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Entrevistas

“En Creciendo Juntos decidimos trabajar para los sectores populares y desde allí construir un aprendizaje colectivo”

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Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

La tierra estaba preparada para la siembra. El tiempo se detuvo en los deseos, la semilla se abrió paso entre surcos y piedras. Abrió sus brazos en una germinación lenta y fue brote y raíces.

Con el tiempo, se ramificó en la arquitectura que la sostiene. Sólo para cosechar los frutos. Para otras siembras.

La Escuela de Gestión Social “Creciendo Juntos“, ubicada en la localidad de Moreno, nació como un deseo comunitario, germinó y creció en un proyecto que incluye a padres, docentes y alumnos, los verdaderos actores de esa propuesta educativa que se “gesta” entre todos y es semilla en la tierra del futuro.

ContArte Cultura habló virtualmente con Mariana López, directora del Nivel Inicial y de la radio del colegio que, a través de ella, abre las puertas para contarnos acerca del proyecto que los une.

—Todo proyecto comienza con una siembra. La semilla cae en el terreno apropiado y, si las condiciones son favorables, germina. ¿Cuándo y cómo comenzó a germinar “Creciendo juntos”, la escuela de gestión social de Moreno en la que te desempeñás como directora del Nivel Inicial?
—Nuestro proyecto comenzó en el año 1982, en la Sociedad de Fomento Amigos del Parque, en Barrio Parque Gaona de Moreno. El barrio posee algunas calles con mejorado negro, no hay veredas y los vecinos caminan por estas finas calles. El resto de las cuadras, las perpendiculares a las principales, son de tierra. Las casas en su mayoría son construcciones bajas, con grandes parques. El verde y los árboles caracterizan la zona. Los vecinos comenzaron a pensar en abrir un jardín de infantes, ya que en aquel tiempo no había en esa zona y el más cercano quedaba a 15 cuadras. Había que llegar a la Ruta 23, cruzarla y caminar 5 cuadras más. La comunidad organizada y con un fin en común motorizó la construcción y el crecimiento de nuestra escuela durante casi 40 años. Empezamos con el Jardín de Infantes y ya contamos con los tres niveles educativos.

“Los vecinos que iniciaron el proyecto eran alrededor de 30 familias, que con un dinero que había quedado de los asfaltos negros, más la organización de bailes, bingos y el acompañamiento municipal, inauguraron el Jardín en 1982”.

—¿Quiénes forman parte de la comunidad educativa?
—Nuestra institución es sin fines de lucro y su comunidad está formada por padres, docentes y estudiantes. En su carácter formal es una Asociación Civil integrada por una comisión de padres y algunos docentes que resuelven en asamblea cuestiones que tienen que ver con lo cotidiano y otras que van más allá. Procuramos funcionar como cooperativa, es decir, como un colectivo donde las decisiones son tomadas entre todas las personas que deseen implicarse y sostenerlas poniéndole el cuerpo y el pensamiento.

—¿Cuáles son los niveles de enseñanza a los que pueden acceder quienes llegan a “Creciendo juntos”?
—Creciendo Juntos es una experiencia educativa que está dentro del sistema formal abarcando Nivel Inicial, Nivel Primario y Nivel Secundario (Orientación Arte especialización Artes Visuales). Decidimos trabajar para los sectores populares y desde allí construir un aprendizaje colectivo. Esto último en función de una construcción política pensada a partir del territorio en donde estamos llevando adelante distintas acciones entre familia y escuela para que todas y todos puedan ser parte de nuestra institución.

“En los años 90 nace en una veintena de familias el deseo de una educación diferente y maestros con otra implicancia para sus hijos. Y así, una vez por semana en una pequeña asamblea, se reunieron a pensar la creación de la escuela primaria, desde la construcción de la primera aula hasta lo pedagógico y lo administrativo.”

