Agustina Bazterrica: “Tengo la presunción de que se podría corregir un texto de manera infinita, sin llegar nunca a terminarlo”

(Foto: Rocío Pedroza)
Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

Existen palabras que revelan, que se convierten en flechas capaces de dar en el blanco de la realidad, de trazar las líneas que construyen el paisaje cotidiano, donde la velocidad, ese viento de apuros e inmediatez en el que vivimos, arrastra otras palabras, las que delimitan el silencio.

Para Agustina Bazterrica, licenciada en Arte, la escritura es una parte fundamental de su vida, una necesidad, el aire que la impulsa a contar, a revelar a través del lenguaje los sonidos y las formas de aquello que no se dice.

En diálogo con ContArte Cultura la autora cuenta cómo comenzó a transitar el camino de las palabras y de qué manera vivió el proceso creativo de sus ficciones.

—Para comenzar esta entrevista te proponemos una especie de juego de presentación: De la rama de un árbol cuelga un hilo, ese hilo es el principio de una historia que nace justo ahí, debajo del árbol. ¿Qué es lo primero que te vienen a la cabeza para dar comienzo a esa historia atrapada entre las hojas?
—Es la historia de una niña que tiene un conejo entre las piernas que se llama Roberto. La pueden seguir leyendo en mi próximo libro de cuentos que se va a publicar en abril.

¿Recordás en qué momento te sentiste llamada a convertirte en un puente de palabras a través de la escritura?
—No fue un momento específico, se fue construyendo con el correr de los años, pero ocurrió desde muy pequeña. Desde que me enamoré de las historias de la colección de Robin Hood que me leía mi madre y, después, cuando aprendí a escribir en el colegio y publicaban en la cartelera mis pequeñas historias. Sabía que quería escribir, que era mi vocación, mucho antes de saber qué era ser un escritor.

¿Cómo se produce el nacimiento de una ficción en tu interior?
—Con una idea que me parezca potente, que perdure. La puedo pensar durante años hasta que, como en un rompe cabezas, los elementos se conjugan y se ensamblan. Te doy un ejemplo: Quería escribir un cuento sobre un suicidio kitsch, pero no sabía cómo encararlo. Esa idea la tuve años en la cabeza hasta que un día estaba leyendo un texto para la facultad sobre el grupo de artistas de la Nueva Figuración (Deira, Macció, Noé y De la Vega) que decía “Estamos en contra del Rosa bombón”, y me pareció tan fabulosa la frase que dije “este es el título: Rosa bombón”. Más tarde me regalaron un libro de autoayuda y me lo puse a ojear y ahí pensé “este es el narrador, todo el cuento va a estar escrito como si fuese un suicidio guiado con pasos y ejercicios de autoayuda”. Y finalmente, con esos elementos principales, escribí. Ahora, escribir es para mí básicamente corregir. Es decir, corregir y corregir, y corregir. Es la parte más importante del proceso creativo. Pulir la idea principal y facetarla.

¿De qué manera lográs dibujar en letras los mundos en los que habitan tus personajes?
—Lo que a mí me funciona en este momento, porque creo que el proceso de escritura es de permanente aprendizaje, es investigar muchísimo sobre la temática que quiero escribir, para saber qué hicieron otros antes que yo, para pensar otras aristas, para ver cuáles son los puntos comunes y no inventar la rueda. Aprendo de mis pares. Aún de aquellas obras que me producen un cierto rechazo. Te diría que aprendo de autores de todas las épocas. No sólo de escritores, también de trabajos científicos, políticos, de músicos, de gente de la gastronomía, de artistas plásticos, de diseñadores. Presto mucha atención a la producción de las mujeres. Después de esta dinámica de lectura e investigación hay una parte del proceso que definiría como más intuitiva, que es casi corporal. Es sentarte a escribir y saber que el narrador que elegiste, la escenografía literaria que diseñaste, las situaciones que pensaste, son las indicadas. Es así porque la escritura fluye y fluye, algo medio torrencial. Después llega la última tarea, la más refinada y que disfruto mucho, se trata de leer lo escrito, y releer, y corregir. Es un vértigo que puede transformarse en una trampa mortal. Tengo la presunción de que se podría corregir un texto de manera infinita, sin llegar nunca realmente a terminarlo.

Contanos brevemente acerca de tu primera novela “Matar a la niña”.
—Habla de un crítico de arte que muere y como en el cielo hay déficit de ángeles lo sientan en una nube de papel maché, con alas de plástico, y lo dejan ahí como decoración. Todo ese cielo kafkiano está preparado para una sola persona que está en la Tierra, que es muy piadosa, reza todo el día y milagrosamente puede ver esa parte del cielo. Es una niña. Como el protagonista –enfatizo que es un crítico literario- detesta ese cielo berreta en el cual tiene que pasar la eternidad, planea bajar a la Tierra, matar a la niña y terminar por fin con el suplicio. La novela está plagada de humor e ironías, con un lenguaje sumamente barroco y complejo. Toda mi literatura tiene una dimensión crítica y en esta novela hago un fuerte cuestionamiento a la Iglesia Católica. Al mismo tiempo, varias personas piensan que dentro del rechazo se filtra mi atracción por ciertas facetas polémicas del catolicismo.

