Eloísa Tarruella: “La escritura son esos zapatos color rojo rubí que puedan hacerme volar”

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

La poesía se mueve con ella. Sus pies recorren un camino de palabras, como huellas de un lenguaje familiar que crece y se multiplica.

Eloísa Tarruella es licenciada en Artes Visuales, directora de cine, dramaturga y actriz. El arte atraviesa su vida y es metáfora en cada una de sus creaciones.

Sus personajes invitan al espectador a ser parte de la trama, como si lograra borrar con su voz la invisible línea que separa la ficción de la realidad.

En diálogo con ContArte Cultura, la artista abre las puertas de su mundo creativo y comparte sus vivencias.

—Te invitamos a comenzar esta charla a la distancia con un juego de presentación. Para eso vamos a entregarte un par de zapatos, se trata de un objeto imaginario, un símbolo del camino recorrido y de las huellas dejadas. ¿Cuál es la primera imagen que se te aparece? ¿Cómo son esos zapatos? ¿Qué dicen de vos?
—La primera imagen que se me aparece son los zapatos de color rojo rubí del personaje de Dorotea en el libro El mago de Oz, con una textura de lentejuelas. Pienso en esta imagen y en la metáfora que la implica. Dorotea tiene puestos estos zapatos mágicos, pero ella desconoce ese poder y piensa que necesita ayuda para poder volver a su hogar. Por eso emprende la travesía por el reino de Oz. Hasta que la percatan que ese poder está en ella misma. En sus pies que pueden volar y llevarla hacia donde desee. Estoy en un momento especial, de mucha reflexión interna, encontrando mi poder. Muchas veces nos extraviamos y perdemos el eje. Y pienso que ese eje, en mi caso, está en la escritura. La escritura son esos zapatos color rojo rubí que puedan hacerme volar.

(PH: Trigo-Gerardi)

—¿Recordás en qué rincones de tu infancia fuiste dando los primeros pasos en el camino del arte?
—Esos primeros pasos los di en la casa de mi infancia, en el barrio de Barracas, donde vivía junto a mis padres (ambos escritores) y mi hermano. Transité esos primeros años de vida rodeada de música y libros. El primer poema que escribí fue a mis cuatro años: “El color del corazón es del color que uno sueña”. Desde ese momento, siempre tuve la necesidad de expresarme a través de la escritura, tenía varios diarios íntimos y anotadores donde escribía mis sensaciones cotidianas. También a mis 7 años, entré en el grupo de teatro “Catalinas Sur” donde descubrí el universo teatral que marcó una huella fundamental. Otra imagen que me viene es el recuerdo de las tardes con mi familia en el cine viendo películas. Amaba esa adrenalina de los segundos de oscuridad previa a la imagen en la pantalla y después zambullirme en las historias. Estas tres huellas que menciono, la escritura, el teatro y el cine, hoy son mi profesión. Hay una frase de Louis Gluck que dice “observamos la vida una sola vez en la infancia, el resto es memoria”, y en mi caso, así fue. Las distintas pisadas de la niñez se fueron dirigiendo hacia un mismo camino.

—¿De qué manera percibís el punto de partida de una historia que merece ser contada?
—En cada proceso creativo que emprendí me sucedieron distintas cosas con respecto al punto de partida. En el caso de Anais, obra que escribí y dirigí inspirada en la vida de Anais Nin, tenía muy clara la potencia del personaje y lo que quería transmitir. El punto de partida era Anais y sus pasiones. Pero en Amorar, que fue mi primera obra teatral, la idea vino de una imagen: una mujer haciendo las valijas para irse de la casa de su novio en plena separación. Él la observa, pero en otro tiempo; un tiempo futuro, donde revive los recuerdos. En esa imagen vi la semilla de lo que sería una historia de amor trazada a través de dos puntos de vista. Hay una frase que dice Octavio Paz: “Arrastrados por el río de las imágenes, rozamos las orillas del puro existir y adivinamos un estado de unidad, de final de reunión con nuestro ser y con el ser del mundo”.Con El mundo en mis zapatos, obra que coescribimos junto a Brenda Fabregat, quien también es la intérprete del unipersonal, la idea partió de la vida real de la actriz. Lo biográfico como forma de narración. Introducir al espectador en el universo íntimo. Me interesa dejarme llevar por la intuición. Ese palpitar que tengo cuando siento que será un buen camino para recorrer en esa imagen, personaje o conflicto que me interesa abordar. El buen camino es el deseo de investigar. Lo comparo con el trabajo de los buzos cuando se introducen en el océano. Nadan a través de las distintas capas acuáticas hasta llegar a lo profundo. Así siento al punto de partida: animarse a bucear.

