Víctor Chacón: “El humor aliviana, sí, pero también puede llegar a angustiar bastante”

Por Andrea Viveca Sanz

A veces es necesario mirar detrás de las cosas, internarse en lo cotidiano para regresar con las preguntas necesarias, capaces de interpelar nuestros modelos, cargados de respuestas automáticas y rígidas.

A días de presentar su segundo libro, “El equilibrio de los renacuajos”, y sumergido en ese mundo de los sapos, Víctor Chacón busca volver los ojos sobre nuestra especie y cuestionarla a través de una novela en la que es posible verse reflejado.

Con una narración en la que las voces se entrelazan para acaparar la atención del lector y atraparlo en una red de relatos, el autor platense logra hacer foco en una temática que pesa y lleva a reflexionar sobre nuestras conductas y hábitos.

Porque nada es lo que parece, hay que leer entre líneas el mensaje que forma parte de la arquitectura de sus libros, en los que lo filosófico se mezcla con lo social y se abre un juego de dudas que, por momentos, llegan a desorientar al lector.

En diálogo con ContArte Cultura, el autor invita a pasear por sus páginas para quedar atrapados entre sus preguntas e intentar encontrar las respuestas.

—Para presentarte, tres palabras que definan a Víctor Chacón.
—Víctor Edgardo Chacón

—¿En qué momento decidiste sumergirte en el mundo de los sapos para regresar con una historia capaz de cuestionar a los seres humanos?
—Empezó en el 2011, con un concurso de narrativa de la Editorial La Comuna; si bien yo había escrito cosas anteriormente, en ese momento me senté a narrar diferentes acontecimientos que pasaron en los monoblocks donde me crié. Las situaciones tenían tal grado de oralidad que empecé a sacarle mucha puntuación hasta que anulé todos los puntos y aparte, el cuento quedó como un gran párrafo y así lo presenté. Ya ahí se podía encontrar la crueldad que existe en el cotidiano de la gente, el texto empezaba con un suicidio y terminaba con la tortura a un linyera. El tipo de relato gustó mucho y seguí por esa línea con seis cuentos más. Los sapos salieron solos a la superficie, porque en la crueldad infantil el sapo está muy presente, es un animal súper indefenso y los ñiños se aprovechan de eso. Casi sin quererlo los sapos aparecían en todo el transcurso de esa pequeña novela, e incluso me trajeron el título de la misma.

—Contanos cuál es la temática principal de tu primera novela “Justicia divina para los sapos” que se prolonga en tu nueva obra “El equilibrio de los renacuajos”, próxima a presentarse.
—En la primera novela indagaba un poco una especie de, justamente, justicia divina para la especie ésta de anfibios. Nucleaba tanto las torturas que recibían los sapos que pensé en darle una reivindicación, y como si fuese una maldición todos los personajes (o la gran mayoría) que los lastimaba recibían un castigo fortuito, que tal vez nada tenía de una situación de causa y efecto, pero el castigo estaba. Como temática que continúa en El equilibrio… está la crueldad infantil, o la crueldad cotidiana reflejada en un mundo infantil. Todos los cuentos pueden leerse por separado, al igual que los libros, pero también se puede leer todo junto. Hace un tiempo, cuando Francisco Magallanes, el editor de Malisia, me propuso que siga con éste narrador inocente y con un formato de libro de ágil lectura, pensé en hacer éstos dos libros y llamarlos “La biología de la crueldad infantil”, justamente porque indaga en eso y, citando a un chiste de Les Luthiers, porque son dos. De todas maneras, a partir de éste modo de narrar me llegan muchas historias contadas por colegas y amigos que tienen una temática similar y por momentos se me ocurre que terminar con éste tipo de literatura es imposible, porque la crueldad infantil está todo el tiempo, en todos lados.

