Claudia Piñeiro recorre “Catedrales”, una historia de hipocresía, falsos dogmas y derechos

Por Andrea Viveca Sanz (@andreaviveca) /
Edición: Walter Omar Buffarini //

La voz de la muerte asciende y reclama, como una sombra que busca desoír los mandatos, como un silencio que se manifiesta para romper el equilibrio de las apariencias, para quebrar las ideas sembradas en los íntimos territorios del cuerpo y de la mente.

Es allí donde otra voz, la de la escritora Claudia Piñeiro, se introduce en los espacios mudos, en los rincones de una sociedad que calla, y recorre con sus palabras los huecos donde duermen los silencios, como hilos sin trama, para dar vida a cada uno de sus personajes.

En diálogo con ContArte Cultura la autora habla de su última novela, en la que camina sobre la arquitectura de las “Catedrales” y regresa con una historia que estaba allí, escondida entre los ladrillos que las sostienen.

—¿Recordás en qué momento vibraron dentro tuyo las imágenes o las palabras que dieron vida a “Catedrales”?
—La historia me empezó a dar vueltas en la cabeza hace bastante. Podría decir que las primeras imágenes aparecieron hace como tres años. El primero de ellos la idea sólo permaneció latente, ya que tuve pocas posibilidades de escribir, por temas personales y también porque me ocupé de otras cosas que no eran la escritura. Recién en los otros dos me dediqué de lleno y diría que con más constancia el último año, donde lo hice todos los días.

—Un crimen es el disparador de las flechas que darán en el blanco de la verdad y se introducirán en el lado oscuro de las apariencias, ¿qué elementos de la realidad te ayudaron a construir los escenarios y las voces de esta novela?
—Hay elementos de la realidad como en todas mis novelas, que cuando los personajes salen a la calle se encuentran con cosas que están pasando, porque son historias contemporáneas al momento que vivo mientras escribo. Excepto Un comunista en calzoncillos, que va unos años atrás para contar la historia, todas las demás son contemporáneas al momento de la escritura y tienen mucha influencia del “aquí y ahora”. Está la reivindicación de los derechos de las mujeres, su lucha, pero también está en otras obras mías, como Tuya, Una suerte pequeña, Betibú, y en algunos cuentos que no tienen esa mirada también. Pero en esta novela, por ser tres hermanas muy diferentes y porque una aparece muerta treinta años atrás en una situación que parece de violencia de género y que nadie termina de descubrir qué fue lo que pasó, se topan con muchos temas de hoy y que tienen que ver con la situación de las mujeres y sus derechos. Lo pienso no como temas o ideas cuando escribo la novela, sino como personajes. Son estas tres hermanas y la imagen disparadora de una de ellas en el último asiento de una iglesia, sola, pasando por un momento que yo no sabía muy bien qué era cuando empecé a escribir, pero era un momento dramático y que una de las estatuas de la iglesia se cae y golpea a una de sus amigas. Esa fue como la imagen disparadora.

—Si pudieras elegir tres palabras que representen los hilos fundamentales con los que tejiste esta trama, ¿cuáles serían?
—Diría que más que seguir por hilos seguiría por personajes. La historia está contada a través de seis personajes que a su turno cada uno toma la palabra. Hay seis partes y luego un epílogo del padre de Ana, que es la mujer que treinta años atrás apareció asesinada. Insisto en que más que por palabras, lo pensaría en personajes. Cada uno va tomando la posta como en una carrera. Toma el testimonio y sigue contando la historia. Y cada uno tiene su punto de vista para ver qué pasó hace treinta años y cómo están parados hoy. Hay una de las hermanas que se hizo activista católica, más católica de lo que ya era esa familia, y la otra se hizo absolutamente atea. Hay una amiga sobreviviente de ese mismo episodio que tiene un problema con su memoria de corto plazo, entonces nadie la escucha porque creen que por sus problemas de salud no es válido lo que dice, aunque sí recuerda perfectamente lo que le pasó a Ana. Y también hay tres varones en la historia: uno es el padre de Ana, que la sigue buscando hasta el último día treinta años después; un amigo de aquella época que era seminarista y se terminó casando con la hermana católica activista; y el hijo de ellos. Como dije, cada uno de esos personajes es un punto de vista y me parece que así pensaría la novela.

—¿Cuál es el tiempo histórico en el que se desarrolla?
—El tiempo histórico de la novela es el actual y treinta años atrás, porque la historia vuelve permanentemente a cuando apareció muerta Ana.

—¿Qué más podés contarnos de los protagonistas?
—Como dije anteriormente, los protagonistas son las hermanas Ana, Lía y Carmen -Ana no tiene voz en la novela sino a través de los otros personajes-; Marcela, amiga de Ana; Alfredo, su padre; Mateo, el hijo de Carmen y nieto de Alfredo, con el que tiene un gran vínculo; y Julián, marido de Carmen.

—¿Cómo llegaste a la elección del título?
—Los títulos a veces aparecen de movida y son el que tiene el mismo archivo de word, y otras hay que trabajarlos mucho. En este caso, Catedrales era el título que tenía el archivo y si bien quise trabajarlo para buscarle alguna vuelta, algo un poco más largo que incluyera la palabra catedral, finalmente me pareció que Catedrales era el título más representativo de la novela, por lo que esas construcciones significan. Hay varias citas, como una de Raymond Carver o una de Jorge Luis Borges, en la que hablan de estos monumentos históricos y religiosos, sobre qué es lo que representan y qué lo que no representan

(Foto: Agencia Telam)

—Si mirás hacia atrás en tu camino de escritora, ¿existen elementos o lazos invisibles que unen a todas tus novelas?
—Me parece que hay elementos que se repiten, por lo pronto la muerte. Casi todas mis novelas tienen algún muerto, sean policiales o no, y hay un enigma alrededor de esa muerte. También la hipocresía, que está muy presente en esta novela, los secretos, las apariencias. También el silencio, ese que hace que lo que pasó duela mucho más aún. Me parece que esos son elementos muy comunes a todas las novelas que escribí.

—¿En qué proyectos estás trabajando por estos días?
—Todavía no arranqué con la escritura de otra novela porque es muy reciente la finalización de Catedrales y estoy dedicándome más a acompañarla en ferias y festivales que me invitan, a notas que me piden. Sí sigo trabajando en los guiones de la serie El Reino (Netflix) que, si bien ya están escritos, cada tanto hay que hacerle algún ajuste o cambiar algo, pensando en la próxima temporada, si es que la hay. Y nada más por el momento.

—Un sueño que te gustaría dejar sumergido entre las páginas de “Catedrales” para que la ficción atraviese la realidad y la trascienda.
Catedrales es una novela de personajes y algunos de ellos son muy hipócritas con respecto a la religión. No respecto a la fe que puedan tener, sino por cómo imponen y manipulan al otro con esa fe. Me parece que eso sería lo interesante que la gente empiece a ver, que más allá de la fe, más allá de lo que crean o de lo que no crean, no deberían dejarse manipular por quienes llevan adelante distintas instituciones en la fe que profesan. Cada uno es muy libre de creer en lo que sea, pero cuando una ve que en la religión, sea cual fuera, los hombres que tienen poder dentro de ella manipulan a los otros poniendo por delante preceptos supuestamente dogmáticos, entiende que ese es un velo que tendría que empezar a caerse.

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