo portada de Elle a los 15 años.

Fue con la película ‘Le Trou normand’, en 1952, donde comenzó su andadura en el cine. Dos años después protagonizó su primera película en Estados Unidos junto a Kirk Douglas con el filme ‘Un acte d’amour’. Pero fue su encuentro con Roger Vadim, un genio perverso quien sería su primer marido y el arquitecto de su imagen pública, la llevaría a estar delante de las cámaras de filmación como símbolo sexual.

El estreno de Et Dieu… créa la femme en 1956 no solo se trató de un éxito cinematográfico; implicaba no pocos quiebres respecto de paradigmas ya establecidos. Su escena bailando descalza sobre una mesa es uno de los momentos más eróticos de la historia del cine y representó el nacimiento de la mujer moderna, libre y dueña de su cuerpo.

Brigitte pasó a ser conocida mundialmente como “BB“, representando un estilo de vida libre, que iba desde el uso del bikini a la pasión por la forma de vida de la Riviera Francesa en Saint-Tropez. En apariencia, despreocupada y glamorosa. A principios de los cincuenta escandalizó a la industria del cine al posar en biquini en Cannes. 

Pronto se habló del “Estilo Bardot”: ropa que dejaba los hombros al descubierto (hoy llamado escote Bardot), los pantalones capri y el cabello voluminoso con efecto despeinado.

Por algo, en mi novela “Los Extraños de Mayo” cuando la rebelde Adéle quiere lucir atractiva, le copia a B.B. su estilo.  

Simone de Beauvoir escribió sobre ella un famoso ensayo en 1959 titulado “El síndrome de Lolita”, en donde resumió como pocas su esencia: “Ella no es ni una mujer ni una niña; es una criatura del instinto. Su libertad es tan real que resulta aterradora para una sociedad que vive de apariencias.”

Para muchos, demostró que tenía dotes actorales en “La verdad” (“La Vérité”) de 1960, un drama judicial dirigido por Henri-Georges Clouzot (el “Hitchcock francés”) donde interpreta a una joven juzgada por el asesinato de su amante. La película pone en duda la moral burguesa que juzga a una mujer por su libertad sexual.

Su película “El desprecio” (“Le Mépris”) de 1963 es considerada por muchos críticos como su mejor trabajo actoral y una obra maestra de la Nouvelle Vague. Dirigida por Jean-Luc Godard, interpreta a Camille, la esposa de un guionista que empieza a despreciarlo durante el rodaje de una película. El filme es una reflexión sobre el cine y la belleza. La escena inicial, donde ella le pregunta a su marido si ama cada parte de su cuerpo, es legendaria por su composición visual y uso del color.

Por su parte, “Vida privada” (“Vie privée”) de 1962 es casi una película autobiográfica en donde se narra la intimidad de una estrella de cine que es acosada en su vida constantemente por los fotógrafos y el público, perdiendo su identidad. 

“¡Viva María!” (“Viva Maria!”) en 1965 no solo fue superproducción de aventuras y comedia que la unió a otra grande del cine francés como Jeanne Moreau, dirigidas por Louis Malle, sino que resulta de interés por su tono feminista temprano y por ser una de las primeras películas en mostrar a dos estrellas femeninas compartiendo el protagonismo de acción.

A diferencia del glamour rígido de Hollywood y la belleza tan perfectamente diseñada que llevaban un dejo de artificialidad de divas como Marilyn Monroe, ella proyectaba una sensualidad natural y auténtica que la convirtió en el primer fenómeno de masas global de Francia, comparable a la influencia posterior de Los Beatles.

Coincidimos con Marguerite Duras, quien al analizar el impacto de su presencia física en el cine expresó: Bardot es la prueba de que el cine puede crear un mito sin necesidad de palabras. Ella es el lenguaje mismo de la modernidad.”

Además de su carrera de actriz, tuvo en paralelo otra en el mundo de la música. Grabó más de 60 canciones entre los años 60 y principios de los 70. Su estilo encuadraba en el movimiento Yé-yé, la respuesta francesa al pop británico, pero con un toque más adulto y sofisticado que el de sus contemporáneas adolescentes.

