Entrevistas
Víctor Chacón: “El humor aliviana, sí, pero también puede llegar a angustiar bastante”
Por Andrea Viveca Sanz
A veces es necesario mirar detrás de las cosas, internarse en lo cotidiano para regresar con las preguntas necesarias, capaces de interpelar nuestros modelos, cargados de respuestas automáticas y rígidas.
A días de presentar su segundo libro, “El equilibrio de los renacuajos”, y sumergido en ese mundo de los sapos, Víctor Chacón busca volver los ojos sobre nuestra especie y cuestionarla a través de una novela en la que es posible verse reflejado.
Con una narración en la que las voces se entrelazan para acaparar la atención del lector y atraparlo en una red de relatos, el autor platense logra hacer foco en una temática que pesa y lleva a reflexionar sobre nuestras conductas y hábitos.
Porque nada es lo que parece, hay que leer entre líneas el mensaje que forma parte de la arquitectura de sus libros, en los que lo filosófico se mezcla con lo social y se abre un juego de dudas que, por momentos, llegan a desorientar al lector.
En diálogo con ContArte Cultura, el autor invita a pasear por sus páginas para quedar atrapados entre sus preguntas e intentar encontrar las respuestas.
—Para presentarte, tres palabras que definan a Víctor Chacón.
—Víctor Edgardo Chacón
—¿En qué momento decidiste sumergirte en el mundo de los sapos para regresar con una historia capaz de cuestionar a los seres humanos?
—Empezó en el 2011, con un concurso de narrativa de la Editorial La Comuna; si bien yo había escrito cosas anteriormente, en ese momento me senté a narrar diferentes acontecimientos que pasaron en los monoblocks donde me crié. Las situaciones tenían tal grado de oralidad que empecé a sacarle mucha puntuación hasta que anulé todos los puntos y aparte, el cuento quedó como un gran párrafo y así lo presenté. Ya ahí se podía encontrar la crueldad que existe en el cotidiano de la gente, el texto empezaba con un suicidio y terminaba con la tortura a un linyera. El tipo de relato gustó mucho y seguí por esa línea con seis cuentos más. Los sapos salieron solos a la superficie, porque en la crueldad infantil el sapo está muy presente, es un animal súper indefenso y los ñiños se aprovechan de eso. Casi sin quererlo los sapos aparecían en todo el transcurso de esa pequeña novela, e incluso me trajeron el título de la misma.
—Contanos cuál es la temática principal de tu primera novela “Justicia divina para los sapos” que se prolonga en tu nueva obra “El equilibrio de los renacuajos”, próxima a presentarse.
—En la primera novela indagaba un poco una especie de, justamente, justicia divina para la especie ésta de anfibios. Nucleaba tanto las torturas que recibían los sapos que pensé en darle una reivindicación, y como si fuese una maldición todos los personajes (o la gran mayoría) que los lastimaba recibían un castigo fortuito, que tal vez nada tenía de una situación de causa y efecto, pero el castigo estaba. Como temática que continúa en El equilibrio… está la crueldad infantil, o la crueldad cotidiana reflejada en un mundo infantil. Todos los cuentos pueden leerse por separado, al igual que los libros, pero también se puede leer todo junto. Hace un tiempo, cuando Francisco Magallanes, el editor de Malisia, me propuso que siga con éste narrador inocente y con un formato de libro de ágil lectura, pensé en hacer éstos dos libros y llamarlos “La biología de la crueldad infantil”, justamente porque indaga en eso y, citando a un chiste de Les Luthiers, porque son dos. De todas maneras, a partir de éste modo de narrar me llegan muchas historias contadas por colegas y amigos que tienen una temática similar y por momentos se me ocurre que terminar con éste tipo de literatura es imposible, porque la crueldad infantil está todo el tiempo, en todos lados.

—¿De qué manera lograste meterte en la voz infantil para interpelar, desde ese lugar, la lógica de los adultos?
