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Entrevistas

Mariano Villasante: “El proceso creativo tiene que conmoverme, tiene que tener sentido y emoción”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

La música late, serpentea entre las palabras, una realidad dentro de la otra, es luz que emerge desde el fondo, espada que disipa la oscuridad del camino, que pone en marcha la máquina del tiempo, mueve sus agujas y se vuelve canción en un reflejo.

Mariano Villasante es músico independiente y activista cultural, formó parte de la banda Ánima bendita y luego comenzó su carrera solista. En su música se reflejan distintas ramas del arte y la cultura, hay en cada canción pinceladas de la realidad que nos atraviesa, trazos nuevos sobre los viejos, imágenes superpuestas que se funden en un todo armónico y creativo.

En diálogo virtual con ContArte Cultura, el artista cuenta acerca de su recorrido musical y presenta su último disco “La fuerza”, una obra que incluye cinco canciones que van desde el folk, al pop y al rock nacional.

—Vamos a comenzar esta charla con un juego de presentación. Para eso ponemos en tus manos un espejo imaginario, que te refleja a vos pero además refleja a otros, a todos los que forman parte de tu carrera artística. Sin pensar demasiado, ¿quién o quiénes son las primeras personas que aparecen en ese reflejo? Si pudieras elegir una palabra que represente la fusión de esas imágenes, ¿cuál sería?
—En ese reflejo seguramente están mi familia, mis amigas músicas y amigos músicos, mi compañera, mis hijos. Mi ex maestro. Ellos son quienes siempre cuidan mis cualidades y confían en mis canciones. Precisamente confiar sería la palabra. En hacer lo que te gusta y en hacerlo más allá de todo.

PH: Mati Montagne

—¿En qué momento sentiste que la música y el arte en general formarían parte de tu vida?
—Cuando dejé el fútbol para tocar con mis amigos en una banda de rock and roll. Cuando fundamos con mi hermano El Árbol Caído, la primera sala de ensayos de Adrogué. Cuando formé Ánima Bendita y empezamos a crear nuestras composiciones. Cuando saqué La Fuerza.

—¿Cuál fue el primer instrumento musical con el que conectaste?
—Mi primer instrumento fue un teclado Casio que compré en las vacaciones familiares que pasamos en Brasil. A los dos meses ya estaba componiendo cositas.

—¿De qué manera llevás adelante el proceso creativo de tus canciones? ¿Qué te inspira a la hora de componer?
—El proceso creativo siempre tiene que conmoverme, tiene que tener sentido y emoción. En general empieza con una melodía, o con algún tipo de música que inicie el camino, una secuencia de acordes, o un juego de palabras. Después continúa un trabajo de artesano, puliendo la canción, en armonía y texto, para que quede lo más cercano a cómo la imaginaste la primera vez.

—Recién mencionabas a “Ánima bendita”, banda de la que formaste parte durante mucho tiempo, ¿cómo viviste esa experiencia grupal y qué te llevó a poner tus pies en el camino solista?
—Anima Bendita significa mucho para mí. Fue mi escuela musical, los años jóvenes. Es la siembra. Me dejó un sinfín de anécdotas felices, algunas composiciones fantásticas, el recuerdo de un momento inolvidable. Pero eso se desintegró y yo estaba necesitando más. Por suerte estoy vivo, aquí y ahora, combatiendo este momento con canciones y con compañeros increíbles que estimulan muchísimo el viaje. Pero a veces extraño lo grupal, mucho más ahora que nos damos cuenta que es tan importante poder compartir la música.

PH: Mati Montagne

—Precisamente, en 2018 salió tu disco como solista “La música se comparte”, contanos cómo fue esa primera obra.
La música se comparte, mi disco anterior, fue una sumatoria de primeras tomas. Amigos y amigas citados en el estudio para compartir el mambo. Trabajamos desde ese concepto y me di el gusto de tocar con muchas personas queridas, por eso el nombre. Lo considero un buen primer paso. 

—Y por estos días estás presentando “La fuerza”, ¿qué nos podés contar de esta obra producida durante la pandemia y que ha logrado fusionar las distancias? ¿A quiénes homenajeás en este disco?
La Fuerza es una obra más abrazadora, un túnel de música que te va contando cómo la familia, la magia, los encuentros, las pérdidas, las cofradías, nuestros héroes, son los verdaderos asuntos que merecen ser canción.