Para más datos respecto de dicho movimiento musical pueden leer en el blog Las chicas Ye-yé

Utilizaba un estilo vocal conocido como chanteuse de charme, donde el susurro y la respiración eran tan importantes como la melodía. Fue especialmente popular la canción ‘J’ai t’aime… moi, non plus’, que interpretara junto a Serge Gainsbourg. Allí, para escándalo de la época, simuló un orgasmo. Hemos escrito al respecto en “Los pleitos de una canción escandalosa“.

El 13 de enero de 1964, Brigitte llegó a Armação dos Búzios junto a su novio Bob Zagury huyendo de los paparazzis que la seguían a sol y sombra en la riviera francesa. Durante 4 meses, exploró las paradisíacas playas de la región, hospedándose en la Playa de Manguinhos en una casa sencilla.

Búzios era entonces una pequeña villa de pescadores, de difícil acceso y como era su deseo, pasaba casi inadvertida en el pueblo, consiguiendo por un tiempo la paz que buscaba. 

Estatua de Brigitte Bardot en Buzios

Eventualmente, cuando la noticia se difundió, el turismo a la zona afloró y ella debió partir. Hubo una segunda visita, más corta, entre diciembre de 1964 y enero de 1965, sin embargo la prensa se dirigió al lugar y no pudo tener una estadía tranquila. 

Nunca más volvió al balneario brasileño, pero fue tal el movimiento turístico que suscitó que en 1999 se inauguró incluso la Orla Bardot, un paseo marítimo donde se instaló una escultura en bronce de la actriz hecha por Christina Motta 

Fue también la primera mujer en prestar su rostro para “Marianne”, el símbolo nacional de la República Francesa, un rostro femenino que representaba la Libertad y la Razón. 

En 1969, el gobierno francés del presidente de Charles de Gaulle, gran admirador de la actriz, decidió que Marianne debía tener un rostro real y moderno. Cuando algunos criticaron su decisión, les contestó: “Ella es la exportación francesa más importante después del Renault.”

El escultor Alain Aslan fue el encargado de crear el busto de Marianne basado en las facciones de Brigitte. Tal diseño se trasladó a la numismática y la filatelia. Durante años, fue la representación de los valores republicanos en las estampillas, billetes y monedas francesas.

En la cúspide de su carrera, tras actuar en 47 películas y grabar más de 60 canciones, Bardot tomó una decisión que desconcertó al mundo: se retiró del espectáculo en 1973, a los 38 años. “Le di mi juventud y mi belleza a los hombres; ahora le doy mi sabiduría y mi experiencia a los animales”, declaró.

A partir de los años 80, su vida se centró exclusivamente en la defensa de la ecología y los derechos de los animales. En 1986 fundó la Fondation Brigitte Bardot, financiada inicialmente con la subasta de sus joyas y propiedades personales. Sus logros en este campo fueron la lucha contra la caza de focas y de ballenas, lograr prohibiciones sobre la experimentación animal y la caza del lobo en Francia y establecer lugares seguros para miles de animales rescatados.

Su autobiografía “B.B.” aparecida en 1996, tuvo una honestidad respecto de su vida y de cómo pensaba que levantó, como diríamos en el campo “mucha polvareda”, escandalizando a no pocos. No decía nada que no hubieran hecho muchos otros, solo que era no tenía pelos en la lengua. Y en el hipócrita mundo mediático, eso tiene un costo. 

Su relación con la maternidad también despertó polémica. Tuvo un único hijo, Nicolas-Jacques Charrier en 1960. Tuvo una relación distante con el embarazo y luego con él. No se sentía madre. Tras el divorcio de Jacques Charrier, su segundo marido y padre del niño, ella le entregó su custodia total, alegando que no tenía instinto maternal. 

No era la primera actriz en tener esa conducta, pero sí la única que lo dijo públicamente. No se refugió en una hipócrita máscara de pretendida maternidad como la regla general en el asunto de sus colegas.

Madre e hijo hicieron sus vidas cada cual por su lado, incluso llegaron a juicio en 1996. Sin embargo, hace cinco años la falta de comunicación empezó a menguar. Empezaron a hablar por teléfono con regularidad a partir de 2020 y Briggitte confesó en entrevistas recientes que, aunque no fue la madre que él merecía, sentía un profundo respeto por el hombre en el que se había convertido su hijo. “Nicolas tiene su vida en Noruega, pero nos hemos reencontrado en una forma de ternura distante pero real”.