—Pensando en la pregunta lo primero que me viene a la mente es: no tengo ni idea. Porque fue tan gradual que creo que en la primera mitad del proceso creativo no fue buscada, pero también en la escritura me empecé a indagar a mí mismo como persona, la historia pasada y lo que soy ahora. Viéndome en retrospectiva me doy cuenta de las barbaridades que me han rodeado, cosas que le pasan a uno por al lado y no hace nada para cambiarlas. Como el paradigma de los monos y las bananas arriba de la escalera, cuando llegué al mundo las cosas eran así y entonces hay que seguirlas así.
—En “El equilibrio de los renacuajos” se entrelazan diversos relatos que llegan a constituir una red de voces, ¿cuál de ellas te costó más construir?
—La voz infantil fue difícil. Sobre todo en Justicia divina…” que intenté, además, ponerle un tono de oralidad desenfrenada para dar cuenta de un niño que narra casi sin saber narrar. En El equilibrio… ya tuve más incorporada la voz narrativa, me salió más natural y por eso también el proceso fue más corto; también tuve un seguimiento intermitente de la obra por parte de Francisco Magallanes, que en su literatura tiene un modo de narrar similar (la cuestión del barrio y de esos lugares que todavía no tienen una urbanización descontrolada) y en sus devoluciones me dijo pocas cosas pero que fueron claves para construir lo que es hoy El equilibrio…
—¿Quiénes son los grandes protagonistas de esta historia?
—En primer lugar el niño que narra y su hermana. A diferencia de Justicia divina…, que es un libro repleto de nombres propios, en ésta novela no nombro a nadie; eso también ayudó bastante a que el lector se vea representado en los personajes. Hace un tiempo, un colega director de teatro me preguntó si yo me había criado en Azul, porque él era de ahí y se vio reflejado en los relatos, cuando le dije que no estaba sorprendido, porque se había encontrado con anécdotas de su propia infancia. Creo que por metonimia los protagonistas de ésta historia son los infantes en sí mismos, pero alejados de esa visión romántica de la infancia, donde todo es lindo y los niños son siempre regordetes adorables. El libro muestra unos infantes crueles y, aunque el narrador y su hermana creen escapar de esa crueldad, están inmersos como si fuera un destino manifiesto: de la crueldad infantil no se puede escapar nadie.
—Creés que contar desde el humor llega a alivianar la carga de una temática que pesa y cuestiona?
—Espero que sí. O al menos poner la temática sobre la mesa. Varias veces pensé en dos frases de bandas platenses que plantean la negación de los padres frente a las maldades de sus hijos. La primera de Guasones, y se me hace muy clara: “No te creas que tus hijos se excluyen de la vida podrida”; la segunda de Los Redondos: “Mami elimina el error, de que vos sos capaz”, que a pesar de que puede referir a cierto momento de la guerra fría, en éste contexto no puedo dejar de pensar en los padres negando los errores de sus hijos: mi hijo no lo hizo, él no hace esas cosas, etc. Existe una negación muy grande hacia la crueldad infantil, es como un tema negado, y me da pánico que estemos criando un ejército de futuros tiranos. El humor aliviana, sí, pero también puede llegar a angustiar bastante; pensar que nos reímos de cosas que son terribles y, a veces, es el único humor que funciona. Los lectores, personas ya formadas y que su infancia forma parte del pasado, pueden llegar a encontrarse con algo que hicieron de chicos o con algo que ahora les hacen a los chicos, creo que de la vida podrida no se salva nadie. También tuve lectores que con Justicia divina…, que tiene más recorrido en las librerías que El equilibrio…, me dijeron que se emocionaron o que se angustiaron, a veces es el lector el que termina dándole el significado a la obra.
—Entre las páginas de tus libros quedan suspendidas muchas preguntas, ¿puede la literatura atravesar nuestros esquemas para intentar el equilibrio?
