Franco Vaccarini: “La inspiración es la forma más elegante de no ser uno mismo. Y en ese no ser, nos descubrimos”

Franco Vaccarini (Foto original: Sebastián Freire - Editorial Norma)
Por Andrea Viveca Sanz

En el continuo transcurrir de la vida, Franco Vaccarini se convierte en un observador de cosas que parpadean a su alrededor, se hace parte de esos detalles que brillan y deja que se le peguen a la piel para hacerlos suyos.

De esta manera, vida y literatura se entrelazan y de repente la inspiración lo sorprende para que las historias fluyan como magma burbujeante, soltando palabras olvidadas que estaban allí, listas para decir lo guardado.

Los fantasmas del olvido se hacen presentes para dar vida a cada uno de los personajes que más tarde soltará para dejarlos respirar sus propias letras en cada uno de sus maravillosos libros.

En diálogo con ContArte Cultura el escritor nos cuenta lo que sucede del otro lado de sus creaciones.

—¿Quién es y cómo presentaría Francisco Juan a Franco Vaccarini?
—Elegí que me llamaran Franco y publicar como Franco, desde la adolescencia. Sólo porque me gusta más que Francisco, que es el nombre de mi abuelo materno, y de los abuelos que vienen más atrás. En la familia hay un largo linaje de Franciscos. Y como nací el día de San Francisco, no había mucho que pensar. Y ya que me pusieron el nombre del abuelo materno, entiendo que mis padres se habrán sentido obligados a ponerme el nombre de mi otro abuelo, el paterno, Juan. No deja de ser un motivo de orgullo que, entre ocho hermanos, me tocara heredar el nombre de los abuelos. Pienso que cambiarme el nombre simboliza una cierta distancia, un jugar a ser otro. Hay que ser un poco ingrato para ser más libre; y desde esa libertad, terminás articulando mejor con la memoria y con tu origen; y el agradecimiento, a posteriori, es más genuino. Hoy me siento conectado con la memoria de lo que fueron mis abuelos.

—¿Desde cuándo escribís y en qué género te sentís más cómodo?
—No recuerdo un día de mi vida, desde que estaba en séptimo grado, que yo no escribiera o no pensara que debía escribir. Así que siempre, no fue una elección, sino una aceptación. Acepté que un día no estaba del todo completo si no tenía ese momento de poder. Y mi género preferido es la novela, porque se parece más a la vida, todo cabe, inclusive el resto de los géneros. Con los años, pude hacerme más sociable porque descubrí que vida y literatura eran un continuo.

—¿Qué cosas cotidianas te inspiran para generar una historia?
—La información que me dan mis cinco sentidos, el entorno. Me saturo de información, después filtro. Cuando salgo a la calle, es muy raro que no esté atento a las personas que me cruzo, al estado del tiempo, a los perfumes, a los aromas de una comida en preparación. La realidad de la calle es mi observatorio. Los viajes, caminar, vagabundear un poco. Jugar al tenis me ayuda a enfocarme, me entrena en la concentración. Pero la otra parte es tal vez más valiosa: ir a mi estudio, leer, mirar fotos viejas, dar vueltas en el tiempo, sentir que la vida es también eso y sobre todo eso: la dimensión íntima, los mundos de la conciencia. Eso está más allá de la escritura. Porque… ¿para qué escribo? Para buscar esos momentos, para ver si las cosas parpadean, si se produce un movimiento, una chispa. Normalmente no, sólo trabajamos con las palabras… pero a veces, la palabra se convierte en otra cosa: en una sombra, un animal que se mueve, la puerta que se abre, el miedo o una extraña plenitud. Y entonces todo vale la pena. La inspiración es la forma más elegante de no ser uno mismo. Y en ese no ser, sin embargo, nos descubrimos.

(Foto: Uri Gordon)

—Describinos tu espacio de escritura ¿Qué no puede faltar en ese lugar?
—Libros, muchos libros desparramados, luz natural, una vista a los árboles, los pájaros. Vivo en una pasaje sin salida, que bordea la vía, en Belgrano R. Hay robles, paltas, paraísos viejos, palmeras. Mi estudio es un balcón terraza vidriado. Siento que soy el pasajero de una astronave, pero por favor, que esa astronave tenga Internet.

—¿Cómo nacen tus personajes?
—Son esbozos de mí, de gente que conozco, de gente imaginaria. Cuando siento que el personaje se completa y tiene su propia respiración, sé que lo más difícil está hecho. Me refiero a las novelas, porque hay otro tipo de textos que quizá no necesiten personajes tan definidos.

—Escribís tanto para grandes como para chicos ¿Cuáles son los caminos para atrapar a unos y otros?
—Siento que el lector no es muy diferente a mí, y que todo el secreto se basa en tener conciencia del relato, de lo que voy construyendo. Si esa construcción es tangible para mí, lo será para el lector. Cuando escribo para chicos está claro que el adulto que soy interviene, ironiza, le pone humor. Son gimnasias a la que estoy habituado, pero no me muero por ser consciente de mis propias herramientas: solo las uso.