—Contanos un poco más qué es “El Árbol Caído” y el blog “Notansolistas”, nacidos desde tus deseos de promover el arte y la cultura.
El Árbol Caído es un local de ensayos, nacido en agosto del ‘98, situado en el corazón de Adrogué y que todavía está vigente. Un espacio soñado, un semillero inagotable. ¡Y aún tenemos mucho camino por delante! Lo demás, ya es historia. El blog www.notansolistas.blogspot.com es una red de músicas y músicos que sembró un camino con los y las solistas que se iban sumando. Una flecha muy heterogénea, una idea fantástica de mi compañera Dani en la que yo sólo tenía que hacer la conexión, el puente. Fue una rueda que giró por todo el país y más allá también. Contenía una pregunta final, hermosa y letal: “¿Con quién continuamos?. Así sumamos casi 100 representantes de la música argentina y de pronto, se nos apagó. Ojalá algún día podamos retomarla.

—En ese mismo proceso creativo de difusión diste vida a tu libro “Crónicas abiertas”, ¿cómo llegaste a su escritura y edición?
Crónicas Abiertas sobre los ensayos abiertos en el Árbol Caído, tal su título completo. Un repaso, casi autobiográfico, de aquellas primeras experiencias de ensayos abiertos, encuentros memorables de 2010 y 2011. Un espacio que abre sus puertas a la manifestación del arte. El libro fue un trabajo intenso con personas que me estimularon y apoyaron mucho a concretarlo. Estoy contento de haberlo hecho, es casi como mi primer paso solista. A la edición sólo se llega por voluntad, sobre todo si el frente es la independencia. El libro es un cóctel que incluye rock, cuento, relato, porro, viajes en 160s, familia, amplificadores, poesía.

—Para terminar, ¿qué proyectos están rodando por estos días?
—¡Vivir!

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Entrevistas

Laura G. Miranda nos cuenta “Las otras verdades”, su última novela

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

La verdad se multiplica, muta en la anatomía de los cuerpos, pesa, se escinde en una palabra, es viento en el presente, luz en el  instante donde sucede la vida.

¿Cuántas verdades entran en “la verdad”? ¿Es posible partir hacia otras verdades?

Isabella, la protagonista de “Las otras verdades”, la nueva novela de Laura G. Miranda, logra tomar distancia, atravesar el miedo y partir hacia otras posibilidades, hacia la incertidumbre que fractura, tal vez para romperse en los múltiples fragmentos que constituyen la verdad y reconstruirse.

ContArte Cultura charló con la autora para abrir con ella la tapa del  libro, recién publicado por Vera Romántica, y adentrarnos en la historia.

—Para comenzar esta charla nos gustaría que elijas un objeto simbólico que represente la esencia de tu nueva novela y nos cuentes qué cosas te vinculan a él y a tus personajes.
—Creo que Las otras verdades es, definitivamente, el sol. Porque es una historia que amanece, escampa, derrama claridad sobre temas que merecen, el debate y el respeto por la multiplicidad de argumentos, en todos los sentidos, sin prejuicio alguno. Me une a este libro la certeza de que no hay una sola verdad y todas tienen la misma importancia. Nadie debería ser juzgado por pensar y desear distinto, no hay minorías o mayorías. Hay razones y verdades junto al derecho a ser escuchadas. Por otra parte, la empatía con su protagonista, Isabella López Rivera de mi novela Volver a mí, a quien no pude soltar. Será porque las columnas que ella escribe, en realidad, son mi modo de atravesar cada problemática que abordan. A eso, sumo que cuando vi la portada confirmé que no era el sol solo para mí, sino también para quienes eligieron ese amarillo sublime de fondo que parece gritar que lo miremos y luego, al acercarnos, nos llena de dulzura con la imagen.

—¿Cómo se manifestó la historia de Isabella? ¿Qué fue lo primero que percibiste, el punto de partida para empezar a contarla?
—Hace tiempo que escucho a muchas chicas jóvenes sostener que no desean tener hijos, y basan su convicción en que no proyectan su vida siendo madres. Analicé el tema y me di cuenta que el mandato es muy fuerte. Tanto que a cualquier mujer se la felicita por un embarazo al dar la noticia, incluso sin saber si está contenta, en cambio se prejuzga a quienes sostienen que nunca tendrán hijos. Mujeres “incompletas”, se dice como mínimo entre un montón de opiniones que discriminan o critican la decisión, como si no fuera legítima. Así, en tiempos de nuevos paradigmas, con Isabella, ese personaje que no me dejaba y había quedado en pareja con 24 años al finalizar Volver a mí, analicé las fechas y sentí que con 27 años tenía mucho para decir y supe que era ella quien definía la nueva historia. Tenía que volver. A partir de ese momento, me adentré en su vida hasta concluir la novela.

—¿Qué personas o situaciones te ayudaron a construir la psicología y las necesidades emocionales de Isabella?
—Un poco lo he respondido en la pregunta anterior. Agrego que me disgusta la injusticia, por eso las necesidades de Isabella fueron también las mías junto con las de todas las mujeres que eligen no ser madres y son prejuzgadas por eso. Parte de la sociedad está encriptada en costumbres y mandatos arraigados a la familia, es dura con quienes se atreven a lo diferente. Yo celebro este tiempo de poder elegir y le di voz en la ficción a esta verdad. No desear ser madre es una decisión tan válida como la de serlo. Mi hija fue la primera que me hizo pensar en el tema.

