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Aline Miklos: “Hacemos canciones para recordar que en la vida siempre estamos de paso”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini / PH: Sol Janik //

Una melodía cincela las palabras, las esculpe sobre el paisaje, son huellas, música que rueda, viaja con los pies, late, se desplaza por los cuerpos y convoca a la danza, que salta las piedras, recorta sus vértices para preservar la esencia, lo que no se ve, lo que se esconde en los laberintos de la historia y aletea, como un ave, como un pájaro negro.

Aline Miklos es música y compositora, por su sangre corre la historia del pueblo romaní/gitano, hay leyendas y melodías guardadas en su cuerpo, vivencias escondidas en las canciones que brotan desde adentro y la llevan a crear.

En diálogo con ContArte Cultura, la cantautora cuenta acerca de su encuentro con la música y con la esencia de su pueblo, y presenta su último disco: “Pájaro negro”.

—Vamos a comenzar esta charla con una imagen que seguramente servirá para presentarte: El pájaro negro. ¿Qué tiene que ver con vos ese pájaro que sobrevuela tu historia?
Pájaro Negro sobrevuela a mi historia y a de todas las personas romaníes/gitanas que fueron perseguidas durante el nazismo y otros regímenes autoritarios. Este nombre fue tomado de una canción anónima de un o una prisionera gitana del campo de concentración de Auschwitz. En la letra, el autor dice que tiene frío y hambre, pero pide a un pájaro negro (Kalo Chiriklo en romaní) que diga a su familia que va a volver a su casa para abrazar a sus hijos y estar en paz con la familia.  

—¿Cuándo descubriste que el lenguaje de la música sería una manera de expresión para vos? 
—La música entra en mi vida desde niña de la mano de mi padre, de mis tíos y de mi abuela. La mayoría son músicos amateurs, pero nunca dejaron de tocar. Desde muy temprana edad ya cantaba en las reuniones familiares y demostraba una preferencia a las canciones antiguas, cantadas en romaní por mis abuelos. A los 23 años fui a hacer una maestría en Francia, en historia del arte, y en ese país tuve contacto con grandes músicos e investigadores gitanos de varias partes del mundo. Con Brahim Music monté un ensamble de música gitana para tocar en las fiestas y manifestaciones por los derechos de los pueblos romaníes en París, siempre organizadas por la ONG La Voix des Rroms, de la cual yo formaba parte. El ensamble era un desorden total, éramos gitanos de distintos lugares del mundo (Brasil, Kosovo, Albania, Serbia, Rusia) y el único que sabía leer una partitura era el acordeonista. Nos manejábamos con el oído y, entre música y activismo, casi nunca sobraba tiempo para los ensayos. Para mí, esto fue una gran escuela porque en ese momento entendí que la música no pasaba solo por lo musical, sino que viene por otros lados también. Para hacer música es necesario tener algo para decir, algo en lo que realmente creés. Si no es así, el público no te banca por mucho tiempo por más que vos tengas un súper productor por detrás. En mis años parisinos, con todas estas experiencias, descubrí que la música es mi verdadera forma de expresión y nunca más la abandoné.

—¿Creés que a través de ese lenguaje se puede preservar la esencia de cada pueblo? 
—Sí, porque el arte suele trabajar con la esencia de una persona o de un pueblo. Por más que las culturas se van transformando a lo largo del tiempo, lo que es muy positivo, creo que hay una esencia que no se pierde y ella es fundamental para la existencia y supervivencia de una comunidad. Lo que pasó en estos miles de años de exterminio de grupos étnicos es que los colonizadores no solo matan, cómo el caso de Hitler que exterminó alrededor de 500 mil gitanos en sus campos de concentración, sino que también practican la asimilación forzada. Prohibir a las mujeres gitanas de usar sus polleras o a las musulmanas de usar el velo, o prohibir a los romaníes de hablar sus idiomas, es una forma de exterminio, más disfrazada quizás, pero no menos grave. El arte comunitario y étnico puede trabajar justamente con estas cosmovisiones forzosamente pérdidas, con la autoestima de un pueblo, con este espíritu de comunidad que las dichas “civilizaciones” les han robado.  