Tras su fallecimiento se conoce que Nicolas fue uno de los encargados de gestionar los asuntos finales junto a Bernard d’Ormale, cuarto y último marido de la actriz, cerrando el círculo de acercamiento.

En 2018, generó una enorme polémica al calificar de “hipócritas y ridículas” las denuncias de acoso de muchas actrices durante el movimiento #MeToo. Afirmó que muchas de ellas “calentaban a los productores para obtener un papel” y que luego se victimizaban.

Para Bardot, los piropos o la atención masculina de los años 50 y 60 eran parte del juego de la seducción de la época, en una visión que choca frontalmente con la sensibilidad moderna de los movimientos feministas, a los que siempre rechazó.

Símbolo de la liberación sexual de las mujeres pero también convertida en objeto sexual, siempre marcó claramente la distancia con tales movimientos, así como la estigmatización que las acusaciones de abuso conllevaban, aun antes de dictarse una sentencia. “El feminismo a mí no me va. A mí me gustan los hombres”, declaró en 2025, con 90 años en una entrevista al canal BFMTV, la primera que daba a la televisión en once años.

Respecto de su salud, contestó con un “muy bien”, acotando luego que quejarse “no sirve de nada”, y que lo que le ocurre se lo guarda para ella.

Sí lamentó haber sido “prisionera de sí misma”, del símbolo que se creó en torno a su figura y de la fama que le impidió hacer cosas banales como tomar un café en un bar o ponerse en la terraza de un bar, ya que a todo sitio público que iba, suscitaba una gran curiosidad y atención.

Como dijo Pedro Herrero en su artículo “Muere Brigitte Bardot, leyenda del cine francés e icono animalista”: “Irónicamente, a pesar de su fama de icono femenino, nunca tuvo especial interés en seguir las doctrinas del feminismo, más bien todo lo contrario. Más de una vez aseguró que este no le interesaba lo más mínimo, llegando a hablar de las feministas como “histéricas que exageraban los problemas”. Igualmente, en 2018 y durante pleno auge del movimiento #MeToo, decía que muchas que decían ser afectadas tan solo querían publicidad y aparecer en los medios a toda costa.”

Tenía todo para ser el símbolo feminista del mundo global y lo rechazó. Los movimientos feministas nunca le perdonaron eso. Pero había algo incómodo en el detrás de sus palabras que casi nadie decía: Briggite era un recordatorio que se puede ser feminista de diversas formas. Incluso, no siendo políticamente correcta.  

Falleció a los 91 años de edad, conociéndose la noticia el 28 de diciembre de 2025. Su fundación fue la encargada de dar la noticia: “La Fundación Brigitte Bardot anuncia con inmensa tristeza el fallecimiento de su fundadora y presidenta, la señora Brigitte Bardot, actriz y cantante mundialmente reconocida, que decidió abandonar su prestigiosa carrera para dedicar su vida y su energía a la defensa de los animales y a su Fundación”, indicó un comunicado remitido a la AFP, sin precisar el día ni el lugar del fallecimiento.

Para la historia, Bardot queda como la joven que rompió las cadenas de la moral de posguerra, sino la mujer que luchó por sus convicciones en sus propios términos, al punto de renunciar a la gloria de los aplausos y la seguridad económica en favor de ellos.

Como diría Jean Cocteau, poeta y cineasta del surrealismo francés: “Brigitte Bardot vive como todo el mundo sueña vivir, pero nadie se atreve. Ella tiene esa cualidad única de ser una obra maestra de la naturaleza.”

Una belleza, sí. Pero ante todo, una persona frontal y coherente en sus convicciones. Esto, por sobre todo lo demás, seguramente es su principal legado. 

(*) Abogado y escritor cordobés – Especial para Contarte Cultura

Literatura

“Cabrón”, la nueva novela de Reynaldo Sietecase

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El escritor y periodista rosarino Reynaldo Sietecase publicó “Cabrón” (Alfaguara), una novela de tono autobiográfico en la que emprende la reconstrucción afectiva y crítica de la figura de su padre, muchos años después de su muerte. El libro se presenta como una indagación íntima que, a partir de recuerdos y objetos heredados, explora los pliegues de una relación compleja y las marcas que esa historia dejó en el autor.