El lanzamiento virtual de “Las otras verdades” se realiza este viernes a las 17.30 por el canal de YouTube de Vera Romántica

—La distancia entre los protagonistas es lo que pone en movimiento la historia, ¿cómo construiste los escenarios en los que se mueven tus personajes en función de sus necesidades y vivencias? 
—La distancia sucede cuando nos alejamos, de lo que sea, un lugar, un ser, un problema o todo a la vez, y es lo que permite el cambio de perspectiva, otra mirada sobre lo mismo. Simbólicamente, poner distancia entre ambos era la única posibilidad de encontrar la salida al conflicto planteado con posiciones extremas. En verdad, al ponerme enteramente en sus lugares, yo necesité alejarlos para pensar y sentir. No sabía cómo iba a terminar la historia. Confieso que no fue fácil su final. Los dos tenían razón.

—¿Cuáles son las temáticas que atraviesan tu novela?
—Plantea dos hilos conductores fuertes: la maternidad por elección, en un marco donde las mujeres que proyectan su vida sin hijos no deben ser cuestionadas. Sucede, como dije, que cuando una mujer dice que está embarazada se la felicita y está muy bien que así sea si ha sido su deseo, pero no pasa lo mismo cuando otra dice que nunca los tendrá. Aquí se las señala o se habla de que no estarán completas, de que se van a arrepentir, que son raras, etc. Reconozco en esta cuestión un nuevo paradigma, tan legítimo como lo es ser madre. Tengo dos hijos y los volvería a tener, pero en su momento no se me ocurrió plantearme una familia sin ellos. Algo cambió y sentí que había mucho para decir en favor de esa idea. El otro hilo es el “después” en el amor. ¿Qué pasa después que dos personas deciden estar juntas, después del beso, cuando el libro termina, cuando la película nos deja tranquilos que han superado todo? Hay una vida mientras se ama y hay desacuerdos. En ésta novela la voz habla sobre deconstruir el amor, si es que es posible, para continuar juntos o no hacerlo. Casi nadie se conoce aquí, sino que son historias de amor del “después”. Luego, elegí dos escenarios principales que amo, Buenos Aires y Nueva York, lugares en constante movimiento, con luces y ruidos que interfieren al momento de oír la voz interior. Porque así estaban ellos, sumergidos en una vorágine, el destino fue concordante con eso. En este caso conozco ambos lugares, la investigación fue breve. Sin embargo, respecto de otros personajes secundarios, me sumergí en África y en la cultura afrodescendiente y en ese punto investigué muchísimo. Tanto que deseo ir a conocer ese país donde el tiempo tiene otra unidad de medida.

—Y hablando de maternidad, ¿cómo descubriste o “escuchaste” los deseos de Isabella a medida que escribías su historia?
—La escuché con claridad, pero la sentí pasar por todos los estados de ánimo al no ser comprendida. Tuve el apoyo incondicional de una amiga que piensa como Isabella y que nunca logró que la entiendan sin cuestionarla. Ella con una palabra me daba señales continuas. Además, la voz de mi hija, su lógica y la manera de decirme que me admira, pero que ella no elige ese rol, fueron un faro durante todo el proceso creativo. 

—Durante el proceso de escritura sin dudas también se mueven las emociones del autor, ¿qué dejó “Las otras verdades” en vos después del punto final?
—Me dejó una sensación de infinita paz. Dije lo que tenía para decir y sentí que transmití “otra verdad”. Además, lloré. Mucha emoción y gratitud por la posibilidad de hacer lo que más me gusta y lo que creo que hago mejor. Contar en mis historias la vida misma, invitar a reflexionar sobre temas actuales y comunicar siempre un mensaje esperanzador.

—Para terminar, te invitamos a dejar en este espacio un deseo para estos personajes que acabas de soltar al universo de tus lectores.
—El deseo para mis personajes es que lleguen al mejor destino: el alma y el corazón de quienes lean sus verdades y les permitan entrar en sus vidas.

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Artes Plásticas

Matías Tejeda: “Es difícil pensar la vida sin el arte, sin eso que nos conecta con lo que no siempre vemos”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Matías Tejeda es microbiólogo y artista plástico, a menudo se sumerge en los secretos del mundo invisible, lo recorre, hay una búsqueda y un encuentro. Con habilidad, logra detectar lo que no se ve, se introduce en los intersticios de la sociedad, observa, mide, recolecta datos, deduce, se deja llevar por la intuición y despliega su arte.

Es allí, en ese punto de contacto entre la ciencia y el arte, donde logra la síntesis, donde despliega el lenguaje para comunicar un mensaje a través de sus imágenes.