—No lo creo. Como dije en la respuesta anterior; siempre que una persona lee un texto lo hace desde sus vivencias personales y tiene una lectura muy propia, creo que se debe mucho a su conocimiento empírico. Me suele suceder que personas que leen el mismo texto tienen miradas completamente opuestas, y con el convencimiento que tienen la verdad absoluta sobre lo que ese texto quería decir. Si bien puedo pensar que la literatura puede alivianar esa carga que lleva una temática difícil de llevar, tampoco creo que pueda generarse un cambio significativo desde el arte. Es algo que me encantaría y, tal vez con un dejo de optimismo, puedo llegar a pensar que puede hacer un cambio en determinadas personas que tengan el deseo ferviente de cambiar el sistema que nos envuelve y a partir de eso accionar desde otro lado. Entonces, casi pensando en voz alta, te puedo decir que el arte (y la literatura) puede accionar como disparador en determinadas personas que tienen el deseo latente de cambiar para cambios radicales. Y ahora que termino la pregunta me doy cuenta que un cambio radical nada se asemeja a un equilibrio. Así que la respuesta definitiva a la pregunta sería: no.

El viernes 12 de abril en El espacio, La Plata, Victor Chacón presenta su segundo libro El equilibrio de los renacuajos, editado por Malisia Editorial. Comentarán Claudia Fino y Gregorio Piechoki y el cierre musical estará a cargo de Nahuel Aquino. El segundo libro de Chacón cuenta con prólogo de la escritora Paula Tomassoni, al tiempo que su primera obra, Justicia divina para los sapos, también editado por Malisia, agotó su segunda edición.
—¿Hay alguna especie animal que te cuestione por estos días como para dispararte una nueva historia?
—Hace un tiempo pude ir de gira a España con una obra que escribí y dirijo. Aproveché para visitar a un amigo que no veía hace muchos años porque se fue a vivir a Francia. Como se había mudado a una casa con patio hicimos un cordero a la cruz, que estuvimos cocinando durante seis horas, donde el asador casi que no dejaba hablar de otro tema que no sea el cordero y cómo cocinarlo, la cantidad de asados a la cruz que había hecho, etc., etc. Entre esas charlas me enteré que era un cordero de leche, o sea que sólo se había alimentado del pecho de su madre. Toda la noche fue una cuestión de “poronguismo” para ver quién era el más “capo” de la parrilla. Parecía que poner animales muertos arriba del fuego nos subía la autoestima. Yo no pude dejar de pensar que mientras cocinábamos ese cordero la madre, en algún otro punto geográfico, estaba todavía viva. Cuando cortaron el cordero estaba crudo y, la hombría del asador herida para siempre.
—Entre sapos y renacuajos te dejamos este espacio para que invites a los lectores a ser parte de esta historia y a explorar el mundo con una mirada diferente.
—Varias veces, cuando conté la temática del libro, muchos de los receptores me respondían con que mataban sapos de chicos. Un poco sorprendidos por su actuar en la infancia empezaban a sentir culpa de su accionar casi sin entender el porqué de matar sapos. Porque es casi ilógica esa forma de comportarse. Eso puede llegar a plantearse en el libro, maneras ilógicas de actuar del ser humano, cosas dadas que ya están así, y están porque sí, como el mono que golpea a los que quieren subir a la escalera a buscar las bananas sin saber por qué lo hace. Paula Tomassoni dice en el prólogo que invito a vernos desde una nueva manera de mirar, y encuentro en esa frase una invitación a vernos desde un punto de vista inocente hacia bestialidades que hacemos a diario, sin darnos cuenta de los monstruos que somos. En el libro digo algo similar a “somos dioses, mandamos y decidimos quien vive y quien no”. Y parte de eso planteo, darnos cuenta, de una vez por todas, el poder que tiene el ser humano, por ser el único ser racional, para actuar de manera irracional.

Víctor Chacón
Nació y se crió en la ciudad de La Plata. Actualmente se encuentra radicado en la anacrónico barrio de Boedo Antiguo. Es escenógrafo diplomado en la Escuela de Teatro de La Plata y Profesor de Letras de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Músico de Rock. Estudió la Maestría en Dramaturgia en la Universidad Nacional de las Artes. Publicó Justicia divina para los sapos (Malisia, 2015).
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Entrevistas
Gabriela Exilart sobre “Tierra herida”: “Me conmovió descubrir los niveles de deshumanización en que vivían los trabajadores”
Por Andrea Viveca Sanz
Edición: Walter Omar Buffarini /
Situada en la Argentina de principios del siglo XX, “Tierra herida”, última novela de la escritora marplatense Gabriela Exilart, invita a recorrer los caminos de las piedras que servirían para adoquinar la Buenos Aires de aquellos tiempos.