“Escribo sobre mi padre por necesidad. Para iluminar un vacío, no para llenarlo. Tengo derecho a inventar una memoria real allí donde solo existe una herida”, afirma el narrador en uno de los pasajes que condensan el espíritu de la obra. A partir de esa premisa, la novela avanza como una arqueología familiar en la que conviven la evocación amorosa y la revisión crítica.

Heredero de un nombre, de ciertos gestos y de objetos cargados de simbolismo —unos anteojos, un reloj de ajedrez, libros y discos compartidos—, el hijo intenta responder una pregunta central: quién fue realmente ese hombre capaz de mostrarse sensible y afectuoso, pero también controlador y autoritario. En ese recorrido, la narración desentraña no solo la identidad del padre sino también la propia, al interrogar cuánto de aquello que se rechaza permanece, de algún modo, en uno mismo.

La obra también se inscribe en una dimensión colectiva. Según el autor, se trata de un libro “sobre una época, sobre una familia, sobre el país”, en el que la memoria individual dialoga con el contexto histórico y social. Así, la reconstrucción íntima se proyecta hacia una reflexión más amplia sobre las herencias simbólicas y emocionales.

Nacido en Rosario en 1961, Sietecase es poeta, narrador y periodista. Publicó novelas como “Un crimen argentino”, “A cuántos hay que matar”, “No pidas nada” y “La Rey”, además de libros de cuentos, poesía y crónicas. Con “Cabrón”, suma a su trayectoria una obra que, según sus propias palabras, es “quizás la más íntima y entrañable” de su producción literaria.

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Textos para escuchar

Pasar por el espejo – Luis Carranza Torres

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El escritor cordobés Luis Carranza Torres lee su cuento Pasar por el espejo

Mi reflejo en el espejo no era yo sino aquella que había sido antes. De alguna forma, sabía eso. Parada frente al espejo, fogonazos de esa vida que no alcanzaba a comprender, me azotaban la mente y me sacudían en lo profundo del espíritu. Otra yo en otra vida, espejo de por medio. Mi imagen se reflejaba distinta sobre el vidrio pulido, provocándome una gran confusión. No entendía muchas cosas pero sabía que esa, al otro lado del espejo, era yo. Aun cuando tuviera un palmo más de altura, o el color de su cabello no fuera castaño sino negrísimo. Lo confirmaba al verla a los ojos, a pesar del distinto color alrededor de las pupilas. A mi tono ámbar el espejo lo devolvía como un gris apagado. Pero podía ver la misma mirada de estupor que estaba sintiendo. Una mezcla de temor y ansiedad, pero también de creciente excitación.

Observaba, maravillada, como no se parecía en nada a mi actual aspecto. Claro que, también pensé, tampoco yo lucía del mismo modo que al nacer, o cuando niña.

No me cabía duda alguna, me reconocía por lo que mostraban esas facciones: angustia, orfandad. Siempre me había visto así, más acá o más allá del espejo. Castaña o morocha, más alta o más baja.

—No luches—me dijo la figura al otro lado del espejo. Movía sus labios aunque yo tuviera paralizado los míos—. Es inútil. No depende de ti ni de mí. Sólo tiene que suceder. Volver a ser una. La felicidad pasa por estar completas.

El espejo, o ella en el espejo, me atrajo hacia el otro lado. Se trataba de una sensación extraña, que principió con un cosquilleo y luego prosiguió en tremendos espasmos. Una corriente inmaterial que me arrastraba hacia lo que tenía en frente, espejo de por medio. La imagen de la que era en otra parte o había sido en otro tiempo. Un otro yo que me buscaba, para unirse a mí. Nuestras palmas de las manos se tocaron a uno y otro lado. Experimenté entonces una especie de una corriente eléctrica, intensa. Una sacudida dolorosa pero liberadora que, por alguna razón, contenía una promesa de paz. Asustada, estremecida, no pude dejar de mirarla, ni de ir hacia ella. Me resultaba imposible dejar de observarla o resistirme a ser arrastrada. Ella me atraía, como un imán espiritual poderoso, a lo profundo del espejo, a fundirme con esa que era yo. Tras todas dudas y algo de pelea, me dejé ir. Mi rostro se agrandó hasta ser tragado por el espejo en un estallido de estrépito.