A veces, es un grito, una palabra que perfora, la línea que recorre la superficie de un silencio, es una pincelada en los márgenes, la mancha que incomoda, una huella, la imagen que habla, el relato encima del relato, es síntesis, arte en movimiento.

En diálogo virtual con ContArte Cultura el artista cordobés abre las puertas de su mundo creativo y nos permite acompañarlo en su aventura de crear.

—Para comenzar, y a manera de juego de presentación, queremos poner en tus manos un objeto imaginario, será un microscopio, cuyos lentes te permiten llegar al mundo imperceptible, a aquello que no se ve a simple vista y sin embargo existe. ¿Cuál es la primera imagen que viene a tu mente? ¿Qué palabras elegirías para definir ese mundo microscópico y qué tienen que ver con vos?
—Es imposible que la primera unión entre imagen y microscopio que aparezca en mi cabeza no sean cocos y bacilos, dos formas de bacterias. En realidad, uno siempre tiene la fantasía de analizar la realidad a través de esos lentes. No sé si por el ejercicio de ver lo imperceptible al ojo humano, ya que lo imperceptible no depende del tamaño sino del interés y la empatía, basta con no mirar hacia allí para que de algún modo deje de formar parte de nuestro mundo, sino por la posibilidad de verlo y analizarlo como si no fuéramos parte de él, sentados allí, mirando y observando, tratando de entender cómo funciona, qué lo mueve, y representarlo tal cual lo vemos. Pero es imposible, nosotros estamos bajo el lente, no podemos escaparnos de él. Y creo que la idea de mirar a través del microscopio define cómo veo el mundo. Nuestro mundo tiene el tamaño de lo que conocemos, de lo que podemos nombrar, de lo que somos capaces de ver, pero en realidad es interminable, y no solo desde lo que físicamente podemos ver, sino de lo que conscientemente podemos observar. Así como el microscopio amplió el mundo, al permitirnos ver organismos que conviven con nosotros todo el tiempo, nuestros conocimientos nos podrían permitir ver más de lo que nos rodea. En este caso hay muchos ilustradores que admiro, porque funcionan como ese microscopio.

—¿En qué momento sentiste que el arte era un camino posible en tu vida?
—Creo que no hay un momento puntual, es algo que estuvo presente todo el tiempo y en conflicto continuo. Cuando sos chico las preguntas sobre el futuro, de qué vas a vivir, será o no posible, y de qué vas a trabajar, te abruman. Por suerte eso va cambiando de a poco y va siendo más amplia la posibilidad de elección. Pero igual, y en base a lo que te decía antes, me siento contento de haber pasado por muchos lugares, desde un laboratorio, hasta la cabina de técnica de un teatro o una radio.  En esa búsqueda siempre estuvo presente el arte, principalmente como espectador o consumidor.  Es difícil pensar la vida sin el arte, sin eso que nos conecta con lo que no siempre vemos, pero que está adentro, primitivo, como parte de la concepción humana. En cuanto al hacer, dibujar es el medio que tengo para canalizar lo que me pasa y de conectarme con el mundo de un modo diferente, de integrarme, de sumarme, de ser parte, de acompañarlo, de pelearlo y de enojarme con él. Y creo que fue ahí, en los momentos en que me amigué con el mundo, cuando entendí que dibujar era algo que no podía abandonar y que era un camino de aprendizaje constante que valía la pena recorrer.

—Estudiaste microbiología, una carrera que si bien tiene que ver con la ciencia y los procedimientos científicos, te conecta con la búsqueda, con el detalle que no se ve, algo que también recorre todas tus creaciones, ¿creés que ciencia y arte se complementan en vos?
—Creo que ambos están más cerca de lo que a veces se considera. Ambos campos se centran en el procedimiento, en la búsqueda, y sobre todo en el cuestionamiento permanente de lo que está aceptado. Es un error pensar lo que viene de la ciencia como algo absolutamente cerrado, así como pensar lo que viene del arte como algo absolutamente abierto. Incluso hasta en sus problemas se parecen. La dificultad de comunicar tu trabajo, a veces la falta de espacios donde mostrarlos, las “chapas” o voces autorizadas, la segmentación de los campos, los prejuicios y hasta los problemas en la divulgación o uso de los lenguajes complicados “solo para entendidos”.  A veces pasa que a los lugares de arte siempre concurre la misma gente, algo muy notable en las ciudades chicas, y muchas veces solo van los que se dedican a eso, como si en vez de una muestra de arte se tratara de un congreso de biología molecular. A veces ambos carecen de la apertura al público general, que es el que en realidad le da el sentido a la existencia de ambas. En mi caso, creo que todo lo que he aprendido contribuye a lo que hago, a veces me permite seguir un proceso de búsqueda y es una manera de asumir la reconstrucción permanente de lo que se hace, ya que aún estoy buscando mi estilo.