—¿Cómo nace el proyecto y el ensamble Kalo Chiriklo y quiénes forman parte de él? 
—El ensamble surgió en 2016 cuando con cuatro músicos amigos comenzamos a experimentar, combinando los distintos lenguajes que ofrece el universo musical romaní, latinoamericano, oriental y de Europa del Este. Cada uno pertenecía a uno o más de estos mundos. Con el pasar de los años, nuevos músicos se fueron sumando a este proyecto, aportando su impronta a partir de sus vivencias y sonoridades, siempre muy particulares. Ellos fueron Kostas Zigkeridis (acordeonista y director musical), Juan Olivera (trompeta), Agustín Raubian (percusión), Juan Bayón (contrabajo) y yo (directora del proyecto y cantante). Para este álbum también tuvimos la participación de tres grandes músicos invitados: Diego Rodríguez (guitarra), Juan Romero (cajón) y Alejandro Flores (percusión árabe). El proyecto empezó justo después, cuando percibimos que para hacer este tipo de música tenemos que investigar y meternos a fondo en distintos mundos. Como resultado de este trabajo, en 2019 fui invitada por la Universidad de Harvard para hablar de nuestra investigación y en el mismo año una institución muy importante en Brasil, la SESC Formação, también me invitó para dar un taller sobre los gitanos a través del canto.  

—¿Cuáles son los universos musicales que se cruzan en este disco?  
—Hay una mezcla hermosa entre la música gitana, árabe, latinoamericana y de Europa del Este. La idea está en juntar todos estos mundos y mostrar que la música, independientemente de su origen, es dinámica y se transforma a lo largo del tiempo.  

—¿Qué es lo que caracteriza a la música romaní y cómo fue transformándose a lo largo de la historia a medida que atravesó distintas fronteras? 
—La música romaní es muy diversa y creo que no hay nada que pueda caracterizar todos estos estilos juntos. Podemos observar, por ejemplo, que el flamenco, relacionado a los gitanos calós de la península ibérica, no tiene mucha similitud con el jazz manouche, ejecutado por los gitanos Sintis de la región de Francia y Alemania, o con los ritmos de Europa del Este asociados a los rroms. Quizás lo que caracteriza a los músicos romaníes es que están acostumbrados a adaptarse, a mezclar, a viajar con los sonidos y a adaptarlos de acuerdo al país dónde están. Los rroms trajeron muchos estilos de música de Europa del Este hacia América Latina y aquí mezclaron estos estilos con la cumbia, con el reggaeton, con el tango, con la samba brasileña, con la salsa, con la música evangélica… Así la música gitana se va transformando y tomando nuevos ropajes. 

—Están presentando el disco “Pájaro negro”, una obra en la que levantan vuelo distintas leyendas romaníes-gitanas, ¿cuál es la esencia de este álbum?
—El álbum cuenta con cinco composiciones del grupo y 3 canciones tradicionales romaníes de Europa del Este, interpretadas a partir de un abordaje contemporáneo y en diálogo con ritmos latinoamericanos. Nuestras composiciones se inspiraron en leyendas de origen romaní y leyendas de origen Gadje (no gitana) sobre los pueblos romaníes que encontramos en algunos países de América Latina y Europa. Después de recopilar más de treinta leyendas, seleccionamos algunas y fuimos atrás de las fuentes. Prácticamente todas las leyendas gadje calumniaban al pueblo romaní, considerándolos como ladrones, vagabundos, asesinos o como hijos del viento, nómades, libertadores del alma, etc. Es por ello que, a través del lenguaje musical, buscamos en nuestro disco cuestionar estos prejuicios y, por tanto,  nuestras composiciones pueden considerarse como una respuesta, una protesta o incluso  una reivindicación frente a las calumnias e injurias a las que refieren algunas de esas leyendas.