Un recorrido doloroso para quienes trabajaban en las canteras de Tandil, dejando cuerpo y alma cada día: los picapedreros. Pero en ese ir y venir de las cosas cotidianas, algo se desordena por debajo. Es el choque de una piedra contra la otra, las fracturas cotidianas frente al abuso de quienes tienen poder. Es la rebelión de los que tienen hambre y buscan justicia. A pesar de todo, en las canteras nace una esperanza y entre el polvo y las turbulencias también crece el amor.

—Para comenzar vamos a detenernos en la gran protagonista de esta novela: la piedra. Esa piedra que viaja desde las canteras de Tandil hacia Buenos Aires para adoquinar sus calles. ¿Cómo llegaste al escenario de origen y a hilvanar ese recorrido que va desde su extracción como recurso hasta su transformación final?
—Llegué a la historia de los picapedreros de casualidad, cuando estaba investigando para mi novela anterior, “El secreto de Azucena”. Me prestaron un libro sobre la historia de Tandil, donde podría encontrar material para abordar la matanza de Tata Dios, pero en lugar de eso encontré el mundo de las canteras. Me pareció un escenario interesante, poco explorado, que me permitía a su vez continuar con la vida de los mismos personajes treinta años después, en un contexto totalmente diferente. Seguir el recorrido de esa piedra desde el esfuerzo y la dinamita en los cerros de Tandil hasta el suelo que pisaba la aristocracia porteña, dos realidades opuestas en una Argentina en plena configuración.
—Y la piedra sin dudas fue un hilo conductor en la historia de tus personajes. ¿Qué fue lo que más te conmovió de la vida en las canteras y que te parece que les pudiste transmitir a esos personajes para que lo reflejaran?
—Me conmovió, como siempre me sucede cuando indago en nuestra historia, descubrir los niveles de esclavitud y deshumanización en que vivían los trabajadores. Es una constante que ya narré en otras novelas (“Por la sangre derramada, Napalpí”) y que acá se repetía: hombres trabajando sin las más mínimas condiciones de seguridad, jornadas eternas que no respetaban horarios, imposibilidad física de salir de la cantera para comprar en el pueblo, y el pago mediante una moneda inventada (plecas) que solo servía en los almacenes del patrón.
Traté que mis personajes convivieran de igual a igual con las figuras de la historia real, aquellos pioneros que alzaron la voz y formaron el primer sindicato, como Luis Nelli y tantos otros compatriotas. Tenía que mostrar esa asfixia cotidiana, la lucha de esos hombres, mujeres y niños.
—Hay una realidad social y económica que se va moviendo alrededor de lo que sucede en la Argentina de principios del siglo XX. ¿De qué manera trabajaste para lograr que esa realidad atravesara a tus personajes de ficción?
—Trabajé con testimonios que extraje de los documentos consultados. También pude acceder a anécdotas y relatos que me contó mi amiga, la escritora Ana Caliyuri, que vive en Tandil. Narré a los personajes desde adentro, desde el detalle cotidiano. Intento que mis novelas no sean libros de historia, sino que el lector sienta, se emocione, viva esas vidas mientras lee. Acá había que hacer sentir el polvillo de la piedra metiéndose en los pulmones, las detonaciones, las manos agrietadas, y también el olor de las cocinas, de la leña, las risas de los niños, y también los llantos de las mujeres. Los personajes de ficción sufren las consecuencias directas de esa realidad: el hambre real cuando se declara la huelga, el miedo a la represión de la policía que sube a los cerros a caballo, y la incertidumbre de no saber si el hombre de la casa va a volver vivo de la jornada.


—En esta novela aparecen mujeres muy fuertes que también ponen en movimiento las estructuras y costumbres de aquellos tiempos. ¿En qué espejos de la realidad crees que se podrían haber mirado tus mujeres?