—Y hablando de tus obras, ¿de qué manera trabajás para sacar a la luz aquello que se esconde o incomoda? ¿Cómo llevás adelante ese proceso creativo de comunicar a través de las imágenes?
—En realidad, soy admirador de Roberto Arlt y creo que en su obra nos muestra que hay muchos Erdosain caminado por allí, a punto de estallar, y que muchas veces andamos absortos en nuestros pensamientos, en nuestras ideas, sueños, contradicciones o intereses, y que eso no siempre es lo que mostramos, ya que la convivencia social en muchos casos, por mucho tiempo, ha marcado estándares de todo tipo en los que nos tenemos que mover. Y si pensamos que esos estándares están establecidos por un puñado de gente, la mayoría debe estar amoldado, actuando, algunos lo llevarán bien, otros lo harán con mucho dolor  y otros correrán el riesgo de estallar de la peor manera, como Erdosain. Arlt nos muestra que hay otra capa de la realidad oculta detrás de la primera que vemos y esa capa es una parte de la humanidad que tratamos de no ver, porque nos avergüenza o nos incomoda. Pocas veces lo logro, pero generalmente es a esa parte oculta la que trato de exponer en un dibujo. Sobre todo esa parte de las contradicciones que condenamos en otros y que ocultamos en nosotros. Esta búsqueda implica un proceso que me lleva a leer, a buscar, a escuchar, a estar informado, a tratar de leer las noticias de otro modo, e incluso a hacerlo mucho más de aquellos medios con los que no comparto la línea editorial. Hay eventos que uno sabe que serán noticia, entonces trato de ver por dónde será el lado más común por el cual se abordará y trato de encontrar un lado diferente para hacer mi dibujo. Pero atención, esto es lo que trato de hacer aunque no siempre lo logro, es como cuando jugás al fútbol y tu cabeza resuelve las jugadas como si fueras Messi, pero las piernas son las tuyas y las resuelven como Matías, un tipo maduro y con un triste historial de habilidad deportiva. Algunas imágenes salen rápido, muchas veces desde la impotencia y la bronca, otras desde la mera intención de bardear a un sector que sé que va a reaccionar. En esos casos, generalmente la imagen es más burda y chabacana. Otras llevan tiempo dando vueltas, tratando de combinar la estética con lo que el dibujo quiere decir, a veces siendo más piezas de comunicación que de arte, ya que la prioridad es el mensaje. Si es así, lo pruebo o consulto con mi compañera de vida o con amigos, sobre todo para evaluar si el mensaje va para el lugar que quiero, si se entiende bien y principalmente que no dé lugar a ideas opuestas a lo que se busca.

—¿Cuáles son los temas de actualidad que suelen convertirse en semillas de tus obras?
—En general, soy de seguir mucho la agenda de noticias, en eso no hay un tema en particular, se puede ir para todos lados. Hay mucho de política, pero no quita que se pueda hacer algo referido al deporte, por ejemplo, aunque siempre la mirada es socio-política. Lamentablemente, la actualidad es la pandemia y sus consecuencias humanitarias, políticas, sociales, económicas y psicológicas, pero también hay temas que siempre están y a veces no se los pone en la gran agenda, que son las luchas por los derechos y las igualdades, a las cuales siempre trato de sumarme y apoyar con algún trabajo.

—Contanos qué no puede faltar en tu espacio de trabajo.
—No pueden faltar el mate y la compañía para charlar. En realidad, mi espacio de trabajo es cualquier lado. Si bien en casa existe un lugar donde trabajo con mayor frecuencia, sobre todo cuando pinto algo de gran tamaño, el lugar para dibujar es donde me encuentre, lo importante no es el lugar, sino el tiempo. Lejos de tener que estar solo trabajando, me gusta dibujar y compartir el mate con quienes me rodean. Para mí dibujar es una actividad cotidiana más, y me gusta hacerlo en ese contexto, con la familia, mateando, mirando tele, escuchando música, tomando un café imaginario que me sirve mi hija o con el niño nacido en pandemia durmiendo en el hombro. Desde ya que a veces me cuelgo dibujando y me olvido del resto o el contexto me lleva a abandonar el dibujo por un tiempo, en fin, del mismo modo que hacemos las tareas cotidianas.

—¿Con qué técnicas y materiales trabajás habitualmente?
—Los materiales tienen que ver con lo que te decía antes, cuando nació mi hija vivíamos en un departamento pequeño y eso me impedía trabajar con solventes, lo que me llevó a buscar materiales más comunes y con menos olor, y así empecé a trabajar mucho en dibujo digital y con pinturas acrílicas. Con el tiempo eso se fue convirtiendo en parte del mensaje y comencé a trabajar con materiales de fácil acceso y más económicos. Es así como el látex y la ilustración digital en una tablet, con Android y una aplicación gratuita, se transformaron en la base de los materiales con los que trabajo. Esto me permite dibujar donde voy y donde quiero, ya que combinando la tablet con el teléfono, no solo llevo la libreta y el lápiz a donde voy, sino que tengo una caja de pintura muy completa en el bolsillo.