—¿Creés que la palabra poética que caracteriza tu obra es el hilo conductor de los diversos lenguajes que experimentás, ya sea la imagen en el cine o el cuerpo en movimiento en el teatro?
—Pienso que la palabra poética traza un puente en toda mi obra. Como un telar de sensaciones que se va hilvanando con sus diferentes texturas, componiendo un todo singular. La poesía aparece no solo en la palabra de algunos personajes sino también en la mirada poética de la puesta en escena. Contar desde la metáfora, las grietas, las sombras que rodean las historias. Ese es el desafío que me propongo. Hay un pensamiento que me identifica. “El reino de la poesía es el: ojalá. La poesía es deseo. El deseo aspira siempre a suprimir las distancias”, dice Octavio Paz. El arte busca suprimir las distancias, por eso pienso que los distintos lenguajes que abordo están hilvanados. Además de la poesía, en mis obras el tiempo es otro elemento presente. El tiempo como concepto subjetivo. Esto me permite romper con la linealidad y adentrarme en el sendero de las emociones, que al igual que los recuerdos no tienen tiempo, aparecen de repente y nos modifican. “Nada de lo que recordamos es verdad, nada de lo que imaginamos es mentira”, dice la autora Clara Obligado. En mi Anais jugaba con dos instancias que se iban alternando: Anais niña y Anais mujer. La escritura presente en esas dos instancias. Anais es ambas. En El mundo en mis zapatos, la ruptura del espacio-tiempo es constante. Brenda salta por sus recuerdos como por un trampolín, revive su infancia, la adolescencia, y su decadencia emocional. Leo tus labios lo construí como un rompecabezas a nivel estructura dramática. Cada escena sucede en distintos momentos de la vida de los personajes. El espectador debe ir reconstruyendo el armado de la historia a través de cada pieza/escena. En las películas que dirigí también aparece la palabra poética. Gené, en escena, film que hice en homenaje a mi maestro Juan Carlos Gené, transcurre en sus clases de teatro y tiene ese sello. La mirada de alumnos y alumnas, el recorrido por su obra… En el objeto de mi amor y Bailar la sangre, ambas películas codirigidas junto a Gato Martínez Cantó, lo poético ya estaba presente en los guiones. En el caso de la primera, cada objeto en las historias de amor son una entidad poética. En Bailar la sangre, film inspirado en Bodas de sangre de Federico García Lorca, todo estaba teñido de ese espíritu.

Gene en clase (PH: Trigo-Gerardi)

—A la hora de escribir, ¿cuáles son los renglones en los que el teatro y el cine se funden y en qué cosas se diferencian?
—Hay una diferencia fundamental entre el cine y el teatro a la hora de escribir. En el cine la imagen tiene un lugar primordial donde puede o no haber diálogos. En cambio, en el teatro la base de la dramaturgia es la palabra, los demás elementos giran en torno a eso. Otra diferencia es la variedad de espacios que puede abarcar el cine, que es más complejo trasladar al teatro a nivel escenográfico. Las cosas en común que visualizo en ambos lenguajes son, en primer lugar, los personajes como hilo conductor. Tanto en los textos teatrales como en los guiones audiovisuales, los personajes conducen las historias. Entonces se le dedica un espacio fundamental a la profundización de los arcos de transformación, la ruta de los personajes. Lo mismo sucede con el conflicto. Definirlo, trabajarlo para que los personajes puedan accionar en función de su deseo y vencer los obstáculos, es otro aspecto similar.

—¿Cómo construís los escenarios de tus obras, tanto en la imagen cinematográfica como sobre las tablas?
—En el caso de mis obras teatrales, me suelen decir que tiene mucho de cinematográfico el universo que construyo. Creo que me animo a coquetear con ciertos elementos propios del lenguaje audiovisual en el espacio teatral: elipsis (saltos temporales), conjugación de dos tiempos en un mismo instante (como si fuera una pantalla divida, pero sin pantalla). En Leo tus labios, precisamente en la primera escena mientras los personajes realizan un baile de re-encuentro, sucede el sonido de la voz en off (sus propias voces superpuestas) de una escena que vendrá a continuación, como un adelanto de diálogo. Este recurso se utiliza en el cine propiamente. Me gusta que el espacio pueda tener distintas capas o niveles. En Anais está dividido en tres: La casa de Anais Nin, en el centro un espacio comodín donde sucedían distintos sucesos y había una pantalla que proyectaba imágenes, y la casa de Henry Miller. Los tres lugares se comunicaban y alternaban. En Como el clavel del aire hay división en dos: 2019 y 1976. Una interacción constante de estos dos espacios unidos por la trama. Creo, definitivamente, que me interesa abordar lo poético y lo subjetivo, el universo de los personajes, rompiendo lo literal.