—¿Cómo vivieron ese proceso creativo, tanto de las letras como de la música?
—El proceso creativo fue muy interesante. Durante varias tardes, con el mate de por medio, me reuní con los chicos del ensamble para hablar sobre estas leyendas. Algunas son muy graciosas y otras muy feas. A mí me fascinaron tres que me hicieron componer tres canciones y a Kostas, el director musical del grupo, le encantaron dos. Todas ellas están contadas en nuestra página web (www.kalochiriklo.org). Así empezamos a componer. Las canciones funcionan como si fueran una narración de estas leyendas. Vanushka, por ejemplo, cuenta la historia de una chica romaní de Guatemala que tenía un amor correspondido con un hijo de una familia rica. Las dos familias prohibieron el noviazgo y la familia del chico lo mandó a estudiar a Europa. Ella se quedó en Guatemala. De tanto llorar, se formó un río de lágrimas en el que se ahogó. Hasta hoy, el túmulo de Vanushka es muy visitado en Guatemala y la gente le hace pedidos de amor. Para esta canción yo imaginé que cada instrumento cumplía un rol. El contrabajo era la ley y la familia que impedía este amor. Los instrumentos de viento representarían a Vanushka y el acordeón representaría su amor. Juan Olivera, el trompetista del grupo y arreglador de esta canción, le encantó la idea y empezó con los arreglos. Allí observamos que el solo que se encuentra en el medio de la canción funciona cómo si fuera un baile entre Vanushka, su amor y la ley que les impedía estar juntos.  

—¿En qué nuevos proyectos estás trabajando actualmente? 
—Ahora estoy trabajando como directora de FESTIVAR – Festival de Proyectos Culturales con Impacto Social, que tiene mucho que ver con el tema de derechos culturales y derechos de minorías étnicas, religiosas o lingüísticas. Incluso, para conmemorar el 8 de abril, el día internacional de los romaníes, nosotros realizamos junto con la asociación Zor(Asociación por los derechos del pueblo gitano/romaní) un conversatorio sobre música gitana que contó con la participación de músicos gitanos e investigadores de Brasil y de Argentina. También estoy componiendo para la banda sonora de un documental sobre romaníes en Brasil, junto con Arián Houshmand, un músico iraní fantástico que vive en Argentina. Creo que el arte es un instrumento fundamental en la construcción de un mundo más igualitario, por esto mis proyectos siempre están relacionados a los derechos culturales y a los derechos de personas o grupos vulnerados.  

—Para terminar, ¿hacia dónde se desplaza el “Kalo Chiriklo”? ¿Cuál es su próximo destino? 
Kalo Chiriklo fue el resultado de mis experiencias y mis vivencias con la música y los músicos romaníes en Brasil, Francia y Argentina. Este disco me significa un cierre de una etapa de mi historia para que otras cosas hermosas puedan surgir. No estoy diciendo que el ensamble se deshace o que no voy a buscar más en la música romaní la inspiración para mis próximos discos, sino que necesitaba transformar todo esto en un producto: en un libro si fuera escritora, en una serie de obras de arte si fuera artista visual, etc. Pero me tocó ser música y componer. Estoy muy agradecida de poder haber realizado una obra completa que es fruto de mi vivencia, sumado al aporte imprescindible de los otros músicos. Esta vez exploré las leyendas gitanas y no gitanas sobre los gitanos y mi deseo fue hacer canciones que contesten todo el prejuicio que encontré en estas leyendas, para el próximo trabajo, junto con los músicos de Kalo Chiriklo, estamos pensando en explorar el jazz gitano, muy conocido gracias al fantástico músico gitano Django Reinhardt, y mezclarlo con otros lenguajes de la música popular. Kalo Chiriklo siempre se está desplazando y hacemos canciones para recordar que en la vida siempre estamos de paso.

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“En un mundo distorsionado, el arte emerge como una flor chiquitita, revolucionaria, bella porque sí”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini / Fotos: David Lescano y Pablo Martínez //

Hay canciones que se nutren del paisaje, son sonidos arraigados al vientre de la tierra, voces del aire, palabras del agua, suaves aleteos entre las hojas. Hay música que cruza los márgenes, va y viene en un oleaje de tiempos sucesivos, se desparrama, habita las costas, es de arena y de sombras, es de viento y de barro, de polen que fecunda, crece, se transforma, deja huellas que evaporan, caen, son frutos, como si fueran una ofrenda a la vida, como si las canciones también nutrieran al paisaje.