—Se miraron en las miles de mujeres anónimas de los campamentos de las canteras, que muchas veces la historia oficial invisibiliza. Esas mujeres, muchas de ellas inmigrantes que ni siquiera hablaban el mismo idioma, compartían el lavado de la ropa, el miedo a perder a sus esposos o hijos, los dolores y la crianza de los niños en ranchos miserables. Se miraron en las mujeres que se enfrentaron a los rompehuelgas, las que les tiraron agua hirviendo, o se acostaron sobre las vías para impedirles el paso.
—”Tierra herida” invita a saltar en el tiempo a los personajes de tu anterior novela “El secreto de Azucena”. ¿Qué te llevó a invitarlos a dar ese salto para vivir el futuro treinta años después?
—Me había encariñado mucho con los chicos de “El secreto de Azucena”, y vi la posibilidad de continuar sus historias. Por eso también había hecho desaparecer a Prudencio, porque sabía que en esta novela iba a volver. Eran niños marcados por una infancia dura, cruel. Infancias de identidades robadas, padres asesinados. Infancias heridas. El salto temporal era un gran desafío, ¿en qué tipo de hombres y mujeres se habían convertido? ¿Cómo envejecían los que eran adultos? Era reconstruir sus vidas treinta años después.

—Y en ese futuro el amor se completa con la calma de otros tiempos. ¿Cómo fue el proceso de reconstruir esos vínculos que antes tuvieron otras formas?
—Fue un proceso de reencuentro muy profundo. Si bien los vínculos maduraron y tomaron formas diferentes con el paso del tiempo, en el fondo seguían conservando esa infancia común: los momentos compartidos en el pasado, los mismos miedos y las viejas soledades. El amor en “Tierra herida” se fue forjando de a poco, afianzando esos lazos sembrados años atrás, asentado en una base de confianza ciega. Me gustó muchísimo explorar y hacer crecer esos sentimientos que, con los años y los golpes de la vida se fueron desviando en algunos casos hacia el romance.
—Para concluir, si pudieras elegir una palabra que sintetice el espíritu de esta novela. ¿Cuál sería y por qué?
—Elegiría la palabra DIGNIDAD. Porque “Tierra herida” es, ante todo, un homenaje a los que no se arrodillaron. A pesar de la piedra, del aislamiento, del desamparo institucional y de la codicia de los patrones, lo que late debajo de la huelga y de las historias de amor de la novela es el reclamo universal de ser tratados como seres humanos, no como herramientas descartables. Es la dignidad del picapedrero que talla su propio destino con la misma fuerza con la que golpea la roca.
Entrevistas
“Vientos de libertad”, la gesta sanmartiniana en la nueva obra de Luis Carranza Torres
Por Andrea Viveca Sanz /
Edición: Walter Omar Buffarini
Cruzar las fronteras del tiempo y del espacio, animarse, como si existiera una continuidad, un rumor de páginas que necesitaran volver a leerse.
Con una trama que pone la mirada en los detalles, en los paisajes interiores de los protagonistas, en el pasado, pero también en el presente y en el futuro, Luis Carranza Torres avanza, cruza sus propias montañas y da vida a una historia que se ramifica, un entramado donde las pasiones y el amor son protagonistas.
“Vientos de libertad” es la nueva novela del escritor cordobés, quien con sus letras lleva al lector a épocas de la gesta sanmartiniana, para adentrarse en algo más de lo que cuenta la historia.
— ¿Qué te llevó a elegir este renglón de la historia para invitar a tus personajes de ficción a vivir los hechos reales?
— Me gustan los momentos bisagra de la historia, y este período en que transcurre la novela lo fue para nosotros. Nunca es en vano recordar que la Independencia argentina se sancionó, a diferencia de muchas otras, en el peor momento posible. Sin recursos, derrotados nuestros ejércitos en el Alto Perú, amenazados por los cuatro costados por los españoles, los portugueses y los indios. Nacimos, por tanto, en la esperanza, pero también por el coraje de no rendirse ante la adversidad. Eso es lo que busqué reflejar en la novela. Y es algo que sirve más allá del orgullo por nuestro pasado, en la vida diaria de cualquier persona. Se trata de la prehistoria, por así decirlo, de la Argentina que hoy conocemos. Cuando todavía ni nos llamábamos de esa forma. A la par de la evolución de los personajes, existe también la de una sociedad que busca ser de otra forma, liberándose de muchas cosas. A partir de esa declaración de independencia, se produce un gran sinceramiento colectivo de lo que queríamos ser, y de lo que podíamos lograr solo con dos cosas: un liderazgo apropiado y la capacidad de esfuerzo que nos caracteriza individualmente, pero articulada en conjunto. La gesta del cruce de los Andes muestra a lo que podemos llegar cuando hacemos bien las cosas.
