Julieta Rimoldi: “No me ato a la forma musical, más bien ella se adapta a lo que mi ser necesita”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

La tierra deja al descubierto sus palabras, son semillas de vida, voces antiguas que resuenan como un eco, música sobre el paisaje, sonidos enredados en los árboles, vibraciones del agua, vientos sobre el viento de los pájaros, acordes del fuego, puro movimiento, tan sólo ciclos de la naturaleza atrapados en la magia de una canción.

Julieta Rimoldi lleva la música de la naturaleza en cuerpo, su voz deja escapar el aire del entorno, como si el paisaje respirara en esa exhalación hecha melodía y poema.

En una conversación a la distancia, la cantautora patagónica recorre los caminos que la llevaron a la creación de cada uno de sus discos y los comparte con nosotros.

—Te proponemos un juego de presentación: estamos sentados alrededor de un fogón imaginario, sus llamas sueltan palabras, las ves ascender livianas sobre el humo y con ellas te pedimos que escribas una frase que te defina.

“Siento y pienso con
la misma intensidad”

—¿Dónde nace tu conexión con la música y la poesía que forman parte de vos?
—Siempre estuvo ahí, nació conmigo. En mi familia el arte siempre estuvo muy presente, en mi mamá, papá y hermanos, mis abuelas y abuelos, tíos y tías. Era algo cotidiano. Se despertó en una mudanza, de Ushuaia, donde nací y me crié, a Buenos Aires. Fue en mi adolescencia y tuve la necesidad de cantar lo que estaba sintiendo.

—Contanos de qué manera llega la letra de tus canciones, ¿qué elementos del paisaje que te rodea te sirven como disparadores?
—Los cielos son muy inspiradores. De niña me acostaba en el piso de mi cuarto con la ventaba abierta y me quedaba mucho tiempo mirando el cielo del sur, que es muy particular. Las montañas, algunos árboles, o pájaros. La llegada de las estaciones. La noche… misteriosa y silenciosa. La luna, siempre inspiradora. El fuego, el agua y el viento.

—Si pudieras elegir un elemento de la naturaleza con el que identifiques tu música, ¿cuál sería y por qué?
—El agua. Porque es transparente, conecta, cambia de estado y se adapta a los elementos que la contienen.

—¿Cómo nació tu primer disco “Tierra” y qué es lo que te gustaría destacar de ese álbum?
—Es el primero, tiene la inocencia de lo desconocido y eso lo hace especial. Es un disco para la contemplación, es completamente acústico y minimalista, acompañado por una orquesta de cámara. 

—¿Qué nos podés contar de tu segundo disco, “Voy”? ¿Cuál fue su punto de partida y cómo fue el proceso creativo?
—Fue muy natural. Estaba muy activa compositivamente, así que componía una canción y al día siguiente la grababa en el estudio. Estaba meditando mucho y eso me ayudaba a estar con la mente fresca y clara. Fue un proceso muy disfrutable. Pude invitar a muchos amigos y amigas a grabar, quienes hicieron su aporte creativo y artístico, y fue producido por Marcos Rocca, un amigo de la vida, en quien deposité mi confianza sobre los arreglos. 

—En este tiempo tan particular viste nacer a tu tercer disco “Señales de un mundo nuevo”, ¿cómo llevaron adelante el entramado de esta obra que se tejió entre Buenos Aires y Villa La Angostura? ¿Quiénes formaron parte del arte y la versión terminada de este disco?
—Fue una idea de los productores y amigos Marcos Rocca y Christian Van Lacke, quienes ya venían trabajando cosas juntos y me plantearon hacer un disco bajo su producción. Al principio no fue fácil soltar mis canciones, porque estaba muy ocupada en la maternidad y hacer un disco implicaba más trabajo. Accedí porque sabía que ellos iban a trabajar por mí muchos detalles que yo no iba a poder atender. Y porque los conozco hace años y los considero muy talentosos. Gracias a la tecnología y a la confianza, hicimos este disco a distancia, entre mails, audios y todos los dispositivos a nuestro alcance, ¡hasta la telepatía! Fue un proceso diferente, con otros desafíos. Participaron también Pablo Carreras en el mastering y Sol Cofreces en el arte de tapa, quien también hizo el arte de Tierra y Voy.

—Contanos cuáles son los instrumentos que dejan escapar su música y dialogan en este álbum. ¿De qué manera se conecta la naturaleza con lo urbano en los distintos temas?
—Yo solo grabé mi guitarra y mis voces, lo más despojado, haciendo referencia a lo que me rodea. Ellos vistieron las canciones bajo su contexto de urbanidad, agregaron la electrónica, las guitarras eléctricas, teclados y cuerdas de Pablo Carreras, que están presentes desde el primer álbum y se podría decir que son el hilo conductor de los tres discos, más la guitarra y mis voces, y por supuesto la imagen de la naturaleza como disparador. Este último trabajo presenta el deseo de lograr un sano equilibrio entre la naturaleza y la tecnología. El mundo actual.

—¿En qué proyectos estás trabajando por estos días?
—Hoy estoy participando con voces para proyectos de amigas y amigos y trabajando la improvisación. Algo que me invita a vivenciar el presente. Cantando mantras, inventados y de otras y otros, en varios idiomas. Soy muy curiosa y busco siempre lugares nuevos, que en general coinciden con un trabajo interno, personal y espiritual. No me ato a la forma musical, más bien ella se adapta a lo que mi ser necesita. La música es mi compañera, mi salvavidas.

—Volviendo a la escena de la primera pregunta, si tuvieras la oportunidad de soltar un deseo a esas llamas o a la tierra misma, ¿cuál sería?
—Iba a decir deseo paz, amor, evolución, pero esos no son deseos sino decisiones que tomamos en la vida. Entonces, deseo viajar en familia con algún proyecto musical que conecte diferentes culturas, genere buenos intercambios y nos dé la oportunidad de movernos con libertad.

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