La banda santafesina Barro nace en esas costas donde viven las canciones, donde el agua va y viene, deja huellas en la tierra mojada y es justamente en ese barro, la materia prima del arte, donde sus integrantes modelan las letras de sus temas.

Contarte Cultura charló con ellos para conocer el universo de sus creaciones y para acompañarlos en la presentación de su nuevo disco: “Canciones como flores”.

Agustina Cortés, Cintia Amorela Bertolino, Franco Bongioanni y Gonzalo Díaz

—Para comenzar esta charla vamos a poner en sus manos un elemento simbólico, que en este caso será una flor. Si pudieran elegir una parte de esa flor que represente el espíritu de Barro, ¿cuál sería y por qué?

—El espíritu de Barro estaría en el polen, esa partícula casi invisible que contiene información, un mensaje que es posibilidad: de otra flor, otra planta, otro fruto. Ese mensaje es antiguo, cargado de belleza milenaria, tradición. Y esa información puede combinarse con otra y engendrar un nuevo ser. Nosotros seríamos las obreras abejitas llevando y trayendo, combinando, esparciendo los mensajes. Así, nuestra música viaja por el aire con la posibilidad de polinizar oídos de seres sensibles para que crezcan nuevas flores en sus corazones.

—¿De qué manera surge el nombre que da vida a esta agrupación musical?

—Acá, en Santa Fe, luego de la gran inundación de 2003, provocada por la fuerza de la naturaleza y agravada por la acción (o inacción) gubernamental, nos quedó una marca muy fuerte. El agua tapando un tercio de ciudad y cuando se retira queda el barro dónde todo se pierde, se pudre; pero también dónde surge la vida nueva y la organización espontánea del tejido social para hacer frente al desastre. A partir del barro como materia prima ancestral, noble, moldeable, entablamos una relación entre naturaleza y cultura, entre lo dado por la tradición y las nuevas formas y, como artesanos, podemos darle forma a esa materia.

—¿Cuándo y cómo nace Barro y quiénes forman parte de este grupo?

—Los inicios de Barro se remontan al 2006, año en que tuvo su primera aparición en la Bienal de Arte Joven, en la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe, dónde obtuvo una mención. En esa primera etapa estaba Franco Bongioanni. A partir de 2007 se incorporó Cintia Amorela Bertolino y desde 2009 Gonzalo Díaz. En todos estos años la agrupación fue teniendo diversas formaciones y desde 2018 se afianzó como cuarteto con la incorporación de Agustina Cortés. Desde siempre Barro fue un espacio para encontrarnos en la creación de canciones que hablen del lugar y el tiempo que habitamos, por ello es difícil definir un género específico de lo que hacemos. Usamos lo que llevamos en nuestras mochilas culturales: los folclores afro-latinoamericanos, el jazz, el rock, la música de cámara.

—Sus canciones son verdaderos poemas evaporados del paisaje que los rodea, crecidos en los bordes de lo cotidiano. ¿Qué es lo primero que despierta esos temas? ¿Son las letras, es la música o ambas se dan de manera sincrónica?

—La creación se da de maneras diversas y misteriosas, a veces una poesía que encuentra su forma cantada, otras veces un motivo de guitarra funciona como disparador de una historia para contar, y también hay casos en que surgen al mismo tiempo la voz cantada con una letra que pareciera venir de algún lugar preexistente. Esa inspiración está relacionada con momentos significativos de nuestras vidas: las sensaciones que nos deja un paisaje, un ser querido. El estado de contemplación propicia el descubrimiento de algo cotidiano que se vuelve singular. Y el juego que, con goce y tropiezo inesperado, es el gran motor de la creatividad.

—¿Cuáles son los instrumentos que habitualmente acompañan el encuentro de palabras y música en sus canciones?

—Dependiendo de lo que invoque ese encuentro vamos usando los instrumentos que tenemos a mano y que son muchos: las guitarras, los teclados (piano, sintes), el saxo, también las voces a veces como “instrumentos” que aportan a la textura, la batería, y las percusiones con toda una gran colección de “cotidiáfonos”, ollitas, campanas, sonajas, juguetes… Todos elementos muy importantes en la construcción de los paisajes sonoros. Y ese entramado no sólo acompaña a la voz cantante sino que aporta sentido y potencia su mensaje.