— ¿De qué manera trabajaste para poner en palabras los escenarios naturales que recreás en los distintos capítulos?
— Me esfuerzo por poner atención a los detalles, esos que le confieren autenticidad a la trama. Cuando se estructura la trama, uno también va buscando el escenario para plantear determinada escena. Aquí, en “Vientos de Libertad”, no las determinan tanto los actos exteriores sino la interioridad de los personajes, que el paisaje esté a tono con lo que le pasa por dentro a quién protagoniza la escena. Fue eso lo que busqué plasmar. Te diría que aun con la presencia de una referencia geográfica de tanto peso como los Andes, la cuestión pasa más por los lugares culturales o sociológicos de ese tiempo: los espacios de sociabilización como la Alameda o la Plaza Mayor, las conversaciones en el río de las lavanderas, las sala de recibir de las casas, el cuartel militar como preparación para el cruce. Es algo que no busqué, se dio naturalmente. La cordillera está, pero a la vez no está y hay otras todavía más inmensas que sortear. A veces los libros te llevan a eso. A pesar de que he estado en los Andes de norte a sur, desde la puna al estrecho y hecho andinismo en la zona del Tupungato cuando era jóven. O quizás por eso, la presencia no es tanto física como simbólica. Los lectores decidirán (risas).

— Además hay otros escenarios que muestran la vida doméstica de José de San Martín junto a Remedios de Escalada. ¿Por qué te interesó hacer foco en esas vivencias cotidianas?
— La relación entre José de San Martín y Remedios de Escalada ha sido muy bastardeada, por usar una palabra de la época. Con ella, sobre todo, siempre invisibilizada y desmerecida injustamente. Fue Remedios una mujer excepcional, tan valerosa, rebelde y libre como la sociedad de su época podía permitir, e incluso algo más. Asimismo, mostró un compromiso personal y propio con la causa emancipadora, aun desde antes de conocer al Libertador, con la misma firmeza de carácter que luego tuvo en el manejo de los asuntos patrimoniales de la pareja, ya que fue ella quien administró todo mientras San Martín hacía sus campañas, teniendo incluso la plena patria potestad de la hija de ambos. Por extraño y hasta paradójico que parezca, bien podemos decir que la Remedios histórica es muy diferente de aquella que la historiografía nos ha pintado. Por su parte, José de San Martín es bastante más de lo que usualmente tenemos en consideración. Era un hombre ilustrado, curioso de casi todo lo que se movía a su alrededor, que leía mucho, en inglés y francés además del castellano. Tocaba la guitarra, cantaba bastante bien, pintaba cuadros de paisajes, sobre todo de la cordillera, era un apasionado del ajedrez y gustaba de las nieves de limón -antecedente de nuestro actual helado de ese gusto-. Creo que la frase que el Libertador pone en la tumba de Remedios ilustra bastante respecto de la relación que tuvieron: “Esposa y amiga del general San Martín”. Recordemos que él valoraba la amistad en un grado superlativo dentro de su escala de valores. Tanto uno como otro fueron personas adelantadas a su tiempo. Y que se atraían por compartir esos valores, sintiendo admiración mutua. Es lo que quise reflejar en la historia en cuanto a ellos. La relación de igual a igual que, a juzgar por toda la documentación fidedigna, tuvieron en un gesto inaudito para la época. Parecen más un matrimonio de nuestros días que de aquellos de 1816.
— ¿Cómo se manifestaron en vos Sebastiana y Justo, los protagonistas de “Vientos de libertad”?
