Literatura
Memphis la Blusera: el libro que salda una vieja deuda
Por Martín Sassone (*)
Lo único importante – La fantástica historia de Memphis la Blusera es el título del nuevo libro de Guillermo Blanco Alvarado que acaba de llegar a las librerías y que se propone reconstruir, con mirada periodística y pulso narrativo, el derrotero completo de una de las bandas más influyentes del blues argentino. Editado por El Bien del Sauce, el volumen tiene 300 páginas y se presenta como una obra coral, sostenida por decenas de testimonios de músicos, amigos, familiares y allegados al grupo.
El libro recorre la historia de Memphis la Blusera desde sus primeros pasos a mediados de los años setenta hasta la actualidad, integrando no solo el relato interno de la banda sino también el contexto histórico y cultural que permitió su irrupción. En una escena donde el blues argentino, que había estado dominado por formaciones en formato de trío -como Manal o Pappo’s Blues-, Memphis propuso una identidad distinta, con una banda numerosa, una impronta rítmica poderosa y letras que conectaron con un público cada vez más amplio.

Adrián Otero, Emilio Villanueva y el Ruso Beiserman aparecen como figuras centrales en el nacimiento de un proyecto que alcanzaría su punto de mayor visibilidad en la década del noventa, cuando el blues vivió un verdadero boom en la Argentina. En esos años, la banda llenaba teatros como el Gran Rex y el Ópera, tocaba en el estadio Obras y vendía discos de manera masiva, en paralelo a la llegada al país de grandes músicos internacionales del género.
Blanco Alvarado estructuró el libro a partir de múltiples capas: biografías de todos los músicos que pasaron por la banda, reseñas de los discos a cargo de periodistas y colegas, y un relato cronológico que va desde los barrios de origen de sus fundadores —cuando el blues se escuchaba “en cuentagotas”— hasta los años de consagración, los cambios de formación, el declive, la separación y la posterior reconversión con nuevos protagonistas.
El texto no esquiva los conflictos: peleas internas, juicios, excesos, borracheras memorables y el impacto de muertes que marcaron al grupo forman parte de un recorrido intenso y sin edulcorantes. A lo largo de la lectura, el autor plantea interrogantes que se van revelando página a página: ¿por qué tantos cambios de integrantes?, ¿a quiénes estuvieron dedicadas canciones emblemáticas como La flor más bella o La bifurcada?, ¿fue Memphis la Blusera la banda de blues más grande de la Argentina?
Periodista de amplia trayectoria, Blanco Alvarado firma su tercer libro —el primero dedicado a la música— y vuelca en estas páginas su experiencia como conductor del programa radial No tan distintos, especializado en blues y jazz, por el que entrevistó a todos los miembros de la banda. En el prólogo, Humphrey Inzillo sintetiza el espíritu de la obra al señalar que resultaba llamativo que, hasta ahora, nadie hubiera contado esta historia. Por eso, define al libro como “un acto de justicia” con una banda que dejó una huella indeleble en la música popular argentina.
Capítulo 1: Pará y decime ¿quién sos vos? ¿y quién soy yo? ¿y quién es, aquél?
Por su música, por el espíritu de la banda desde siempre, por el aguante de quienes la seguían a todas partes, por el peso de la raíz y por la esencia que lograron sostener con cualquier formación, el barrio fue la marca registrada de Memphis la Blusera. Su estandarte.
Al hablar de barrio nos referimos a un concepto, un lugar en común, un aire más que otra cosa, casas bajas, adoquines, bastante menos cemento que en la actualidad. Porque fueron tres, si pensamos en límites formales, los barrios que se conjugaron, a la hora de hablar de los orígenes de la banda.