—Por estos días están presentando su disco “Canciones como flores”, ¿de qué manera se fue dando el proceso creativo de este álbum?

—En principio la creación de cada canción se dio de manera individual y también colaborativa en algunos casos. Luego el minucioso trabajo colectivo de laboratorio en el armado de los arreglos, en elegir las tímbricas, explorar las texturas, las capas rítmicas. Entregarnos al juego y al goce para encontrar esa trama-paisaje sonoro que enfatizará cada canción. Así llegamos al momento de la realización de este álbum con un repertorio armado y que ya tenía un recorrido en vivo por escenarios.

—¿Hay algún hilo conductor que entrelaza las distintas canciones?

—En ese repertorio de canciones estaban muy presentes las aves, las canciones-ofrendas, los ciclos de la naturaleza, las estaciones, la vida; y claro, las flores. En ellas descubrimos una potencia simbólica integradora que hilvanaba esos conceptos.

—Como explican, la naturaleza está presente de diversas maneras en sus creaciones, pero también lo está lo urbano, lo que el hombre modifica del paisaje natural, ¿es en esa intersección donde nacen las canciones como flores?

—Sí, es con ese barro, como materia prima no exclusivamente humana: el hornero también la usa. Es ahí, parados en ese borde, donde nuestra música se nutre de esa relación y propone una convivencia, un diálogo permanente y en igualdad de condiciones entre naturaleza y cultura. Tejiendo con tradiciones propias, tradiciones impuestas por la cultura dominante y la búsqueda de nuevas formas, la multiplicidad de tramas de nuestra propia identidad.

—Para terminar, y volviendo a nuestra flor del comienzo, los invitamos a dejar en su interior un deseo, como una canción. —El deseo-mensaje que dejamos en esa flor, en ese polen, es que la belleza nos circunda y nos sorprende a cada paso, sólo hay que dejarla ser, dejarla aparecer y brindarse a ella en la certeza de su poder transformador. En un mundo distorsionado dónde toda acción debe ser calculada para algo, sobre todo por su rédito económico, el arte emerge como una flor chiquitita, revolucionaria, bella porque sí.

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Ansilta Grizas: “’Un temporal’ tuvo mucho trabajo de escritura, pero también de pensar y pensarme en esa escritura”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini /
Foto de Portada: Federico Peretti //

Algo se quiebra, los cuerpos se fracturan, el viento desparrama las formas conocidas, hay palabras que se desarman, son retazos, no pueden nombrar lo que nombran, son piezas sueltas en el agua que corre, se mojan, se alejan. Todo es oscuro en la memoria, el tiempo se detiene. ¿En qué lugares se funden nuestros pedazos desarmados?

Ansilta Grizas es licenciada en Artes Visuales y fotógrafa, profesión que la llevó a publicar “Diario de Navegación”. Por estos días está presentando su primera novela “Un temporal”, de Editorial Entropía.

Contarte Cultura charló con ella a la distancia para conocer los motivos que la llevaron a explorar el camino de las palabras y vivencias que dieron vida a su libro.

—Para comenzar esta charla vamos a detenernos en una imagen simbólica. Se trata de una pared, un muro que divide pero a la vez conecta, ¿cuál es la primera palabra que percibís escrita sobre esa superficie? ¿Qué nos pueden contar de vos la pared y la palabra?

PH: Catalina Bartolomé

—Supongo que si me encontrara con esa pared más que ver una palabra miraría primero de qué está hecha. Si es de barro, de cemento o de piedra. Si tiene textura, si la pintura se saltó, si parece que tiene muchos años ahí o es más bien nueva. Me interesaría más en su materialidad, en si es suave al tacto o tiene cositas de las que agarrarse, si es que se logra calentar con el sol o es más bien de esas tapias gruesas que conservan el fresco. Y creo que esto tiene que ver con que mi entrada a las palabras viene desde el registro de la fotografía. Me interesa mirar las cosas. Cómo son, cómo les pega el sol, el dibujo de la sombra. Y a partir de ahí escribo.