—¿Qué se gesta fundamentalmente entre los actores de este espacio de enseñanza-aprendizaje compartido?
—Al denominarnos como una “Escuela Pública de Gestión Social”, entendiendo por “público” todo aquello donde estamos presentes todos, donde quienes lo deseen pueden ser parte, lo que se gesta es la Educación de Gestión Social, a través de una pedagogía popular, cooperativa y solidaria para el logro de una ciudadanía crítica y emancipada. La decisión de ser una escuela comunitaria nos compromete y nos obliga a tener una escuela de verdaderas puertas abiertas, vinculándonos con la comunidad, el Estado, profesionales de la educación, artistas y todos aquellos que nos ayudan a repensar el proyecto. La Escuela siempre trató de moverse y funcionar de acuerdo a lo que dictaba el afuera, de alguna manera siempre observando y tomando nota de la realidad social en que estamos inmersos.

“Aquellos quienes sabían de construcción, en su mayoría varones, pusieron al servicio su conocimiento, y los que sabían menos se unieron a los trabajos. Las mujeres pican piedras, alcanzan los materiales, los niños juegan entre las obras, y así convocados todos ayudan.”

—Si pudieras elegir una palabra que defina el ideario del colegio, ¿cuál sería y por qué?
—Esa palabra sería Emancipación, porque estoy convencida que la  función de  la educación es la  transformación del mundo para lograr sujetos críticos.

—Existen varias actividades o prácticas educativas, por ejemplo los talleres que fomentan las prácticas del lenguaje audiovisual, el de teatro que permite la expresión corporal, la cooperativa escolar, que sostiene propuestas ambientales y hasta una radio comunitaria, ¿cuáles son tus vivencias como directora de esa radio? ¿Qué nos podés contar de esa experiencia?
—Me recibí de maestra jardinera en el año 2003 y comencé en el 2004 a trabajar en Creciendo Juntos como maestra. Luego de varios años pude estudiar licenciatura de nivel inicial y las prácticas las viví en este territorio. Durante todos estos años el trabajo colectivo entre docentes, familias y comunidad impulsó actividades que se fueron vinculando con  el territorio y el crecimiento de nuestra escuela, por eso a  la hora de pensar en la orientación que tendría la escuela secundaria elegimos las artes visuales. En 2010, a través de un proyecto que presentaron desde el nivel secundario, obtuvimos la licencia de nuestra Radio Estudiantil Comunitaria, también llamada “Radio REC 89.5”. Desde entonces llevamos a nuestros estudiantes a interactuar con este medio de comunicación, permitiéndoles así nuevas experiencias radiales. Al principio fue en el nivel secundario, luego en el primario, y  por último nos animamos en el nivel inicial.

En esa época aún era maestra de sala y con un pequeño grabador de periodistas, que compramos haciendo una vaquita entre los docentes, empezamos a realizar un programa de nivel inicial semanal, con distintos bloques y propuestas pensadas y planificadas por los docentes. En 2017 nos animamos a tener dos programas semanales en cada turno del Jardín. Allí los niños y niñas van en pequeños grupos al estudio de radio junto a su docente. Durante la semana cada turno del jardín construye el guion en el cual los niños y niñas ponen sus voces, cuentan sus experiencias, recomiendan cuentos, comparten lo que van trabajando en las salas y les mandan saludos a los oyentes.

“Cuando vino el cambio a EGB, se amplió el nivel primario hasta el tercer ciclo (7º, 8º y 9º), se logró la jornada extendida y se construyó el comedor. Ya en 2008, con la implementación de la ley de educación, la comunidad organizada creó la escuela Secundaria, con jornada extendida donde se desarrollan proyectos audiovisuales, de radio, teatro y se impulsan los intereses de los adolescentes.”

Desde que se decretó el aislamiento social preventivo y obligatorio ya no pudimos estar en la escuela, pero a través de reuniones virtuales decidimos seguir comunicados con nuestra comunidad a través de la radio. Así, todos los viernes de 15 a 17, con Verónica Urrutia -quien forma conmigo equipo de conducción en el Jardín- realizamos la locución, y una mamá realiza la operación técnica. Junto a los otros y las otras docentes desde la virtualidad generamos el vínculo con las familias para elaborar el contenido del programa que está dedicado a los niños, las niñas y la comunidad. Con esa idea también venimos realizando algunas entrevistas, a nivel local y provincial a distintos artistas, escritores, ilustradores y actores políticos que se subieron a “La Calesita”, primer ciclo 2020, y ahora lanzamos “El jardín Rodante”. Entre otros nos acompañaron Sin Pololo, ilustradora local, Las almendras susurrantes, también locales, Pim Pau, grupo musical infantil, Canticuénticos, Martin Morón, Borde verde, Agua sol, Estrellita caracol, Valeria Cis, Iris Rivera, Caracachumba, María Teresa Andruetto, Elena Santa Cruz, Laura Devetach y Anda calabaza.