Floresta, uno de esos tres lugares que identifican a los líderes y fundadores de Memphis La Blusera, fue bautizado con ese nombre, el 29 de agosto de 1857, cuando la locomotora La Porteña se detuvo en la estación La Floresta, una zona de la ciudad donde se imponía una vegetación frondosa. Limita con Monte Castro al norte, Santa Rita al noreste, Flores al este, Parque Avellaneda al su-doeste, y Vélez Sarsfield al oeste. Hay dos cuestiones interesantes respecto de sus límites, ya que, por un lado, la intersección de las calles Bacacay y Belén, donde vivía Daniel “Ruso” Beiserman, pertenece al barrio de Vélez Sarsfield desde comienzos de los años 70. Y el otro punto a destacar es que Floresta no limita de manera formal con La Paternal. Sin embargo, en el imaginario popular, están pegados, porque el barrio denominado Villa General Mitre es para todos, una parte de Paternal, y lo mismo sucede con Santa Rita, cuyo extremo norte es considerado un apéndice de Floresta.
Mataderos, otra de las puntas de esta estrella, nació a partir de la instalación del Matadero Central de la ciudad. En algún momento se lo conoció como Nueva Chicago, aunque la relación con esa ciudad estadounidense no tuviera que ver con los blues, sino con la presencia del matadero y los frigoríficos. Con el paso del tiempo, el matadero dejó de existir, pero permanecieron los frigoríficos, la famosa Feria, y el club de futbol. Limita al oeste con algunas localidades del partido de La Matanza en la Provincia de Buenos Aires; al norte con Liniers, al este con Parque Avellaneda y al sur con Villa Lugano. Solo un pequeño vértice formado por las avenidas Emilio Castro y Escalada ubicado en el sudoeste limita con Villa Luro. Adrián Otero se crío en Villa Luro, y de ahí surge su simpatía por Vélez Sarsfield, pero siempre describió a Mataderos como “su barrio”. En la casa de Albariño al 1700 entre Tandil y Remedios, se mudó con su mamá, luego resi-dió su tío, también su hermano, y en la actualidad vive uno de sus sobrinos.
Por último, Paternal, que, como muchos de los barrios actuales, se fundó a partir de la llegada del ferrocarril. En este caso, ocurrió en 1887 aunque la estación se llamaba Chacarita, y modificó su nombre en 1904 debido a las gestiones realizadas por la Sociedad de Seguros “La Paternal”, propietaria de terrenos en la zona, donde edificaba viviendas para obreros. Se encuentra rodeado por los barrios de Villa Ortuzar al norte, Chacarita el noreste, Villa Crespo al este, Caballito al sudeste, Villa General Mitre al sur, Villa del Parque al oeste y Agronomía y Parque Chas al noroeste. La curiosidad aquí es que Emilio Villa-nueva, el saxo de La Paternal, en realidad vivía en lo que hoy sería Villa del Parque, a unos pocos metros del comienzo del barrio con el que se lo vinculó durante toda su vida.

En resumen, Adrián Otero, el poeta de Mataderos, era de Villa Luro, el Ruso Beiserman identificado con Floresta, vivía en Vélez Sarsfield, y la casa de Emilio Villanueva, el Saxo de La Paternal, se encuentra situada en Villa del Parque. Ninguna de estas circunstancias tiene la menor relevancia, claro, tampoco el hecho de que la esquina de Rivadavia y Lacarra, donde también desemboca Olivera, que del otro lado se llama Carrasco, donde todos ellos se conocieron, pertenezca al barrio de Vélez Sarsfield. El Ruso Beiserman será para siempre de Floresta, lo mismo que Eddy Vallejos, el King Alfano, Jorge Ferreras, Eduardo Annetta y Alberto García, en tanto Emilio Villanueva fue y sigue siendo un pedazo grande de Paternal, y a Adrián Otero se lo relacionará con Mataderos eternamente.
También podemos afirmar que Memphis La Blusera nació en Floresta, se desa-rrolló en La Paternal y le escribió a Mataderos. Punto Final para este debate que suelen alimentar, en trasnoches interminables, los fanáticos de la banda.