—¿Recordás qué fue lo primero que escribiste?

—Escribir con la intención de la escritura, mi primer diario íntimo a los 8 años. Desde ahí nunca dejé de llevar un diario/cuaderno personal.

—¿Cuáles son las cosas o hechos que te invitan a contar?

—Tengo algunas obsesiones o temas frecuentes, supongo que siempre van desde la naturaleza a la relación del hombre con ella, los hijos y el tiempo. Es un montón, pero con esto quiero decir que nada extraordinario… me interesa más bien el registro de las cosas que nos rodean.

—Por estos días estás presentando “Un temporal”, tu primera novela publicada por Editorial Entropía. Si pudieras congelar en una foto el punto de partida de esa historia, ¿qué podríamos ver en esa imagen?

—Una libreta chiquita, medio arrugada, con una lapicera viajando en mi cartera, en unos días de mucho calor, mientras buscábamos geriátrico para internar a mi papá. Es el inicio de la novela y fue el puntapié de la escritura de esta historia, está todo ahí, en esa libreta.

—Seguramente, al igual que los protagonistas de “Un temporal”, tuviste que tomar decisiones, elegir qué contar y qué no, ¿cómo viviste el proceso de construcción de esta novela que atraviesa tu vida? ¿Cuáles fueron los ‘temporales” (si los hubo) que hicieron tambalear tu escritura?

—En el 2017 empecé a hacer taller con Romina Paula y Cynthia Edul, ahí llevé los primero capítulos cuando todavía no sabía bien qué era lo que estaba escribiendo. Y ellas me impulsaron a seguir y a seguir escribiendo. Ese año yo estaba embarazada de mi segundo hijo que nació en agosto, así que iba al taller cada lunes con material nuevo intentando avanzar lo más posible antes que naciera. ¡Como si fuera una carrera! Por supuesto que no es que terminé nada antes, y a los meses logré retomar esa escritura y seguir adelante. Después, en una instancia más de tutoría con ellas, la terminé de cerrar. Pero sí, al ser una novela que como decís “atraviesa mi vida” tuvo mucho trabajo de escritura, pero también de pensar y pensarme en esa escritura. No fue fácil escribir sobre algo que duele, escribir desde el dolor. Supongo que las dificultades que atravesé con Un temporal son también propias de la maduración de un dolor. Digo, para atravesar algo que duele, hay etapas donde uno se enoja, o duda, o se pierde, hasta que al fin vislumbra algo que se parece a una idea clara. Yo elegí contar una historia, una ficción, en donde una hija le habla a ese padre enfermo y reconstruye esa memoria de a dos. Pero en verdad es también la historia de mi propio papá y mía. Y en la novela ese padre muere, pero -en la vida real- mi papá no está muerto. Entonces ahí hubo una gran decisión a la hora de seguir escribiendo, porque si no tomaba ese camino no podía terminarla. Ese despegarme de la realidad, armar una ficción, fue una gran liberación para mí, porque pude seguir escribiendo sin sentirme atada a nada y poder ver la historia a un nivel novela. Y podría decir también que por ahí fue que descubrí que en realidad la historia no tiene que ver con que el padre muera o no, sino con la maduración de ese dolor, ese camino.

—¿Y entonces qué cambió en vos cuando se rompió ese dique y fluyeron las palabras?

—Encontrarme con la escritura y con mi voz.

—Para terminar, ¿qué te gustaría que suceda con esta novela una vez en manos de los lectores?

—A mí me gustaría que les pase lo que me pasa a mí cuando un libro me gusta, y es que alguna imagen se le quede pegada por un tiempo, esto de recordar escenas de un libro tan claras como si las hubiéramos visto. Y que les den ganas de escribir.

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Merceditas Elordi: “’Fuerte como el vidrio frágil’ es, sobre todo, una obra que habla del amor”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Los tiempos se superponen, una huella sobre la otra, las palabras apiladas, como flechas que marcan el destino, como líneas ramificadas en las arrugas de una piel que calla, que busca el camino, flota en la incertidumbre de una realidad provisoria, de un espejismo donde habitan los sueños, se acercan, se alejan, son pisadas en un espacio circular, cada cosa es igual a la siguiente, la debilidad es fortaleza.