“Durante muchos años solo tuvimos una sección en el nivel primario y debíamos dejar fuera de nuestra escuela a la mitad de nuestros niños que egresaban de las dos secciones de 5 años del jardín de infantes. Necesitamos otra sección en el nivel primario por eso, y a pesar de la pandemia, no nos quedamos quietos y otra vez la comunidad organizada está en proceso de ampliación del nivel primario con todo lo esto implica.”

También articulamos con Laura Roldán Devetach, un espacio de convidar coplas a los niños y niñas y sus familias, donde con una invitación con la voz de Laura comenzaron a enviarles audios con sus voces recuperando el acervo cultural que hay en los hogares. También venimos de una historia de encuentros con la comunidad antes de la pandemia, conectándonos con el barrio, abriendo la escuela a través de ferias del libro, cumbre de juegos callejeros, talleres de ciencias, y con la cooperativa Cocreju, formada por mujeres de la comunidad que durante la jornada escolar de sus hijos realizan reciclado de plástico y así diseñan y confeccionan carteras, bolsos materos, delantales. Luego, esos productos los venden por internet y en ferias a nivel local. Con la cooperativa, que funciona dentro del edificio de la escuela, impulsamos educar a los niños y niñas en la conciencia del cuidado del medio ambiente. También existe una cooperativa escolar organizada y gestionada por los estudiantes, donde realizan sublimación, carpetas recicladas, libretas, cuadernos. Su objetivo fundamental es divulgar el trabajo cooperativo y crear conciencia con el medio ambiente, a través de pequeñas acciones concretas que buscan fomentar la creación de otras cooperativas escolares tendiendo redes con otras escuelas.

“Hoy nuestra escuela hospeda a casi 450 familias y 180 niños de nivel inicial, 210 niños de nivel primario y 180 adolescentes de nivel secundario.”

Finalmente, dejamos en este último renglón, en este surco, el hueco necesario para que siembres otra semilla, como un deseo.
—Quisiera sembrar más semillas en la comunidad hacia la gestión social. Y sembrar en los docentes la semilla que brotó en mí cuando comencé en este proyecto político y pedagógico. Vi como la comunidad creció, también como lo hizo nuestra escuela y aún lo sigue haciendo. Cada vez más familias quieren ser parte de nuestro proyecto, pero el edificio quedó chico y ahí nace otro de mis deseos: junto a nuestro edificio hay una quinta que se vende, poder comprar ese terreno nos daría el espacio que necesitamos pero los recursos económicos son pocos y no poseer mayor espacio no permite desarrollar más propuestas que nacen en la gesta del colectivo vinculado a las artes, teatro, expresiones artísticas literatura y radio. También está uno de los deseos más profundos, y es que visualicen a nuestra comunidad, que tanto hace en su territorio, compuesta por familias, estudiantes, docentes y no docentes. Que puedan acercarse, ver todo lo que se hizo en casi 40 años de historia colectiva. Necesitamos conseguir algún subsidio o donación, alguna institución que acompañe a nuestro proyecto, que persiga los mismos principios de educación para la emancipación, que es la liberación de los pueblos, y nos acompañen para poder agrandar la institución e incluir a más niños, niñas y familias, para achicar la brecha de desigualdad que en estos tiempos vemos y sentimos en cada llamada a nuestras familias, en cada recorrida a pie por el barrio, en cada mirada desde la puerta de  la casa de algunos de nuestros niños y niñas cuando nos acercamos para alcanzarles algún material. Estoy convencida de que nadie se salva solo.

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Gabriela Exilart sobre “Tierra herida”: “Me conmovió descubrir los niveles de deshumanización en que vivían los trabajadores”

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Por Andrea Viveca Sanz
Edición: Walter Omar Buffarini /

Situada en la Argentina de principios del siglo XX, “Tierra herida”, última novela de la escritora marplatense Gabriela Exilart, invita a recorrer los caminos de las piedras que servirían para adoquinar la Buenos Aires de aquellos tiempos.