No eran tiempos amables para la rebeldía artística y los desafíos musicales. Ese año 1976 en el que Adrián, el Ruso y Emilio se conocieron, fue muy complicado en la Argentina, una nueva dictadura militar se había instalado el 24 de marzo, derrocando a María Estela Martínez, la viuda de Juan Domingo Perón, que ha-bía heredado la presidencia tras la muerte de su marido en 1974 y que, con la fuerte participación de José López Rega y su Triple A asesina, habían dejado el país en un estado de descontrol, razón por la cual diversos sectores civiles de la Argentina (algunos abiertamente, otros de forma solapada), reclamaban una renovada intervención de las fuerzas armadas. El resultado de esta gestión de los militares, es sabido, trajo las peores consecuencias que se tenga memoria, con una represión violenta e indiscriminada, una cantidad de desaparecidos calculada en 30.000 y decisiones económicas desacertadas que beneficiaron a los sectores de la sociedad que menos ayuda necesitaban del estado. El término “deuda externa” se instaló en ese período con un crecimiento sostenido que, al finalizar el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, llegó al 364%.
“Como género musical, el rock no figuraba en la lista de cosas y personas que los militares se proponían aniquilar, reemplazar y erradicar. No hubo quema de discos, pero sí discos de difusión restringida o directamente prohibida. No hubo músicos de rock desaparecidos, pero sí, algunos secuestrados, torturados y ame-nazados.”
La creación musical en la Argentina no se detuvo por el entorno sociopolítico, aunque en todo lo relacionado con la producción artística dependiente de lo económico, no hubo crecimiento. Fue el año de la publicación del Volumen 6 de Pappo’s Blues (que contenía el magnífico “Slide Blues”), lo más cercano al blues que se editó en la Argentina, un disco que en realidad se armó con temas que habían sido descartados del trabajo anterior del trío, porque Pappo se había ido a probar suerte a Inglaterra por dos años. Al mismo tiempo Vox Dei editaba “Ciego de Siglos”, Polifemo presentaba su disco debut y El Reloj hacía lo propio con su segundo vinilo de larga duración. Estos eran los álbumes que más atraían a los futuros integrantes de Memphis, aunque también se editaron discos de Invisible, La Máquina de Hacer Pájaros, Nito Mestre y los Desconocidos de Siempre, Alma y Vida, Crucis, y algunos de los cantautores más renombrados del rock nacional de ese momento; Litto Nebbia y León Gieco. Fue el momento en el que comenzó el exilio de gran cantidad de músicos argentinos, que empezó con Piero, y siguió con Litto Nebbia, Miguel Abuelo, Roque Narvaja y Miguel Cantilo, entre otros.
Los discos extranjeros tardaban en llegar a la Argentina. Si alguno de los muchachos hubiera intentado conseguir los álbumes de blues publicados en Estados Unidos en esos años, habría tenido problemas de difícil solución. “Right Place, Wrong Time” el disco más exitoso de Otis Rush, “King of the Blues” un nuevo compilado de B.B. King, fueron algunos de los que llegaron a la Argentina tiempo después. Menos suerte corrieron los trabajos de John Lee Hooker, Albert King, Taj Mahal, Willie Dixon y Paul Butterfield aparecidos ese año.
Si bien los discos de rock llegaban con más premura, lo primero que se recibió en las disquerías locales en ese tiempo, estaba relacionado con músicos que no entusiasmaban a Otero, ni a Villanueva, ni a Beiserman; Donna Summer, Elton John, ABBA, Bee Gees y otros artistas pop. “Frampton Comes Alive” se encon-traba lejos de sus intereses, pero podía llamar su atención porque les gustaba mucho Humble Pie, banda que integró Peter Frampton. Fue el año de la salida de “Black and Blue” de los Rolling Stones y “Presence” de Led Zeppelin, y trabajos más o menos interesantes de otros artistas de rock con influencias blueseras como Eric Clapton, Rory Gallagher, Foghat y los Allman Brothers.