— Ambos son seres literarios por demás interesantes. Complejos, intrincados por dentro y por fuera, y hasta queribles aun en sus defectos. Él ya no puede ser en lo físico lo que sigue siendo en mente y alma: un soldado. Ella, un ser tan castigado por la vida, que termina por volverse una resentida con casi todos. Y el amor como prenda de unión, que da segundas oportunidades para ser feliz, pero también implica renuncias costosas. Si Justo tiene un brazo inútil, Nazarena lleva esas mutilaciones por dentro. Cada cual lidia con ellas como mejor puede, en tanto no deja de advertir que al otro le pasa igual. Para peor, ambos son terriblemente pasionales. En lo bueno y en lo malo. Particularmente, en el orgullo propio. Ninguno cede nada, a pesar de la atracción, del deseo o los fuertes sentimientos que se prodigan. Cada cual quiere lo mejor para el otro, pero a su modo. Y cuando se desilusionan, es en grande. Con todos estos ingredientes, creo que la historia de Nazarena y Justo termina siendo una de las más pasionales que he escrito. Pero también, de las más sufridas e implacables.
— ¿Hay algún personaje secundario que te gustaría destacar?
— La familia Buteler. La historia es verídica en sus líneas generales. Un irlandés que viene con el ejército inglés y se aquerencia al punto de no querer volver a su tierra y plantar raíces aquí. Algunos de los descendientes del Buteler histórico eran vecinos de mi familia en el campo, y de chico escuché alguna de las cosas que aparecen en la novela y me sirvió para darle forma a esa peculiar familia literaria. En cierto modo, es un homenaje a aquellas historias y a las personas que me las contaron. Así como a unos vecinos muy cercanos que tengo como parte de mi historia personal y considero, incluso hoy, como parte de mi familia ampliada. Además, “Vientos de Libertad” se trata de una de las novelas con más personajes secundarios que he escrito. Por lo mismo, se puede leer en varias líneas narrativas. Todas cruzadas por distintos tipos de amor: el de Goya y Tadeo, los esclavos de Nazarena, el apegado a las normas de Isabel y Eulogio, el pasional de Nazarena con Justo, el amor a la distancia entre Mariana y Tulio o el cómplice entre Remedios y José. A la par de eso, hay historias personales muy ricas en matices, como la de Goya, el mismo Tadeo, Mariana en Santiago de Chile o Isabel en Mendoza. Cada una por sus propias y muy particulares razones.

— Vemos que uno de los personajes, Eulogio, lleva un apellido conocido de otras obras tuyas: López de Madariaga. Y que Isabel es una devota lectora de Jane Austen, sin mencionar a la autora. ¿Qué podés contarnos sobre eso? ¿Hay otro texto, quizás implícito, detrás del texto impreso de la novela?
— Son guiños de complicidad para los lectores que me siguen desde siempre. Eulogio es mencionado, ya anciano, en “Palabras Silenciadas”. Es, en sus años mozos como se diría en la época de la novela, el antepasado de la familia que desarrollé en la saga de la Segunda Guerra Mundial que inició con “Mujeres de Invierno”. Antes de llevar a cabo todo por lo que su familia lo recuerda. En el caso de Isabel, sus lecturas son una suerte de homenaje a lo que he visto o me han contado que leen muchas de mis lectoras. Y para recordar que clásicos de Jane como “Orgullo y Prejuicio”, por los tabúes de la época en la sociedad inglesa, se publicaron de forma anónima, sin más datos que su escritora era una mujer. Cosas como estas encajan de maravilla para pintar con un detalle a la sociedad de entonces.
— Mientras todos ellos se preparaban para cruzar una frontera geográfica, vos ibas cruzando las barreras del tiempo para revivir aquellas escenas. ¿Qué fue lo que más te impactó de ese cruce temporal?
— La magnitud de lo que se hizo con muy pocos medios, pero usados muy inteligentemente. La libertad siempre tiene un precio e impone sacrificios. Ellos no dudaron en pagarlo, y por eso es que somos argentinos hoy en día. Tenemos una deuda con esos compatriotas que ya no están, es lo que quise reflejar en la trama de la historia. Otra de las cuestiones que me llamó la atención, y quise rescatar para dar cuerpo a la historia de la novela, es la tremenda preparación logística que implicó. No solo fue un cruce. Debieron llevar consigo todo lo que necesitaban para sobrevivir, desde la leña hasta el agua. Y combatir para apoderarse de las fortificaciones realistas que guardaban los pasos. Pero el éxito de todo dependía de mantener al adversario sin saber por dónde cruzarían. Que se revelara ese detalle hubiera ocasionado el desastre de toda la expedición, y esa es la idea movilizadora que estructura la historia.