Un recorrido doloroso para quienes trabajaban en las canteras de Tandil, dejando cuerpo y alma cada día: los picapedreros. Pero en ese ir y venir de las cosas cotidianas, algo se desordena por debajo. Es el choque de una piedra contra la otra, las fracturas cotidianas frente al abuso de quienes tienen poder. Es la rebelión de los que tienen hambre y buscan justicia. A pesar de todo, en las canteras nace una esperanza y entre el polvo y las turbulencias también crece el amor.

Para comenzar vamos a detenernos en la gran protagonista de esta novela: la piedra. Esa piedra que viaja desde las canteras de Tandil hacia Buenos Aires para adoquinar sus calles. ¿Cómo llegaste al escenario de origen y a hilvanar ese recorrido que va desde su extracción como recurso hasta su transformación final?

—Llegué a la historia de los picapedreros de casualidad, cuando estaba investigando para mi novela anterior, “El secreto de Azucena”. Me prestaron un libro sobre la historia de Tandil, donde podría encontrar material para abordar la matanza de Tata Dios, pero en lugar de eso encontré el mundo de las canteras. Me pareció un escenario interesante, poco explorado, que me permitía a su vez continuar con la vida de los mismos personajes treinta años después, en un contexto totalmente diferente. Seguir el recorrido de esa piedra desde el esfuerzo y la dinamita en los cerros de Tandil hasta el suelo que pisaba la aristocracia porteña, dos realidades opuestas en una Argentina en plena configuración.

—Y la piedra sin dudas fue un hilo conductor en la historia de tus personajes. ¿Qué fue lo que más te conmovió de la vida en las canteras y que te parece que les pudiste transmitir a esos personajes para que lo reflejaran?

—Me conmovió, como siempre me sucede cuando indago en nuestra historia, descubrir los niveles de esclavitud y deshumanización en que vivían los trabajadores. Es una constante que ya narré en otras novelas (“Por la sangre derramada, Napalpí”) y que acá se repetía: hombres trabajando sin las más mínimas condiciones de seguridad, jornadas eternas que no respetaban horarios, imposibilidad física de salir de la cantera para comprar en el pueblo, y el pago mediante una moneda inventada (plecas) que solo servía en los almacenes del patrón.
Traté que mis personajes convivieran de igual a igual con las figuras de la historia real, aquellos pioneros que alzaron la voz y formaron el primer sindicato, como Luis Nelli y tantos otros compatriotas. Tenía que mostrar esa asfixia cotidiana, la lucha de esos hombres, mujeres y niños.

—Hay una realidad social y económica que se va moviendo alrededor de lo que sucede en la Argentina de principios del siglo XX. ¿De qué manera trabajaste para lograr que esa realidad atravesara a tus personajes de ficción?

—Trabajé con testimonios que extraje de los documentos consultados. También pude acceder a anécdotas y relatos que me contó mi amiga, la escritora Ana Caliyuri, que vive en Tandil. Narré a los personajes desde adentro, desde el detalle cotidiano. Intento que mis novelas no sean libros de historia, sino que el lector sienta, se emocione, viva esas vidas mientras lee. Acá había que hacer sentir el polvillo de la piedra metiéndose en los pulmones, las detonaciones, las manos agrietadas, y también el olor de las cocinas, de la leña, las risas de los niños, y también los llantos de las mujeres. Los personajes de ficción sufren las consecuencias directas de esa realidad: el hambre real cuando se declara la huelga, el miedo a la represión de la policía que sube a los cerros a caballo, y la incertidumbre de no saber si el hombre de la casa va a volver vivo de la jornada.

—En esta novela aparecen mujeres muy fuertes que también ponen en movimiento las estructuras y costumbres de aquellos tiempos. ¿En qué espejos de la realidad crees que se podrían haber mirado tus mujeres?