—Durante este tiempo tan particular pudiste transformar las emociones en imágenes, que finalmente fueron parte del libro “Un año bajo la tierra”, ¿cómo surge la idea de ese proyecto? 
—Como te decía antes, la pandemia nos atravesó de todas las maneras posibles. El 2020 fue un año de shock, nos enfrentó con nuestros miedos, con nuestras cosas buenas y con nuestras porquerías, con el dolor y el egoísmo. Nuestro segundo hijo nació a comienzos de la fase uno, en mayo, donde aún no sabíamos mucho y el miedo era grande. La pandemia nos obligó a vivir los típicos momentos de compartir alegrías en soledad y también nos hizo atravesar solos los momentos más dolorosos. Todo eso lo fui dibujando, tratando de abordar esas dimensiones, y fue entonces cuando pensé que podía recopilarse en una publicación y hablé con la gente de Unirio, editorial que pertenece a la Universidad Nacional de Río Cuarto y que conozco por haber ilustrado algunas tapas para sus libros, y me dieron el ok. Pero en una charla con Noel, mi compañera, notamos que faltaban o que vendrían bien otros enfoques, miradas distintas y en distintos lenguajes. Por eso el libro cuenta con ensayos sobre sociedad, política y educación, poesías, relatos y cuentos, elaborados por Gabriel Riguetto, Santiago Polop, Fernando Ponce, Elena Berrutti, Luis Matías González y el Nato López, a lo que le sumamos el prólogo de un grande del humor gráfico como Jericles, cerrando así un libro que empezó como personal y terminó como una construcción colectiva. Acá cabe recordar que el libro se encuentra libre para la descarga en la página de Unirio, a cuyo staff le estoy inmensamente agradecido.

—¿Qué es lo que se viene en tu mundo creativo?
—Seguir trabajando, aprendiendo y buscando, tratando de llegar a más gente y más lugares, y comenzando a pensar una muestra para volver a colgar los dibujos en algún lado.

—Para concluir, dejamos este espacio para que sueltes un deseo.
—Que la gente se vacune, ese es el mayor deseo y que por suerte está en camino de cumplirse, ya que es la única manera de poder retomar nuestras vidas.

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Susana Szwarc: “Escribir es un hacer, es escuchar y llevar al papel eso que se resignifica”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

No hay distancias. Viajamos. Recorremos los caminos de la vida, un paso detrás del otro. Avanzamos y retrocedemos. Duele el desplazamiento. Las palabras se estiran, atraviesan los espacios, que se alargan y crecen con ellas. Nos movemos con las palabras, somos parte del camino. Escribimos en las huellas que nos escriben, sólo para prolongarnos en el paisaje. Nos contraemos en sus sombras. A veces, somos silencio en movimiento.

Y en ese viaje, en ese movimiento que la vida propone, la escritora Susana Szwarc encuentra semillas que se transforman en letras y la letra, su esencia, siempre es palabra convertida en poesía.

Poeta, narradora de historias cotidianas, cuentista y autora de novelas, obras de teatro y libros infantiles, lleva la escritura como una huella de nacimiento, una marca que comparte en cada una de sus creaciones.

En diálogo con ContArte Cultura la autora chaqueña recorre su propio camino y nos cuenta sus vivencias.

PH: Horacio Paone

Empecemos esta charla desplegando un camino imaginario. La tierra que lo conforma está tatuada por dos huellas que marcan el recorrido de las palabras. ¿Cuáles son esas primeras palabras que percibís desplazándose por las huellas de barro? ¿Qué tienen que ver con vos esas letras?
—Tu pregunta, hermosa, me hace recordar el primer libro de cuentos que publiqué y que yo quería que se llamara No camines en el barro, el  último de ese libro. Y prefirió el editor el nombre del primer cuento, El artista del sueño, en homenaje a mi admirado y querido Franz Kafka. En Una pequeña mujer y un pequeño juez, dice:

Llovía. La mujer caminaba por las calles húmedas y sentía el frío y la lluvia confundirse con su cuerpo.
En No camines en el barro hay preguntas, hay tres finales y hay distintas voces.
Crecerán flores de los charcos de las lágrimas.
O
Se formará una zanja de lágrimas, crecerán mojarritas, los niños y las niñas irán a pescar.
O
¿En la zanja se enterrará a los muertos?
(…)
—Tengo miedo, Juan.
—No tiembles, Marilita, yo te abrazo.
—(…) Debo ponerme las botas porque él me decía: “hija, geinisht in de blote”. Y yo le miraba los pies. Usaba galochas (¿así se decía?). Y sus pies eran grandes, muy grandes sobre el barro.