(*) Agencia Noticias Argentinas
Historias Reflejadas
“Deseos”

Deseos
Miro por la ventana y espero. El tiempo se alarga detrás de los vidrios y crece en líneas rectas. Las hojas cambian de forma y bailan en círculos. Afuera, todo gira. Un manto rayado cubre las palabras, igual que adentro. Las paredes grises se prolongan sobre mi piel, también gris, como si los colores no fueran posibles, como un mandato. Me siento encerrado en un reflejo de rayas sin respuestas.
Bostezo. Un deseo de color se escapa de mi boca y se pega en la punta de mis dedos. Lo miro. Me mira. Lo suelto. Y vuela para atravesar la dureza de los vidrios. Vuela para que las rayas desaparezcan. Algo cambia adentro y afuera. Mi piel cambia sobre las paredes grises y deja huellas.
Espero, como un deseo, que la vida se tiña de colores y vuelva a entrar por mi ventana, sin rayas.
Andrea Viveca Sanz
Se reflejan en esta historia los siguientes libros: “Espero”, de Perla Suez con ilustraciones de Natalia Colombo; “Gris”, de Silvi Hei; “El pueblo que no quería ser gris”, de Beatriz Doumerc con ilustraciones de Ayax Barnes; y “Dentro de una cebra”, de Micaela Chirif con ilustraciones de Renato Moriconi.
Textos para escuchar
Amigos por el viento – Liliana Bodoc
Julieta Díaz lee el cuento Amigos por el viento, de Liliana Bodoc.
A veces, la vida se comporta como un viento: desordena y arrasa. Algo susurra pero no se le entiende. A su paso todo peligra; hasta lo que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas.
Cuando la vida se comporta de ese modo, se nos ensucian los ojo con los que vemos. Es decir, los verdaderos ojos. A nuestro lado, pasan papeles escritos con una letra que creemos reconocer. El cielo se mueve mas rápido que las horas. Y lo peor es que nadie sabe si, alguna vez, regresara la calma.Así ocurrió el día que papá se fue de casa. La vida se nos transformó en viento casi sin dar aviso. Yo recuerdo la puerta que se cerró detrás de su sombra y sus valijas. También puedo recordar la ropa reseca sacudiéndose al sol mientras mamá cerraba las ventanas para que, adentro y adentro, algo quedara en su sitio.
– Le dije a Ricardo que viniera con su hijo. ¿Qué te parece?
– Me parece bien – mentí.Mamá dejó de pulir la bandeja, y me miró:
– No me lo estás deciendo muy convencida…
– Yo no tengo que estar convencida.
– ¿Y eso que significa? – preguntó la mujer que más preguntas me hizo en mi vida.Me vi obligada a levantar los ojos del libro:
– Significa que es tu cumpleaños, y no el mío – respondí.
La gata salió de su canasto, y fue a enredarse entre las piernas de mamá.
Que mamá tuviera novio era casi insoportable. Pero que ese novio tuviera un hijo era una verdadera amenaza. Otra vez, un peligro rondaba mi vida. Otra vez había viento en el horizonte.– Se van a entender bien – dijo mamá -. Juanjo tiene tu edad.
La gata, único ser que entendía mi desolación, saltó sobre mis rodillas. Gracias, gatita buena.
Habían pasado varios años desde aquel viento que se llevó a papá. En casa ya estaban reparados los daños. Los huecos de la biblioteca fueron ocupados con nuevos libros. Y hacía mucho que yo no encontraba gotas de llanto escondidas en los jarrones, disimuladas como estalactitas en el congelador, disfrazadas de pedacitos de cristal. “Se me acaba de romper una copa”, inventaba mamá, que, con tal de ocultarme su tristeza, era capaz de esas y otras asombrozas hechicerías.Ya no había huellas de viento ni de llantos. Y justo cuando empezábamos a reírnos con ganas y a pasear juntas en bicicleta, aparecía un tal Ricardo y todo volvía a peligrar.