—Se miraron en las miles de mujeres anónimas de los campamentos de las canteras, que muchas veces la historia oficial invisibiliza. Esas mujeres, muchas de ellas inmigrantes que ni siquiera hablaban el mismo idioma, compartían el lavado de la ropa, el miedo a perder a sus esposos o hijos, los dolores y la crianza de los niños en ranchos miserables. Se miraron en las mujeres que se enfrentaron a los rompehuelgas, las que les tiraron agua hirviendo, o se acostaron sobre las vías para impedirles el paso.

—”Tierra herida” invita a saltar en el tiempo a los personajes de tu anterior novela “El secreto de Azucena”. ¿Qué te llevó a invitarlos a dar ese salto para vivir el futuro treinta años después?

—Me había encariñado mucho con los chicos de “El secreto de Azucena”, y vi la posibilidad de continuar sus historias. Por eso también había hecho desaparecer a Prudencio, porque sabía que en esta novela iba a volver. Eran niños marcados por una infancia dura, cruel. Infancias de identidades robadas, padres asesinados. Infancias heridas. El salto temporal era un gran desafío, ¿en qué tipo de hombres y mujeres se habían convertido? ¿Cómo envejecían los que eran adultos? Era reconstruir sus vidas treinta años después.

—Y en ese futuro el amor se completa con la calma de otros tiempos. ¿Cómo fue el proceso de reconstruir esos vínculos que antes tuvieron otras formas?

—Fue un proceso de reencuentro muy profundo. Si bien los vínculos maduraron y tomaron formas diferentes con el paso del tiempo, en el fondo seguían conservando esa infancia común: los momentos compartidos en el pasado, los mismos miedos y las viejas soledades. El amor en “Tierra herida” se fue forjando de a poco, afianzando esos lazos sembrados años atrás, asentado en una base de confianza ciega. Me gustó muchísimo explorar y hacer crecer esos sentimientos que, con los años y los golpes de la vida se fueron desviando en algunos casos hacia el romance.

—Para concluir, si pudieras elegir una palabra que sintetice el espíritu de esta novela. ¿Cuál sería y por qué?

—Elegiría la palabra DIGNIDAD. Porque “Tierra herida” es, ante todo, un homenaje a los que no se arrodillaron. A pesar de la piedra, del aislamiento, del desamparo institucional y de la codicia de los patrones, lo que late debajo de la huelga y de las historias de amor de la novela es el reclamo universal de ser tratados como seres humanos, no como herramientas descartables. Es la dignidad del picapedrero que talla su propio destino con la misma fuerza con la que golpea la roca.

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“Vientos de libertad”, la gesta sanmartiniana en la nueva obra de Luis Carranza Torres

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Por Andrea Viveca Sanz /
Edición: Walter Omar Buffarini

Cruzar las fronteras del tiempo y del espacio, animarse, como si existiera una continuidad, un rumor de páginas que necesitaran volver a leerse.

Con una trama que pone la mirada en los detalles, en los paisajes interiores de los protagonistas, en el pasado, pero también en el presente y en el futuro, Luis Carranza Torres avanza, cruza sus propias montañas y da vida a una historia que se ramifica, un entramado donde las pasiones y el amor son protagonistas.

“Vientos de libertad” es la nueva novela del escritor cordobés, quien con sus letras lleva al lector a épocas de la gesta sanmartiniana, para adentrarse en algo más de lo que cuenta la historia.

— ¿Qué te llevó a elegir este renglón de la historia para invitar a tus personajes de ficción a vivir los hechos reales?

— Me gustan los momentos bisagra de la historia, y este período en que transcurre la novela lo fue para nosotros. Nunca es en vano recordar que la Independencia argentina se sancionó, a diferencia de muchas otras, en el peor momento posible. Sin recursos, derrotados nuestros ejércitos en el Alto Perú, amenazados por los cuatro costados por los españoles, los portugueses y los indios.  Nacimos, por tanto, en la esperanza, pero también por el coraje de no rendirse ante la adversidad. Eso es lo que busqué reflejar en la novela. Y es algo que sirve más allá del orgullo por nuestro pasado, en la vida diaria de cualquier persona. Se trata de la prehistoria, por así decirlo, de la Argentina que hoy conocemos. Cuando todavía ni nos llamábamos de esa forma.  A la par de la evolución de los personajes, existe también la de una sociedad que busca ser de otra forma, liberándose de muchas cosas. A partir de esa declaración de independencia, se produce un gran sinceramiento colectivo de lo que queríamos ser, y de lo que podíamos lograr solo con dos cosas: un liderazgo apropiado y la capacidad de esfuerzo que nos caracteriza individualmente, pero articulada en conjunto. La gesta del cruce de los Andes muestra a lo que podemos llegar cuando hacemos bien las cosas. 

