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Literatura

Memphis la Blusera: el libro que salda una vieja deuda

Emilio Villanueva, Adrián Otero y Daniel Beiserman al frente de Memphis la Blusera en 1985

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Por Martín Sassone (*)

Lo único importante – La fantástica historia de Memphis la Blusera es el título del nuevo libro de Guillermo Blanco Alvarado que acaba de llegar a las librerías y que se propone reconstruir, con mirada periodística y pulso narrativo, el derrotero completo de una de las bandas más influyentes del blues argentino. Editado por El Bien del Sauce, el volumen tiene 300 páginas y se presenta como una obra coral, sostenida por decenas de testimonios de músicos, amigos, familiares y allegados al grupo.

El libro recorre la historia de Memphis la Blusera desde sus primeros pasos a mediados de los años setenta hasta la actualidad, integrando no solo el relato interno de la banda sino también el contexto histórico y cultural que permitió su irrupción. En una escena donde el blues argentino, que había estado dominado por formaciones en formato de trío -como Manal o Pappo’s Blues-, Memphis propuso una identidad distinta, con una banda numerosa, una impronta rítmica poderosa y letras que conectaron con un público cada vez más amplio.

Adrián Otero, Emilio Villanueva y el Ruso Beiserman aparecen como figuras centrales en el nacimiento de un proyecto que alcanzaría su punto de mayor visibilidad en la década del noventa, cuando el blues vivió un verdadero boom en la Argentina. En esos años, la banda llenaba teatros como el Gran Rex y el Ópera, tocaba en el estadio Obras y vendía discos de manera masiva, en paralelo a la llegada al país de grandes músicos internacionales del género.

Blanco Alvarado estructuró el libro a partir de múltiples capas: biografías de todos los músicos que pasaron por la banda, reseñas de los discos a cargo de periodistas y colegas, y un relato cronológico que va desde los barrios de origen de sus fundadores —cuando el blues se escuchaba “en cuentagotas”— hasta los años de consagración, los cambios de formación, el declive, la separación y la posterior reconversión con nuevos protagonistas.

El texto no esquiva los conflictos: peleas internas, juicios, excesos, borracheras memorables y el impacto de muertes que marcaron al grupo forman parte de un recorrido intenso y sin edulcorantes. A lo largo de la lectura, el autor plantea interrogantes que se van revelando página a página: ¿por qué tantos cambios de integrantes?, ¿a quiénes estuvieron dedicadas canciones emblemáticas como La flor más bella o La bifurcada?, ¿fue Memphis la Blusera la banda de blues más grande de la Argentina?

Periodista de amplia trayectoria, Blanco Alvarado firma su tercer libro —el primero dedicado a la música— y vuelca en estas páginas su experiencia como conductor del programa radial No tan distintos, especializado en blues y jazz, por el que entrevistó a todos los miembros de la banda. En el prólogo, Humphrey Inzillo sintetiza el espíritu de la obra al señalar que resultaba llamativo que, hasta ahora, nadie hubiera contado esta historia. Por eso, define al libro como “un acto de justicia” con una banda que dejó una huella indeleble en la música popular argentina.

Capítulo 1: Pará y decime ¿quién sos vos? ¿y quién soy yo? ¿y quién es, aquél?

Por su música, por el espíritu de la banda desde siempre, por el aguante de quienes la seguían a todas partes, por el peso de la raíz y por la esencia que lograron sostener con cualquier formación, el barrio fue la marca registrada de Memphis la Blusera. Su estandarte.

Al hablar de barrio nos referimos a un concepto, un lugar en común, un aire más que otra cosa, casas bajas, adoquines, bastante menos cemento que en la actualidad. Porque fueron tres, si pensamos en límites formales, los barrios que se conjugaron, a la hora de hablar de los orígenes de la banda.