Mamá sacó las cocadas del horno. Antes del viento, ella las hacía cada domingo. Después pareció tomarle rencor a la receta, porque se molestaba con la sola mención del asunto. Ahora, el tal Ricardo y su Juanjo habían conseguido que volviera a hacerlas. Algo que yo no pude conseguir.– Me voy a arreglar un poco – dijo mamá mirándose las manos. – Lo único que falta es que lleguen y me encuentren hecha un desastre.
– ¿Qué te vas a poner? – le pregunté en un supremo esfuerzo de amor.
– El vestido azul.Mamá salió de la cocina, la gata regresó a su canasto. Y yo me quedé sola para imaginar lo que me esperaba.
Seguramente, ese horrible Juanjo iba a devorar las cocadas. Y los pedacitos de merengue quedarían pegados en los costados de su boca. También era seguro que iba a dejar sucio el jabón cuando se lavara las manos. Iba a hablar de su perro con tal de desmerecer a mi gata.
Pude verlo por mi casa transitando con los cordones de las zapatillas desatados, tratando de anticipar la manera de quedarse con mi dormitorio. Pero, aún más que ninguna otra cosa, me aterró la certeza de que sería uno de esos chicos que en vez de hablar, hacen ruidos: frenadas de autos, golpes en el estómago, sirenas de bomberos, ametralladoras y explosiones.– ¡Mamá! – grité pegada a la puerta del baño.
– ¿Qué pasa? – me respondió desde la ducha.
– ¿Cómo se llaman esas palabras que parecen ruidos?El agua caía apenas tibia, mamá intentaba comprender mi pregunta, la gata dormía y yo esperaba.
– ¿Palabras que parecen ruidos? – repitió.
– Sí. – Y aclaré -: Plum, Plaf, Ugg…¡Ring!
– Por favor – dijo mamá -, están llamando.
No tuve más remedio que abrir la puerta.
– ¡Hola! – dijeron las rosas que traía Ricardo.
– ¡Hola! – dijo Ricardo asomado detrás de las rosas.Yo mira a su hijo sin piedad. Como lo había imaginado, traía puesta una remera ridícula y un pantalón que le quedaba corto.
Enseguida, apareció mamá. Estaba tan linda como si no se hubiese arreglado. Así le pasaba a ella. Y el azul les quedaba muy bien a sus cejas espesas.– Podrían ir a escuchar música a tu habitación – sugirió la mujer que cumplía años, desesperada por la falta de aire. Y es que yo me lo había tragado todo para matar por asfixia a los invitados.
Cumplí sin quejarme. El horrible chico me siguió en silencio. Me senté en una cama. Él se sentó en la otra. Sin dudas, ya estaría decidiendo que el dormitorio pronto sería de su propiedad. Y yo dormiría en el canasto, junto a la gata.
No puse música porque no tenía nada que festejar. Aquel era un día triste para mí. No me pareció justo, y decidí que también él debía sufrir. Entonces, busqué una espina y la puse entre signos de preguntas:– ¿Cuánto hace que se murió tu mamá?
Juanjo abrió grandes los ojos para disimular algo.
– Cuatro años – contestó.
Pero mi rabia no se conformó con eso:
– ¿Y cómo fue? – volví a preguntar.
Esta vez, entrecerró los ojos.
Yo esperaba oír cualquier respuesta, menos la que llegó desde su voz cortada.– Fue… fue como un viento – dijo.
Agaché la cabeza, y dejé salir el aire que tenía guardado. Juanjo estaba hablando del viento, ¿sería el mismo que pasó por mi vida?
– ¿Es un viento que llega de repente y se mete en todos lados? – pregunté.
– Sí, es ese.
– ¿Y también susurra…?
– Mi viento susurraba – dijo Juanjo -. Pero no entendí lo que decía.