“Fuerte como el vidrio frágil” es una obra de vínculos, los protagonistas forman un triángulo de deseos contrapuestos, hay principios y finales que unen los vértices de la historia, líneas que constituyen los lados de esa geometría que amenaza con romperse a cada instante.

ContArte Cultura charló con Merceditas Elordi, su directora, dramaturga y actriz, para entrar junto a ella en el mundo de esta obra.

—Vamos a comenzar esta charla con un objeto simbólico que está inmerso en el título de la obra que escribiste y dirigís: el vidrio que, a pesar de ser un material fuerte es también frágil. ¿Qué fue lo primero que despertó en vos la materialidad del vidrio para empezar a escribir esta historia?

PH Cristian Holzmann

—¡Qué buena pregunta! El origen está en una bicicleteada de primavera del colegio de mis hijas, dejame hacer cuentas… hace 28 años. La menor de ellas estaba en salita de 4 años y andaba en bici con rueditas. Éramos bastante pobres, así que sus bicis eran usadas, de segunda mano, y a la de ella se le salía la cadena a cada cuadra, así que habíamos quedado muy atrás del resto de la caravana. Con mucha paciencia, cada vez que se salía la cadena, parábamos, la arreglábamos y seguíamos. Ella, lejos de resignarse, cada vez que empezaba a pedalear lo hacía con mucha energía y me decía: “¡Mirá mamá, tengo fuerza de vidrio!”.  Jamás olvidé esas palabras y me inspiraron para este título. A veces, la debilidad es fortaleza. Por otro lado, y esta es la mirada más teatral, menos vivencial, rondaba en mi imaginario la visión de dos personajes emblemáticos de El zoo de cristal de Tennessi Williams, más precisamente Amanda y Laura, luego de la partida de Tom. Imaginaba a una Amanda muy mayor y a su hija Laura ya adulta en situación de desamparo y vulnerabilidad.

—Las protagonistas de esta obra son parte de otra historia que quisiste continuar, ¿cómo llevaste adelante el proceso de meterte en sus mundos interiores para percibir ese “después” en la vida de esa madre y esa hija?

—Precisamente, esto va linkeado a la pregunta anterior. Pensé qué habría sido de esas mujeres treinta años después. Me di cuenta que el mundo está plagado de “Amandas y Lauras”, y que podían estar en cualquier tiempo y geografía. Entonces escribí la obra anclándola en una ciudad de la provincia de Buenos Aires en la primavera del 2001. Eso me dio el contexto. También apareció lo vivencial, ya que cuando escribí la primera versión de la obra mi mamá estaba transitando la última etapa de vida, por lo que hubo una gran identificación; vi a mi madre en Amanda y a mí misma en Laura.

—Y en el “después” aparece “el candidato”, ¿de qué manera surgió en tus letras el personaje de Ruperto?

—Nuevamente aparece lo vivencial. Ruperto se llamaba mi abuelo que vivía en Mercedes, ciudad donde nací, de quien tengo tiernos recuerdos de la infancia. Las sillas en la vereda cuando cae el sol, el encuentro con los vecinos, las figuritas que me traía de regalo cada día cuando volvía de su kiosco. En la obra, Ruperto es ese hombre sencillo que sueña con “pegarla” alguna vez. Pero a la vez, es la expresión del amor para Laura. Es “su” candidato, no el que su madre quiere. Porque Fuerte como el vidrio frágil es, sobre todo, una obra que habla del amor.

PH Cristian Holzmann

—Como decías anteriormente, sobre el escenario, los personajes transitan el año 2001 en un pueblo de la provincia de Buenos Aires, ¿por qué elegiste ese tiempo y ese espacio para contar sus historias?

—Necesitaba crear un contexto que nos fuera cercano y nos atravesara en nuestra historia contemporánea. Yo viví como adulta ese momento que fue traumático para nuestra sociedad. Muchos sueños quedaron truncos, hubo muchas víctimas de aquel famoso corralito de fines de 2001, y no estoy hablando de personas que no pudieron viajar al exterior, sino de los que tenían sus ahorros para comprar su casita o negocio, para una operación por cuestiones de salud. Yo no tenía un solo dólar, pero el impacto social fue tan grande que todos lo padecimos de un modo u otro.