Y en uno de los últimos libros que estoy escribiendo, El libro (no) de los salmos, aparece en casi todos los poemas la pregunta por la letra. Me atrevería a decir que la letra me compone.

—Si pudieras elegir, como si fuera una foto, un paisaje de tu infancia donde nació o se gestó tu necesidad de escribir, ¿cuál sería?
—La foto es desplegable como esa charla que me proponés, y movible. En la foto está un árbol, paraíso se llama, debajo una niña de tres años que pasa sus dedos por la sandía, cada semilla que saca se transforma en letra: y cada uno y cada una que pasa por la vereda dice una letra del alfabeto que la niña va paladeando. A veces las letras cambian de forma. A veces cambian de lengua. Alguien pasa y dice “yvoty”, alguien dice “flor”, alguien más dice “blum”. En la foto se vería el tren, la campana de la estación, que ahora es museo, se vería a las familias enteras cosechando el algodón desde las cinco de la mañana, hasta que el sol comienza a pegar fuerte sobre cada espalda de cada uno de ese grupo de niños, mujeres, hombres, sin importar la edad, sus manos sobre el algodón “que se va que se va que se va” hacia otras manos que se han apropiado, en su hacer creer que así debe ser, naturalizando el algodón y  la explotación del que ha trabajado, cosecheros golondrinas, vidas, que han sido romantizadas en la canción que también dice “Con manos curtidas, dejaré en el algodón mi corazón”. Y sí, los corazones y todo el cuerpo se dejaban. Y la foto puede seguir desplegándose bajo un cielo muy azul. Por supuesto, mientras se recorre la foto, se escuchan chamamés.

Escribís cuentos, poemas, teatro, novelas, pero si tuvieras que relacionarlos de alguna manera ¿cuáles creés que son los hilos temáticos que entretejen, y de alguna forma unifican, los distintos géneros que brotan de tu interior?
—Creo que sí, que hay hilos temáticos, ciertas repeticiones que nos van constituyendo, tal vez dichas de diversas maneras. Y está lo de la foto. También hay mucha lluvia, o sea que aquel cielo se nubla, y muchas preguntas en mis textos. Hay gente de los pueblos de lo que se llama “el interior” del país como si hubiera un “exterior” dentro del mismo país. Sin embargo, cada lugar es el centro del mundo y gira. También aparece lo que se podría llamar la historia personal, siempre imbricada con la historia social: los campos de concentración en Polonia, los campos de trabajo en Siberia, los tiempos de las dictaduras en Latinoamérica. Supongo que es tratar de entender el por qué de la crueldad entre semejantes. A veces están “los nómades urbanos”, como nombra la poeta y crítica Marta Ortiz a los personajes que viven en la calle de “Una felicidad liviana”. Una forma del paisaje como dice un poema: “…algodonales, algodonales /, pero solo mordíamos naranjas. ¡Ah!, cómo recuerdo/ engaú, esa sed. Y después, mucho después –todavía-,/la frescura en las bocas…”. Tal vez el comienzo de Trenzas explique mejor: “Un bosque enmarañado allá y acá. Tuvo que haber pasado pisado algo entre la maleza, entre el bosque enmarañado, algo entre los ruidos y el aturdimiento y el barullo del macagua, algo entre las matas espesas a pesar de lo impenetrable, algo entre el silencio y el murmullo de los guaicurúes, algo entre la aspereza de los tallos, de las hojas vellosas, de las flores moradas en racimo.” Y  creo que está, simultáneamente, la risa (uso mucho esa palabra), la alegría de la vida misma  y la búsqueda, podría decir, de un relato de continuidad.

—¿Qué ovillos cotidianos ayuda a desovillar la palabra escrita?
—¿Sabés que no sé si la escritura ovilla o desovilla algo de lo cotidiano? La escritura forma parte de lo cotidiano en sí misma. Está en lo cotidiano aunque de manera diferente, ¿en otra vía tal vez? No recuerdo con exactitud, pero me gustó mucho algo que leí de María Malusardi, decía “la escritura no es un Rivotril”, por supuesto ampliado. Me hizo reír y pensar. Se habla de salvación, de algo terapéutico, de una forma de resolver problemas a través de la escritura. Sin embargo escribir es un hacer, es escuchar y llevar al papel eso que se resignifica, y buscar la forma en que llegue a otras y otros que leerán a su manera, es decir, reescribirán. Y compartiremos. En mi caso, cada cosa que hago construye mi vida, y siempre con los demás por supuesto. A mí me ayudan mucho las otras personas. Y creo que la escritura produce transformaciones, transmutaciones, tanto a los que escribimos como a los que leemos y que hace, sí, su efecto en lo cotidiano.