– Yo tampoco entendí. – Los dos vientos se mezclaron en mi cabeza.Pasó un silencio.
– Un viento tan fuerte que movió los edificios – dijo él -. Y éso que los edificios tienen raíces…
Pasó una respiración.
– A mí se me ensuciaron los ojos – dije.
Pasaron dos.
– A mí también.
– ¿Tu papá cerró las ventanas? – pregunté.
– Sí.
– Mi mamá también.
– ¿Por qué lo habrán hecho? – Juanjo parecía asustado.
– Debe de haber sido para que algo quedara en su sitio.A veces, la vida se comporta como el viento: desordena y arrasa. Algo susurra, pero no se le entiende. A su paso todo peligra; hasta aquello que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas.
– Si querés vamos a comer cocadas – le dije.
Porque Juanjo y yo teníamos un viento en común. Y quizá ya era tiempo de abrir las ventanas.
(Audio extraído del programa Calibroscopio del Canal Pakapaka)
Literatura
“Ya toqué todas mis melodías”: el británico Julian Barnes anunció su último libro
El escritor británico Julian Barnes, una de las figuras centrales de la literatura contemporánea en lengua inglesa, confirmó que “Departure(s)”, su próxima novela, será el último libro de su carrera. A punto de cumplir 80 años, el autor sostuvo que siente haber agotado su repertorio creativo: “Tengo la sensación de que ya toqué todas mis melodías”, afirmó en una entrevista con The Telegraph.
Barnes explicó que el criterio para dejar de escribir no debería ser la posibilidad de seguir publicando, sino la convicción íntima de haber dicho todo lo que se tenía para decir. “No debería escribir un libro solo porque vaya a ser publicado. Hay que continuar hasta haberlo expresado todo, y yo llegué a ese punto”, señaló. Sin embargo, aclaró que no abandonará por completo la escritura: continuará con el periodismo cultural, reseñas y colaboraciones, una actividad que antecede a su trayectoria como novelista.
“Departure(s)” se presenta como una obra híbrida, a medio camino entre el ensayo, el memoir y la ficción. El libro gira en torno al papel del propio Barnes como intermediario entre dos amigos, Stephen y Jean —cuyas identidades permanecen anonimizadas—, que fueron amantes y luego se separaron. La historia retoma muchos de los temas que atraviesan su obra: la memoria y sus fisuras, el amor y la amistad, el paso del tiempo, el envejecimiento y la muerte.
El anuncio llega en un contexto vital particular. Barnes convive desde hace seis años con un tipo raro de cáncer de sangre, controlado mediante quimioterapia oral diaria. “Por ahora, es un empate”, dijo sobre su enfermedad, que —según explicó— contribuye a un debilitamiento progresivo del cuerpo, aunque ya forma parte de su rutina.
Viudo desde 2008, cuando murió su esposa y agente literaria Pat Kavanagh a causa de un tumor cerebral, el autor reveló recientemente que se volvió a casar en secreto en agosto pasado con Rachel Cugnoni, editora y compañera desde hace ocho años, a quien conoce desde hace casi tres décadas.
Con una carrera de 45 años, Barnes publicó 15 novelas y 10 libros de no ficción. Debutó en 1980 con “Metroland”, pero alcanzó el reconocimiento internacional con “Flaubert’s Parrot” (1984). Tras varias nominaciones, obtuvo el Booker Prize en 2011 por “The Sense of an Ending”. También escribe novela policial bajo el seudónimo Dan Kavanagh.
Lejos del dramatismo, Barnes evaluó su trayectoria con gratitud: “He tenido una vida afortunada. Si a los 30 me hubieran dicho que escribiría tantos libros que a tanta gente le gustaría leer, me habría parecido increíble”. Sobre la muerte, concluyó con sobriedad: ya no la teme como antes, aunque reconoce que el final siempre es una incógnita.
(Fuente: Agencia Noticias Argentinas)
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