“El libro sigue siendo ese objeto amigable que está ahí, esperando que alguien lo levante de la mesa”

Por Walter Omar Buffarini //

En octubre de 2019 abrió sus puertas en la ciudad de La Plata La Máquina Libros, un espacio que busca ofrecer textos de calidad sin que la cuestión económica se convierta en un impedimento para quienes pretenden tener acceso a buena literatura.

Miguel Russo, escritor, editor, periodista y librero responsable del emprendimiento ubicado en calle 4 entre 50 y 51, entiende que una de las metas de la librería es “paliar la derrota cultural que vivimos los argentinos” intentando que “el hecho de vender/comprar un libro no sea un mero acto mercantil sino un acto cultural”.

En diálogo con ContArte Cultura, Russo habló del proyecto que alberga La Máquina, de su relación personal con las letras y compartió su visión respecto del futuro de los libros en papel.

—¿Contanos qué pueden encontrar quienes visiten La Máquina Libros?
—En La Máquina hay material para todos los gustos, pero para todos los gustos que impliquen un primer y fundamental placer: el de la lectura. Hay narrativa, poesía, ensayos, historia, política, economía, deporte, psicología, filosofía, teatro, biografías, pedagogía, clásicos, modernos. De todo, como para perderse, y a precios que permiten sacarse las ganas de leer algo bueno sin necesidad de pensar demasiado en los costos.    

—¿Y eso de qué manera se logra?
—Los grandes grupos editoriales multiplican el costo de un ejemplar por 12, de modo que un libro que “le cuesta” a la editorial 60 pesos por su hechura, llega al público entre 700 y 800 pesos. Luego de un tiempo, consumada la ganancia, las editoriales saldan todo el material para no tener que gastar en depósitos, en empleados que lo mantengan, en luz, en gas. Antes de que esos libros pasen a convertirse en pulpa de papel, hay quienes compran para poder venderlo luego a un precio absolutamente razonable. Así, los libros pasan a costar al público 100, 150, 200 pesos. No más. La Máquina, es una de las tantas librerías que “comercia” de esa manera, con esos precios y con la certeza de que ese acto cultural de compra y venta es mucho más que una transacción comercial.

—¿Podría decirse que ese es el motivo principal que impulsó la apertura de la librería?
—Dentro del fárrago de emergencias (alimentaria, sanitaria, educacional, de vivienda, social, para decirlo todo) que dejaron los años de neoliberalismo en el país, hay una, enorme, que se arrastra desde mucho tiempo atrás: la cultural. A raíz de esa emergencia se tomaron las peores decisiones sociales y se terminó de diseñar un país sometido a los designios de los grandes grupos económicos. Digo “cultural” en el sentido amplio del término: ese que nos obliga a aceptar lo que otros, poderosos, determinan como “la realidad”; ese que nos obliga a hablar, leer, soñar y pensar lo que otros, poderosos, dicen que tenemos que hablar, leer, soñar y pensar. Como una forma de paliar, de alguna manera, por mínima que sea, esa derrota cultural que vivimos los argentinos, decidí abrir una librería donde el hecho de vender/comprar un libro no sea un mero acto mercantil sino un acto cultural: una decisión que toman las dos partes. Para ello, era imprescindible conseguir libros que estuvieran al alcance de cualquier bolsillo.

—Vámonos un poco más atrás en el tiempo y contanos acerca de tu relación con los libros, la literatura, el periodismo…
—Empecé a leer compulsivamente a los 13 años. ¿De dónde provenían los libros en una casa cuyo único ejemplar era la guía telefónica? No recuerdo exactamente todos los rebusques: préstamos de primos/as que nunca fueron devueltos, retiros de bibliotecas de la escuela primaria y tantos otros. Pero, seguramente, muchos, muchísimos llegaron tomados sin permiso en las mudanzas que hacía mi viejo y en las cuales yo trabajaba como peón. A medida que fui creciendo, también iba creciendo mi biblioteca. Los sucesivos trabajos rendían frutos si, a fin de mes, podía dedicar buena parte de mi sueldo a la compra en librerías. Luego, la militancia política me fue proveyendo de más material. Ni que hablar cuando comencé a trabajar en librerías y después en editoriales y distribuidoras y después, finalmente, como periodista cultural en las muchas revistas y diarios en los que empecé a escribir.

—¿Entendés que esa relación fue creciendo y madurando con el tiempo?
—Mi relación con el libro siempre fue la misma, nunca varió desde los primeros libros robados hasta el que empecé a leer ayer. Como decía Ricardo Piglia, “el valor de la lectura no depende del libro en sí mismo, sino de las emociones asociadas al acto de leer”.  

—¿Sentís que los libros en papel realmente están en riesgo en épocas de tanta cosa digital?
—El fin de los libros en papel viene zarandeándose desde hace varias décadas, sin embargo, el porcentaje de lectura en medios alternativos nunca sube a los dos dígitos. Las posibilidades que brinda el objeto libro por sobre los otros soportes siguen siendo abrumadoras. Más allá de poder olerlo, acariciarlo, doblarle las puntas de las hojas para recordar esa frase, hay una cuestión imposible de igualar: la de poder cotejar entre cuatro o cinco o más escritos sin necesidad de abrir y cerrar ventanas o de tener varios dispositivos al mismo tiempo sobre el escritorio. El libro sigue yendo al colectivo, al tren, a la cama, a la playa, a la montaña, al bar. Sigue acompañando como desde que se universalizó su uso.

—¿Entonces descartamos que su existencia esté en crisis?
—La verdadera crisis es la de la falta de lectura, no la del papel. Y el libro sigue siendo ese objeto amigable que está ahí, esperando que alguien lo levante de la mesa o lo saque de la estantería y lo abra.

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