— ¿De qué manera trabajaste para poner en palabras los escenarios naturales que recreás en los distintos capítulos?

— Me esfuerzo por poner atención a los detalles, esos que le confieren autenticidad a la trama. Cuando se estructura la trama, uno también va buscando el escenario para plantear determinada escena. Aquí, en “Vientos de Libertad”, no las determinan tanto los actos exteriores sino la interioridad de los personajes, que el paisaje esté a tono con lo que le pasa por dentro a quién protagoniza la escena. Fue eso lo que busqué plasmar. Te diría que aun con la presencia de una referencia geográfica de tanto peso como los Andes, la cuestión pasa más por los lugares culturales o sociológicos de ese tiempo: los espacios de sociabilización como la Alameda o la Plaza Mayor, las conversaciones en el río de las lavanderas, las sala de recibir de las casas, el cuartel militar como preparación para el cruce. Es algo que no busqué, se dio naturalmente. La cordillera está, pero a la vez no está y hay otras todavía más inmensas que sortear. A veces los libros te llevan a eso. A pesar de que he estado en los Andes de norte a sur, desde la puna al estrecho y hecho andinismo en la zona del Tupungato cuando era jóven. O quizás por eso, la presencia no es tanto física como simbólica. Los lectores decidirán (risas).

— Además hay otros escenarios que muestran la vida doméstica de José de San Martín junto a Remedios de Escalada. ¿Por qué te interesó hacer foco en esas vivencias cotidianas?

— La relación entre José de San Martín y Remedios de Escalada ha sido muy bastardeada, por usar una palabra de la época. Con ella, sobre todo, siempre invisibilizada y desmerecida injustamente. Fue Remedios una mujer excepcional, tan valerosa, rebelde y libre como la sociedad de su época podía permitir, e incluso algo más. Asimismo, mostró un compromiso personal y propio con la causa emancipadora, aun desde antes de conocer al Libertador, con la misma firmeza de carácter que luego tuvo en el manejo de los asuntos patrimoniales de la pareja, ya que fue ella quien administró todo mientras San Martín hacía sus campañas, teniendo incluso la plena patria potestad de la hija de ambos. Por extraño y hasta paradójico que parezca, bien podemos decir que la Remedios histórica es muy diferente de aquella que la historiografía nos ha pintado. Por su parte, José de San Martín es bastante más de lo que usualmente tenemos en consideración. Era un hombre ilustrado, curioso de casi todo lo que se movía a su alrededor, que leía mucho, en inglés y francés además del castellano. Tocaba la guitarra, cantaba bastante bien, pintaba cuadros de paisajes, sobre todo de la cordillera, era un apasionado del ajedrez y gustaba de las nieves de limón -antecedente de nuestro actual helado de ese gusto-. Creo que la frase que el Libertador pone en la tumba de Remedios ilustra bastante respecto de la relación que tuvieron: “Esposa y amiga del general San Martín”. Recordemos que él valoraba la amistad en un grado superlativo dentro de su escala de valores. Tanto uno como otro fueron personas adelantadas a su tiempo. Y que se atraían por compartir esos valores, sintiendo admiración mutua. Es lo que quise reflejar en la historia en cuanto a ellos. La relación de igual a igual que, a juzgar por toda la documentación fidedigna, tuvieron en un gesto inaudito para la época. Parecen más un matrimonio de nuestros días que de aquellos de 1816. 

— ¿Cómo se manifestaron en vos Sebastiana y Justo, los protagonistas de “Vientos de libertad”?