— Has dedicado esta novela “a ese soldado argentino, sólo conocido por Dios” ¿Qué razones te movieron a poner esas palabras?
— Es una frase conocida en el mundo castrense. Refiere a aquellos que han caído en combate y no han podido ser identificados sus restos. Solo Dios sabe quién es y cómo sacrificó su vida. A veces ni tumba tienen. Hubo muchos en las guerras de la independencia, por no decir que fueron la mayoría de los caídos en esa época. Son los seres más anónimos de las batallas y guerras. Desde chico, cuando veía la llama votiva por el soldado desconocido de la Independencia a la entrada de la catedral de Buenos Aires, era algo, y lo sigue siendo hoy, que me sobrecoge. Cuando terminé de escribir la novela, supe que era a ellos que debía dedicarlo, para reconocerlos, tal como se hace en cualquier país que cuida sus valores cívicos.
— El viento siempre mueve cosas, ¿qué movilizaron en Luis Carranza Torres los vientos de la escritura de esta novela?
— La gratitud a aquellos que se sacrificaron para tener la libertad que, muchas veces hoy, usamos mal o, peor aún, nos resulta indiferente. Poder decidir nuestro destino es una gran cosa. No solo en lo individual, sino también como sociedad. Quise rescatar eso, pero también lo que entiendo como una paradoja curiosa y hasta cruel respecto del deber: hacer lo que entendemos correcto, implica muchas veces sacrificios muy personales. Y en el caso de los personajes de la novela, como el mismo José de San Martín lo habla con Eulogio, cumplir con el deber es alejarse de los que uno quiere y poner en riesgo de mil formas la propia existencia. Somos lo que somos colectivamente, entre otras cosas, por esos esfuerzos que se cuentan en la novela. No debemos nunca olvidarlo. Eso busqué transmitir, más allá de contar una historia vibrante en lo épico e intrincada y de suspenso también en cuanto a lo amoroso.
Entrevistas
En primera persona: Nair Libonatti, escritora
La artista uruguaya habla de ella misma, de cómo llegó a la escritura y de su obra
Sobre sí misma y su arte
Soy Nair Libonatti, mujer uruguaya de 69 años. Toda mi vida supe que podía escribir, sin embargo, al plasmar mis ideas en una hoja, el resultado no me era grato y terminaba rompiendo.
En el año 2019 una amiga me invitó a “algo” literario y fui. Resultó ser un taller y fue ahí donde comencé a escribir.
Pocos meses después llegó la pandemia, entonces, buscando recursos para mi nuevo despertar, entré en un grupo argentino de Facebook. En él compartíamos textos y comentábamos.
Un buen día me invitaron a participar en el Mundial de Escritura, al principio me parecía inalcanzable hasta que me animé y la experiencia resultó maravillosa.
Sobre su obra
He escrito algunos libros: “Historias del Caldero”, en conjunto con dos amigas, “Constelaciones”, libro que va por su segunda edición y “El Pata de Bolsa y otros relatos”. Estos dos últimos están presentes en la 49a Feria del Libro de Buenos Aires, en el stand de Uruguay.



Sobre “Constelaciones” puedo decir que es un libro fuerte, con historias bastante movilizadoras, es un intento de visibilizar algunas circunstancias. “El Pata de Bolsa” es en tono más humorístico, un poco más distendido y coloquial.
Son libros de cuentos cortos, escritos individualmente y luego seleccionados para cada uno de los libros.
Su actualidad

Actualmente integro el taller “Ratones de biblioteca”, que funciona en la Casa de la Cultura de Minas, Uruguay, y algunas compañeras me acompañaron a la Feria del Libro de Buenos Aires.
Nair Libonatti junto a Andrea Viveca Sanz, de Contarte Cultura, en la 49º Feria Internacional del Libro de Buenos Aires
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