Todo se volvió blanco. De un blanco brillante que deslumbraba. Dolor. Me sentí flotar. El resplandor se transformó en luz. Parpadeé para acostumbrarme, desde la oscuridad dolorosa en la que había caída, a la nueva claridad donde me hallaba.

Un hombre de blanco y lentes me observó. Muy serio.

—¿Que me pasó?—pregunté.

El hombre de blanco me respondió con voz cansada:

—Otra vez olvidaste tomar tus pastillas.

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Literatura

Distinguen al escritor portugués Gonçalo M. Tavares con el Premio Formentor de las Letras 2026

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El escritor portugués Gonçalo M. Tavares fue distinguido por unanimidad con el Premio Formentor de las Letras 2026, según se anunció el martes. El jurado destacó que su obra “enriquece la escuela de la gran literatura”, sigue “la huella del desorden narrativo de la existencia” y evoca “la parabólica alegoría del enigma universal”.

El galardón, que desde 1961 reconoce la trayectoria de autores cuya obra ensancha las fronteras de la literatura contemporánea, valoró en esta edición la capacidad del autor para “desvelar las inesperadas implicaciones de una humanidad asustada de sí misma” y narrar “la paradójica epopeya del extravío contemporáneo”, según el acta.

El jurado —integrado por Elide Pittarello, Gerald Martin, Sonia Hernández, Pilar del Río y Basilio Baltasar— subrayó la osadía de Tavares al construir una narrativa ajena “a las tentaciones de la obviedad” y su permanente dilución de los límites entre géneros literarios. En sus ficciones, añadieron, confluyen el misterio del dolor y el fulgor del deseo, en escenarios que evocan tanto la penumbra del alma humana como la búsqueda de redención en una historia agotada.

Criado en el norte de Portugal, Tavares es escritor, dramaturgo y poeta, y está considerado una de las voces más originales de la narrativa europea actual. De formación multidisciplinar —estudió Física, Deportes y Arte—, es profesor de Teoría de la Ciencia y Epistemología en la Universidad de Lisboa, una impronta intelectual que atraviesa su obra con precisión conceptual y una constante exploración de los límites de la lógica y la razón.

Desde su debut en 2001 con “Livro da dança”, ha construido un universo literario vasto y coherente, traducido a más de cincuenta idiomas y publicado en cerca de setenta países. Es el tercer autor portugués más traducido, después de Fernando Pessoa y Eça de Queiroz, con más de doscientas ediciones internacionales.

Entre sus proyectos más reconocidos figura el ciclo novelístico “El Reino”, que reúne títulos como “Un hombre: Klaus Klump”, “La máquina de Joseph Walser”, “Jerusalén” y “Aprender a rezar en la era de la técnica”; también la serie de ficciones breves “El barrio” y la epopeya “Un viaje a la India”. Su libro más reciente es la sátira distópica “O Fim dos Estados Unidos da América” (Relógio D’Água, 2025).

A lo largo de su trayectoria recibió, entre otros reconocimientos, el Premio José Saramago (2005), el Premio Camilo Castelo Branco (2006), el Premio al Mejor Libro Extranjero en Francia (2010), el Premio Literario Europeo (2011), el Grande Prémio de Romance e Novela (2011), el Premio Vergílio Ferreira (2017) y el Prix Laure-Bataillon (2021).

Dotado con 50.000 euros y con el mecenazgo de las familias Barceló y Buadas, el Premio Formentor fue fundado en 1961 por un grupo de editores europeos, entre ellos Carlos Barral, Claude Gallimard y Giulio Einaudi. Tras su recuperación en 2011, distinguió a autores como Carlos FuentesJavier MaríasAnnie Ernaux y César Aira.

El premio y las Conversaciones Literarias están organizados por la Fundación Formentor, con sede en Mallorca, enclave que en los años 60 fue punto de encuentro de la vanguardia editorial europea.

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Propietario: Contarte Cultura
Domicilio:La Plata, Provincia de Buenos Aires
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