Floresta, uno de esos tres lugares que identifican a los líderes y fundadores de Memphis La Blusera, fue bautizado con ese nombre, el 29 de agosto de 1857, cuando la locomotora La Porteña se detuvo en la estación La Floresta, una zona de la ciudad donde se imponía una vegetación frondosa. Limita con Monte Castro  al norte, Santa Rita  al noreste, Flores  al este, Parque Avellaneda al su-doeste, y Vélez Sarsfield al oeste. Hay dos cuestiones interesantes respecto de sus límites, ya que, por un lado, la intersección de las calles Bacacay y Belén, donde vivía Daniel “Ruso” Beiserman, pertenece al barrio de Vélez Sarsfield desde comienzos de los años 70. Y el otro punto a destacar es que Floresta no limita de manera formal con La Paternal. Sin embargo, en el imaginario popular, están pegados, porque el barrio denominado Villa General Mitre es para todos, una parte de Paternal, y lo mismo sucede con Santa Rita, cuyo extremo norte es considerado un apéndice de Floresta.

Mataderos, otra de las puntas de esta estrella, nació a partir de la instalación del Matadero Central de la ciudad. En algún momento se lo conoció como Nueva Chicago, aunque la relación con esa ciudad estadounidense no tuviera que ver con los blues, sino con la presencia del matadero y los frigoríficos. Con el paso del tiempo, el matadero dejó de existir, pero permanecieron los frigoríficos, la famosa Feria, y el club de futbol. Limita al oeste con algunas localidades del partido de La Matanza en la Provincia de Buenos Aires; al norte con Liniers, al este con Parque Avellaneda y al sur con Villa Lugano. Solo un pequeño vértice formado por las avenidas Emilio Castro y Escalada ubicado en el sudoeste limita con Villa Luro. Adrián Otero se crío en Villa Luro, y de ahí surge su simpatía por Vélez Sarsfield, pero siempre describió a Mataderos como “su barrio”. En la casa de Albariño al 1700 entre Tandil y Remedios, se mudó con su mamá, luego resi-dió su tío, también su hermano, y en la actualidad vive uno de sus sobrinos.

Por último, Paternal, que, como muchos de los barrios actuales, se fundó a partir de la llegada del ferrocarril. En este caso, ocurrió en 1887 aunque la estación se llamaba Chacarita, y modificó su nombre en 1904 debido a las gestiones realizadas por la Sociedad de Seguros “La Paternal”, propietaria de terrenos en la zona, donde edificaba viviendas para obreros. Se encuentra rodeado por los barrios de Villa Ortuzar al norte, Chacarita el noreste, Villa Crespo al este, Caballito al sudeste, Villa General Mitre al sur, Villa del Parque al oeste y Agronomía y Parque Chas al noroeste. La curiosidad aquí es que Emilio Villa-nueva, el saxo de La Paternal, en realidad vivía en lo que hoy sería Villa del Parque, a unos pocos metros del comienzo del barrio con el que se lo vinculó durante toda su vida.

En resumen, Adrián Otero, el poeta de Mataderos, era de Villa Luro, el Ruso Beiserman identificado con Floresta, vivía en Vélez Sarsfield, y la casa de Emilio Villanueva, el Saxo de La Paternal, se encuentra situada en Villa del Parque. Ninguna de estas circunstancias tiene la menor relevancia, claro, tampoco el hecho de que la esquina de Rivadavia y Lacarra, donde también desemboca Olivera, que del otro lado se llama Carrasco, donde todos ellos se conocieron, pertenezca al barrio de Vélez Sarsfield. El Ruso Beiserman será para siempre de Floresta, lo mismo que Eddy Vallejos, el King Alfano, Jorge Ferreras, Eduardo Annetta y Alberto García, en tanto Emilio Villanueva fue y sigue siendo un pedazo grande de Paternal, y a Adrián Otero se lo relacionará con Mataderos eternamente.

También podemos afirmar que Memphis La Blusera nació en Floresta, se desa-rrolló en La Paternal y le escribió a Mataderos. Punto Final para este debate que suelen alimentar, en trasnoches interminables, los fanáticos de la banda.