¿Cuál fue la punta del hilo con el que comenzaste a tejer las páginas de tu novela “Cadáver exquisito” y cómo llevaste adelante su proceso creativo?
—La punta del hilo me la dio mi hermano, Gonzalo Bazterrica, al que le dediqué el libro. Él es un cocinero increíble, con propuestas innovadoras que unen el disfrute de la comida con productos sanos y te abre un panorama totalmente distinto. Gracias a Gonzalo cambié mi alimentación. Aunque él no es vegetariano, yo dejé de comer carne y, cuando lo hice, me pregunté “¿qué pasaría si en cambio de comer vacas, cerdos y pollos, comiéramos carne de humanos?”. Porque entiendo que el tipo de carne que comemos es algo cultural, dado que en la India, por ejemplo, no comen las vacas porque son sagradas. Entonces empecé a investigar sobre el canibalismo, también sobre cómo procesamos a los animales de manera industrial, y luego de muchos meses de investigación me puse a escribir.

¿Creés que a través del lenguaje lograste mostrar las distintas formas de “canibalismo” que se pueden percibir en nuestra sociedad?
—Espero haberlo mostrado, eso lo tendrán que juzgar los lectores. Lo que intenté hacer fue trabajar de manera muy consciente con el lenguaje en la novela, porque creo que el lenguaje está vivo, es político, nunca es inocente y las palabras que decimos o dejamos de decir nos hablan de la manera en la que cada uno de nosotros ve el mundo. El lenguaje encubre o revela. Barthes dice que el lenguaje es una construcción social, por lo tanto construye nuestra identidad. Lo que sucede en los regímenes totalitarios, por ejemplo, es que los libros se queman, se prohíben ciertas palabras porque al limitar el lenguaje se limita el pensamiento. Es fascinante. A mí me pasó cuando era chica, en el colegio, entre las alumnas había palabras permitidas y otras cuyo uso estaba absolutamente prohibido bajo amenaza de exclusión social. Jamás se podía decir “rojo”, sí colorado, nunca “hermoso” sí lindo. “Malla” estaba desterrada de nuestro vocabulario y lo correcto era decir traje de baño, si hablabas de la “cena” eras considerada una “grasa”, estabas fuera del grupo. Ya de más grande entendí cómo en determinadas instituciones se perpetúan la violencia y la discriminación a través del lenguaje como forma de control social. Por lo tanto, como en mi novela se naturaliza el canibalismo, palabras como “caníbal” están prohibidas. Pero también trabajé con los silencios, con lo que no se dice, que es otra manera de fagocitar, porque al no decir ciertas cosas se están aceptando y por ende nos hacemos cómplices de esas violencias, de esa invisibilización. Con la negación ayudamos a construir y perpetuar esa realidad. Si no se habla de los femicidios, por ejemplo, se da lugar a la impunidad, a pensar que la vida de las mujeres no vale, como se hizo durante años. Al nombrar los actos de violencia y entenderlos, les damos entidad y podemos trabajar para prevenirlos.

¿Cuál es el principal motor del ciclo de lecturas “Siga al conejo blanco” en el que el arte es protagonista”?
—Con Pamela Terlizzi Prina nos interesa promocionar a nuestros colegas, conocer nuevos escritores y artistas, y generar un espacio de encuentro cultural, diverso, significativo, estimulante. Para eso filmamos y sacamos fotos de cada evento, porque queremos que esas lecturas y entrevistas lleguen a cualquier persona que las quiera mirar, que no sea necesario vivir en Buenos Aires para disfrutar del ciclo. Lo básico es que hacemos un ciclo cuidado, respetuoso y de celebración de la creatividad. Invitamos a gente que nos parece talentosa y evitamos caer en una formalidad encorsetada. Vamos a pasarla bien y a disfrutar. Nuestra plataforma es www.sigaalconejoblanco.com

¿En qué proyectos estás trabajando por estos días?
—Este año Alfaguara publica Diecinueve garras y un pájaro oscuro que es la reedición revisada y ampliada del volumen de cuentos publicado en 2016 que ya está agotado. Además, estoy leyendo muchísimo sobre varios géneros literarios específicos porque, con Agustina Caride, estamos preparando talleres virtuales. Es una novedad que vamos a lanzar este año. Se sumarán a los talleres presenciales de escritura y lectura que ya veníamos dictando y los continuamos también. Por último, y quizás lo más desafiante, estoy investigando para la próxima novela. No puedo adelantar el tema pero me tiene muy, pero muy entusiasmada.

¿Hay algún sueño que te gustaría dejar colgado de nuestro árbol imaginario?
—No uno, muchos sueños. Me alegra esta pregunta. Frente a tanta distopía una cuota de utopía viene bien. Quizás podría comenzar imaginando un mundo donde haya más equidad. Avanzar así con el sueño de que ninguna niña esté obligada a ser madre, de que dejen de morir mujeres porque se ven obligadas a realizarse abortos clandestinos, que dejen de matar a mujeres por violencia de género. Hay utopías posibles. Hay sueños que se cumplen. Existen muchas personas que estamos trabajando para que esos sueños se hagan realidad.

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