—Si pudieras poner una lupa en alguno de los objetos de la escenografía que represente el espíritu de la obra, ¿cuál sería y por qué?

—A priori te diría los animalitos de vidrio que Laura guarda, pero inmediatamente me doy cuenta que esos objetos forman parte de su pasado. El presente de estos tres personajes está más identificado con el regalo que le trae Ruperto a Laura, un hipocampo de esos que cambian de color con el clima y que se compran en un negocio de recuerdos en las ciudades de la costa. Porque en el mar están los sueños de Laura y Ruperto, que se van transformando y adaptando a sus realidades. Hay muchos objetos que encierran el espíritu de la obra: la cama donde Amanda se va apagando, la jaula del canario ya vacía, el cuadro del padre… pero si tengo que elegir uno entre todos, me quedo con el hipocampo que cambia de color.

PH Cristian Holzmann

—¿Cómo fue la elección del vestuario y de la música que acompañan la caracterización de los personajes?

—La música fue un gran aporte artístico de Diego Girón, que supo sensibilizarse con la identidad de cada personaje. La música constituye parte del paisaje. El vestuario es simple, acorde a la sencillez de los personajes. No hizo falta una gran caracterización a través del vestuario, sino estar atentos a visualizar qué paleta de colores sería más apropiada para cada uno, y qué prendas utilizarían, como el delantal de Ruperto, el camisón y la mañanita de Amanda, la falda floreada con ribetes rosas de Laura.

—”Fuerte como el vidrio frágil” tuvo su versión audiovisual durante 2020, ¿cómo vivieron ese proceso de dar a luz una obra con las butacas vacías?

—Fue una gran experiencia. La obra se iba a estrenar en junio de 2020. Apenas habíamos comenzado los ensayos cuando tuvimos que aislarnos. Fue una decisión que contó con la aprobación de todo el equipo. Al principio, no sabía qué hacer, pero sentía la necesidad de mantener el espíritu y el deseo de seguir trabajando, así que comenzamos a ensayar virtualmente, a través de videos, videollamadas, zoom, todas las herramientas que pudimos utilizar. En cuanto habilitaron los teatros para ensayos sin público, desembarcamos en Patio de Actores para realizar esa primera versión en formato audiovisual. Fue una forma de decir “acá estamos, no nos fuimos, las salas están vacías de espectadores pero nosotros seguimos acá”. Fue un “mientras tanto” sabiendo que la obra se iba a concretar con la presencia del público. Fue una hermosa experiencia. Algo diferente, impensado hasta ese momento. En una obra de teatro es necesaria la tríada obra–artistas–público, de modo que necesitábamos volver a la presencialidad para el estreno. Al fin lo concretamos en septiembre de este año.

—¿Qué vivencias se recuperaron en el reencuentro con el público?

—El teatro es una expresión artística performática que ocurre en el tiempo presente. Cada función es única, la comunicación con el público es única. Yo siempre pienso, cuando estoy por comenzar la función, que tal vez entre el público haya alguna persona que nunca antes fue al teatro, entonces mi objetivo es que esa persona salga del teatro con el deseo de volver y de esa forma se genere un círculo virtuoso. Por eso, al salir a escena es al cien por ciento, no hay grises, hay que darlo todo, estar ahí, presente, conectado con el espacio, con los compañeros, viviendo la obra y siendo el otro que nos convoca para construir un personaje. Si esto no ocurre, no hay obra. Por eso, el público nos interpela todo el tiempo, nos guía y se forma ese puente invisible de comunicación. El hecho teatral se construye entre todas las personas que están en la sala, sin excepción, somos un todo, una experiencia única.

—¿Dónde y cuándo se puede ver esta obra?

Fuerte como el vidrio frágil está los domingos a las 18 en la sala Patio de Actores, en la calle Lerma al 568 de la ciudad de Buenos Aires. Los esperamos.

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Domicilio Legal: 135 nº 1472 Dto 2, La Plata, Provincia de Buenos Aires
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