—¿De qué manera lograste meterte en la voz infantil para interpelar, desde ese lugar, la lógica de los adultos?
—Pensando en la pregunta lo primero que me viene a la mente es: no tengo ni idea. Porque fue tan gradual que creo que en la primera mitad del proceso creativo no fue buscada, pero también en la escritura me empecé a indagar a mí mismo como persona, la historia pasada y lo que soy ahora. Viéndome en retrospectiva me doy cuenta de las barbaridades que me han rodeado, cosas que le pasan a uno por al lado y no hace nada para cambiarlas. Como el paradigma de los monos y las bananas arriba de la escalera, cuando llegué al mundo las cosas eran así y entonces hay que seguirlas así.

—En “El equilibrio de los renacuajos” se entrelazan diversos relatos que llegan a constituir una red de voces, ¿cuál de ellas te costó más construir?
—La voz infantil fue difícil. Sobre todo en Justicia divina…” que intenté, además, ponerle un tono de oralidad desenfrenada para dar cuenta de un niño que narra casi sin saber narrar. En El equilibrio… ya tuve más incorporada la voz narrativa, me salió más natural y por eso también el proceso fue más corto; también tuve un seguimiento intermitente de la obra por parte de Francisco Magallanes, que en su literatura tiene un modo de narrar similar (la cuestión del barrio y de esos lugares que todavía no tienen una urbanización descontrolada) y en sus devoluciones me dijo pocas cosas pero que fueron claves para construir lo que es hoy El equilibrio…

—¿Quiénes son los grandes protagonistas de esta historia?
—En primer lugar el niño que narra y su hermana. A diferencia de Justicia divina…, que es un libro repleto de nombres propios, en ésta novela no nombro a nadie; eso también ayudó bastante a que el lector se vea representado en los personajes. Hace un tiempo, un colega director de teatro me preguntó si yo me había criado en Azul, porque él era de ahí y se vio reflejado en los relatos, cuando le dije que no estaba sorprendido, porque se había encontrado con anécdotas de su propia infancia. Creo que por metonimia los protagonistas de ésta historia son los infantes en sí mismos, pero alejados de esa visión romántica de la infancia, donde todo es lindo y los niños son siempre regordetes adorables. El libro muestra unos infantes crueles y, aunque el narrador y su hermana creen escapar de esa crueldad, están inmersos como si fuera un destino manifiesto: de la crueldad infantil no se puede escapar nadie.

—Creés que contar desde el humor llega a alivianar la carga de una temática que pesa y cuestiona?
—Espero que sí. O al menos poner la temática sobre la mesa. Varias veces pensé en dos frases de bandas platenses que plantean la negación de los padres frente a las maldades de sus hijos. La primera de Guasones, y se me hace muy clara: “No te creas que tus hijos se excluyen de la vida podrida”; la segunda de Los Redondos: “Mami elimina el error, de que vos sos capaz”, que a pesar de que puede referir a cierto momento de la guerra fría, en éste contexto no puedo dejar de pensar en los padres negando los errores de sus hijos: mi hijo no lo hizo, él no hace esas cosas, etc. Existe una negación muy grande hacia la crueldad infantil, es como un tema negado, y me da pánico que estemos criando un ejército de futuros tiranos. El humor aliviana, sí, pero también puede llegar a angustiar bastante; pensar que nos reímos de cosas que son terribles y, a veces, es el único humor que funciona. Los lectores, personas ya formadas y que su infancia forma parte del pasado, pueden llegar a encontrarse con algo que hicieron de chicos o con algo que ahora les hacen a los chicos, creo que de la vida podrida no se salva nadie. También tuve lectores que con Justicia divina…, que tiene más recorrido en las librerías que El equilibrio…, me dijeron que se emocionaron o que se angustiaron, a veces es el lector el que termina dándole el significado a la obra.