No eran tiempos amables para la rebeldía artística y los desafíos musicales. Ese año 1976 en el que Adrián, el Ruso y Emilio se conocieron, fue muy complicado en la Argentina, una nueva dictadura militar se había instalado el 24 de marzo, derrocando a María Estela Martínez, la viuda de Juan Domingo Perón, que ha-bía heredado la presidencia tras la muerte de su marido en 1974 y que, con la fuerte participación de José López Rega y su Triple A asesina, habían dejado el país en un estado de descontrol, razón por la cual diversos sectores civiles de la Argentina (algunos abiertamente, otros de forma solapada), reclamaban una renovada intervención de las fuerzas armadas. El resultado de esta gestión de los militares, es sabido, trajo las peores consecuencias que se tenga memoria, con una represión violenta e indiscriminada, una cantidad de desaparecidos calculada en 30.000 y decisiones económicas desacertadas que beneficiaron a los sectores de la sociedad que menos ayuda necesitaban del estado. El término “deuda externa” se instaló en ese período con un crecimiento sostenido que, al finalizar el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, llegó al 364%.

“Como género musical, el rock no figuraba en la lista de cosas y personas que los militares se proponían aniquilar, reemplazar y erradicar. No hubo quema de discos, pero sí discos de difusión restringida o directamente prohibida. No hubo músicos de rock desaparecidos, pero sí, algunos secuestrados, torturados y ame-nazados.” 

La creación musical en la Argentina no se detuvo por el entorno sociopolítico, aunque en todo lo relacionado con la producción artística dependiente de lo económico, no hubo crecimiento. Fue el año de la publicación del Volumen 6 de Pappo’s Blues (que contenía el magnífico “Slide Blues”), lo más cercano al blues que se editó en la Argentina, un disco que en realidad se armó con temas que habían sido descartados del trabajo anterior del trío, porque Pappo se había ido a probar suerte a Inglaterra por dos años. Al mismo tiempo Vox Dei editaba “Ciego de Siglos”, Polifemo presentaba su disco debut y El Reloj hacía lo propio con su segundo vinilo de larga duración. Estos eran los álbumes que más atraían a los futuros integrantes de Memphis, aunque también se editaron discos de Invisible, La Máquina de Hacer Pájaros, Nito Mestre y los Desconocidos de Siempre, Alma y Vida, Crucis, y algunos de los cantautores más renombrados del rock nacional de ese momento; Litto Nebbia y León Gieco. Fue el momento en el que comenzó el exilio de gran cantidad de músicos argentinos, que empezó con Piero, y siguió con Litto Nebbia, Miguel Abuelo, Roque Narvaja y Miguel Cantilo, entre otros.

Los discos extranjeros tardaban en llegar a la Argentina. Si alguno de los muchachos hubiera intentado conseguir los álbumes de blues publicados en Estados Unidos en esos años, habría tenido problemas de difícil solución. “Right Place, Wrong Time” el disco más exitoso de Otis Rush, “King of the Blues” un nuevo compilado de B.B. King, fueron algunos de los que llegaron a la Argentina tiempo después. Menos suerte corrieron los trabajos de John Lee Hooker, Albert King, Taj Mahal, Willie Dixon y Paul Butterfield aparecidos ese año.

Si bien los discos de rock llegaban con más premura, lo primero que se recibió en las disquerías locales en ese tiempo, estaba relacionado con músicos que no entusiasmaban a Otero, ni a Villanueva, ni a Beiserman; Donna Summer, Elton John, ABBA, Bee Gees y otros artistas pop. “Frampton Comes Alive” se encon-traba lejos de sus intereses, pero podía llamar su atención porque les gustaba mucho Humble Pie, banda que integró Peter Frampton. Fue el año de la salida de “Black and Blue” de los Rolling Stones y “Presence” de Led Zeppelin, y trabajos más o menos interesantes de otros artistas de rock con influencias blueseras como Eric Clapton, Rory Gallagher, Foghat y los Allman Brothers.

(*) Agencia Noticias Argentinas

Literatura

“Cabrón”, la nueva novela de Reynaldo Sietecase

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El escritor y periodista rosarino Reynaldo Sietecase publicó “Cabrón” (Alfaguara), una novela de tono autobiográfico en la que emprende la reconstrucción afectiva y crítica de la figura de su padre, muchos años después de su muerte. El libro se presenta como una indagación íntima que, a partir de recuerdos y objetos heredados, explora los pliegues de una relación compleja y las marcas que esa historia dejó en el autor.