—Tus textos suelen ser muy visuales, hay escenas que bien podrían llegar al cine. ¿Pensaste en esa posibilidad? 
—Me hablaron de esa visualidad y sí, creo que me gustaría que los textos fueran al cine… Tal vez suceda.

—¿Cómo se despliega un poema dentro tuyo? ¿Creés que es posible intervenir nuestros mundos con la poesía?
—Es difícil contar el cómo, pero algunas veces pude captar bastante eso. Por ejemplo, estaba en un museo y miraba una pintura, también leía el cartelito de quién, cuándo, el breve relato de un detalle; en este caso unos tilos de Durero. Anoté una frase que fue desplegándose en mí y, ya en el café, se construyó el poema. También en otra oportunidad, necesitaban armar una biblioteca en una escuela, pero en el trayecto el director se arrepintió; mirando los libros, escuchando las voces de los chicos en el recreo, se me fue componiendo un texto. O sea que ese director no me dio el trabajo pero me regaló un poema. Esas veces me fue bastante claro. Por lo general surgen en situaciones cotidianas, de frases que escucho mientras compro frutas por ejemplo o mientras alguien pronuncia alguna palabra y, sobre todo, me parece, de lo que estoy leyendo. Creo que algunas letras se reúnen, me llegan y se mezclan con alguna situación que está sucediendo en mí y en el mundo. Algo comienza a formarse, como una especie de dictado. Creo que están esas letras para todos y algunas personas, a veces, las agarramos. Me pasa que para pensar tengo que llevar las frases al papel. Después, voy moviendo eso, probando, cambiando de lugar, viendo si va en un verso u otro, si va con signos de puntuación a la vista o a modo de respiración, sonido. Por lo general, es como estar escuchando textos de otros. Muchas veces tengo la sensación de estar copiándome. Así, en un poema escribí:

“…cada vez que pronunciabas palabras/y las dejaba caer, sueltas, en la madrugada/.Yo corría a buscar hojas, más hojas: // anotaba como los viejos copistas./Me vi llorar dentro del sueño,/me vi desierta, decirte: si supiera escribir tu música,/las notas exactas de la fiesta de la angustia…”.

Respondiendo a la otra parte de la pregunta, creo que sí, que nuestros mundos ya están intervenidos con la poesía, que ella va haciendo su camino no tan despacio como se nos hace suponer. Es que se tarda un poco en percibir.

Imágenes de la presentación del libro de poesía “El ojo de Celan” en la Biblioteca Nacional. En ellas aparecen, junto a Szwarc, Horacio González y Alberto Szpunberg -fallecidos durante la pandemia de coronavirus-, la actriz chaqueña Susana Varela, Daniel Calmels y el poeta de La Plata Carlos Aprea.

—Algunas de tus obras fueron llevadas al teatro, ¿cómo viviste esa experiencia de ver a tus personajes en un escenario?
—Viví de varias maneras las puestas en escena de mis textos. Una vez me enojé mucho. Recuerdo que Griselda Gambaro, que había ido a ver la obra y  le había gustado, me dijo que una vez llevado el texto por el director o directora, le pertenece. Otras veces disfruté mucho, pero porque ya había aprendido, sobre todo, esa ajenidad.

—Contanos acerca de “Distancia cero” tu libro de microficciones publicado en 2020 por la editorial Desde la gente. ¿Cómo surgió la idea de entrelazar esos cuentos? ¿Qué los une?
—Fue un placer escribir ese libro. Me doy cuenta ahora que recuerdo los lugares donde voy escribiendo. Y no sabía cómo reunirlo, si en capítulos, si por temáticas. Hasta que fue tomando esa forma que es un poco deshilvanada, aunque los textos hallaron su modo de combinarse.

—¿En qué proyectos estás trabajando actualmente?
—Soy dispersa. Tengo dos obras de teatro en un libro para publicar. Libros de poesía: Caracú, otro que creo que se va a llamar Pernuze y uno bastante adelantado El libro no de los salmos. Alguno de ellos tal vez salgan este año y el próximo. Y otros dos apenas empezados. Un libro de cuentos que estoy revisando y en el que dudo aún con el título. También una reedición, en Ediciones Polibea de España, de Bárbara dice, que como tiene varios cambios y agregados se va a llamar Ahora Bárbara dice. Y en meses, por Editorial ConTexto,  la poesía reunida hasta ahora, con algunos textos inéditos con el título de Decir la suerte. Mientras, sigo revisando, corrigiendo, probando, preguntando todo el tiempo a las amistades.

—Para terminar, y volviendo a nuestro camino del comienzo, ¿qué deseo te gustaría ver rodar por esas huellas?
—Hay un poema que me gusta para esas huellas del camino. Es un poema en diálogo de An Lu y dice:

—¿A dónde vamos?
—A un lugar mejor.

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