— Ambos son seres literarios por demás interesantes. Complejos, intrincados por dentro y por fuera, y hasta queribles aun en sus defectos. Él ya no puede ser en lo físico lo que sigue siendo en mente y alma: un soldado. Ella, un ser tan castigado por la vida, que termina por volverse una resentida con casi todos. Y el amor como prenda de unión, que da segundas oportunidades para ser feliz, pero también implica renuncias costosas. Si Justo tiene un brazo inútil, Nazarena lleva esas mutilaciones por dentro. Cada cual lidia con ellas como mejor puede, en tanto no deja de advertir que al otro le pasa igual. Para peor, ambos son terriblemente pasionales. En lo bueno y en lo malo. Particularmente, en el orgullo propio. Ninguno cede nada, a pesar de la atracción, del deseo o los fuertes sentimientos que se prodigan.  Cada cual quiere lo mejor para el otro, pero a su modo. Y cuando se desilusionan, es en grande. Con todos estos ingredientes, creo que la historia de Nazarena y Justo termina siendo una de las más pasionales que he escrito. Pero también, de las más sufridas e implacables. 

— ¿Hay algún personaje secundario que te gustaría destacar?

— La familia Buteler. La historia es verídica en sus líneas generales. Un irlandés que viene con el ejército inglés y se aquerencia al punto de no querer volver a su tierra y plantar raíces aquí. Algunos de los descendientes del Buteler histórico eran vecinos de mi familia en el campo, y de chico escuché alguna de las cosas que aparecen en la novela y me sirvió para darle forma a esa peculiar familia literaria. En cierto modo, es un homenaje a aquellas historias y a las personas que me las contaron. Así como a unos vecinos muy cercanos que tengo como parte de mi historia personal y considero, incluso hoy, como parte de mi familia ampliada. Además, “Vientos de Libertad” se trata de una de las novelas con más personajes secundarios que he escrito. Por lo mismo, se puede leer en varias líneas narrativas. Todas cruzadas por distintos tipos de amor: el de Goya y Tadeo, los esclavos de Nazarena, el apegado a las normas de Isabel y Eulogio, el pasional de Nazarena con Justo, el amor a la distancia entre Mariana y Tulio o el cómplice entre Remedios y José. A la par de eso, hay historias personales muy ricas en matices, como la de Goya, el mismo Tadeo, Mariana en Santiago de Chile o Isabel en Mendoza. Cada una por sus propias y muy particulares razones. 

— Vemos que uno de los personajes, Eulogio, lleva un apellido conocido de otras obras tuyas: López de Madariaga. Y que Isabel es una devota lectora de Jane Austen, sin mencionar a la autora. ¿Qué podés contarnos sobre eso? ¿Hay otro texto, quizás implícito, detrás del texto impreso de la novela?

— Son guiños de complicidad para los lectores que me siguen desde siempre. Eulogio es mencionado, ya anciano, en “Palabras Silenciadas”. Es, en sus años mozos como se diría en la época de la novela, el antepasado de la familia que desarrollé en la saga de la Segunda Guerra Mundial que inició con “Mujeres de Invierno”. Antes de llevar a cabo todo por lo que su familia lo recuerda. En el caso de Isabel, sus lecturas son una suerte de homenaje a lo que he visto o me han contado que leen muchas de mis lectoras. Y para recordar que clásicos de Jane como “Orgullo y Prejuicio”, por los tabúes de la época en la sociedad inglesa, se publicaron de forma anónima, sin más datos que su escritora era una mujer. Cosas como estas encajan de maravilla para pintar con un detalle a la sociedad de entonces. 

— Mientras todos ellos se preparaban para cruzar una frontera geográfica, vos ibas cruzando las barreras del tiempo para revivir aquellas escenas. ¿Qué fue lo que más te impactó de ese cruce temporal?

— La magnitud de lo que se hizo con muy pocos medios, pero usados muy inteligentemente. La libertad siempre tiene un precio e impone sacrificios. Ellos no dudaron en pagarlo, y por eso es que somos argentinos hoy en día. Tenemos una deuda con esos compatriotas que ya no están, es lo que quise reflejar en la trama de la historia. Otra de las cuestiones que me llamó la atención, y quise rescatar para dar cuerpo a la historia de la novela, es la tremenda preparación logística que implicó. No solo fue un cruce. Debieron llevar consigo todo lo que necesitaban para sobrevivir, desde la leña hasta el agua. Y combatir para apoderarse de las fortificaciones realistas que guardaban los pasos. Pero el éxito de todo dependía de mantener al adversario sin saber por dónde cruzarían. Que se revelara ese detalle hubiera ocasionado el desastre de toda la expedición, y esa es la idea movilizadora que estructura la historia.