“Escribo sobre mi padre por necesidad. Para iluminar un vacío, no para llenarlo. Tengo derecho a inventar una memoria real allí donde solo existe una herida”, afirma el narrador en uno de los pasajes que condensan el espíritu de la obra. A partir de esa premisa, la novela avanza como una arqueología familiar en la que conviven la evocación amorosa y la revisión crítica.

Heredero de un nombre, de ciertos gestos y de objetos cargados de simbolismo —unos anteojos, un reloj de ajedrez, libros y discos compartidos—, el hijo intenta responder una pregunta central: quién fue realmente ese hombre capaz de mostrarse sensible y afectuoso, pero también controlador y autoritario. En ese recorrido, la narración desentraña no solo la identidad del padre sino también la propia, al interrogar cuánto de aquello que se rechaza permanece, de algún modo, en uno mismo.

La obra también se inscribe en una dimensión colectiva. Según el autor, se trata de un libro “sobre una época, sobre una familia, sobre el país”, en el que la memoria individual dialoga con el contexto histórico y social. Así, la reconstrucción íntima se proyecta hacia una reflexión más amplia sobre las herencias simbólicas y emocionales.

Nacido en Rosario en 1961, Sietecase es poeta, narrador y periodista. Publicó novelas como “Un crimen argentino”, “A cuántos hay que matar”, “No pidas nada” y “La Rey”, además de libros de cuentos, poesía y crónicas. Con “Cabrón”, suma a su trayectoria una obra que, según sus propias palabras, es “quizás la más íntima y entrañable” de su producción literaria.

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Textos para escuchar

Pasar por el espejo – Luis Carranza Torres

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El escritor cordobés Luis Carranza Torres lee su cuento Pasar por el espejo

Mi reflejo en el espejo no era yo sino aquella que había sido antes. De alguna forma, sabía eso. Parada frente al espejo, fogonazos de esa vida que no alcanzaba a comprender, me azotaban la mente y me sacudían en lo profundo del espíritu. Otra yo en otra vida, espejo de por medio. Mi imagen se reflejaba distinta sobre el vidrio pulido, provocándome una gran confusión. No entendía muchas cosas pero sabía que esa, al otro lado del espejo, era yo. Aun cuando tuviera un palmo más de altura, o el color de su cabello no fuera castaño sino negrísimo. Lo confirmaba al verla a los ojos, a pesar del distinto color alrededor de las pupilas. A mi tono ámbar el espejo lo devolvía como un gris apagado. Pero podía ver la misma mirada de estupor que estaba sintiendo. Una mezcla de temor y ansiedad, pero también de creciente excitación.

Observaba, maravillada, como no se parecía en nada a mi actual aspecto. Claro que, también pensé, tampoco yo lucía del mismo modo que al nacer, o cuando niña.

No me cabía duda alguna, me reconocía por lo que mostraban esas facciones: angustia, orfandad. Siempre me había visto así, más acá o más allá del espejo. Castaña o morocha, más alta o más baja.

—No luches—me dijo la figura al otro lado del espejo. Movía sus labios aunque yo tuviera paralizado los míos—. Es inútil. No depende de ti ni de mí. Sólo tiene que suceder. Volver a ser una. La felicidad pasa por estar completas.

El espejo, o ella en el espejo, me atrajo hacia el otro lado. Se trataba de una sensación extraña, que principió con un cosquilleo y luego prosiguió en tremendos espasmos. Una corriente inmaterial que me arrastraba hacia lo que tenía en frente, espejo de por medio. La imagen de la que era en otra parte o había sido en otro tiempo. Un otro yo que me buscaba, para unirse a mí. Nuestras palmas de las manos se tocaron a uno y otro lado. Experimenté entonces una especie de una corriente eléctrica, intensa. Una sacudida dolorosa pero liberadora que, por alguna razón, contenía una promesa de paz. Asustada, estremecida, no pude dejar de mirarla, ni de ir hacia ella. Me resultaba imposible dejar de observarla o resistirme a ser arrastrada. Ella me atraía, como un imán espiritual poderoso, a lo profundo del espejo, a fundirme con esa que era yo. Tras todas dudas y algo de pelea, me dejé ir. Mi rostro se agrandó hasta ser tragado por el espejo en un estallido de estrépito.