—Entre las páginas de tus libros quedan suspendidas muchas preguntas, ¿puede la literatura atravesar nuestros esquemas para intentar el equilibrio?
—No lo creo. Como dije en la respuesta anterior; siempre que una persona lee un texto lo hace desde sus vivencias personales y tiene una lectura muy propia, creo que se debe mucho a su conocimiento empírico. Me suele suceder que personas que leen el mismo texto tienen miradas completamente opuestas, y con el convencimiento que tienen la verdad absoluta sobre lo que ese texto quería decir. Si bien puedo pensar que la literatura puede alivianar esa carga que lleva una temática difícil de llevar, tampoco creo que pueda generarse un cambio significativo desde el arte. Es algo que me encantaría y, tal vez con un dejo de optimismo, puedo llegar a pensar que puede hacer un cambio en determinadas personas que tengan el deseo ferviente de cambiar el sistema que nos envuelve y a partir de eso accionar desde otro lado. Entonces, casi pensando en voz alta, te puedo decir que el arte (y la literatura) puede accionar como disparador en determinadas personas que tienen el deseo latente de cambiar para cambios radicales. Y ahora que termino la pregunta me doy cuenta que un cambio radical nada se asemeja a un equilibrio. Así que la respuesta definitiva a la pregunta sería: no.



El viernes 12 de abril en El espacio, La Plata, Victor Chacón presenta su segundo libro El equilibrio de los renacuajos, editado por Malisia Editorial. Comentarán Claudia Fino y Gregorio Piechoki y el cierre musical estará a cargo de Nahuel Aquino. El segundo libro de Chacón cuenta con prólogo de la escritora Paula Tomassoni, al tiempo que su primera obra, Justicia divina para los sapos, también editado por Malisia, agotó su segunda edición.

—¿Hay alguna especie animal que te cuestione por estos días como para dispararte una nueva historia?
—Hace un tiempo pude ir de gira a España con una obra que escribí y dirijo. Aproveché para visitar a un amigo que no veía hace muchos años porque se fue a vivir a Francia. Como se había mudado a una casa con patio hicimos un cordero a la cruz, que estuvimos cocinando durante seis horas, donde el asador casi que no dejaba hablar de otro tema que no sea el cordero y cómo cocinarlo, la cantidad de asados a la cruz que había hecho, etc., etc. Entre esas charlas me enteré que era un cordero de leche, o sea que sólo se había alimentado del pecho de su madre. Toda la noche fue una cuestión de “poronguismo” para ver quién era el más “capo” de la parrilla. Parecía que poner animales muertos arriba del fuego nos subía la autoestima. Yo no pude dejar de pensar que mientras cocinábamos ese cordero la madre, en algún otro punto geográfico, estaba todavía viva. Cuando cortaron el cordero estaba crudo y, la hombría del asador herida para siempre.

—Entre sapos y renacuajos te dejamos este espacio para que invites a los lectores a ser parte de esta historia y a explorar el mundo con una mirada diferente.
—Varias veces, cuando conté la temática del libro, muchos de los receptores me respondían con que mataban sapos de chicos. Un poco sorprendidos por su actuar en la infancia empezaban a sentir culpa de su accionar casi sin entender el porqué de matar sapos. Porque es casi ilógica esa forma de comportarse. Eso puede llegar a plantearse en el libro, maneras ilógicas de actuar del ser humano, cosas dadas que ya están así, y están porque sí, como el mono que golpea a los que quieren subir a la escalera a buscar las bananas sin saber por qué lo hace. Paula Tomassoni dice en el prólogo que invito a vernos desde una nueva manera de mirar, y encuentro en esa frase una invitación a vernos desde un punto de vista inocente hacia bestialidades que hacemos a diario, sin darnos cuenta de los monstruos que somos. En el libro digo algo similar a “somos dioses, mandamos y decidimos quien vive y quien no”. Y parte de eso planteo, darnos cuenta, de una vez por todas, el poder que tiene el ser humano, por ser el único ser racional, para actuar de manera irracional.


Víctor Chacón

Nació y se crió en la ciudad de La Plata. Actualmente se encuentra radicado en la anacrónico barrio de Boedo Antiguo. Es escenógrafo diplomado en la Escuela de Teatro de La Plata y Profesor de Letras de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Músico de Rock. Estudió la Maestría en Dramaturgia en la Universidad Nacional de las Artes. Publicó Justicia divina para los sapos (Malisia, 2015).

Conocé más de Víctor Chacón aquí.


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