—En tus obras también le das un papel de relevancia a la iluminación… —Es fundamental. La luz conforma también lo espacial, puede recortar un espacio, modificarlo completamente de acuerdo a lo que intento transmitir. La obra Almost a Widow que dirigí (escrita e interpretada por Susana Hornos), fue un desafío muy interesante a nivel espacial porque había muy pocos elementos escenográficos: una mesa pequeña, dos sillas y una valija. Y mi propuesta fue trabajar los climas a través de la luz. En un momento de la obra Susana, contaba un momento dramático en su vida donde la lluvia estaba presente y se me ocurrió que ella tomara dos paraguas, los abra para invertirlos, y que el interior tenga una iluminación fría que la envuelva. Fue hermoso ese proceso de poder contar la luz como elemento primordial y constructor del espacio escénico. El diseño de iluminación de esa obra la hizo Leandro Crocco.

¿En las películas te manejas con los mismos patrones?
—En mis películas los escenarios están relacionados directamente con la propuesta del guión. Por eso no puedo definir un patrón tan preciso, pero sí contar que El objeto de mi amor fue filmada en Argentina, Francia e Italia. Los espacios elegidos para grabar en Europa eran los lugares históricos-simbólicos de las historias de amor: El balcón de Romeo y Julieta en Verona, el cementerio Peré-Lachaise en París donde yace la tumba de Heloise y Abelardo. Estos espacios adquieren una resignificación a través de los objetos que representan las historias de amor. En Bailar la sangre el espacio donde transcurre mayormente la película es en el IMPA, que actualmente es una fábrica recuperada y a la vez Centro Cultural. Allí los personajes bailan con músicos en vivo. La idea fue darle una reinterpretación a esta pieza, jugar con la universalidad que tiene Lorca. Pienso que los espacios deben ser narrativos, deben contar algo, revelar lo que no se dice en palabras.

—¿Cuál fue la primera puerta que se abrió para que pudieras ingresar al mundo del cine?
—Cuando cumplí los quince años recuerdo que le dije a mi padre (Alejandro Tarruella): “quiero ser directora de cine”. Tuve esa certeza. Cuando terminé el secundario, hice el ingreso a la ENERC (Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica – INCAA) para la Carrera de Dirección y ahí quedé entre las diez personas que entran, ya que hay un cupo muy limitado de ingresantes. Creo que ese momento fue un antes y un después. También, a mis 25 años gané el “Premio Talento” por mi cortometraje Otoño en el Festival UNIFEST de Madrid. Fue un momento significativo, sobre todo en cuanto a mi propia confianza.

—¿Y al universo del teatro?
—En teatro, sin duda fueron mis maestros Juan Carlos Gené y Verónica Oddó (CELCIT) los que me mostraron lo esencial sobre ese universo. Cuando empecé a estudiar con ellos ya había finalizado mis estudios en cine y me dio deseos de dirigir teatro, escribir. A partir de ese momento, nunca dejé de hacer ambas cosas.

Como el clavel del aire (PH: Trigo-Gerardi)