—¿Hay algún itinerario particular que sigas a la hora de escribir una novela?
—Si bien hay costumbres, hábitos, cada novela es un caso aparte. Algunas las pienso mucho antes, en otras me aventuro a lo desconocido, con mínima hoja de ruta. En cualquier caso, es una experiencia vital en la que paso por muchos estados de ánimo, pero siempre con la convicción de que la cosa tomará una forma y tendrá una conclusión. Escribí novelas cortas en tres meses y otras, en años, con interrupciones. Está “la pesca del día” y está lo que requiere mucha elaboración. Está lo que discurre con fluidez y lo que se traba, nos desafía, nos demanda más.

—Contanos cómo es aquello de que “todo lo que olvidamos vuelve como fantasma”.
—Es una definición personal de la inspiración. A veces pienso que la inspiración es algo externo a nosotros, pero últimamente creo que es algo que nos resulta extraño sólo porque lo hemos olvidado. Allí, en el olvidadero, se arma una sopa multicelular que genera nuevas formas y de pronto aparece un rastro en la escritura; y te preguntás ¿cómo se me ocurrió esto? ¿de dónde vino? ¿de quién es? Y es quizá lo más propio y personal, lo que ya no puedo diferenciar de mi piel porque es mi piel. Eso te lleva a sospechar que uno se conoce menos de lo que le gustaría. Que uno es un poco fantasmal.

La editora

—¿Qué libro está burbujeando en el magma de tu creatividad en estos días?
—Una reescritura completa de una novela. Se llama La reina muerta. Está bien, pero necesito pasar a tercera persona un montón de páginas y es un trabajo descomunal. Cada tanto descanso de eso con otra historia, que transcurre en un bosque cordobés. Me gusta el paisaje de Córdoba, los bosques y los cerros del valle de Punilla. Es uno de mis filones, pero ahora intento escribir una historia aterradora. Y, por otra parte, como acaba de salir La editora, mi segunda novela para lectores adultos, que en días estará en las librerías, estoy armando mentalmente una trama de mi tercera novela para ese público. Tengo el título, los dos o tres temas que pienso tratar.

—¿Cuáles son los sueños que aún no cumpliste y por los que trabajás hoy?
—Nunca me gustó que me dijeran “sos un soñador”, cuando era adolescente y escribía poemas a diario. Porque no me gusta que un sueño se quede sólo en sueño, prefiero ser realizador a soñador. Lo que siento es que estoy en el camino que yo quería caminar, un camino donde está mi vocación, mis sentimientos, que no me aleja de mi origen, pero a la vez me impulsa a ir lejos. Iré tan lejos como me lo permita el tiempo que tengo asignado para estar aquí. En realidad, escondo un poco las cartas, como un buen tahúr. Los sueños son un espacio íntimo, de táctica y estrategia, porque cuando tengo uno, lo quiero cumplir. Y para eso, la escenografía de mi vida cotidiana no es demasiado majestuosa: soy ese alguien en el rincón, que teclea, que lee. No parece algo muy impresionante, pero eso es todo el secreto: leer y escribir.


Franco Vaccarini

Nació el 4 de octubre de 1963 en una zona rural de Lincoln, provincia de Buenos Aires. Es un escritor que se mueve en distintos géneros literarios como novela, cuento y poesía, dirigido la mayoría de las veces a un público juvenil.
A finales de 1983, cuando tenía veinte años, decidió radicarse en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, lugar en el que reside hasta el presente. Realizó estudios de Periodismo en el Círculo de la Prensa y asistió a talleres literarios dictados por los escritores José Murillo y Hebe Uhart.
Sus novelas juveniles abordan variedad de movimientos literarios como: realismo, fantasía, ciencia ficción y policial. Ha explorado además la novela histórica con “Nunca estuve en la guerra”“Fiebre Amarilla” y “El cruce: Historia de una epopeya”.
Hasta la fecha publicó alrededor de ochenta títulos, obteniendo el premio El Barco de Vapor con su novela “La noche del meteorito” en 2006. Además de en Argentina, sus libros también circulan en otras latitudes latinoamericanas como Brasil, Chile, Colombia, México, y de Norteamérica como Canadá y Estados Unidos.
En 2001 obtuvo la Mención de Honor del Fondo Nacional de las Artes por su novela inédita “La pasajera encantada”.
Ha publicado, además, numerosos cuentos en manuales de las Editoriales Santillana, AZ Editora, Kapelusz, Puerto de Palos y en la revista: La Nación de los Chicos.
También obtuvo el tercer premio del Concurso Literario Internacional “Audiolibro”, que fue convocado por HmrSystems: Consultora Empresarial, en la categoría Novela Juvenil con “Alicia y el fantasma del tarro de azúcar”.

Conocé más de Franco Vaccarini aquí.

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