— Has dedicado esta novela “a ese soldado argentino, sólo conocido por Dios” ¿Qué razones te movieron a poner esas palabras?

— Es una frase conocida en el mundo castrense. Refiere a aquellos que han caído en combate y no han podido ser identificados sus restos. Solo Dios sabe quién es y cómo sacrificó su vida. A veces ni tumba tienen. Hubo muchos en las guerras de la independencia, por no decir que fueron la mayoría de los caídos en esa época. Son los seres más anónimos de las batallas y guerras. Desde chico, cuando veía la llama votiva por el soldado desconocido de la Independencia a la entrada de la catedral de Buenos Aires, era algo, y lo sigue siendo hoy, que me sobrecoge. Cuando terminé de escribir la novela, supe que era a ellos que debía dedicarlo, para reconocerlos, tal como se hace en cualquier país que cuida sus valores cívicos.

— El viento siempre mueve cosas, ¿qué movilizaron en Luis Carranza Torres los vientos de la escritura de esta novela?

— La gratitud a aquellos que se sacrificaron para tener la libertad que, muchas veces hoy, usamos mal o, peor aún, nos resulta indiferente. Poder decidir nuestro destino es una gran cosa. No solo en lo individual, sino también como sociedad. Quise rescatar eso, pero también lo que entiendo como una paradoja curiosa y hasta cruel respecto del deber: hacer lo que entendemos correcto, implica muchas veces sacrificios muy personales. Y en el caso de los personajes de la novela, como el mismo José de San Martín lo habla con Eulogio, cumplir con el deber es alejarse de los que uno quiere y poner en riesgo de mil formas la propia existencia. Somos lo que somos colectivamente, entre otras cosas, por esos esfuerzos que se cuentan en la novela. No debemos nunca olvidarlo. Eso busqué transmitir, más allá de contar una historia vibrante en lo épico e intrincada y de suspenso también en cuanto a lo amoroso. 

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En primera persona: Nair Libonatti, escritora

La artista uruguaya habla de ella misma, de cómo llegó a la escritura y de su obra

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Sobre sí misma y su arte

Soy Nair Libonatti, mujer uruguaya de 69 años. Toda mi vida supe que podía escribir, sin embargo, al plasmar mis ideas en una hoja, el resultado no me era grato y terminaba rompiendo.

En el año 2019 una amiga me invitó a “algo” literario y fui. Resultó ser un taller y fue ahí donde comencé a escribir.

Pocos meses después llegó la pandemia, entonces, buscando recursos para mi nuevo despertar, entré en un grupo argentino de Facebook. En él compartíamos textos y comentábamos.

Un buen día me invitaron a participar en el Mundial de Escritura, al principio me parecía inalcanzable hasta que me animé y la experiencia resultó maravillosa.

Sobre su obra

He escrito algunos libros: “Historias del Caldero”, en conjunto con dos amigas, “Constelaciones”, libro que va por su segunda edición y “El Pata de Bolsa y otros relatos”. Estos dos últimos están presentes en la 49a Feria del Libro de Buenos Aires, en el stand de Uruguay.

Sobre “Constelaciones” puedo decir que es un libro fuerte, con historias bastante movilizadoras, es un intento de visibilizar algunas circunstancias.El Pata de Bolsa” es en tono más humorístico, un poco más distendido y coloquial.

Son libros de cuentos cortos, escritos individualmente y luego seleccionados para cada uno de los libros.

Su actualidad

Actualmente integro el taller “Ratones de biblioteca”, que funciona en la Casa de la Cultura de Minas, Uruguay, y algunas compañeras me acompañaron a la Feria del Libro de Buenos Aires.


Nair Libonatti junto a Andrea Viveca Sanz, de Contarte Cultura, en la 49º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires

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Propietario: Contarte Cultura
Domicilio:La Plata, Provincia de Buenos Aires
Registro DNDA En Trámite
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