—Contanos qué hilos tejen la historia de tu obra “Como clavel del aire”.
—La concebí en dos tiempos: 2019 y 1976 (última dictadura cívico-militar Argentina). El personaje de Olivia (Julia Azar), de más de 70 años, vive en una casa de toda la vida. Una empresa constructora, aliada a la Municipalidad, quiere obligarla a desprenderse de su hogar para realizar un emprendimiento de construcciones de torres modernas. Ella se niega. Comienza a cobrar importancia su vínculo con Paula (Brenda Bianchimano), abogada que viene a presionarla para que venda. Olivia es escritora y está dedicando su tiempo a una novela que transcurre en 1976, acerca de la historia de dos hermanas: Sara y Chavela (Julieta Puleo y Brenda Fabregat). Con esta premisa se inicia un diálogo entre ese pasado y ese presente. En esta obra vuelvo a jugar con el tiempo como elemento central. También hablo de la vejez, a través del personaje de Olivia, mostrando otra cara de la que se suele abordar. Olivia es una mujer deseante y activa. Una luchadora. En la historia también está la presencia de la poesía (a través de la pluma de Olivia) y también lo epistolar: las cartas que Chavela le enviaba a su amante en 1976 y las cartas del exilio. Hay algo en el idioma epistolar que me parece atractivo y también indago. Las cartas están dichas en simultáneo en los dos tiempos, como un diálogo que cruza el umbral de lo posible. Hay un fragmento especial en una carta que quedó como una especie de leitmotiv y define el espíritu de la obra: “Siempre crece una flor en el medio del desierto, en las grietas del asfalto, en los muros, en los océanos, en las selvas. Siempre habrá una flor. Como el clavel del aire que se abre a la vida buscando el sol, a pesar de todo, a pesar de todos”.

—”Bailar la sangre” es un film donde se fusionan la ficción con lo documental, ¿cómo llevaron adelante el proceso creativo para adaptar y dar vida, junto a Gato Martínez Cantó, a esta película basada en “Bodas de sangre” de García Lorca?
—La idea de abordar Bodas de sangre, fusionando la ficción y el documental, estuvo desde el inicio. Influenciados por el film de Saura y por la adaptación teatral de Juan Carlos Gené, donde se jugaba con varias capas -lo real y la ficción– para dar vida a estos personajes tan universales. En nuestra película nació esta pregunta: ¿Por qué amamos tanto a Lorca? Y desde esa premisa se investigó, abordando como eje la reconstrucción de cuatro cuadros de baile flamenco que representarán la esencia de Bodas de sangre con elementos mínimos. Con coreografía de Eva Iglesias y la música original de Flor Albarracín y Juan Matías Tarruella. La escenografía es el IMPA, el vestuario, diseñado por Soledad Gaspari, la música en vivo y por supuesto los actores/bailaores que dan vida a La Novia (Brenda Bianchimano), El Novio (Jonathan Acosta), Leonardo (Gastón Stazzone) y La Madre (Mimí Ardú). El backstage y la película misma son parte de lo que está sucediendo en el proceso creativo, habla de cómo ir redescubriendo a Lorca, y así interpela al espectador. También la mirada de Cristina Banegas y Jorge Dubatti, entrevistados en el film, otorgan un aporte fundamental, donde lo histórico y la influencia lorquiana se hacen presentes. Es un collage de miradas, pero con el acento puesto en que la historia de Bodas de sangre vuelva a atravesar la sensibilidad del espectador.

—Debido a la situación de pandemia que estamos viviendo, en mayo de este año vieron frustrado el estreno de la obra “Ribetes en tu piel rojos quedaron”, ¿de qué trata esa pieza?
—La obra está escrita por Darío Bonheur, será interpretada por María Nydia Ursi Ducó, la producción de Ale García y la asistencia de dirección de Lucía Castro. Aquí haré la dirección. Esperamos poder estrenarla en 2021 en el Teatro Hasta Trilce. Es una pieza que me entusiasma mucho hacer. Un unipersonal con dos monólogos de dos personajes distintos: Teresita (el primero) y Hombrecito (el segundo), ambos personajes actuados por María Nydia, una actriz impresionante, donde fluye la creatividad en conjunto. Los monólogos están hilvanados por la música. Habrá una pianista en vivo que será Florencia Caruso. El piano no sólo intervendrá desde lo musical, sino que tendrá una composición del sonido y será vital en los climas que se irán generando. Espero ansiosa el momento del estreno.

—Volviendo a nuestros zapatos del comienzo, si pudieras dejar la huella de un deseo, el primer paso del próximo sueño, ¿cuál sería?
—Poder seguir descubriendo nuevos universos dentro de mi universo.


Los próximos trabajos de Eloísa Tarruella


PROYECTO TELARES TITULADO “MUJER PÁJARO”
(Capítulo 4)

  • Actuación y coreografía de Eva Iglesias.
  • Texto y dirección de Eloísa Tarruella.
  • En octubre gratis por @telaresproyecto (Instagram)

EL MUNDO EN MIS ZAPATOS

  • Actuación de Brenda Fabregat.
  • Textos de Brenda Fabregat y Eloísa Tarruella.
  • Dirección de Eloísa Tarruella.
  • En octubre, online, por el sitio de Alternativa Teatral.
  • Entradas a la gorra.

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