Todo se volvió blanco. De un blanco brillante que deslumbraba. Dolor. Me sentí flotar. El resplandor se transformó en luz. Parpadeé para acostumbrarme, desde la oscuridad dolorosa en la que había caída, a la nueva claridad donde me hallaba.

Un hombre de blanco y lentes me observó. Muy serio.

—¿Que me pasó?—pregunté.

El hombre de blanco me respondió con voz cansada:

—Otra vez olvidaste tomar tus pastillas.

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Literatura

Distinguen al escritor portugués Gonçalo M. Tavares con el Premio Formentor de las Letras 2026

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El escritor portugués Gonçalo M. Tavares fue distinguido por unanimidad con el Premio Formentor de las Letras 2026, según se anunció el martes. El jurado destacó que su obra “enriquece la escuela de la gran literatura”, sigue “la huella del desorden narrativo de la existencia” y evoca “la parabólica alegoría del enigma universal”.

El galardón, que desde 1961 reconoce la trayectoria de autores cuya obra ensancha las fronteras de la literatura contemporánea, valoró en esta edición la capacidad del autor para “desvelar las inesperadas implicaciones de una humanidad asustada de sí misma” y narrar “la paradójica epopeya del extravío contemporáneo”, según el acta.

El jurado —integrado por Elide Pittarello, Gerald Martin, Sonia Hernández, Pilar del Río y Basilio Baltasar— subrayó la osadía de Tavares al construir una narrativa ajena “a las tentaciones de la obviedad” y su permanente dilución de los límites entre géneros literarios. En sus ficciones, añadieron, confluyen el misterio del dolor y el fulgor del deseo, en escenarios que evocan tanto la penumbra del alma humana como la búsqueda de redención en una historia agotada.

Criado en el norte de Portugal, Tavares es escritor, dramaturgo y poeta, y está considerado una de las voces más originales de la narrativa europea actual. De formación multidisciplinar —estudió Física, Deportes y Arte—, es profesor de Teoría de la Ciencia y Epistemología en la Universidad de Lisboa, una impronta intelectual que atraviesa su obra con precisión conceptual y una constante exploración de los límites de la lógica y la razón.

Desde su debut en 2001 con “Livro da dança”, ha construido un universo literario vasto y coherente, traducido a más de cincuenta idiomas y publicado en cerca de setenta países. Es el tercer autor portugués más traducido, después de Fernando Pessoa y Eça de Queiroz, con más de doscientas ediciones internacionales.

Entre sus proyectos más reconocidos figura el ciclo novelístico “El Reino”, que reúne títulos como “Un hombre: Klaus Klump”, “La máquina de Joseph Walser”, “Jerusalén” y “Aprender a rezar en la era de la técnica”; también la serie de ficciones breves “El barrio” y la epopeya “Un viaje a la India”. Su libro más reciente es la sátira distópica “O Fim dos Estados Unidos da América” (Relógio D’Água, 2025).

A lo largo de su trayectoria recibió, entre otros reconocimientos, el Premio José Saramago (2005), el Premio Camilo Castelo Branco (2006), el Premio al Mejor Libro Extranjero en Francia (2010), el Premio Literario Europeo (2011), el Grande Prémio de Romance e Novela (2011), el Premio Vergílio Ferreira (2017) y el Prix Laure-Bataillon (2021).

Dotado con 50.000 euros y con el mecenazgo de las familias Barceló y Buadas, el Premio Formentor fue fundado en 1961 por un grupo de editores europeos, entre ellos Carlos Barral, Claude Gallimard y Giulio Einaudi. Tras su recuperación en 2011, distinguió a autores como Carlos FuentesJavier MaríasAnnie Ernaux y César Aira.

El premio y las Conversaciones Literarias están organizados por la Fundación Formentor, con sede en Mallorca, enclave que en los años 60 fue punto de encuentro de la vanguardia editorial europea.

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Propietario: Contarte Cultura
Domicilio:La Plata, Provincia de Buenos Aires
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